Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



Laura y Clara

I
Quieres contar una historia bonita y con final feliz. Sí, te da igual anunciar ya que va a acabar bien. No se trata del final sino de cómo Clara y tú, la una por la otra, supisteis llegar hasta aquí, hasta este orden y armonía en el que ahora os movéis. Orden, armonía y pasión, que estáis deseando que llegue el fin de semana para demostraros esa pasión y vivirla.
Dos meses corrieron, desde finales de marzo hasta mediados de mayo, desde que tú te propusiste… bueno te propusiste ocuparla, como suena, ocuparle el corazón. Corrieron dos meses, pues, hasta el fin de semana glorioso en que puedes decir que lo conseguiste. Pero ella también te lo ocupó a ti. En marzo, y mucho antes, tú ya estabas convencida de que la querías pero lo que no podías imaginar es que pudieras quererla tanto como la quieres ahora, como la vienes queriendo desde el fin de semana del dieciséis y diecisiete de mayo. Y la quieres de forma nerviosa, desde muy adentro, la quieres de pensar continuamente en ella y de estar contando los días y las horas que faltan para tenerla enfrente. Ella también te quería en marzo, estás convencida ahora como lo estabas entonces. Lo que ocurría es o que no se daba cuenta del todo o que no sacaba las conclusiones lógicas. Y la conclusión lógica, la única, es tú y yo.
Bien. Pues eso quieres contar, todo el proceso por el que la fuiste atrayendo hacia ti. Además, hoy día, y ahora estamos a mediados de junio, lo ves todo con una perspectiva algo diferente. Ahora te das cuenta de que durante esos dos meses tú creías que era eso lo que estabas haciendo, atraerla hacia ti, y que eras tú quien llevabas la voz cantante. Sin embargo, también ella, a la chita callando, te fue encerrando en su corazón sin que ahora puedas, ni quieras, salir.
Te propusiste tenerla y la tienes, os tenéis. Y en cierta medida lo planificaste y tenías algunas ideas de cuál era el camino que había que seguir hasta llegar aquí donde estáis. Por eso empezaste a escribir un blog, para ir anotando el discurrir de tu relación con ella y, de vez en cuando, releerte, hacer balance y analizar si habías avanzado o no. Sí, quizás planificaste demasiado y para comprobar si ella estaba o se sentía más cerca de ti te habría bastado abandonarte en su cuerpo, abrazarla y disfrutar de su manera de besar. Pero en aquel momento de finales de marzo lo pensabas así, entendías que había un camino con una serie de hitos que había que ir rebasando hasta llegar a la meta.
Lo del blog: ¿cómo se te ocurrió? Tú eres poco de Internet, incluso poco de ordenadores. Tienes ordenador porque todo el mundo tiene, lo usas casi exclusivamente para llevar las cuentas de la casa y, como hace tiempo te hicieron una oferta por la que pagabas lo mismo de teléfono con o sin internet, te apuntaste. Seguiste usándolo poco. Alguna vez, cuando no sabías lo que daban esa noche por televisión, ibas a una página donde salía una parrilla que te decía todos los programas y películas que daban a partir de una hora determinada. Fuera de eso, casi nada, ni cuenta de correo tenías en un principio.
Hasta un día en el trabajo. Trabajas en un hospital pero eso ya lo contarás más despacio. El caso es que estabas con las compañeras en la sala donde, a escondidas, os reunís para fumar y salta Julia, que se acababa de separar de su marido, con que tiene un blog. Tú no prestabas mucha atención, oíste lo del blog y, aunque entendías que alguna relación con Internet tenía, no sabías lo que era. Siguen hablando y dice Julia que, como hoy día todo el mundo tiene su blog para contar sus asuntos, ella ha inaugurado uno y se dedica a explicar allí su separación conyugal porque, dice, así es más llevadera. Y que tiene siete seguidoras fieles que le dan consejos. Y como tú curiosa lo eres un rato y te importa muy poco que te tengan por pueblerina porque, en el fondo, lo eres, te metes en la conversación y les dices que no tienes ni idea de lo que es un blog:
            -Pues como una página web personal donde puedes escribir lo que quieras. Puedes poner fotos, la música que te gusta, comentar las películas que has visto, contar tus cosas.
            -¿Y lo lee todo el mundo?
            -Si quieres sí. Pero también puedes hacerlo de modo que no te pueda leer nadie o que te lea sólo la gente que quieras. Además, te leerá sólo la gente que sepa que estás ahí o gente que, dando vueltas, caiga al azar en tu blog.
Julia se saca una libretita y apunta la dirección de una página web:
            -Éste es mi blog. Entra cuando quieras.
            -¿Y cuentas tus cosas así como así? ¿Y si te sale alguien que quiere rollo?
            -Bueno, si quieres puedes poner tu nombre real, tu foto, decir dónde estás y todo eso. Pero yo no, qué va, en el blog me llamo Montse Pérez, con nombre catalán y apellido normalito. Imposible localizarme.

II
Dos días más tarde, en casa, te acordaste y entraste en la página que Julia te había indicado. Curioso, sí, su blog. Lo tenía bien decorado con golondrinas en la parte superior, muchos coloritos y, de vez en cuando, más o menos cada tres días, contaba anécdotas. No sólo de lo que ella decía sobre su separación conyugal sino también, por ejemplo, que había salido una mañana de domingo con su niña y habían ido al monasterio de Silos. Y media docena de fotos del monasterio.
Aún pasarían dos o tres días hasta que te decidiste tú también a tener tu propio blog. No ibas a ser menos. Además, como Julia, tú tenías tus tonterías que contar. Como todos, que si te pones a dar vueltas por los blogs lees cada cosa… Y en cuanto al nombre real o falso, a ti te daba igual. Tú te llamas Laura Montesinos y no estabas para inventarte nombres. Además, escribías para ti, no de cara a la galería, y no te importaba si alguien quería leerte, que los había.
Tampoco es exacto lo de que ibas a contar tus tonterías sino que lo que querías contar era lo que te preocupaba. Porque estabas ya cansada de que te tuvieran por una mujer que siempre anda contenta y sin problemas. La culpa es tuya, claro, porque estás continuamente con la sonrisa en los labios y nunca se te ocurre andar explicando esas cosas tuyas a las compañeras de trabajo o las demás amigas.
Y no eran tantas tus preocupaciones. En realidad, sólo una. Sin embargo, si no la compartes con las demás es porque no puedes: ¿qué pensarían de ti, si casi te tienen como una mujer fatal porque cuando vas por los pasillos del hospital los hombres se giran para mirarte? Bueno, eso dicen ellas, que tú vas a lo tuyo y no te fijas.
Eso  era: querías el blog para volcar tu preocupación. Y ya lo has dicho, sólo era una: tu amiga Clara. Que no se acababa de tomar en serio lo vuestro a pesar de los añitos que llevábais, más de tres. Pero ella, entre sus depresiones y sus agonías, lo seguía entendiendo como un juego, como una travesura. Llegaba a casa el sábado, o tú a la suya, os poníais, lo pasabais bien, a ella se le quitaban todos esos fantasmas que la atormentaban, dormía como un angelito, repetíais si cuadraba el domingo y ya está. Hasta la próxima. Y de ahí no la sacabas. Sí, os reíais mucho, pero para ti era algo más serio: por eso, porque lo vuestro iba ya para cuatro años, te propusiste ponerla en orden y planificarlo y observar tus avances desde el blog.
Inauguraste el blog un jueves 26 de marzo y la última entrada –que así llaman a cada texto que envías- llevaba fecha del miércoles 20 de mayo. Hoy es miércoles 10 de junio y han pasado tres semanas justas desde esa última entrada. Durante estas tres últimas semanas has releído varias veces lo que escribiste y quieres reescribirlo para explicarlo de otra manera. Ya has anunciado que todo va a acabar bien pero, ¿qué es exactamente lo que iba mal?
No podía ser que ella a veces se perdiera por ahí y luego te enteraras de que había estado con Tomás: a ver si tú te ibas a meter en la cama con un antiguo novio que te hubiera abandonado para irse con otra. Que estaba ella con sus estudios en Salamanca, tenían planes para casarse cuando acabara y él la deja de repente para irse con otra de otro pueblo que le duró cuatro días. Y, como a ti no te daba la gana de que anduviera con él, te propusiste decírselo a la primera ocasión. Y a lo bruto: no piensas contar muchos detallitos de lo que hacéis pero la próxima vez, cuando estuvierais las dos puestecitas del revés, se lo ibas a decir:
-Como me entere de que por aquí ha pasado un hombre no te vuelvo a poner la lengua.
Y que fuera lo que Dios quisiera, que cogiera un berrinche, que se pusiera a llorar, que pillara una depresión de una semana. Tú se lo soltarías claramente y luego, si había que arreglar algo, ya lo arreglaríais.
Ésa fue tu primera idea pero después cambiaste y adoptaste otra línea. Tú a veces eres muy primitiva o muy simple. Porque se te ocurrió convencerla a base de una vez y otra vez y otra. Antes, cuando ibas con chicos, pensabas que primero os habíais de conocer y, luego, si el chico te gustaba o lo querías un poquito ya os podíais meter en la cama. O sea, primero quererse y luego lo otro. Con ella, en cambio, lo decidiste al revés, primero lo otro y a base de lo otro que llegara a quererte. Pero por eso dices que eres muy primitiva, porque llegó un momento que lo hacíais, la dejabas descansar lo justito y otra vez. Y respondía, por supuesto, que ya te preocupabas tú de que lo hiciera. Sin embargo, lo que ocurrió fue que ibas todo el santo día con el cuerpo encendido y así, en el blog, aunque tu intención era no entrar en ciertos terrenos, acabaste contándolo todo y, como basabas en eso tu relación con ella, te extendías y te extendías en detallitos hasta el punto de dedicar tres entradas durante tres días consecutivos sólo para explicar todo lo que habíais hecho un sábado por la mañana. Ah, y además, como quien fuera que leyera el blog, que de repente te aparecieron de la nada montones de seguidores, podía hacer comentarios a lo que tú decías, empezaron con que si lo que decías era un poco subidito de tono. Y un descarado te propuso que grabaras vuestras escenitas con la cámara web del portátil y las mandaras al blog. Ni un minuto tardaste en contestarle:
-Yo sólo me desnudo para ella y ella sólo se desnuda para mí.

III
De momento vamos a dejar de lado si era cierto que ella sólo se desnudara para ti. Tú, por supuesto, y desde mucho antes de empezar a escribir, sólo lo hacías delante de ella. El caso es que vas a volver a contar todo el proceso pero para ti sola y no en público como si estuvieras confesándote o exhibiéndote.
Estabas en que empezaste a contar a partir del jueves 26 de mayo. Pues el viernes siguiente, contra lo acostumbrado, no te llamó. Luego, el sábado, supiste por qué pero no acabaste de entenderlo; o de entender que lo que le había ocurrido fuera causa suficiente para no haber llamado. Ella misma, que ya sabría lo que hacía, pero ese viernes era un buen día para haber quedado y, en cambio, te quedaste en casa sola. Habías salido de trabajar a las diez de la noche, te habías preparado una ensalada ligera y te pusiste aquí a escribir. Decidiste que tú tampoco la pensabas llamar. La echabas de menos, sí, y mucho, pero querías que ella te echara a ti también de menos y te lo demostrara llamando. Lo bonito que hubiera sido pasar la noche las dos juntas y, el sábado al despertaros, desayunar a lo grande y tener todo el día por delante para vuestras cosas. Pero no querías pensar en eso porque no querías ponerte triste. Sólo esperar al día siguiente a ver qué. Y si era que sí y acababais en su casa o aquí, la pondrías entre la espada y la pared.
Porque vamos a ver: ¿cuánto tiempo hace que tú no catas a un hombre? Pues, como no te importa decirlo, echas cuentas y dos años va a hacer ahora, desde que lo dejaste con Enrique. Y lo hiciste por ella.
Ya en otro momento discutirás si eres, o sois, lesbianas. Lo quieres explicar despacito y ahora no tienes ganas.
Tampoco es del todo cierto que dejaras a Enrique por ella. Lo dejasteis por más razones, sobre todo porque te daba miedo la prisa que llevaba. Y también por una cuestión económica que fue la que utilizaste como excusa o detonante: pues ¿no se quería casar y venir a vivir contigo aquí sin más, a la casa que compraste con el dinero que repartió tu padre entre tus hermanas y tú? O sea, tú aportas trescientos mil euros y él, nada. Hasta ahí podíamos llegar. Ni lo pensabas consentir ni, aun cuando hubieras pasado por el tubo, lo iban a consentir tus padres. Así, al estilo antiguo pero que quien aportara la dote fuera él.
Pero eso ya es agua pasada. Porque lo que te ocurría en los últimos tiempos de novios era que te sentías mal con él y con ella. Estar en la cama con Enrique un viernes y el sábado con Clara hace gracia una vez pero más ya no. Creías que los estabas engañando a los dos y por eso sentiste una gran liberación la primera vez que, tras la ruptura con Enrique, lo hiciste con ella. Sería primera hora de la tarde de un sábado, antes de las cuatro, cuando Clara llamó a la puerta. La cogiste de la mano, la arrastraste escaleras arriba a la habitación y fue desnudaros, a la ducha, y enganchadas hasta la hora de cenar.
Pues a ver si se enteraba de una vez. A ver si se enteraba de que lo vuestro no va, o no va sólo, de que os pica la flor y os ponéis. Por lo de que el roce hace el cariño, porque el dormir tantas noches las dos agarraditas os tenía que haber ido creando lazos.
¿Estabas celosa? Sí, y lo confiesas porque es algo natural. Y aquella noche la echabas de menos, que cavilabas sobre dónde se habría metido. Pero te acostaste en plan positivo, que eso tú sabes hacerlo bien mientras ella se ahoga siempre en un vaso de agua y luego has de ir tú a sacarla. Y al día siguiente, sábado, ya verías el mundo de otro color.
Sin embargo, ese sábado volviste a dormir sola. Y por tonta; o por indecisa, por no haberte sabido poner en jarras y decirle: ¿Pero tú, de qué vas, es que no tenemos nada a medias tú y yo? Pero al menos te quedó el consuelo de haberla dejado recogida y saber que estaba sola en su cama.
Te había llamado a media mañana. Para veros por la tarde en el centro comercial y tomar algo o ir al cine. Y no supiste reaccionar y decirle que podíais veros aquí en casa. Veros, miraros y remiraros. Luego, cuando te contó lo que le había pasado la víspera, lo entendiste. En parte, lo entendiste sólo en parte, porque si tiene una preocupación ya sabe ella que una buena manera de olvidarla o dejarla de lado es poniéndose horizontal contigo.
Lo que le había ocurrido es que tuvo un accidente con el coche cuando volvía del trabajo. Incomprensible. Sabes más o menos la recta donde dice que lo tuvo, a seis o siete quilómetros del pueblo, y no te entra en la cabeza cómo se le pudo salir el coche de la carretera sin que ocurriera nada: ¿en qué andaría pensando? Suerte que no se hizo nada. Pero, ¡qué casualidad!, venía de frente un BMW con un chico guapísimo dentro que se paró para atenderla. Y ella, ¿no sabe coger el móvil y llamar? Tú estabas en el trabajo y, según cómo, podrías haberte escapado. O podía haber llamado a su hermano, que a esas horas estaría en casa. O a Tomás, que a ver si Tomás sólo le va a servir para lo otro... Pero no, ella se queda ahí atontada, el chico del BMW se encarga de llamar a la grúa y luego la trae a casa. Con el detallito peligroso: como la ve medio lela sentada en el arcén, se quita la cazadora de cuero negra para arroparla. Así, a lo caballero antiguo. Y aquí viene lo malo: al dejarla en la puerta de casa y despedirse, como ella sigue sin reaccionar, no se da cuenta y se va con la cazadora mientras él se queda mirando. Vamos a ver: ¿cuánto vale una cazadora de cuero? Si de verdad es de cuero -y ella dice que sí-, lo menos trescientos euros. ¿Y se va a quedar el chico ahí mirando cómo se le van trescientos euros o pensaría en volver a recuperarla al cabo de unos días y de paso que ella le diera las gracias por todo y ya sabemos cómo?
Te dio la impresión de que todo se te iba poniendo cada vez más cuesta arriba. Es que se te llevaban los demonios. Y ella insistía en que el chico no se había dado cuenta del olvido; y decía que ya miraría la manera de devolvérsela. En fin, que acabasteis metiéndoos en el cine a ver una película de crímenes y por lo menos te distrajiste. Y a la salida tenías un mensaje de Virginia por si queríais ir de tapas al bar de Alfonso y eso es lo que hicisteis.
Y Virginia, otra que tal. Es que la habrías estampado. Como no se entera nunca de nada, sólo de oír lo del chico del BMW y la cazadora por medio, empezó a insistirle a Clara en que ahí tenía un novio y con posibles. Habrías cogido el plato de patatas bravas y se lo habrías plantado en medio de la cara.
De ahí a casita. Sin más. Os disteis las tres besitos en la mejilla y Clara, que se había puesto ensimismada, dijo que se iba andando. Tú, que también eres tonta y te arrepentiste al instante, con tu sonrisa por fuera y tu mal humor por dentro, no supiste decirle que ya la acompañabas en el coche. Al llegar a su puerta, ya se te habría ocurrido alguna genialidad para enredarla y acabar las dos metiditas en su cama:
-¿Quieres que suba y te pinte las uñas de los pies?
Una cosa es que así en frío, en plena calle, no tuviera ganas y siguiera dándole vueltas a su problema, que tan gordo no era, sólo el de tener el coche destrozado y buscar la manera de ir a trabajar al lunes siguiente. Pero otra cosa muy diferente era llegar a su casa ya cenadas con las tapas del Alfonso y bueno, vale, te ponías a pintarle las uñas de los pies y estás segura de que, aunque sólo se quitara los calcetines y permanecierais vestidas, habrías sabido la manera de irla poniendo a tono sin siquiera tocarla, sólo hablándole y mirándola. Y si no se ponía por ese sistema, caricias y dulzuras hasta conseguir estar las dos desnudas y dejarle las uñas de los pies a medio pintar. A partir de ahí, felices las dos y ella, seguro, olvidada del accidente y del chico de la cazadora.
Y el domingo, ya con los cuerpos más calmados, le habrías llenado la frente de besos para limpiarle los malos pensamientos y le habrías hecho ver cómo el suyo no era un problema tan grave porque, de un lado, para hacerse cargo de los coches están las compañías de seguros y los talleres y, de otro lado, al trabajo podía ir en tren. Es justamente de eso de lo que estás hablando, de que para ti no se trata sólo de desnudaros y que sea lo que Dios quiera sino de quereros y, si tú la quieres y ella tiene un problema, el problema es también tuyo y entre las dos lo habéis de solucionar.

IV
Ahora, que te propusiste que del siguiente sábado no pasara. Te reconcomías por dentro al imaginártela encima de Tomás dando saltitos y grititos, seguro que los mismos grititos que da contigo, pero, como te sabes sobreponer, te esforzabas en quitarte esa imagen de la cabeza. Sin embargo lo veías aún más difícil porque habías de competir también con el chico del BMW. Y lo ibas a hacer. Es cierto que en el trabajo te mantienes al margen de esas tensiones entre las compañeras para ver quién es jefa de planta porque a ti no te viene de cobrar cien euros más o menos, pero en este otro terreno no te da igual. Y ya sabías, y ella también, cuáles eran las armas con las que contabas.
Aunque puede que fueras algo injusta con ella. Casi la estabas tratando como a una buscona y, en realidad, por esos días de marzo hacía ya casi dos años, prácticamente como tú, que no salía con ningún chico ni le conocías más que esas escapadas esporádicas con Tomás que no te contaba. Pero por si acaso te dispusiste a planificarlo bien para el sábado siguiente y te convenciste de que la ibas a traer a tu cama aunque fuera arrastrándola del pelo. Y ahí te estarías toda la tarde para explicarle el mundo sin palabras. Y si no lo entendía, insistirías el domingo. Como que te llamas Laura.
A pesar de todos los propósitos que ese sábado por la noche te habías hecho para el próximo fin de semana, a la mañana te despertaste muy triste. Porque una cosa son las intenciones antes de dormir y otra cosa las sensaciones al despertar. Antes de abrir los ojos recorriste con el brazo el otro lado de tu cama y estaba vacío. Te saltaron las lágrimas y estuviste tu buen rato llorando. De tristeza, de rabia contra ti, contra ella y contra el mundo. La habrías llamado y le habrías dicho de todo menos guapa.
Cuando te desahogaste y ya te habías sobrepuesto, te dio por pensar en los buenos momentos que habíais pasado juntas en la cama y te entraron todos los ardores. Porque es cierto que la necesitas físicamente. Como que te pusiste tú sola por despecho contra ella. Te diste la vuelta y, boca abajo, te estuviste acariciando mientras le dabas vueltas a si llegabas hasta el final porque no valía la pena esperar a hacerlo con ella o parabas, te aguantabas y apuntabas el sacrificio del lado de lo mucho que la querías. Así fue aunque no se lo mereciera: saltaste repentinamente de la cama y te diste una ducha de agua fría para calmarte. Y eso también te lo prometiste: la próxima vez que llegaras sería con ella y como siempre habíais hecho, las dos al mismo tiempo. Y sería a más tardar el sábado siguiente, que eso lo seguías teniendo clarísimo.
Luego te preparaste tres tostadas con tres mermeladas diferentes y ella, que dice que tanto le gustan tus mermeladas, se lo perdió. Y el resto de la mañana lo dedicaste al ejercicio de limpiarte la cabeza leyendo revistas del corazón. Como los pacientes del hospital se las suelen dejar cuando les dan el alta, las limpiadoras las recogen y las que ellas no quieren os las dejan por ahí encima a vuestra disposición.
Y al fin la llamaste. No para quedar para la tarde, que estuviste trabajando de dos a diez, sino para preguntarle si había aparecido el chico de la cazadora. Que la pensabas llevar marcada al milímetro para que no se te escapara. Y no, no había aparecido.
Te fuiste a dormir más contenta porque te sentías segura de ti misma. Aunque pueda parecer una bobada, esa seguridad te la daba la certeza de que la querías, y la quieres, con mucha fuerza. Y la quieres no sólo para que te ponga contento el cuerpo sino también para abarcarla con los brazos, para acariciarle el pelo, para comértela a besos...
Ella también te quiere, de eso estabas tan segura entonces como lo estás ahora. Porque cuando una persona te quiere se lo notas en la manera de mirarte y de tocarte. Y a ella se lo ves en los ojos cuando estáis tumbadas de medio lado y frente a frente. Le apartas el pelo de la cara y le descubres esa mirada dulce que te lleva a buscarle los labios en un beso que todavía no es de deseo sino sólo de abandono, de contigo lo que sea. Y luego en el tacto. Sabes que te quiere por algo tan simple como la manera de ponerte la mano en la cintura, en el vientre o en la pierna cuando buscáis la postura para disponeros a dormir.
Pues ahí estaba la cuestión: si tanto te quería, que te lo demostrara más a menudo, que tú no te alimentas sólo de aire.
Para qué esperar a más. El mismo lunes la llamaste y la dejaste bien encarriladita para el sábado por la tarde. La llamaste, quedasteis y el sábado, sin torcerse a derecha ni izquierda, recorrería el camino que la trajera a tu casa, a tu cama y, como a veces te gusta ponerte diáfana, hasta tu cuerpo. Porque, desde que el domingo por la mañana habías decidido que sin ella nada, te morías de ganas de sentirla prieta junto a ti, de que te acariciara hasta sobarte, de que te besara, de que te hurgara donde quisiera. Y tú a ella igual, por supuesto, que a veces, como siempre soléis ir al unísono, no sabes si te gusta más lo que ella te hace a ti o lo que tú le estás haciendo a ella.
Al llegar al trabajo ese lunes a las dos te habían contado lo de la nueva jefa: había sacado del bolso un pendrive, lo había metido en el ordenador, había estado dándole diez minutos a las teclas y había acabado imprimiendo un cuadrante con vuestros horarios para esa semana y la próxima. Lo miraste y ahí estaba tu nombre en una columna: resulta que salías de trabajar el sábado a las seis de la mañana y no volvías hasta el domingo a las diez de la noche. Perfecto. Porque así tenías toda la mañana del sábado para dormir y estar bien fresca y descansada cuando llegara.
Lo cierto es que ya te urgía. Tú la quieres por un igual con el cuerpo que con el corazón. Antes, al menos por esos días de fines de marzo y también en abril, esas prisas y esas urgencias se te pasaban en cuanto la tenías delante y, entonces, como ya estabas segura de que os ibais a saciar, podías aguantar rato y rato hablando antes de decidiros e incluso disfrutabas de esa espera. Poco más tarde empezaste a sentirla de otra manera. Porque habéis cambiado bastante, mucho, en vuestra manera de hacer. Ya has dicho que llegaste a ir constantemente con el cuerpo encendido. Pues había veces en que, claro, como al encontraros ibas un paso por delante de ella, tenías tantas ganas que o bien le pedías descaradamente que te hiciera algo rápido aunque ella de cosas rápidas no entiende y siempre se entretiene, o bien te ponías en posición para que te lo hiciera o te empezabas a frotar contra su cuerpo y ella ya se espabilaba y te llevaba por donde te tenía que llevar. Y después, con sólo cinco minutos para recuperar el aliento ya te encontrabas en disposición de construir esos placeres largos y rebuscados que le gustan a ella. Y a ti también, por supuesto.
Ese fue otro de los objetivos, aunque secundario, que te propusiste, conseguir que su cuerpo sintonizara con el tuyo. Ya casi lo has conseguido sobre todo a partir de aquel fin de semana definitivo.

V
Estabas en que aquel lunes la llamaste. Esperaste a que saliera de trabajar, dejaste un margen de tiempo, llamaste y, claro, como tenía el coche en el taller, la  pillaste en el tren. Por ahí se salvaba, porque te contestó de la manera más sosa posible. Le preguntas que si quiere asunto el sábado y te contesta que bueno. Seguramente habría alguien a su lado y por eso contestó así, pero tú te hiciste la enfadada:
-No me digas bueno. O sí o no.
-Ya sabes que sí.
También se lo podías haber propuesto de otra manera, que si quieres que el sábado te lleve al séptimo cielo, que si quieres que nos arranquemos unos gritos desgarradores; o a lo fino, que si quieres venir a casa a tomar café y veremos lo que pasa… Pero bueno, te salió así de directo y te contestó como esperabas, que sí quería asunto el sábado.  Y como estabas en el trabajo tampoco te extendiste más, que, si no, le habrías dicho alguna picardía para que le salieran los colores y, además, se fuera haciendo ya a la idea. Como que, y era verdad, tenías muchas ganas de sentirla entre tus piernas y aún más de estar tú jugando entre las suyas. Porque esa iba a ser tu estrategia, la de darle y seguirle dando, la de volverla loca, crearle adicción y que no pudiera volver a pasar una semana sin querer venir a por más. Bueno, eso era lo que pensabas en frío con el cerebro pero luego, cuando estabais en el terreno, se te olvidaba todo y pasabas a pensar con las manos, con los ojos, con los labios, con la lengua... O sea, pasabas a no pensar sino a querer sólo disfrutarla y que te disfrutara.
Otra cosa: que lo del cuadrante con los horarios de todas quedaba muy bonito allí colgado pero podía dar un vuelco por cualquier tontería como que alguna se pusiera mala. Daba igual. Porque si te corría el turno y habías de trabajar el sábado desde las seis de la mañana hasta las dos tenías tiempo de llegar a casa, comer cualquier tontería, una manzana o algo rápido, y echarte a dormir hasta que llegara ella hacia las cuatro. Además, como tiene las llaves de casa, la podías avisar antes y pedirle que entrara, subiera y te despertara, que sabe hacerlo muy bien a base de besos. Pero aún te podría correr otro turno más y trabajar desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche del sábado y sería peor aunque ya verías la forma de arreglarlo: durmiendo por la mañana para estar descansada a la noche y que ella te esperara en casa con la cena preparada para cuando salieras de trabajar. Cenabais y luego, pues eso.
Y ya está, ya estabas satisfecha y contenta para el resto de la semana.
Así dejaste todo en orden. O en orden hasta el sábado cuando, se suponía, le habías de dar argumentos para que todo siguiera en orden hasta el sábado siguiente. Así fue, así os fuisteis encadenando de fin de semana en fin de semana hasta ahora. Y aún más porque llegó un momento en que os parecieron insuficientes los fines de semana. Pero eso ya lo contarás en su momento.
Ahora quieres pasar a otros asuntos. Quieres explicar que cuando ves el mundo en orden como lo viste durante toda esa semana o como lo ves ahora miras hacia atrás y te arrepientes de cosas que has pensado o has hecho. Más bien de cosas que has pensado, porque lo de hacer o decir algo dejándote llevar por un estado de ánimo es algo que crees dominar. Por ejemplo, te sabía mal lo que habías pensado de Virginia cuando estabais las tres ante el plato de patatas bravas, lo de plantárselo en toda la cara cuando le dijo a Clara que ahí tenía un novio. Te duele haberlo pensado pero no te acabas de arrepentir y por eso no piensas borrarlo, que lo escribiste y ahí queda escrito. Además, ahora te da la risa al imaginártela con el plato de bravas por la cara y que le chorreara esa salsa rosácea que le echan. Y si te medio arrepientes es porque Virginia es otra de tus amigas de toda la vida.
Lo mismo ese domingo por la mañana. No entiendes bien cómo, al despertarte, pudiste pasar de la llorera por no tener a Clara a tu lado a tocarte imaginando que sí la tenías. No te gusta ni haber llorado ni haberte llevado la mano ahí, pero no te arrepientes porque lo sentiste así. Y del mismo modo como no has borrado lo de Virginia tampoco vas a borrar nada, ni que llorabas ni que te pusiste a acariciarte, que ya se sabe que es una cosa muy íntima de cada una pero es lo mismo que este texto ante el que estás, íntimo tuyo y sólo para ti. Aunque, claro, no descartas dejárselo leer algún día y no crees que te riña por tocarte pensando en ella. Además, empezaste pero no acabaste. Y tampoco pasa nada por escribir eso porque, digan lo que digan, todas lo hacen. Si no, que te lo cuenten a ti con lo que oíste hace tres o cuatro meses en la peluquería mientras te hacías la loca leyendo el Hola y esperabas tanda. Al llegar ya habías visto que la conversación iba de lo que hacían o dejaban de hacer con sus maridos pero Marga, la del Pelicán, se pone a contar que, cuando vuelve de dejar a los críos en el colegio, se mete en la habitación, se desnuda completamente, se tumba en la cama y… bueno, se pone a dar detalles de cómo lo hace y acaba diciendo que si no fuera por eso no se vería con ganas de empezar con las faenas de la casa. Las demás se ríen, tú sigues sin levantar la cabeza de la revista y ella añade como dirigiéndose a ti:
-Hacedlo como lo he dicho y ya veréis qué gustito.
Por educación te limitaste a mirarla y volviste a la revista. Pero te quedaste con las ganas de decirle:
-Mira, bonita, yo ya tengo quien me cumpla.
Por no decirle algo peor. Si será cochina...
Que lo raro fue que, con lo chismosas que son en este pueblo, no te hubiera venido a ti la historia por otro lado después de que corriera de boca en boca explicada por cualquier otra que en ese momento estuviera también en la peluquería. Y las chismosas no son sólo las otras, que tú también te incluyes porque lo primero que hiciste al llegar a casa fue llamar a Virginia para contárselo:
-¡Qué poca vergüenza! Pues si se entera el marido, la gracia que le hará...
Y ni se iba a enterar ni se habrá enterado porque los chismes de mujeres no salen más allá del mujerío. Y para todas Marga, desde entonces, es como si ya llevara en la frente escrita la palabra de cuatro letras para el resto de su vida. No por hacerlo, que ella puede hacer lo que quiera, sino por predicarlo a los cuatro vientos.

VI
A lo que ibas, que te estás dispersando: cuando escribías el blog te releías con frecuencia y había algo de lo que te diste cuenta en seguida, de que aquellos días andabas muy monotemática. Y debía de ser por lo que no le dijiste a Marga, porque sí tenías quién te cumpliera pero llevaba días sin venir a cumplirte, una eternidad para las necesidades de tu cuerpo, y también por eso te lo sentías completamente encendido. Por eso y por autosugestión, que ya has dicho que esa iba a ser tu arma para convencer a Clara de que en ese terreno tú habías de ser la única persona. Tampoco te preocupaba mucho que durante esa semana dieras vueltas y más vueltas a lo mismo en el blog. Si tu cuerpo ardía, ya te lo apagaría ella el sábado y así, más calmada, podrías variar y pasar a escribir sobre otras cosas. Por ejemplo, algo que te gustaría hacer, que siempre te lo has planteado y nunca has acabado de ponerte en serio, es controlar el jardín. Puedes describir tu jardín, explicar si plantas, por ejemplo, unos jazmines, anotar la fecha y también cuándo empiezan a florecer; y lo mismo con los rosales, las petunias, el magnolio... Así puedes compararlo con el año próximo. Por entretenerte más que nada. Y para intentar demostrarte que, aparte de quererla, sabes hacer otras cosas. Ella es el centro de tu vida, sí, y en tu vida hay otros aspectos, tienes tu familia como todos, tienes tu trabajo y, lo que acabas de decir, tienes tu jardín. Pero la familia la tienes porque has de tenerla y, por supuesto, los quieres, pero al trabajo vas porque sabes que, periódicamente, hay algún día en el que, al acabarse tu jornada laboral ella te está esperando. Como el jardín: aparte de que los últimos jazmines los plantasteis entre las dos están ahí para que en primavera desayunéis envueltas en su aroma. Y todo lo que estás diciendo es que vives para ella y todo lo demás no tendría sentido si ella no estuviera. Hoy ya has conseguido que para ella sea exactamente igual que para ti pero en aquellos momentos aún no era así y ése era tu objetivo.
Y ahora un secretito: no son del todo exactas las causas que has dicho para que durante aquellos días tuvieras constantemente el cuerpo encendido. Ayer mismo a la noche le estuvisteis dando y si la tuvieras ahora delante le dejabas la ropa hecha jirones. Lo bueno es que no recuerdas haber sido antes especialmente fogosa pero ahora… Seguramente todo vino por ese propósito que te habías hecho de atraerla por ese camino. Querías crearle a ella la necesidad y te la creaste aún más fuerte para ti hasta el punto de que hay días, al menos desde ese fin de semana apoteósico a mediados de mayo desde el que puedes decir que Clara ya es exclusivamente tuya, hay días, pues, en que te pone totalmente ninfómana.
Aun así, aun sintiéndote el cuerpo todo lo encendido posible sabías que ese sábado iba a pasar lo de siempre, que en cuanto la tuvieras a tu lado te calmarías, se te quitaría de repente la prisa y podríais estar las dos enlazadas toda la tarde y no explotar hasta la hora de cenar. Y este fin de semana que viene va a ser igual, desde la tranquilidad hasta el nervio, desde la dulzura hasta el deseo. Que por eso la quieres también, porque te hace recorrer toda la escala y porque cuando te acuestas sola piensas en ella y o bien te duermes plácidamente al instante o bien tienes que darte una ducha de agua fría.
Te pasaste la semana diciéndote constantemente que ya quedaba menos para el sábado. Todavía recuerdas lo que pensaste y te dijiste el miércoles por la noche al apagar la televisión:
-Cuando te despiertes, ya podrás decir: Pasadomañana, Clara.
Y el jueves al cerrar los ojos:
-Mañana será el día de: Mañana, Clara.
Y el viernes. Y el sábado al despertarte te lo dijiste en voz alta:
-Hoy, Clara: que se prepare.
A veces te da por pensar de qué manera tan tonta empezó todo entre ella y tú. Os conocéis de toda la vida y, seguramente, desde tiempos de los que ni podéis guardar memoria. Porque vuestras madres ya se conocían y hasta puede que se sentaran en el mismo banco cuando os llevaban al parque y empezabais a andar y a hablar. Luego vinieron el colegio, el instituto, la cuadrilla del pueblo, ella se fue a estudiar a Salamanca... Todo ocurrió más despacio, por supuesto, que tal como lo cuentas parece como si de repente hubierais pasado de comprar chuches a la discoteca. Pero el caso es os movíais mucho juntas y era tu mejor amiga. Lo sigue siendo, por supuesto, pero de otra manera desde que ocurrió lo que ocurrió, que podría no haber ocurrido y, entonces..., bueno, no puedes saber de ninguna manera cómo habrían ido las cosas si aquel día te hubieras estado con las manos quietecitas. Pero es que te lo estaba pidiendo a gritos.
No, no lo vas a contar al menos de momento porque si lo explicas lo quieres explicar muy bien. Lo que sí vas a decir, sin embargo, y por si resulta que algún día alguien llega a leer lo que  estás escribiendo, es que tú no eres, ni ella tampoco, lesbiana. Ni tortillera, que es como se ha dicho toda la vida y siguen diciendo los que no tienen manías. Ni homosexual, que tú antes pensabas que, por lo de homo, sólo lo eran los hombres; hasta que te explicaron que homosexual es lo contrario de heterosexual. Y te da la risa ahora al acordarte de lo que dice tu padre cada vez que sale alguno declarado por la tele:
-Pues por mí, ya se podrían volver todos para dentro del armario.
Que has ido con chicos ya lo has dicho, al menos has hablado de Enrique, y te gustaba ponerte con él, y con otros antes, y hacer lo que se suele hacer en esos casos. Nunca has sido una estrecha pero, cuando lo hacías, lo hacías convencida. Y si ahora vas con Clara no es porque seas bisexual, de esas a las que les da igual la carne o el pescado y disfrutan lo mismo en una cama que en otra.
Tampoco es que te importe mucho qué piense quien pueda leerte. Y si piensa que eres tortillera porque te metes en la cama con Clara y te gusta, pues lo eres. Pero a ese que lo piense le vas a decir en voz bien alta una verdad: te gusta meterte en la cama con ella pero sólo con ella. Y no te meterías en la cama con ninguna otra mujer ni con ningún chico. Así que si te quieren poner un adjetivo, que te digan que eres monosexual, que tanto lenguaje correcto y tanta tontería y no sabes si existe una palabra para la que sólo se acuesta con una persona. Que no es lo mismo que monógamo, que ya sabes que es el que sólo tiene una mujer o la que sólo tiene un marido. Y si un casado tiene por ahí una querida sigue siendo monógamo, ¿o no?
Además, si aún así alguien quiere decirte:
-Sí, Laura Montesinos, sí, tú di lo que quieras pero, lo reconozcas o no,  eres lesbiana.
A lo que vas, que si alguien piensa así le puedes contestar que muy bien y que el placer que te da Clara no te lo ha dado nadie antes.
Si es lo que decías de que con ella hay veces en que te pones ninfómana. Hace dos o tres sábados estáis tumbadas y se pone a jugar pidiéndote que mantengas las manos quietecitas. Tú le haces caso y ella te trastea, te pone loca y, cuando estás en punto de ebullición, para la mano, te mira y te dice:
-¿Cómo quieres llegar, mirándonos o besándonos?
Porque es muy diferente: mirándoos os sonreís, tú abres mucho los ojos según dice ella y mueves la cadera a derecha e izquierda; en cambio, si te besa cuando estás en pleno placer, la aprietas contra ti fuertemente y te pones a dar sacudidas.

VII
Estabas en que esa semana ibas contando los días y las horas que faltaban para estar con ella. Y como el jueves y el viernes te tocaba trabajar de noche, aprovechaste el jueves para dormir hasta las tantas y, además, te echaste tu buena siesta por la tarde. Por llegar lo más descansada posible al sábado, por supuesto. Luego fuiste al supermercado y, al volver, el susto que te diste... Bueno, cuéntalo despacito.
Vuelves del supermercado -las ocho serían- entras en casa cargada con las bolsas y ves la luz roja del teléfono parpadeando. Dejas las bolsas en el suelo, tocas las teclas del aparato para ver quién te había llamado y era ella. Como que casi te mareas y tuviste que sentarte en el sofá. Porque te pusiste en lo peor, en que te había llamado para anular lo del sábado. Sobre todo porque lo normal es que, como nunca acaba de asimilar tus horarios de trabajo, te llame al móvil. Pero luego caíste en que el martes habíais hablado, que la habías llamado tú por lo del chico de la cazadora, y le habías dicho que el jueves estarías en casa casi todo el día. Ah, porque lo del chico de la cazadora no se te olvidaba por más contenta que estuvieras por vuestro encuentro del sábado. De todas maneras, al ver su nombre en la pantallita del teléfono el susto ya lo tenías en el cuerpo. Pero supiste dominarte: estuviste unos minutos en el sofá para reponerte pero sin dejar de darle vueltas a que, si no venía el sábado, no podrías soportarlo. Ya estabas decidida a ir a su casa y cantarle las cuarenta; tiempo tenías, que hasta las diez no entrabas a trabajar. Pero antes la habías de llamar para asegurarte, claro. Total, que te relajas, guardas la compra, subes a la habitación, te tumbas en la cama, te concentras y la llamas desde el otro teléfono:
-¿Pasa algo, que he visto que me has llamado?
-Por si querías que el sábado llevara algo especial.
¡Qué embustera! Porque eso no te lo ha preguntado nunca. Siempre trae algo para merendar o cenar, pastelitos, canapés, o prepara una tortilla de patatas. Sin consultártelo, que no hay necesidad y todo te parece bien. Algo le rondaría la cabeza. Pero bueno, lo del sábado seguía en pie y eso es lo que te importaba. Como que contestaste de forma que le quedaran bien claritas las cosas:
-Pues tráete media docena de trufas.
-Vale.
Otra rareza. Porque ya trajo trufas un día y nada más sacarlas de la bolsa se te ocurrió un jueguecito. Al principio se resistió pero la convenciste y acabó gustándole. Otra cosa es que lo confesara. Por eso te sonó raro que, con lo vergonzosa que es a veces, dijera que sí a lo de las trufas sin poner ningún reparo. Que podía haber puesto todas las pegas que se le hubieran ocurrido pero habría acabado trayendo las trufas, eso sí.
Y lo de que es vergonzosa tiene sus matices. Es otro de los muchos aspectos en que habéis cambiado. En estos últimos meses vuestra relación no sólo ha dado un vuelco, como tú querías, y provocado cambios en el modo de hacer, de besaros o de miraros, sino también en el modo de hablar… Más en ella que en ti porque ella, antes, si tenía un caprichito de quiero que me hagas esto o lo otro, se lo callaba y la tenías que adivinar mientras que tú se lo pedías a las claras o te movías hasta la postura –impúdica, decía ella, que tiene palabras para todo- para que te diera el caprichito. Ahora has conseguido que te lo pida aunque sea tímidamente. Hace poco estabais en su cama después de cenar mirando la televisión, se acaba la película, os dais el besito de buenas noches y apaga la luz. La abrazas para dormirte y al poco se pone a acariciarte de un modo que notas que no es sólo de cariñito. Tú, ni caso, a ver a dónde va a parar. Sigue acariciándote, se te viene al oído y te dice en voz muy baja:
-Una chupadita.
Te haces la dormida:
-Mmmmm.
Insiste y enciendes la luz:
-A ver, pídemelo mirándome a los ojos.
Y ahí le salió otra vez el pudor, ya ves qué tontería con la cantidad de chupaditas que os habéis dado. Acabó repitiéndotelo, por supuesto:
-¿Nos damos una chupadita antes de dormir?
Pero estabas en vuestra conversación telefónica y en lo raro que era que, pudorosa ella, no hubiera puesto impedimento a lo de las trufas. Luego le contaste lo de la jefa nueva y lo de tu horario de trabajo para el fin de semana. Sin decirle que aún podía cambiar, aunque si no había pasado nada hasta ese momento era casi seguro que tu horario se iba a mantener y el sábado a las seis de la mañana estarías en casa. Y si no, pues para eso tenías previstas las alternativas.
Eso fue la conversación. Que algo le daba vueltas por la cabeza, seguro. Pero lo que te importaba: el sábado estaría aquí y, si tenía algún problema, se lo escucharías, que tú la quieres de verdad y no sólo para que te calme el cuerpo. Aún así, lo que te estuvo viniendo constantemente a la cabeza hasta el sábado fue la imagen de las dos entrelazadas, con trufas o sin trufas por medio; y te entraba ese picorcillo dulce que te subía de entre las piernas al resto del cuerpo. O sea que acababas necesitando pensar en otra cosa, en hacerte la cena, en el trabajo…
Eso sí estabas muy contenta y tenías muchas ganas de pillarla.

VIII
Virginia, Clara y tú con los morritos llenos de colacao merendando en la cocina de casa de Clara después de salir del colegio y luego en el salón mirando los dibujos animados sentadas en aquel sofá sin que los pies os llegaran al suelo. Debe de ser uno de los primeros recuerdos que tienes. Y seríais tan crías que no recuerdas que os pusierais luego a hacer los deberes. Poco después sí, las tres en tu casa, en la suya o en la de Virginia con vuestros cuadernos coloreando, subrayando y, sobre todo, riéndoos y hablando por los codos. O yendo juntas a comprar chuches a la tienda de la señora Mercedes en el Ave María con algún billete de veinte duros que os daría el padre de alguna de vosotras. O las fiestas de cumpleaños con prácticamente todos los niños de tu clase corriendo y chillando por tu patio, el suelo lleno de papeles de los regalos que habías desenvuelto y las madres medio locas con el ruido que hacíais. O cantando en el autocar cuando en el colegio se os llevaban de excursión a Silos, a Simancas, a la Valvanera.
Sin daros cuenta, veíais el mundo por un agujerito y no teníais ninguna prisa por haceros mayores. No sabíais de dinero, de trabajo, ni de problemas. Ir al colegio, jugar en el parque, alguna película infantil en el centro comercial cuando alguien tenía la paciencia de llevaros... Hasta notar que, sin querer, vais creciendo, que si me salen pelillos, que si me apuntan los pechos, que si me ha bajado el mes. El mundo real que se va dibujando a vuestro alrededor y, sin que sepáis muy bien cómo ha corrido todo, Virginia ya está casada y tú te despiertas una mañana con Clara en tu misma cama.
Sí, pasaron muchas cosas entre medio, los primeros chicos en el instituto, las salidas en cuadrilla a la discoteca, risas en los bares del pueblo, estudiaste enfermería y ella económicas, pero a veces la miras, sobre todo cuando está dormida, y, como si todo ese período de tiempo hubiera quedado entre paréntesis, sigues viendo a la niña que miraba los dibujos animados junto a ti en aquel sofá sin que los pies os llegaran al suelo. O la estás acariciando, le miras el cuerpo y piensas en lo bien que han acabado quedándole esos pechos y esos pelillos que, entre juegos, viste cómo empezaban a asomar. Lo raro que es todo y las vueltas que puede dar.
Quizá os separasteis un tanto cuando ella fue a estudiar a Salamanca, quizá tendrías que haber estado más pendiente cuando lo dejó con Tomás, le entró la depresión y estuvo unos meses sin aparecer por el pueblo. Pero el caso es que aquí estáis, juntas. Y lo de sus depresiones es otro de los aspectos que quieres contar despacio y sobre seguro. Porque no recuerdas bien desde cuándo, quizá ya desde pequeña y tú no eras consciente de ello ni de nada, Clara fue cayendo en tristezas periódicas. Como dices, ya lo explicarás más adelante pero ése es otro de los detalles en los que crees que ha cambiado a mejor. Y te gustaría ser tú una de las causas de ello.
Ah, aún hay otra cosa, que también desde pequeña empezó a destacar por lo lista que es, las notas que sacaba y lo que le gusta leer. Entras ahora en la habitación de su casa donde tiene el ordenador y, excepto la pared con la ventana que da a la calle, las otras son todo estanterías repletas de libros. Y un par de estanterías más en el salón con libros grandes y bonitos, de pintura sobre todo. Se los habrá leído casi todos, seguro, y los tiene metidos en la cabeza porque a veces te los cuenta. Se sabe enteras las aventuras del Cid, de don Quijote o de Ulises y hasta cuando estáis en plena acción se pone a contártelas. O cuentos de los dioses griegos que le escuchas embelesada.
Por esos días de primeros de abril que estás contando, como aún te quedaba alguna duda de si ella acabaría aceptando todas las condiciones que tú le estabas poniendo en silencio, te pasaba alguna vez por la cabeza que a lo mejor lo que a ella le convenía era una persona que supiera seguirle esas conversaciones y hablar de cosas intelectuales. Pensaste incluso en comprarte el libro de las aventuras de Ulises, que crees que es el que más le gustaba, y leértelo de cabo a rabo para sorprenderla la próxima vez que te lo citara. Pero no, tú eres como eres y si ella te había de querer hasta las últimas consecuencias era así. Además, seguro que las aventuras de Ulises las cuenta mejor ella que el libro.
Y otra de las razones por las que basaste toda tu estrategia en tu cuerpo iba por ahí. Como si le estuvieras diciendo:
-Ya sabes que mi cerebro no da para más, pero tengo otras cositas para ofrecerte.

IX
No has acabado de explicar lo que contestaste cuando te preguntó si querías que, al llegar al final de las caricias, te mirara o te besara. Porque te has ido yendo de una cosa a la otra y has acabado remontándote lo menos hasta 1985, cuando teníais cinco años:
-¿Cómo quieres llegar, mirándonos o besándonos?
Al oído y en voz muy baja te lo preguntó y al oído se lo contestaste:
-Tal como me tienes necesito las dos variantes seguidas. El orden lo escoges tú.
Pues eso, que a lo tonto acaba por ponerte ninfómana. Y te hace perder el sentido acariciándote despacito, con un leve roce. La vas sintiendo muy dentro, como si tuvieras una conexión secreta entre el bultito y el corazón, mientras te va mirando con esos ojos azules y poniéndote en tensión. Vuelves la vista hacia abajo, hacia su dedo, con el anillo de oro que le regalaste con vuestro nombre dentro grabado, y te parece que no lo mueve. La miras, te sonríe y te dice:
-Cuantas más veces lo hacemos, más te quiero.
Y te vas porque, aunque estabas resistiéndote para seguir recibiendo el placer que te daba, no puedes más, sientes la emoción en la garganta y te van a saltar las lágrimas. Te había puesto en el dilema de o romper a llorar o rendirte. Te rendiste y te fuiste sin saber si se te había llevado con el dedo, con los ojos o con la voz. Y te fuiste también con el corazón.
Ni un minuto dejó pasar hasta que volvió por ti tomándose al pie de la letra lo que le habías dicho. Cargadita de deseo, que se excita mucho viéndote a ti excitada y explotando. Como tú, que a punto estuviste un día de llegar mientras se retorcía al acabar de chuparla. Le plantas la mano en el vientre insinuando y te dice que no, que sigue siendo tu turno y si acaso luego ya veremos. Si acaso luego ya veremos… sí, como si ella fuera a tener alguna capacidad de decisión. Tan segura te sientes que ni siquiera te propones excitarla aún más exagerando, no te hace falta porque ella ve a las claras cuánto la estás sintiendo. Sobre todo al final, que en el momento en que se viene a tus labios la estrechas contra ti y le clavas las uñas de puro nervio. Igual de intenso pero diferente, más con los instintos, más irracional, sabiéndote unida a ella por arriba y por abajo y empapando tu lengua de la humedad de la suya.
Y la sensación de tranquilidad, de serenidad que te da. Y de seguridad e inconsciencia. Otra vez como cuando erais pequeñas y ni por asomo os parabais a pensar que para que vosotras estuvierais ahí riendo frente a la televisión vuestros padres tenían que estar todo el día arriba y abajo y vuestras madres habían pasado dolores y desvelos. Estabais protegidas sin saberlo y casi vivíais convencidas de que habíais venido a este mundo para ver los dibujos animados. Pues igual con ella, que estáis las dos ahí tumbadas, desnudas, y queda todo en otra dimensión. Ni trabajo, ni familia, ni dinero, sólo tú y ella. Y ni siquiera hace falta que os protejáis la una a la otra. O sí, no sabes.
La quieres tanto, tanto, que cuando se levanta para ir al cuarto de baño ya la estás echando de menos.
-Ya puedes ir poniéndote cómoda, que voy.
-Pero yo con una vez tengo más que suficiente.
-¿No acabas de decir que cuantas más veces más me quieres? Pues atente a las consecuencias.
Con mucho cuidado. Sólo tocarla notaste que se te podía ir al momento y no querías. Caricias en el pelo, en las mejillas, en los brazos, dulzuritas para relajarla y para hacerle descender el nivel de tensión hasta el punto ideal para arrastrarla de nuevo. Le pones la palma de la mano en los pelillos y juntas tus labios a los de ella. Le das la lengua y al mismo momento la alcanzas. Da un respingo y sigues. Sin parar, sin dejarla en ningún momento que se desenganche, sintiendo grititos suyos en el fondo de la garganta. Te cuesta dominarla al final porque tampoco sabe estarse quietecita y mueve la cintura a un lado y otro sin concierto.
Pero a ti te interesaba más la segunda vez, esa que decía no necesitar, la que ponía a prueba tu capacidad. Ya sabías que te costaría más pero tenías todo el tiempo por delante y ninguna prisa. Más de media hora estuviste desde que, mientras aún se recuperaba, le empezaste en los pies con besitos pequeños con ruido, como pequeños estallidos, hasta que, tras recorrerla toda, te situaste recostada de medio lado en paralelo a ella:
-Pareces el Doncel de Sigüenza.
Una estatua en la catedral de Sigüenza, encima de una tumba, para que se vea la gracia que es capaz de echarle la nena en el momento preciso. Flexiona las piernas, las abre, te haces esperar arañándole los pelillos y, cuando te lo pide con los ojos, llegas y la vas acariciando como ella te lo hace, muy despacito y con un leve roce. Está completamente relajada y se deja llevar en silencio y sin moverse. Hace como tú y mira hacia abajo, hacia tu mano con un anillo semejante al suyo. Sí, también con vuestros dos nombres grabados y por eso os acariciáis, porque vuestros nombres van juntos; o al revés, vuestros nombres se unen aún más cuando os acariciáis:
-Ricura, yo creo que no te puedo querer más porque, si te quisiera más, me explotaría el corazón.
-Di todas las tonterías que quieras pero no pares.
No tienes ninguna intención de parar y no lo haces hasta que te mete el dedo en la boca, se lo muerdes, te sonríe, abre la boca y va cerrando las piernas hasta comprimirte la mano. Te pone una mano en cada mejilla y empieza a repartirte besos nerviosos por la cara y te quieros en los oídos. Te rodea el cuello con los brazos y os dais un beso de los largos.
Y a ver cuál de las dos es más ninfómana. Ninguna, que lo que os pasa es sólo que ahora os deseáis mucho más. Porque todo eso fue a última hora de la tarde. Ese mismo día, al acostaros, fue cuando se te vino al oído pidiendo la chupadita. Y tenía razón. Os faltaba rematar de modo que pudierais llegar las dos al mismo tiempo.

X
Te has vuelto a dispersar cuando estabas contando lo de esa semana en la que, después de lo que parecía una eternidad, ibas a estar por fin con ella.
Ese sábado llegó, por supuesto. Pero la seguridad total de que llegaba sólo la tuviste la noche del viernes. Hasta ese momento te había dado la impresión de que el tiempo se dilataba, de que era como una goma elástica que se iba estirando y llevando la tarde del sábado cada vez más lejos. Pero la noche del viernes, mientras cenabas, ya supiste ver que no quedaba casi nada. Irías a trabajar, volverías a las seis de la mañana, te meterías en la cama y al despertarte casi sería la hora. Lo malo era el tiempo en el trabajo y lo despacio que corre en el turno de noche. Daba igual, porque luego lo compensarías con las horas que pasaras durmiendo, que esas no cuentan porque no te enteras: si te dormías a las seis y media y te despertabas a la una, habrían pasado más de seis horas sin que lo notaras. Y entre que arreglabas un poco la casa y alguna otra tontería ya se haría la hora de que apareciera por esa puerta. Y comer algo, no se te fuera a olvidar con los nervios.
Así fue. Todo transcurrió como lo habías previsto el viernes por la noche. Sólo que dormiste más, hasta pasada la una y media, y a punto estuviste luego de olvidar algo básico. Sólo a última hora te acordaste de cambiar la ropa de la cama, que cuando viene ella la pones siempre limpia aunque haga sólo dos días que la has cambiado. Porque eso sí, haréis en la cama todo lo imaginable pero fuera las formas os las guardáis y se te caería la cara de vergüenza si Clara llegara y estuviera la casa por barrer o la pila llena de platos por fregar. Y la cama más aún, que se la presentas sin ninguna arruga y oliendo a suavizante. A ver si tiene alguna queja de ti. Y las toallas en el cuarto de baño, dos juegos limpios y bien dobladitos sobre el mármol.
Además, tenías la nevera llena para cenar lo que quisierais y, si hacía falta, para comer también el domingo. Aunque ella normalmente no se queda porque los domingos va a comer a casa de su padre con el resto de la familia, no como tú que, por no aguantar a tus cuñados -o a tus hermanas, no sabes- te quedas aquí y pasas por casa de tus padres algún día suelto entre semana. Y, de todas maneras, aun yendo a comer a casa de su padre, antes de las doce no se marcha nunca, con lo que disponéis de una mañana bien larga para entreteneros.
Lo extraño fue lo bien que dormiste esa mañana tras haber pasado la noche en el trabajo nerviosa de puro contenta y con ese no sé qué que te recorría por dentro. Aunque quizá fue precisamente por eso. Y, tras despertarte, en un santiamén lo tuviste todo hecho, pasar la fregona por el cuarto de baño, apañar la casa y un desayuno comida en el jardín. Fue entonces, al fregar los platos, cuando caíste en que la cama estaba por hacer y no quieres ni pensar en la interpretación que daría a eso un psiquiatra con lo de los olvidos y actos fallidos. Tú toda la semana esperando a tenerla tumbada ahí y, cuando faltan menos de dos horas, el campo de batalla sin preparar. Subiste corriendo a la habitación y pusiste la funda del edredón que más te gusta, la blanca con motivos florales negros. Luego, un ratito de ordenador con el blog para dejar correr el tiempo mientras escribías porque estabas en un sinvivir de impaciencia.
Así fue, que las manecillas del reloj siguieron dando vueltas sin parar acercándote a Clara. Otras veces es al revés, sobre todo ahora que dormís muchas veces juntas entresemana y, cuando suena el despertador, es porque una de las dos ha de ir a trabajar y, por tanto, habéis de separaros. Da igual, el caso es que ese día dieron las cuatro y, al poco, llama ella como acostumbra antes de salir de su casa y para decirte que ya viene.
Tenías pensado para cuando llamara, y así lo hiciste, salir al jardín con los guantes y las tijeras de podar y que te encontrara ahí con los jazmines que plantasteis las dos el año pasado; como si estuvieras en tus cosas y no muriéndote de ganas de darle aunque fuera un mordisquito. Otra forma de dejar pasar el tiempo: ir al garaje, ponerte los guantes, buscar las tijeras, salir, mirar los jazmines, buscar las ramitas secas, cortar dos o tres, suena el timbre y Clara que llega.
Mejor no pudo ir el fin de semana. Vosotras sois así y cuando os ponéis lo hacéis todo bien desde el principio.

XI
Aún no serían las cuatro y media y sales a la puerta a recibirla con los guantes de jardinería. Nada de achuchón y beso largo con lengua como sería de esperar sino besito formal en una mejilla y en la otra. Como la amiga que llega de visita a media tarde para tomar el té y despellejar al resto de amigas. Y ella arregladísima, que se te derrite todo cuando la ves así y le pones la mejilla. Porque te imaginas lo poco que vas a tardar en llevarla al extremo contrario, al de los besos desbocados con vuestros cuerpos completamente desnudos.
Guardas en la nevera una bandejita de canapés que traía y la otra, la de trufas que le habías pedido. Con doce trufas y no seis como la otra vez, y en ese detalle ya viste que venía con ganas de guerra. Te pide los guantes y mientras preparas el café sigue ella con los jazmines y te gusta. Lo que has dicho, que este fin de semana lo habéis hecho todo bien y lo que te decías que te gustaba era que se pusiera ella a cuidar los jazmines, porque los plantasteis entre las dos y seguro que si huelen tan bien es porque los cuidáis también entre las dos.
Sacas el café y vuestro ratito de conversación. Te puso al día sobre una historia de su oficina, la típica del chico y la chica que se gustan pero no se atreven a decírselo. Lo malo de la historia es que ella se ha puesto de alcahueta por medio y tú sabes que eso no puede acabar bien. Pero la dejabas hablar, hacías ver que la escuchabas y sí, te enterabas de lo que decía pero estabas ya pensando en las trufas. Hasta que arrancasteis y entonces sí. Subías la escalera delante de ella, te paraste en el rellano a esperarla y, cuando llegó, le acariciaste la mejilla, le pusiste los labios en los suyos y la abrazaste bien fuerte. Que ya tenías ganas de palparla bien palpada para que se fuera enterando. Ya en la ducha os volvisteis a poner mimosas y, como siempre, luego pasa lo que pasa: empezáis enjabonándoos con las manos la una a la otra pero pronto os da por entreteneros aquí más que allí, y entre eso y besos que van y vienen bajo el agua calentita, llegáis más allá de lo puramente mimoso. Hasta que os decidisteis a secaros.
Y bueno, a lo mejor sí que alguna vez puedes dar un detallito de lo que hacéis. Porque no es nada malo ni sientes vergüenza por hacerlo. Resumiendo, que al salir de la ducha bajó Clara por las trufas y, al volver, se tumbó a tu lado. La paraste cuando iba ya a ponerte una trufa en el ombligo:
-Espera, espera, que quiero más besos.
Porque a ella también le gusta todo despacito y sin prisas. Por eso os convenía empezar por ahí, por rodearos con los brazos y, tumbadas de medio lado, daros besos largos y parar para miraros a los ojos:
-¿Estás bien?
-Pues claro, ¿no me ves?
-Te eché de menos la semana pasada.
-Me dio la tontuna con lo del accidente. Y es verdad, soy tonta porque contigo se me olvidan todas las preocupaciones. ¿Me perdonas?
Suerte que, al menos, lo reconocía. No sólo que tenía que haber estado contigo el fin de semana anterior sino, sobre todo, que a tu lado veía mejor el mundo.
-Pues a ver si cuando te vuelva a dar esa tontuna te acuerdas de mí y vienes.
-Siempre me acuerdo de ti y de lo bien que estamos juntas.
-Pues a veces no lo parece.
Eso era, irle haciendo mella, irle poniendo los puntos sobre las íes, reñirla sin que se enterara de que la estabas riñendo.
Se mereció otra sesión de besos. Te abrazó, se te subió encima y notaste como el mismo beso iba cambiando. Sin desengancharte ni labios ni lengua fue pasando despacito de la pasión, de besarte desde dentro del corazón, al deseo total, a besarte con todo su cuerpo. Ibais entrando en materia a base de frotaros lentamente y restregaros la una contra la otra hasta que llegasteis a ese límite donde, por entonces, os gustaba parar.
En eso habéis cambiado radicalmente. Aunque hace sólo dos meses y medio de ese sábado que explicas, hoy día no lo haríais así, hoy día seguiríais y, al llegar a ese instante, ella se habría bajado para apartarse y llevaros la una a la otra hasta el final a base de caricias por el cuerpo, por las piernas, a base de besos y susurros en el oído y de esos roces mágicos que empiezan como cosquillitas y acaban fulminándoos. Luego habríais descansado un ratito recostadas la una sobre la otra y habríais pasado a las trufas.
Pero entonces no era así. No sabes bien por qué pero desde el primer día os gustaba manteneros en tensión e ir demorando el momento final. Parabais, os relajabais y volvíais a empezar. Ya dices que no sabes por qué lo estuvisteis haciendo así durante al menos tres años pero una mínima teoría tienes. Ya la explicarás.
Os separáis, os dais otro beso bien largo y entonces sí, te pone una trufa en el ombligo. No es más que un juego infantil que te habías inventado tú la otra vez que trajo trufas y que consiste en que una vaya haciendo rodar la trufa con la lengua por el cuerpo de la otra sin que ni la trufa caiga sobre la cama ni la lengua toque la piel antes de que se derrita. Pues toda la tarde estuvisteis con descansitos de por medio. Y, como la otra vez, ella lo hizo mucho mejor. Una vez te llevó la trufa hasta la rodilla y luego te remontó hasta dejártela sobre el pezón izquierdo si se caía si no se caía; y no se cayó. Y no te acuerdas si fue esa vez u otra que te la llevó hasta el puntito, como lo llama ella, y empezó a moverla y moverla con la lengua poniéndote bien loca. Tú, en cambio, debes de ser un poco inútil porque no tienes ese dominio, o ese equilibrio, que tiene ella y se te caía una y otra vez la trufa a la cama hasta que, ya cansada, te pusiste una en los labios y se la plantaste directamente. Y que nadie te venga con que eso son cochinadas porque si lo único que pretendes es dar placer a la personita que quieres, todo está permitido. La cochinada será, eso sí, el estado en que quedaron la sábana bajera y la funda del edredón pero ya la otra vez pasó lo mismo y conseguiste limpiarlas. Un ratito estuviste moviéndole la trufa con los labios y la lengua y otro con la mano para poder mirarla. Que te gustan las caras que pone, con esos ojos de sorpresa y esa boca bien abierta para que te le bebas el deseo.
Pero como acabas de decir, aunque sabías que en ese instante llegaría sólo con que la besaras y sintiera tu lengua en la suya, a medida que la tocabas intentabas tranquilizarla con la mirada o situarla en una difícil tensión entre el placer que quiere desbordarse y la serenidad de sigue mirándome a los ojos que no tenemos prisa. Y como te gustan los retos se lo pusiste aún más difícil: volviste a ponerle con los labios lo que quedaba de la trufa entre las piernas, la fuiste moviendo hasta que se derritió y aún te entretuviste en limpiarle de chocolate sus alrededores para poder saborearle bien a gusto el centro mientras le apretabas con una mano en el vientre para contenerla y como diciéndole que ni se le ocurriera ponerse a gritar. Y lo hizo muy bien, que se relajó, te pidió que te pusieras a su lado para abrazarte, descansasteis un poquito, os duchasteis para quitaros los restos de chocolate, cambiasteis las sábanas y a cenar. Pasarían ya de las nueve con lo que, si os habíais puesto poco después de las cinco, cuatro horas os estuvisteis en danza jugando al todavía no. Que no sólo tú, también ella te lleva hasta el momento donde estás al borde de ese suspiro que no te permite retroceder y luego sabe refrenarte. Sientes entonces como si todo tu deseo se fuera replegando, como si se fuera guardando en un recipiente, sientes que aún es como un oleaje a punto de desbordar ese recipiente pero poco a poco va encontrando el equilibrio. Un equilibrio dispuesto a romperse sólo con una mirada.
Os comisteis los canapés en la terraza al aroma de los jazmines. Por eso dices que todo os salió bien este fin de semana. Estaban ricos los canapés, olían bien los jazmines, olía bien ella, que a veces pareces un animalito y desde el otro lado de la mesa te llegaba el olor de su deseo, hacía una noche de temperatura agradable y allí os habríais quedado de conversación hasta las tantas si no hubiera sido porque te recordó lo que teníais pendiente:
-¿Vamos ya al apoteosis?
Así es ella, siempre la palabra precisa pero rebuscadita.
Pues ese apoteosis, lo mejor de todo. Os ponéis de lado mirándoos la una a la otra y, como si todavía necesitarais provocaros más, os ponéis a acariciaros la cara y el cuerpo. Rato largo hasta tocaros directamente. Y la diferencia que va de hacerlo tú sola como días antes a que te lo haga ella. Lo bien que te acaricia, despacito, despacito y con ese roce que ni le sientes la yema del dedo.
-¿Laura?
-No pares.
-No paro. Pero una cosa: que tengo tantas ganas que me da miedo ponerme demasiado expresiva. Así que cuando estemos a punto, me tapas la boca con un beso.
Tiene una manera de decir las cosas que te hace sonreír. Sin parar, ni ella ni tú. No querrías llegar nunca pero, claro, con esos ojos dulces con que te mira, con esas ganas que dice tener y se le notan, que si te engancha los labios y que si te pasa la lengua por el de abajo, pues si os ponéis así no te puedes contener y es que te morirías ahí, porque lo hacéis tan bien, tan bien que siempre os llega el gustito a las dos juntas. Llevas tus labios a los suyos, le buscas la lengua y os vais sin alteraros el ritmo. Luego os agarráis la una a la otra fuerte, fuerte, como si os fuerais a estrujar, antes de descansar. Pues así te quedaste, que de lo último que te acuerdas es de estar apoyada con la mejilla en su pecho.

XII
Como para verla por un agujerito. Porque si te dormiste sobre su pecho y te despertaste bien arropadita sería que te movió sin que te dieras cuenta, te tapó con el edredón y algún beso de buenas noches seguro que te daría. Te despiertas, mueves el brazo y ahí estaba, no como el domingo anterior con aquella llorera que te dio por no tenerla ahí. Besuqueo matinal con sus caricias y abrazándoos, que por ti os hubierais dado ya otro meneo. Lo intentas llenándole de besos esas tetitas tan blancas y tan sabrosas que tiene; y tan calentitas recién salidas de entre las sábanas. Pero ella lleva otro ritmo y su cuerpo no le pide tanto como te pide el tuyo. Ni siquiera es un problema que, de todos modos, ya tienes solventado. El martes o miércoles de la semana pasada estabais en su casa y tú no tenías que madrugar al día siguiente. Lo hacéis a última hora, ella apaga la luz y se te ocurre:
-¡Clara!
-Dime.
-¿Y si pones el despertador media hora antes?
-¿Para qué?
-¿Para qué crees?
-Si ya me lo imagino pero, como dirías tú, quiero que me lo digas mirándome a los ojos.
-Pues enciende la luz.
La enciende, la miras a los ojos, la besas y la vuelves a mirar:
-Nos despertamos media hora antes y nos da tiempo para un chupachup rico.
Y así fue. A la mañana siguiente, antes de abrir los ojos ya os estabais besando. Para que se fuera contenta al trabajo.
A principios de abril, sin embargo, tu táctica era otra. De momento, desayunar para coger fuerzas las dos porque con eso consumís muchas calorías y ver si así le venían las ganas. Y si seguía sin ganas irías a por ella descaradamente y acabaría teniéndolas, que fue lo que ocurrió después de desayunar y ducharos.
Seis tipos diferentes de mermeladas le sacaste, que a ella le gustan mucho y a ti te gusta malcriarla. Además, como hacía buen día también desayunasteis en el jardín. Y en cuanto se acabó el café con leche se lo propusiste. Y ella, que no, que con lo de la tarde y la noche anterior iba servida para toda la semana:
-¿Para toda la semana? Te tomo la palabra y el próximo viernes o sábado quiero que vengas a por más.
Con eso ya la tenías prácticamente apalabrada para el siguiente fin de semana que te importaba más, es verdad, que hacerlo o no esa mañana. Pero aún así, tú venga a insistir y la niña que no y que no. Una mañana luminosa y lo que a ti te gusta que se haga de rogar. Te van entrando más y más ganas y ella se da cuenta:
-Bueno, si quieres tú te pones y ya veremos qué me sale.
Subís, os metéis en la ducha y tú, como ella dice que no quiere, te reservas para luego y te limitas a enjabonarla y aclararla a lo casto. Ella, en cambio, ya se pone en la labor situándose a tu espalda y enjabonándote enterita entreteniéndose aquí y allí. Y cuando crees que ya ha acabado y te va a aclarar se pone un poquito salvaje:
-Separa bien las piernas y apóyate con las manos en la pared.
Obedeces y, sin moverse de detrás de ti, te pone la mano abierta en la rabadilla y te la va pasando por entre las piernas despacio, con el dedito por el centro, hacia delante hasta la pelambrera. Y vuelta atrás, vuelta hacia delante y una y otra vez recreándose no sólo en el puntito y en el umbral sino más atrás y ya se entiende dónde. Tú también la has tocado ahí, por supuesto, cada vez que la has enjabonado en la ducha, pero sin entretenerte. En cambio ella, venga a darte vueltecitas suaves con la yema del dedo. Para qué vas a negar que te gustó. Como que se te pusieron a temblar las piernas:
-Oye, que yo lo que quería era en la cama.
-Bueno, pero esto es el prólogo.
Entráis en la habitación y, como seguía insistiendo en que no quería y que tú habías de ser la reina, te tumbas en la cama de pasiva y empieza suave, besándote y acariciándote. Y ahora que te des la vuelta, más besos por la espalda, y tú pensando en qué pronto vas a caer. Te vuelve a dar la vuelta y, cuando te está bajando con besos por el vientre, empiezas a exagerar un poquito. Sólo un poquito, porque tal como te había acelerado en la ducha sí que la estabas sintiendo muy dentro. Te pones sugestiva con un suspirito -ay, ay-, mueves un poco la cintura, más ay, ay, ay, y ya la tienes ahí haciendo filigranas para ir variando la posición y, pasándote la pierna por encima, ponerse invertida sobre ti. Porque ella dirá que le gusta todo lo que hacéis y dirá lo que quiera, pero como más ruidosa se pone es con una chupadita rica. Y ahí la tenías ya, que te encuentra a ti a la primera y lo calcula todo tan bien que sólo levantar tú un poco la cabeza y sacar la lengua la alcanzas tú a ella. Vuestro ratito dulce, vuestro descansito de conversación y otro ratito ahora contigo encima. Y la niña decía que no tenía ganas. Pues si llega a tenerlas... Es de esas veces en que empiezan a darle tales espasmos cuando está a punto que te da la impresión de que se te va a desmayar. Pero se agarra fuerte a tu espalda y, como tú también estás a punto, lo único que ocurre es que la una por la otra os compenetráis tanto que volvéis a llegar juntas. Otra de las muchas cosas bien hechas del fin de semana. Y otra aún mientras os estáis vistiendo: como ella va todos los domingos a comer a casa de su padre, que acude también su hermano con su familia, te pide que la acompañes. Tú le dices que sí porque, como ya todo te parecía redondo, aún te lo parece más cuando te pide que pases con ella otro ratito del día. Tú también querías pasarlo, por supuesto, porque no sólo la quieres en la cama sino también en la calle. Y te gusta, te gusta mucho esa idea de no querer desengancharos la una de la otra a pesar de haberos quedado bien satisfechas y con vuestra chupadita aún resonándoos entre las piernas. Que lo dices porque aún te acuerdas de haberlo hecho con algún chico y, cuando te había cumplido, ya te estaba estorbando y, cuanto más lejos, mejor.
El padre de Clara es viudo desde hace unos años y, como se pasa el día metido en el hogar de los jubilados y allí organizan una excursión a Andalucía, ella se había empeñado en que se apuntara para que le diera el aire. Pero él no quería salir del pueblo y Clara te pidió que la ayudaras a convencerle. Ya ves tú qué podías hacer, pero lo intentaste a la hora del café y, de todas maneras, el entrar en esas cosas de su familia te hace sentir más cerca de ella. Además, eso sí, el padre de Clara te escucha y te aprecia no sólo por lo que ya has dicho de que en esa casa has entrado desde bien pequeña sino por lo que luego pasó con la madre cuando se puso enferma.
Pero no te quieres poner triste porque todo fue bien. Como que después de comer fuisteis las dos a ver a sus tías, dos señoras muy divertidas que se pasan el día mirando por la ventana o viendo los programas del corazón en televisión. Jugasteis un rato a las cartas con ellas, os sacaron de merendar y te retiraste pronto para dormir un poco antes de ir a trabajar. Pero antes le hiciste prometer que el fin de semana siguiente repetiríais:
-Prométemelo otra vez.
-Te lo prometo. Todas las veces que quieras.
¿Cuál era el resumen de ese fin de semana? Pues el que ya has hecho, que mejor no os podía haber ido. Que quedaste aún más convencida de que ella también te quería mucho. Que habías sido una tonta el fin de semana anterior al pensar lo que habías pensado. Que estabas muy contenta y no querías perder esa alegría.
Y que no sabes dónde ha quedado tu vergüenza, que no querías contar detallitos de lo que hacéis y ya ves.

XIII
Pues ahora vas a ponerte seria. Aunque ahora que lo piensas todo lo que has contado es serio. ¿O no es verdad que lo más serio que hacen dos personas que se quieren es enfrentarse desnudas la una a la otra? Así mismo, desnudas, sin nada que se interponga entre ellas y hablando con miradas, besos y caricias. Y otra cosa: os ponéis la boca y la lengua ahí abajo donde se concentra todo el gustito. Pues cuando tú se lo haces o ella te lo hace a ti a veces te da la impresión de que no es sólo por eso, por arrancaros placer, sino por entrega, porque os dais la una a la otra vuestra parte más íntima, esa zona tan sensible que os va a hacer perder la razón, como si os emborracharais de vosotras mismas. Y aunque lo que vas a decir parezca una cursilada o una barbaridad, lo vas a decir: a veces, cuando te le acercas y la ves abrir las piernas piensas que en realidad lo que te está abriendo es el corazón. Por eso cuando más unida a ella te sientes es cuando estáis las dos con las piernas separadas y os acariciáis con la lengua: como que sientes que te está chupando el corazón y, cuando te derramas, es porque ahí dentro ya no te cabe más amor, Conclusión –como diría ella-: las escenitas que cuentas son la parte más seria de vuestra relación.
            Sin embargo, tal como lo vienes contando, casi parece que si no estáis desnudas no sabéis hacer nada, sois unas inútiles o, lo que es peor, no sabéis quereros. Pues no es así y eso se verá mejor ahora cuando cuentes el siguiente fin de semana, que salisteis porque fue Semana Santa. Además, otra cosa: no siempre que estáis desnudas os dedicáis, en palabras suyas, a la voluptuosidad y la lujuria. Os podéis pasar horas, en invierno, tumbadas la una sobre la otra en la alfombra del salón frente a la chimenea sin hacer más que contemplar  el fuego y escuchar música. O cuando os ponéis del revés, os estiráis completamente y estáis rato y rato dándoos besitos en los pies o mordiéndoos los dedos. Le pasas la lengua por la planta y te sale con que pares, que le haces cosquillas. Aunque es cierto que luego deriváis a lo mismo cuando le ves desde ahí la juntura de las piernas o esa mata de pelo negro, y es como si te estuvieran llamando a gritos.
            O al revés, que también sabéis hacer lujurias vestiditas. Y no te refieres a algún repasito que os habéis dado en el cine como si aún fuerais adolescentes sino a la gran idea que tuvo a finales de mayo y de la que, cada vez que te acuerdas, te da la risa. Ella es así. Cuando se le ocurre algo tiene que ser a lo grande. Pues se presenta en casa con una bolsa, la abre y encima de la mesa del jardín va sacando y poniendo una al lado de la otra hasta cinco braguitas todas muy bien dobladas:
-¿Se puede saber qué significa esto?
-Fácil: ¿cuántos días tiene una semana?
-Siete.
-Bueno, pues de esos siete tú y yo estamos juntas al menos dos días durante el fin de semana. Y luego dormimos juntas un día u otro sin concretar.
-¿Y…?
-Pues que esos cinco días de lunes a viernes nos podemos cambiar las braguitas. Tú me das cinco tuyas, yo te doy éstas, nos las ponemos y es como si la una llevara a la otra enganchadita ahí abajo durante todo el día. Se llama fetichismo.
-¿Te doy también una foto mía y te la plantas ahí como si fuera una compresa?
La risa que te dio… Luego se extraña cuando le dices que es una tía divertida. Ah, y eso es ahora, que hace dos meses ni le habría pasado por la cabeza algo así, con lo formalita que era. Y ahora mismo, por supuesto, llevas puestas unas bragas suyas.

XIV
Bueno, pues vuelve por donde ibas, por el domingo cuando te despediste de ella haciéndole prometer que el próximo fin de semana tocaba más de lo mismo. Fuiste a casa, te acostaste un rato y, a las diez, a trabajar. A la mañana siguiente, al volver hacia las seis y media, te duchaste, te acostaste pensando en ella y te cogió un sueño tan dulce y profundo que hasta pasadas las cinco de la tarde no te despertaste. Y feliz y contenta, no como ella que dice arrepentirse cada vez que, por lo que sea, duerme más de ocho horas. Dice que es no aprovechar el tiempo: allá ella si lo piensa, que tú no vas a convencerla de lo contrario porque tú la quieres como es, con sus manías, sus depresiones, sus libros raros que se saca del bolso...
Y sigues dándole vueltas a lo que escribiste sobre ese fin de semana y sí que eres un poco descarada, sí. ¿A quién le importa dónde y cómo os ponéis la lengua? A lo mejor más adelante lo quitas aunque a ti lo que te gustaría es ser una buena novelista para poder decir las cosas sin decirlas como a veces pasa en el cine, eso de que si un chico y una chica empiezan a quitarse la ropa ya no hace falta más para que se entienda lo que van a hacer. Sin embargo, ya ves que es imposible sugerir todo lo que hicisteis. Y resumirlo con una frase diciendo que os estuvisteis todo el sábado por la tarde dándole y luego otro ratito el domingo por la mañana queda una sosada. En fin, ya veremos. Y además, tú no has escrito ninguna palabra fea.
Ya has dicho que entrasteis en Semana Santa y, como la semana anterior la habías pasado pendiente y nerviosa por lo del sábado, ni te acordaste de mirar el cuadrante con el horario para esa semana y ni siquiera la mañana del lunes al salir, como seguías en la nube del fin de semana con ella, te acercaste a verlo. Como que te podía haber pasado que llegaras por la noche a trabajar y te preguntaran que a dónde ibas porque no te tocaba. Pero sí, te tocaba esa noche y hasta la noche del jueves al viernes. Luego, lo que suponías, que tenías libres dos días largos, desde el viernes a las seis de la mañana hasta el domingo a las diez de la noche.
Así que la mañana del martes, tras salir de trabajo, llegar a casa, ducharte y meterte en la cama, calculaste que ella andaría camino de la estación o ya en el tren hacia su trabajo y la  llamaste. Y otra cosa ahora que estás hablando del tren que, al haberse quedado sin coche por lo del accidente, Clara cogía a primera hora: que ese fin de semana no había salido para nada la historia del chico de la cazadora; y lo apuntaste también del lado de las cosas perfectas que habíais hecho. Porque ni un nubarrón se interponía entre vosotras. Y eso no quiere decir que te hubieras olvidado ni dejaras de estar pendiente de si aparecía o no ese chico a recuperar su cazadora.
Pues la llamaste y, como por entonces siempre andaba pensando en esas cosas raras que acababan deprimiéndola, resulta que ni se había enterado de que era Semana Santa. Se lo explicas bien explicadito y de ella misma partió la propuesta de salir un par de días. Y lo mejor, lo que te dijo al despedirse: que tenía ganas de volver a hacerlo. Con lo comedida que era para hablar de lo vuestro.... Pues mejor que mejor porque era eso lo que pretendías, crearle adicción o, por lo menos, irla metiendo en vereda y que se fuera enterando de que su espacio natural es tu cuerpo como el tuyo es el cuerpo de ella.
¡Qué bien te ha quedado esa última frase! Se parece a las que le salen a ella espontáneamente cuando se pone poética. Será que estás contenta y que algo se te pega de ella. De eso estás convencida, de que si dos personas se quieren bien, la una influye en la otra. O será que como ella te ha pasado la lengua por toda la superficie de tu cuerpo, y toda significa toda enterita, te habrá impregnado de la capacidad de decir las mismas frases que sabe decir con esa lengüecita. En resumen y por donde ibas, que el siguiente fin de semana la ibas a tener enterita para ti sola más de dos días a sol y sombra. Además de que como ibais a salir fuera verías otros espacios a su lado, algo así como si te hiciera descubrir mundos nuevos; y ya ves que ahora no te acaba de quedar bien lo que quieres expresar.
Una última cosa: al final de la conversación quedasteis para la tarde en el bar de Alfonso para concretar los detalles. Y al colgar descubriste que lo que creías de que Clara te iba a apagar el cuerpo durante ese fin de semana de felicidad era puramente relativo; te lo apagó, sí, pero el martes ya volvías a estar ansiosa.

XV
Ahora quieres contar algo, a propósito de lo de las braguitas, porque si no te vas a olvidar. Lo que quieres contar es que, normalmente, si a una se le ocurre algo, la otra busca la manera de darle la réplica y sacar otro invento. Bueno, pues estáis allí en el jardín tomando café con sus braguitas encima de la mesa y tú cavila que te cavila pensando en algo nuevo que se pudiera aplicar aquella misma tarde. Te tomas el segundo café y de repente se te enciende la lucecita y descubres lo más normalito del mundo.
Desde que empezasteis seguís siempre el mismo ritual. Os ponéis cada una en vuestro lado de la cama, os desnudáis, luego os dais un beso o un achuchón, vais cogidas de la mano o la cintura hasta la ducha, os enjabonáis sobándoos lo que haga falta, os aclaráis, os secáis, volvéis agarradas a la habitación, os tumbáis, os abrazáis y ya empezáis en serio. ¿A que ahí falla algo? Pues claro. A ver, ¿por qué os tenéis que desnudar  cada una por su lado?, ¿no es mejor que la una desnude a la otra? Que sí, que en muchas ocasiones lo habéis hecho, pero cuando no estaba previsto lo que iba a pasar. Por ejemplo, sentadas en el sofá, os dais un beso, os ponéis mimosinas y antes de cinco minutos os cogen los ardores y empiezas a desabrocharle la blusa; o ella a ti. Pero de lo que se trataba era de hacerlo dentro del ritual. Porque es lo natural y porque así empezáis antes con los besos y caricias.
Acabáis el café, subís a la habitación y se lo dices sin esperar a más:
-Pues yo también tengo una novedad. A partir de ahora no te dejo desnudar sola. A partir de ahora sólo te desnudo yo.
Te vas a su lado de la cama, te sientas, se descalza y se te pone de pie en frente. Le desabotonas la blusa empezando por abajo para darle un chupetón en el ombligo:
-Estoy sudada.
-Me da lo mismo porque te quiero igual.
Luego los sostenes con los consiguientes besos en los pechos:
-Pues tienes razón. Así es todo más rico.
Le sueltas el pantalón, se lo bajas, le das un mordisquito antes de bajarle las bragas, se las bajas, y otro mordisquito en los pelillos. Te la sientas en las piernas de lado y le acabas de quitar los pantalones, las bragas y los calcetines. Cierras las piernas, la giras y queda sentada sobre ti dándote la espalda con las piernas abiertas. Empiezas a acariciarla:
-Venga, por favor, que te he dicho que estoy sudada.
Quitas el dedo y te lo llevas la boca.
-¡No seas cochina!
-Si está riquísimo.
Y la sigues acariciando hasta el final por más que te pide varias veces que pares. Por supuesto, al ir acabando te dice no sé cuántas veces que te quiere y, tras descansar un momentito, le coge la prisa para desnudarte a ti:
-Te toca.
Sólo que se tiró mucho más tiempo la muy artista. Se ve que lo de ponerte la mano e irte acariciando hasta el final le parecía demasiado sencillo Por eso te hizo todo un precocinadito a base de irte acariciando la cara interior de los muslos hacia delante sin llegarte nunca y en eso se entretuvo más rato del que tu habías estado desde que empezaste a desnudarla hasta dejarla lista. Así que no hace falta que digas cómo te tendría ya al llegar a la segunda fase, cuando se puso con esa tecnología punta de rozarte no sabes exactamente dónde; eso es, no la notas en la piel pero sientes una vibración que te llega desde los pies hasta el cabello. Y encima discursito:
-¿Laura?
-¿Qué?
-Que me gusta más cuando te lo hago que cuando me lo haces.
-Y a mí. Sólo que ahora mismo no estoy segura. Como que te voy a pedir una cosa.
-¿Qué?
-Que me tengas así mucho rato y no me dejes llegar.
-Veremos qué se puede hacer.
Vuelves los brazos atrás, la agarras como puedes y la estrechas contra ti para sentir toda la presión de sus pechos contra tu espalda. Y otra vez:
-¿Laura?
-¿Qué?
-Que te quiero mucho muchísimo.
-Yo también te quiero mucho muchísimo pero no pares.
Te cuesta un esfuerzo aguantarte porque en ocasiones parecidas sólo oírla decirte que te quiere te has ido de repente. Pero aguantas porque la estás disfrutando y ella te lo está haciendo muy bien. Hasta que te cambia y entonces sí que le sientes el dedo rozándote ahí, sólo rozándote. Te recorre luego de delante atrás, vuelve y sólo notarla en el bultito le dices que la quieres, das un grito de muchos decibelios, la empujas hacia atrás y quedas en la cama sobre ella.
-Pues claro que es más rico así.
Y no por eso luego, al salir de la ducha y tumbaros, os abrazasteis con menos ganas.

XVI
Estabas en lo de la salida del fin de semana y en que quedasteis aquel martes por la tarde en el bar de Alfonso para concretar. Sólo que a esas alturas ya te habías bajado de la nube en que estabas envuelta desde el domingo anterior por la tarde y ya volvías a darle vueltas a lo del chico de la cazadora. Por eso le sacaste el temita. Le volviste a preguntar y, como te contestó que no había novedad, le propusiste una manera de encontrarlo. Porque quizá pasaba cada día por la carretera a la misma hora como haces tú al ir al hospital dependiendo del turno que tengas. Así, cuando le devolvieran el coche, que aún estaba en el taller, podía pararse un ratito en el arcén a la misma hora que tuvo el accidente a esperar a ver si pasaba y devolverle así la cazadora. Por ti mejor que no apareciera nunca, por supuesto, pero si había de aparecer, que lo hiciera cuanto antes y asunto resuelto. No querías a nadie revoloteando a su alrededor y a lo mejor sí era cierto que el chico no se había dado cuenta y se la había olvidado sin segunda intención. También podía ser que se presentara en el pueblo, recogiera la cazadora y gracias, adiós muy buenas. Pero por si acaso.
Además, tú sabías que a ella estas cosas la desestabilizaban. Ahora ya no pero hasta hace no tanto cualquier banalidad podía desestabilizarla. ¿Cuántas veces se quedaba encerrada en casa un sábado por ni se sabe qué y, si estabas libre, tenías que ir a hacerle la comida porque ni en eso era capaz de ponerse? Luego, claro, te ponías a contarle tonterías mientras comíais y ya se animaba, preparabais entre las dos el café, os lo tomabais sentadas en el sofá y ya estaba, que sacabas tus recursos y acababas llevándotela a la cama aunque fuera con la excusa de la siesta. Y en esas ocasiones a ti te daba lo mismo que lo hicierais como que os pusierais a dormir o a ver la tele, tú lo que querías es verla bien y que sonriera. Y si la veías con ganas de dormir, la dejabas porque lo que mejor le iba en esos momentos era el reposo. Mil veces le dijiste que lo que ella tenía se llama ciclotimia pero se limitaba a contestar que ya lo sabía y a no decir nada cuando le explicabas que eso tiene remedio. Pues si no quería poner remedio, allá ella, pero tú por lo menos hacías todo lo posible para que no le dieran esos bajones. Y ése es el mayor de tus éxitos: hace al menos dos meses que ya no tiene bajones ni depresiones ni nada. Será cosa psicosomática. O que la llevas más relajada, la templas, le llevas el pensamiento a otros lugares y no a esas cosas horribles en las que pensaba ella. Cualquier día se lo dices claramente aunque te diga lo de siempre en esos casos:
-Te habrás dado cuenta de que desde que te llevo más contenta por abajo no te da la tontería.
-Mira que eres ordinaria.
-Pero si es verdad.
-Pues no. Porque me llevas contenta por abajo y por arriba, lista, que eres una lista. ¿Quieres que te lo explique despacito y sin palabras?
Pero vuelve al bar de Alfonso y no te pierdas. Decidisteis lo del fin de semana. Más bien lo decidiste tú y no le diste posibilidad de replicarte. Y lo que decidiste es que decidiera ella. El viernes tú salías de trabajar a las seis de la mañana, pasabas por casa a ducharte y recoger la bolsa de viaje y la ibas a buscar. Te echabas a dormir y que condujera ella. Y que te llevara donde quisiera, que lo decidiera como quisiera, que reservara por Internet, lo que le diera la gana. Así tenía la cabeza ocupada esos dos días antes de salir. Ah, y que no te dijera dónde ibais, que te gustan las sorpresitas.

XVII
El resto de días hasta el viernes transcurrió sin novedad. Sólo que el jueves fuiste a comer a casa de tus padres para que te vieran el pelo y para eso, para decirles que te ibas hasta el domingo. Todos bien, gracias. Lo único tu hermana Eva, que estaba que si se quiere separar o no según te contó tu madre mientras fregabais los cacharros; y a estas alturas sigue igual. A ti, con tal de que no se te instale en casa... Luego volviste aquí y preparaste la bolsa de viaje metiendo lo primero que pillabas en el armario. Al cabo de un rato a trabajar y, al salir, como estaba decidido, pasaste a buscarla y se puso ella al volante.
Estabas segura de que te llevaría a un sitio bonito. Y si no, ya harías tú que lo fuera.
Como era de esperar, os fue mejor aún, si cabe, que el fin de semana anterior. Os conviene salir del pueblo, siempre las mismas caras y los mismos bares. Clara se suelta más y tú la dejas hacer. Se siente bien llevando la iniciativa, decidiendo ahora vamos aquí y mañana a tal otro sitio, y por eso te hizo recordar varias veces la primera vez que os pusisteis. Fue aquella semana de verano en Francia que se la pasó justamente al revés, en plan y ahora qué hacemos y mañana dónde vamos, hasta que te cansaste y le dijiste: ven y verás cómo te quito toda la tontería de golpe.
Al llegar a última hora de la mañana al pueblo que había elegido -precioso, por cierto- ya te diste cuenta de que mejor no podía haber empezado. Porque, vamos a ver: si ella hacía apenas dos semanas había tenido un accidente en una recta por la que pasa dos veces al día y tú, nada más darle las llaves del coche para que condujera, te quedaste dormida, será que confías en ella a pesar de todos los pesares. Que alguien te diga si hay mayor prueba de querer a una persona. Además, el pueblo al que ibais estaba encajonado en un valle entre montañas y llegasteis, según dedujiste al volver porque a la ida dormías, tras cruzar un puerto de montaña.
Era igual que Suiza pero con bares. Todas las casas con flores en los balcones como si las subvencionara el ayuntamiento. Y la más bonita de todas estaba dedicada a casa rural. Allí había reservado ella una habitación amueblada a lo rústico y con una cama que sólo de verla te dieron ganas de cerrar la habitación por dentro y esconder la llave para pasar todo el fin de semana tumbadas ahí. Era una cama a lo aristocrático, de esas en que parece que duermes -o lo que sea- bajo palio. Clara decía que eso que cubre las camas se llama dosel. Pues dosel, pero nunca lo habíais hecho en una cama con dosel y a ti, con la más mínima bobada, ya te entran las ganas.
Disteis una vuelta por el pueblo, buscasteis un restaurante para comer, echasteis una siesta casta vestidas y todo para que descansara del viaje y salisteis a dar un paseo. Te dejaste llevar siguiendo un riachuelo corriente abajo y, al cabo de un rato, encontrasteis un prado y os sentasteis a ver bajar el agua. Y os disteis unos cuantos besos bien dados, de los de me quedo mirándote y me entran ganas de besarte, y mientras te beso me apetece mirarte a los ojos, me aparto, te miro y vuelvo a querer besarte... Beso, mirada, beso, mirada, al aire libre, que te gusta porque parece que lo vuestro tenga que estar siempre encerrado en tu casa o en la suya.
Volvisteis, comprasteis cuatro cosillas para cenar de bocadillos y a la habitación. Como con los besos te había entrado la prisa, te desnudaste en seguida y, cuando te diste cuenta, la viste que se había puesto a preparar la cena; te tumbaste en la cama a esperarla para la ducha y ella, con toda su parsimonia, seguía cortando queso y chorizo con una navaja que se había sacado del bolso. Dijo que así ya estaba todo listo para cuando os entrara el hambre, que seguro que os entraba cuando acabarais. Pero crees que lo hacía a propósito para mantenerte muertecita de ganas.
Ah, y que en todo el día no te quiso decir dónde estabais y te tuvo en vilo hasta el día siguiente en que por fin supiste que aquello era Cantabria. Y mira que se lo preguntaste veces; como que, para vengarte, cuando os tumbasteis después de ducharos se lo volviste a preguntar y, como siguió sin contestar, le dijiste que te negabas a hacerlo si no sabías dónde estabas; le contaste que tienes un mapa y vas poniendo banderitas en los sitios donde lo hacéis y, si no sabes dónde has de poner la banderita, cierras las piernas y te niegas:
-Mira que eres embustera. Anda, ven y dame un beso.

XVIII
Ahora te vas a poner impulsiva porque así de repente, al acordarte de ese momento, te ha venido un pronto. Clara llamándote embustera porque le dices que no quieres y pidiéndote un beso al que nunca te habrías negado. Pues el pronto que te da es para decir que si eres lesbiana, pues lo eres y te gusta. Por momentos como ese en que te rodea con los brazos y se viene hacia ti. Si hasta puedes recordar y sentir el sabor de ese beso, primero suave, rozándoos sólo los labios, luego pasándole tú la lengua por el labio inferior y acabando con los labios de las dos bien unidos y rozándoos, sólo rozándoos la lengua. Y eso lo has aprendido de ella, lo de la suavidad y el mero roce. Tú antes eras más nerviosa y al instante ya querías meterle la lengua hasta la campanilla. Ella no, ella se pone dulce y tranquila al besarte o acariciarte y el placer llega más despacito pero mucho más intenso. Por eso dices que te gusta ser lesbiana, porque ratitos como ese en Cantabria que no te va a quitar nadie son los que recuerdas como mejores de tu vida. Y acabar el beso, tumbaros la una al lado de la otra, ponerte a contemplarle el cuerpo y sentir algo tan tonto como la importancia que tiene poder ver a tu lado desnuda a la persona a la que quieres. La miras y la sigues mirando hasta que te da el impulso de sentir en ti la máxima superficie de su piel y te subes encima de ella, con vuestros pechos aplastándose mutuamente, con tus piernas sobre las de ella acariciándoos los pies y con las manos bien cogidas abriendo los brazos en cruz. Hasta que casi la ahogas con tu peso. Pones una mano a cada lado de ella sobre la colcha y, sin bajarte de su cuerpo, alzas el torso y te pones a jugar moviéndote de un lado al otro para acariciar sus pezones con los tuyos y para frotaros los pelillos.
-Mira ahí abajo. ¿A que quedamos monas así las dos?
-Monísimas.
-Si lo digo en serio. Con lo que me gusta que tengas la piel tan blanca…
Te abraza las piernas con sus piernas y le da la cosa intelectual:
-Es una cuestión de perspectiva.
-¿El qué?
-Que sí, que es bonito ver los tonos diferentes de tu piel y la mía y luego los pelillos del mismo color. Pero los hemos de ver desde aquí y no podemos verlo de más cerca.
-Nos tendríamos que retorcer.
-Por lo mismo, yo tengo una perspectiva de tu cuerpo diferente de la que tienes tú y a ti te pasa igual con el mío.
-¿Y eso qué quiere decir?
-Pues por ejemplo, que tú no puedes verte de frente la espalda y yo sí. Por eso te la conozco mejor que tú. Y quien dice la espalda…
-Claro. Tú no puedes saber lo precioso que te aparece el botoncito cuando te aparto los repliegues y se asoma, rosadito y bien terso, diciendo cómeme.
-Por ejemplo. Y entonces, aunque estemos monísimas así y aún más monísimas cuando nos ponemos intensas, nunca podremos vernos desde fuera.
-A ver, abre la boca.
La abre.
-Mira cómo se me cae la baba cuando te pones intelectual.
Y le dejas caer dentro de la boca un chorro de babillas.
-Y lo que me gusta a mí cuando te pones cochina.
-Bueno, pues ahora, como dices tú, miramos a ver cuál de las dos se pone más intensa. ¿Se vale?
La magia que tiene con las palabras. Poneros intensas. O sea, con la palabra más tonta es capaz de decir lo que quiera y que se entienda. Pues empezasteis la intensidad con una sarta de besos, caricias suaves aquí y allá, mordisquitos... Pero hoy te vas a poner más formal y no vas a explicar los detalles del plato fuerte. Porque además te inventaste una postura inverosímil y difícil de explicar con la pierna de la una por aquí y la de la otra por allá. Quedasteis muy satisfechas, como siempre, y te gustó mucho el detalle que tuvo al acabar, que como estabais del revés y era ella la que tenía la cabeza a los pies de la cama, en lugar de quedarse en aquella postura para recuperar el aliento, se incorporó en seguida, se dio la vuelta para ponerse en paralelo a ti y te abrazó muy fuerte. Por eso te ibas convenciendo cada vez más de que te quería con ese corazoncito que tiene. Y lo más divertido es que del modo en que lo hicisteis estuvisteis las dos el sábado con dolor ahí abajo. Aunque os lo curasteis por la noche a base de besitos.
Ah, y que de lesbiana, nada de nada. Lo serías si te gustaran las mujeres. Y no. Ni siquiera te planteas si Clara te gusta. Simplemente la quieres y gustarte, bueno sí, te gusta cada rincón de su cuerpo y todo lo que hacéis juntas.

XIX
Mira que te acuerdas veces y veces de lo que has dicho antes, de la primera vez durante aquellas vacaciones en Francia. Y te acuerdas no sólo de eso, de la mañana que os pasasteis enterita en la cama mientras fuera llovía, sino de los días anteriores. Le había cogido uno de esos bajones que le dan y no hacía más que preguntar y mañana dónde vamos y esta tarde qué hacemos. Claro, la niña pensaba que, como tú sabes francés y habías pasado varios veranos con tus tíos en Toulouse, eras la experta en todo. Pero no estabais en Toulouse sino en Agde, a muchos quilómetros, y sabías de aquello lo mismo que ella. Total, que tú a darle al caletre y ahora a ver el castillo de Avignon, de compras a Montpellier, a dar una vuelta por Béziers...
Pues lo que se había espabilado desde entonces. Porque lo tenía todo previsto. Te da las llaves del coche el sábado por la mañana y te mete en una carretera a subir un puerto. Hasta que deduces, porque ves en un desvío que vais hacia Reinosa, que estáis en Cantabria. Te gusta que te haya llevado a Cantabria pero te habría gustado lo mismo que hubierais ido a parar a las Hurdes o a Portugal. Por eso que dicen de que, cuando quieres a una persona, como tienes la cabeza medio nublada, todo lo que hace te parece bien y te lleve donde te lleve te parecerá bonito. Y además era bonito: como que te lleva al nacimiento del Ebro, metido en medio de las montañas y en un paisaje con sus arbolitos, sus remansos de agua... Y, después de comer, conduciendo ella, a Santander. Y lo tenía todo muy bien pensado porque viste que había una autovía que llevaba a Santander y ella tenía previsto el GPS para meterse por unas carreterillas por otro lado hasta ir a parar a un embarcadero al otro lado de la bahía. Al momento llegó un barco pequeño para cruzar, os sentasteis y, si no hubiera sido por la gente, le hubieras plantado en medio de los morros un beso bien largo para darle las gracias por todo. Y Santander, que nunca habías estado, otra ciudad preciosa, señorial; y suerte que vosotras vais siempre arregladas, sin presumir pero arregladas, porque habríais desentonado entre todas las señoras que iban arriba y abajo por el paseo frente al mar.
Y para resumir, que aún estabas más contenta que el lunes anterior. Porque estabas segura de que os queríais las dos y no sólo en la cama. Que no todo es pensar con el cuerpo y darse esas harturas que os dais. Es también miraros a los ojos mientras coméis, es darle un beso tierno porque quieres darle las gracias por el fin de semana, es cogeros la mano fuerte al despertaros o apartaros el pelo de la cara en la ducha para miraros bien miradas... Y que nunca os enfadáis la una con la otra, pero eso no demuestra nada.

XX
A veces, más antes que ahora que lo tenéis todo mucho más estable, piensas que tienes la vida demasiado centrada en ella. Tu trabajo, tu familia y Clara. Pero eso le debe de ocurrir más o menos a todo el mundo. La familia está porque tiene que estar, porque tú no has aparecido de la nada, y el trabajo porque tu padre no iba a estar siempre manteniéndote a ti y a tus hermanas. Clara también empezó a estar porque todo el mundo tiene compañeros y amigos. Ya has dicho que ella, Virginia y tú erais amigas incluso antes de ir juntas al colegio; luego vino el instituto y, además, salíais con el mismo grupo de gente. Lo que pasa es que Virginia se casó y, de las tres más amigas, quedasteis vosotras dos.
Hasta ese buen día en Francia. Y eso no ocurrió porque tenía que ocurrir sino porque lo decidiste tú, porque te dio un pronto de manera casi inconsciente. Y también ella tuvo parte, que podía haberse negado y no lo hizo, te podía haber dado un bofetón, te podía haber dicho pero tú qué te has creído. Pero no, se dejó llevar, os dejasteis llevar y así estáis hasta ahora.
Seguís siendo amigas, por supuesto, pero cuando dos personas como ella y tú han pasado juntas tantas horas desnudas, tantas horas cuerpo contra cuerpo, tanto tiempo mirándose y tanto tiempo recorriéndose con la lengua, algo más tiene que aparecer. Porque sus ojos, su lengua, su cuerpo entero se te han ido metiendo dentro y te han ido ocupando sin que te dieras cuenta. Ahora sois más que amigas, ahora la quieres por fuera, porque la deseas, y también por dentro. Y has ido apreciándole detalles que siempre habías tenido ahí y en los que no te habías fijado: su olor, que sabes que huele diferente en la calle o en la cama cuando está deseosa y, por eso, a veces la recorres olisqueándola; las diecisiete pecas, que se las tienes contadas y recontadas, de la espalda y en las que también te gusta depositar diecisiete besitos. Sendos besitos diría ella, porque también está su hablar, cuando se pone intelectual y repelente. Y unas veces se te cae la baba escuchándola y otras te da la risa como cuando, en plan cursi, a los pelillos de ahí abajo les llama la pelusa y tú le dices que, si son pelusa, le vas a pasar la aspiradora. Aunque quizá tenga razón, porque a ti no te sale llamarles vello púbico; sería como si fuerais láminas de un libro de anatomía y no, sois dos cuerpos que están para quererse y sentirse.
Pues así has llegado a una conclusión, otra cosa que has aprendido de ella, ir sacando conclusiones por obvias o simples que puedan parecer. Y la conclusión es que sí, que tienes la vida centrada en ella, pero es normal porque la quieres.

XXI
A mediados de la semana siguiente te cambió el turno de trabajo y empezabas a las seis de la mañana. Aunque tú te acomodas a todo, prefieres ese horario de mañana, trabajar de seis a dos, echar la siesta después de comer y tener la tarde libre. Porque es el horario que más se acerca al de toda la gente.
            Ya has dicho que tú ibas escribiendo en tu blog para reflejar la evolución de lo vuestro. Lo ibas releyendo con una cierta frecuencia para comprobar si ibais en la dirección perfecta o, más bien, por el sendero por el que querías llevarla hasta el destino ideal que no era otro que tú. Ella y tú; y todo lo demás, bien lejos. Por eso te daba tantas veces la impresión de tener la vida centrada en ella. Pero la querías tanto…
Así tenías esas reacciones algo infantiles de meter, para disimular, otros temas en el blog, lo que el otro día decías que te podía servir para hacer un seguimiento de las plantas y flores del jardín. Pensaste que te podía servir también para ir anotando el resto de asuntos que tenías pendientes o ir comentando en qué estado estaban. Así, de paso, no se te olvidaban. Pero tampoco te ibas a poner con que si ya va tocando que te depiles o que vayas a la peluquería. Para eso irías anotando incluso la lista de la compra y, cuando tocara ir al supermercado, entrarías en el blog y la imprimirías. No, sólo cosas importantes. Y por ese camino volvías a estar en lo mismo: Clara era lo único importante. Entonces parabas, dejabas todo de lado y hacías un balance de tu relación con ella. Te parecía que durante esas dos semanas que habían seguido a su accidente habíais avanzado, tú la sentías más cerca, en Cantabria había estado siempre contenta y sonriente, os salió todo bien, os entregasteis mucho la una a la otra... Hasta ahí, todo bien. Pero no acababas de confiarte: por un lado, en cualquier momento le podía dar un yuyu de los suyos, que ya casi le tocaba, y podía encerrarse en sí misma y a ti te podía costar sacarla; o podías desanimarte y, al verla cómo se pone en esas ocasiones, pensar que ya no te quería. Porque es lo primero que pensabas siempre: si te quería y tú estabas a su lado, ¿por qué seguía triste y sin hablar? Pero te mentalizabas: que lo suyo no tenía causa exterior sino que le viene provocado por algo interno, por falta de litio o lo que sea, y cuando se pasase el ciclo, que por eso lo suyo se llama ciclotimia, estaría bien hasta la próxima vez. También podrías ir a hablar y pedirle consejo al doctor Bueno, el psiquiatra del hospital, pero ¿qué te diría?: pues como es de los que no van con el diván a cuestas, te diría que el remedio son las pastillas. Y ella no quería ni oír hablar.
Suerte que ahora esa preocupación ya no la tienes, pero cuando pensaste eso no tardó ni una semana en caer en el pozo. No tienes esa preocupación ni ninguna. Ya no le da la ciclotimia, ya no va arriba y abajo por montañas rusas, ya va por la línea recta y estable. Es como si con la lengua le fueras inyectando por la boca y entre las piernas toneladas y toneladas de litio. Y sí, ya sabes lo que pensaría o diría si te leyera diciendo eso. Ella dirá lo que quiera pero es así. Y si, por lo que sea, más adelante le da, ya no le irás con besitos en la frente y siéntate en el sofá que te preparo la cena sino que la desnudarás a lo bruto y, se deje o no, le darás una chupadita de esas que la ponen en órbita. Y que te salga con que está sudada.

XXII
Luego estaba lo otro, lo de Tomás y lo del chico de la cazadora. Te parabas a pensar y lo del chico del BMW y la cazadora negra te preocupaba menos que lo de Tomás. Te preocupaba, claro. Esa semana ya le entregaban el coche a Clara y haría lo que le propusiste, parar en la carretera a la hora en que podía pasar el BMW. Si aparecía ya pensarías en ese momento porque iba a hacer ya tres semanas del accidente y, si el chico no había dado señales de vida, a lo mejor resultaba que era un millonario al que no le venía de los trescientos euros de la cazadora porque tenía otra media docena en el guardarropa. Sin embargo, lo importante era lo otro; o sea, el otro; o sea, Tomás, que parece que te dé miedo escribirlo. Ahí la ibais a tener Clara y tú. Te ibas a enterar un día de que había estado con él y te irías conteniendo, conteniendo hasta que no podrías más y saltarías. Y en ese momento te daría lo mismo todo. A lo mejor estarías en casa sola dándole vueltas y vueltas y explotarías: te daría igual que estuviera comiendo en la pausa de su trabajo y cogerías el coche, te recorrerías tus quilómetros y te presentarías allí a montarle una escenita. Como te podía dar igual que estuviera en tu cama desnuda, sonriente y húmeda: si le tenías que dar un grito, se lo darías; y si se le cortaba la sonrisa y la humedad, que se le cortara. Sí, en esos momentos pensabas así y te quedabas muy ancha escribiendo eso. Pero es verdad, te ponía muy nerviosa ese temita.
            Como que para relajarte vas a explicar lo que te hizo el martes pasado, precisamente la víspera de san Juan, en su casa. Porque ya hace rato que no cuentas ninguna escenita.

XXIII
Ya dijiste cómo ahora os desnudáis la una a la otra y, cuando llegáis a la ducha, ya vais servidas. Y lo hacéis en una posición cómoda y bonita, la una sentada sobre la otra y dándole la espalda. Además, os vais esmerando y, por esas competencias que os lleváis, lo vais haciendo cada vez mejor y puede que os estéis más de una hora desde que una empieza a desnudar a la otra hasta que llegáis a la ducha. Y no se trata sólo de la postura que has dicho, sentadas, sino también de todo lo que viene antes, los besos, caricias y mordiscos de preparación para esa postura en la que lo que hacéis es a su vez preparación para toda la sesión de después.
La desnudas tú primero despacito, empiezas quitándole la blusa, le das el chupetón en el ombligo, la giras, le quitas los sostenes y te estás un ratito acariciándole los pechos. Te la pones de frente, le repasas los pezones, le recoges con la lengua el sudor del canalillo y le quitas ya los pantalones y las bragas. Te quedas mirándole los pelillos porque te gustan, porque los tiene muy bonitos, bien negros y contrastando con su cuerpo blanco. Se los besas una y otra vez, se los muerdes y los estiras con los dientes mientras con las manos le vas acariciando la espalda. Te gusta también ese contraste de tenerla desnuda y a tu merced mientras tú sigues completamente vestida. Por fin te la sientas y vuelves a acariciarle los pechos mientras le muerdes el hombro. Rato y rato para tenerla en espera hasta que, imitándola, te pones a acariciarle la cara interior de los muslos sin alcanzarla nunca. Lo que te gusta tenerla así, imaginándote que tienes la cabeza ahí entre sus piernas disfrutando de su olor y su sabor. Pero siempre te pasa igual. O tú eres más fogosa o ella te enciende por simpatía. El caso es que ni aguantas ni tienes la paciencia de ella. Le muerdes el hombro, vas directa y la empiezas a repasar con el dedito arriba y abajo y con fuerza. Ella abre al máximo las piernas, te acaricia el pelo con la mano y se pone habladora:
-¿Laura?
-¿Qué?
-Que yo no te quiero sólo por esto.
-Ya lo sé. Yo tampoco.
-Pero, ¿a que nos llevamos muy bien en la cama?
-Mejor que nadie. Y fuera de la cama, también. Ahora calla y estáte por lo que tienes que estar.
-Vale. Pero ¿te puedo decir otra cosa?
-¿El qué?
-Que no sólo te quiero. Que también te tengo mucho cariño y… Y que también me gusta mucho tu cuerpecito.
Cuando se pone así, cuando empieza a mezclar el placer con las ternuras ya da igual que seas tú quien la está acariciando a ella porque lo que sientes es que es ella quien está besando y acariciando toda tu superficie al mismo tiempo.
-Laura, siento que el placer me va subiendo, lo tengo ya por encima del estómago llegándome al corazón.
-Pues a mí me tienes llenita de deseo, que tu cuerpo también me gusta un montón.
-Bueno, pues ahora ya tengo el placer en el corazón. Así que no me digas que me quieres porque, si me lo dices, me voy sin esperar a más. Dímelo después.
Te da la risa, le apartas el dedo y te lo chupas.
-Vuelve, porfa, porfa.
Vuelves y no la tocas directamente sino que, como hace ella, le acaricias los pelillos, las ingles y todas sus periferias.
-¿Laura?
-¿Qué?
-Dime que me quieres.
-¿En qué quedamos?
-Venga, dímelo, que no puedo más.
-Pues te esperas.
La sigues rozando un ratito y ella, nerviosa perdida, mueve el culito sobre tus piernas hasta que tienes piedad de ella:
-Clara, te quiero.
Y, como si fuera automática, se pone a suspirar, la tocas directamente y subes y bajas por su eje hasta que ya no puede resistir, se mueve nerviosamente y se va diciéndote que eres lo que más quiere en este mundo.
-Laura, te has olvidado de una cosa.
-¿De qué?
-De quitarme los calcetines.
-Pues te los quito ahora.
-Bueno, pero eso significa que lo que me has hecho no se vale.
-¿Por qué?
-Porque me lo has de hacer completamente desnuda.
-¿Entonces?
-Pues que para que todo sea correcto, me has de quitar los calcetines y volvérmelo a hacer.
Si será pillina…
-Pero esta vez, porfa, estáte calladita que una no es de piedra y con lo que dices...
-Porque eres una blanda y con cualquier cosa te pones.
-Mira quien habla, que te digo que te quiero y se te escapa el placer hasta por los oídos.
-No sólo por los oídos. Por todos los poros de la piel.
-Sí, tú sigue provocando.
-Pero si sabes que enseguida me pongo contigo. Y venga, házmelo, que te prometo que me estaré calladita hasta el final.
Se estuvo calladita pero no hasta el final:
-¿Te puedo decir otra cosa?
-Si no hay remedio...
-Pues que me gusta mucho saber que en ese dedito tienes el anillo con nuestros nombres grabados bien juntitos.
Y en esto se aprieta fuerte a ti y, mientras sigues dándole, empieza a mover la espalda y el culito en todas direcciones y frotándose contra ti. Despacito como hace ella, que sientes el  roce en los pezones a través de la blusa y los sostenes. La sientes también más abajo, abres instintivamente las piernas y llega ese misterio por el que moviéndose en tus zonas menos sensibles, te manda la vibración hasta ahí mismo.
-Clara, no pares.
-Tú tampoco.
-Clara, dime que me quieres.
-Laura, te quiero.
Le rodeas la cintura con el brazo que tienes libre, la aprietas contra ti y se lo dices:
-Clara, me tienes a punto. Te quiero.
Retuerce el cuerpo, gira la cabeza, os besáis y os vais las dos juntas.
Por eso también la quieres, porque fue capaz de llevarte hasta el final sin siquiera desnudarte, sin siquiera desabrocharte el botón de los pantalones y sólo frotándote por encima. A ver quién es capaz de conseguirlo. Y, además, te puso el listón bien alto. Aún no has sido capaz de superarla y sólo lo conseguirás cuando seas capaz de llevarla a base de dulzuras en el oído sin más.

XXIV
Por lo menos explicando eso te has relajado, que te había subido la tensión imaginándote una escena de celos que sí, más tarde estuvo a punto de producirse realmente. Y mira que eres tonta al ponerte nerviosa por algo que ahora ya sabes felizmente superado. Si no, si hoy en día no hubiera una armonía tan perfecta entre las dos, ¡cómo ibas tú a disfrutar tanto con vuestros jueguecitos! Y has contado eso como podías haber contado cuando se inventó lo de hacerlo con los dedos de los pies sentaditas frente a frente en el jardín y abriéndoos la bata. No os salió, claro, porque os dio la risa, pero lo que no se le ocurra a ella… ¡Y con lo modosita que era!
            Pero a lo que ibas, a tus historias antiguas de celos. Y no tan antiguas, que apenas han pasado dos meses y pico. Aunque quedan tan lejos… Y a veces eres tan bruta... Vaya disparate lo que dijiste de montarle una escena de celos sin previo aviso. Disparate y contradicción: porque si es verdad que la quieres, y de eso estabas entonces tan segura como ahora, habías de buscar otros caminos y no ése de la escenita mientras estaba comiendo o el de borrarle la sonrisa de la cara mientras estabais en la cama. Podíais hablar como las personas civilizadas o insistir en el camino que te habías propuesto, el de ofrecerle más y más hasta que su cuerpo llegara a depender del tuyo y sólo del tuyo como el tuyo dependía del de ella. Además, fíjate si la quieres que te veías capaz de sufrirle en silencio una infidelidad con Tomás, sufrirla mucho, eso sí, y aguantarte mientras te reconcomías por dentro, y esforzarte en borrar la imagen de ella en otro cuerpo. Y eso que te consideras una mujer celosa. Muy celosa. Pero lo que le pedías no era ninguna exageración, lo que le pedías, y ya has conseguido, es exclusividad, ella y tú, solas las dos, sus ojos en los tuyos, su lengua en la tuya y todas esas cosas dulces que hacéis. Y pareces tonta, que un día decías una cosa y casi te ponías violenta y al día siguiente te ibas al extremo contrario. A lo mejor eres tú la ciclotímica, vete a saber.
Además, por un momento pensaste que podías estar viendo fantasmas donde no los había, que fueran imaginaciones tuyas lo de que a veces se perdía con Tomás. Ella no te lo había dicho nunca, se limitaba a que si se han tomado unas cañitas y cosas así, pero ya se sabe lo que puede pasar a partir de la tercera o cuarta caña. Sin embargo, tampoco hacía falta que te dijera lo que habían hecho porque tú lo sabías por ese sexto sentido que no te engañaba, y no era ni por la manera de mirarte ni de tocarte sino por algo que flotaba en el ambiente. Y otra cosa que no entendías: con lo fina y señora que es ella, con lo leidita y marisabidilla que es, ¿cómo se le ocurría con Tomás? Una cosa es que fueran novios en el instituto y hasta un par de años después pero luego, y seguro que fue porque ella se fue a estudiar a Salamanca y lo dejó medio suelto, Tomás se convirtió en un bruto. Como no servía para los estudios, se metió a trabajar en la empresa de su padre y suerte de eso porque le suponía cierta disciplina. Pero desde entonces se pasa la semana esperando que llegue el viernes para recorrerse todos los bares del pueblo y de los pueblos de alrededor. Y ahora aún peor con la crisis, porque la empresa de su padre ya no es lo que era. En los tiempos buenos hicieron la instalación eléctrica y de fontanería de todas las casas en construcción, de esta tuya incluso, pero ahora puedes ver a Tomás a media mañana dando vueltas por el pueblo mano sobre mano.
Y a lo que vas: que al final decidiste no planificar tanto y hacer como con el chico de la cazadora: cuando apareciera el fantasma de Tomás sobrevolándoos ya pensarías y, antes de darle cuatro gritos, respirarías hondo. Porque nunca os habéis levantado la voz.
Una última cosa: el centro de tu mundo hace ya tiempo que es Clara y lo has repetido hasta la saciedad. Sin embargo, durante aquellos días de mediados de abril llegaste a pensar que lo tuyo con ella era una obsesión. Aunque te importaba poco si lo era o no lo era. También hoy día, si no estás con ella, dedicas la mayor parte de tu tiempo, por no decir todo, a pensar en ella.

XXV
Mira que la ves venir. La conoces como si la hubieras parido. Habías escrito en el blog un miércoles, el 15 de abril, que ya le tocaba ponerse tonta y el mismo jueves, cuando ya estabas en la cama mirando la tele, va y te llama. Lo supiste sólo ver su nombre en la pantallita del teléfono. Y no es que lo intuyas ni lo adivines, es que lo ves nítido. Le preguntas que si le pasa algo y ella que nada, se lo vuelves a preguntar y otra vez que nada. Pero con esa vocecita que pone. Pues bueno, ella misma. Y le dijiste que ese fin de semana, como te habían pedido que cambiaras un turno y son esos favores de hoy por ti y mañana por mí, no podías. Y eso era lo peor de todo porque la querías llevar a un ritmo de fin de semana cada vez más intensivo sin olvidar ni uno. En fin, que cuatro dulzuras sí que os dijisteis. Y quedaste a la espera de cómo estaría el viernes. Si a las diez no te llamaba, la llamabas tú a ver cómo andaba y si había cenado. Y si te decía que sí, le preguntarías el qué: no por ver qué contestaba sino cómo.
El resultado fue que ese viernes por la noche acabaste en su casa como casi estaba previsto. Hablasteis por teléfono, notaste que no estaba bien, te dijo que no pasaba nada, que ya se apañaba sola pero, como no te dejó convencida, te presentaste sin avisar. Y el susto que te dio... Nada más abrir la puerta te abraza y se te pone a llorar en el hombro. Tú que le preguntas qué le pasa, a ella que no le salen las palabras, te la llevas hasta el sofá y le vuelves a preguntar qué pasa:
-¡Que te he engañado!
Tú que te asustas, claro está, que con las vueltas que le habías dado a lo de Tomás te ves venir lo peor de lo peor, que te la imaginas... vete tú a saber. Le levantas la cabeza, la miras fijamente a los ojos y se lo preguntas con autoridad:
-¿En qué me has engañado?
Y la bobada con la que te sale. Ya ni te acordabas de que el jueves, cuando te llamó e insistía en que estaba bien y no le pasaba nada, le dijiste que si se ponía triste o peor lo que tenía que hacer era ponerse a releer el Quijote para tener la cabeza ocupada en algo. Ella contestó que sí, que de acuerdo, y luego ese mismo el viernes, como te dio por preguntarle que por qué capítulo iba, te contestó que por el octavo. Y ahí estaba el engaño, en que ni había abierto el libro, ya ves. Si tú casi lo habías dicho por decir algo y tampoco esperabas que se lo tomara al pie de la letra. ¿Para qué, si casi se debe de saber el Quijote mejor que Cervantes?
Te dio la risa, por supuesto, y le dijiste bien clarito que sólo había una manera en que te podía engañar. Se para a pensar un momento, cae, se agarra a ti y rompe a llorar otra vez. La apartas, le das besos en los ojos, le recoges con la lengua las lágrimas de las mejillas y la pones en orden. A la cocina a preparar la cena porque el sábado habías de madrugar.
Luego otro detalle raro. Os llevasteis unas bandejitas para cenar en la cama viendo la televisión porque lo que os preparasteis no eran platos de cuchara sino unos trozos de tortilla de patatas que ella ya tenía, unos tomates y, de postre, una naranja. Llegáis a la habitación y, mientras te estás desnudando, se te queda mirando quieta y callada, como pasmada, desde que empiezas hasta que te quitas los calcetines. Le preguntas si pasa algo y te contesta que sólo está mirando cómo te desnudas. Bueno, mejor así que no estar pensando en todo lo que se le mete esas veces dentro y no la deja dormir. Pero mira que habrá visto veces cómo te desnudas y, desde la primera vez que lo hicisteis, seguro que te ha visto más tiempo desnuda que vestida. Bueno, no pero casi y, de todas maneras, llegará un día en que será así. O quieres que llegue.
No recuerdas ni haberte levantado a lavarte los dientes. Fue acabar de cenar, ponerte de lado agarrada a ella mientras veía una serie de televisión y, al instante, quedarte dormida. Hasta las cinco y cuarto que te sonó la alarma del móvil porque entrabas a trabajar a las seis. Se despierta contigo y tú que no, que sigas durmiendo porque le conviene descansar. Insiste con que, estando tú, la mejor manera de empezar el día es contigo. Le das cuatro besos y te la llevas a la ducha. Luego, amor del de verdad, de prepararte el desayuno mientras te vistes y tenerte el café y el zumo de naranja esperando en la mesa de la cocina. Bueno, el otro amor, el de estar desnudas y a ver qué pasa, también es de verdad pero se entiende lo que quieres decir. Al final, te despides en la puerta con beso y achuchón. Una a cada lado del umbral: tú fuera arreglada y ella dentro en bata. La miras a los ojos, le deshaces el nudo del cinturón de la bata, le pasas la mano por los hombros y los brazos, y la bata se cae. Te ríes porque su reacción es taparse los pechos y los pelillos con las manos. Ella acaba riendo también, aparta las manos, la miras y te parece preciosa; como un cuadro, como si ella fuera la modelo y el marco el umbral de la puerta. Otro beso que parte de ella, le aprietas la mano y ya te puedes ir a trabajar tranquila.
Aún no serían las nueve y te manda un mensajito al móvil. Que ya había llegado al capítulo octavo del Quijote y que nunca más te engañaría. Y dale: o sea, que como aún le daba vueltas a lo mismo, se había quedado leyendo. Bueno, bien, que también te gusta saber qué hace cuando no estás.

XXVI
Sin embargo, con ese asunto de lo que es engañar o no engañar, tú también le dabas vueltas a algo y, lo peor, no sabías a qué. Era esa sensación de haber hecho algo mal con ella y no saber exactamente ni el qué ni el cómo ni el cuándo. Pero estabas segura de que era a propósito de engañar o no engañar. Y no es que le dieras vueltas, era como un bultito que tenías dentro y que te recorría. Hasta el día siguiente, domingo, en que te despertó. Sí, así fue, te despertaste con una imagen de hacía un par de meses. Primero sólo eso, como una foto en la que ella estaba tumbada de espaldas y tú de lado con la boca pegada a su piel. Y a medida que te ibas despertando la foto se iba moviendo y convirtiendo en película: le vas recorriendo la espalda con besos, te tumbas luego encima de ella para sentirle y que te sienta toda la piel, le vas dando besos por el pescuezo y, de repente, te viene un pronto de los tuyos, de esos en que igual le das un mordisco hasta hacerle daño como te aprietas fuerte contra ella. Pero no, te quedas parada y le dices:
-Si me entero de que haces esto con otra, te arranco los ojos.
Y ella te contesta que no te entretengas y sigas con los besitos. El error era gordo y no lo viste hasta esa mañana de domingo al despertarte. Porque lo que le habías dicho era que si lo hacía con otra. O sea, con otra mujer. Igualito que si le hubieras dicho que podía ir con todos los hombres que quisiera pero en el otro terreno ella y tú exclusivamente. Pues ahí vas a parar, a lo del engaño: que ella creía que te engañaba si no leía el Quijote cuando te decía que sí se lo leía pero si iba con Tomás eso no era engañarte porque además tú se lo habías dejado clarito con lo de si haces eso con otra. Te sentiste tonta porque, además, era todo culpa tuya. Pero te propusiste arreglarlo, vamos si lo ibas a arreglar: como que la próxima vez le ibas a decir la misma frase pero bien dicha:
-Si me entero de que haces esto con otra persona, te arranco los ojos.
Y le subrayarías bien subrayadita la palabra persona como esos que ponen comillas cuando hablan. O se la dirías con mayúsculas.
Ahora cambia de tema que ya vuelves a ponerte nerviosa. Y di que ese sábado, que te lo pasaste enterito trabajando, le enviaste por la tarde algún mensajito pícaro pero sin pasarte porque ya te había dicho que iría al cine con sus sobrinos y, al salir del cine y llevárselos por ahí, siempre puede ocurrir lo de tía, déjame jugar con los juegos del móvil. Y se los enviaste sobre todo porque querías que para ella sábado y tú, Laura, fueran como la misma palabra del mismo modo en que para ti el mundo se iba resumiendo casi sin que te dieras cuenta en sábado, Clara. O sea, que lo que pretendías era recordarle que si tú no estuvieras en el trabajo y ella no hubiera sacado a sus sobrinos, las dos estaríais juntas. Sí, ibas trazando planes consciente o inconscientemente: querías que el sábado, si no estabais juntas, ella echara de menos tu cuerpo como tú echabas de menos el suyo. Y más adelante ya llegaríais a lo de tú y ella todos los días de la semana. Pero despacito, muy despacito para no asustarla. Porque ya te das cuenta de que has dicho una barbaridad y tu mundo ya por entonces no se resumía sólo en Clara el sábado sino en Clara veinticuatro horas al día fuera el día que fuera. El sábado era sólo el día en que os demostrabais todo pero, ya lo has dicho, le ibas a ampliar los días de la semana. Verla más, tocarla más. Y sí, ya lo sabes y no hace falta que nadie te repita lo de que no todo se resume en la cama y que a lo mejor ahí no se demuestra nada. Pero te da igual porque para ti sí se demuestra; porque dos personas que se entienden en la cama se entienden también fuera, como ella y tú. Por eso sabes disfrutarla también vestida.
A lo que ibas, que a la mínima te dispersas e incluso te pones un poco abstracta y en ese terreno seguro que te pierdes. Estabas contando que ese sábado por la tarde, desde el trabajo, que hiciste doble turno, le enviaste algún mensajito pícaro. Empezaste a lo tonto: “Hasta el ombligo tienes bonito”. Y ella contesta: “Pues tú, los diez deditos de los pies”. “¿A que no sabes qué me gustaría estar haciendo ahora”; “Pues a mí aún más”. “Mis ojos en tus ojos y mi lengua en tu lengua”. Y al instante contesta: “Eso es imposible: o nos miramos o nos chupamos”. Con toda la razón. Mira que eres zafia cuando quieres ponerte medio poética... Pero lo raro es que te dijera lo de que nos chupamos, con lo vergonzosa que era entonces para hablar de vuestras cosas. Hacerlo sí, ella la primera, pero decirlo ya era otra cosa.
Y eso no quita para que, también por teléfono, hablaras con ella varias veces ese fin de semana para ver cómo le iba lo de la depresión, que se lo medías por el tono de voz. La última vez que hablasteis, hacia las diez del domingo, ya casi se le había quitado.

XXVII
Ahora vas a tratar ya de otros asuntos. Para no ponerte pesadita con Clara y tanta Clara. Sólo que antes quieres dejar constancia, eso sí, de que, como ese fin de semana no os pusisteis, estabas deseandito que llegara el próximo. Y te puedes poner diáfana, que no pasa nada: tenías muchas ganas. De darle un tiento y dos y tres y los que hicieran falta.
Vas a empezar por la familia. Tienes dos hermanas, Eva y Aurora. Eva es la que está con que si se separa o no pero tú crees que va a ser que no, que es una mera crisis pasajera. Por cierto que Clara y tú no habéis pasado por ninguna pero es porque no convivís y, si la pasarais, ya sabrías tú, porque te espabilarías, la manera de superarla. Aurora, en cambio, está felizmente casada. Y entre una y otra tienes dos sobrinos y una sobrina a los que hacías monerías hasta que llegaron a los cinco años. Luego ya no es lo mismo, y lo de sacarlos al cine como hace Clara, comprarles chuches y tragarte una película de dibujos animados de los modernos no va contigo. Y tú eres la menor de las tres hermanas aunque os lleváis poca diferencia porque vinisteis las tres seguiditas con un año y medio de distancia más o menos. No sabes, ni eres la más indicada para saberlo, si por ser la más pequeña tienes carácter de mal criada y esa fijación que tienes con Clara te viene de eso. Pero para tus adentros que no es una fijación sino algo que, aunque lo llevas a flor de piel, te viene desde el corazoncito.
Y ya vale de momento de la familia, que para acabar de presentarla también habrías de hablar de tus padres y tu abuela. En otro momento. Porque en tu familia todo estaba en perfecto orden, todos con salud y tú, en el blog que ibas escribiendo, sólo tratabas de lo que verdaderamente te preocupaba. Así que, aunque sólo has dedicado un párrafo escaso a la familia, has de cambiar de tema y, cómo no, volver a Clara.
Porque sí, algo te preocupaba durante esos días: tenías la intuición de que esa semana iba a pasar algo malo o algo que no te gustara. Clara empezó el lunes con lo que tú le habías sugerido de ponerse en la carretera junto al coche para ver si pasaba el BMW del chico de la cazadora. Ni que decir tiene que te habías arrepentido de habérselo propuesto como te habías arrepentido de haberle dicho lo de que si me entero de que lo haces con otra. Es que parecía como si fueras tú quien la empujara a cometer esas infidelidades que para ella ni lo debían de ser. Pero por si acaso la llevabas controlada y el lunes la llamaste a la noche por si se había producido alguna novedad en su espera de la carretera. Ninguna novedad. Y luego el martes, cuando calculaste que por la hora estaría allí parada la volviste a llamar. Con toda la intención, para que supiera que, ocurriera lo que ocurriera y encontrara o no al chico de la cazadora, tú estabas ahí para lo que hay que estar. Te volvió a decir que todo seguía igual y, sin esperar a más, se lo has propusiste para el sábado. Aceptó, faltaría más, y dijo que prefería en su casa. Perfecto por esos planes que tú te ibas haciendo inconscientemente: por conquistarla a ella conquistando sus espacios, por poder dejar tu olor en sus sábanas como ella deja el suyo en las tuyas, por ponerte una gota de su perfume en la rodilla a ver cuánto tardaba en darse cuenta.
Además, te pareció que, igual que tú la ves venir cuando se envuelve en sus nubarrones, ella se dio cuenta de ese pálpito tuyo negativo y, cuando ya te despedías con el beso de siempre, te vino a decir que el sábado te iba a chupar enterita desde los pies hasta las orejas. Y ya eran dos veces seguidas que le daba por hablar de chupar, y las dos únicas veces que había pronunciado la palabra desde la primera vez, con lo fina que es ella. Sería que tenía tantas ganas como tú pero, por si acaso, seguías vigilante, que esa sensación que tenías dentro nunca te ha engañado.

XXVIII
A partir del miércoles trabajabas otra vez de mañana. Y por cierto, que igual que empezaste a hablar de la familia, otro día, que hoy no tienes muchas ganas, hablas del trabajo, de lo que haces o de los compañeros. De momento te vas a limitar a decir que te gusta tu trabajo. Aunque suene así de tonto.
Estabas nerviosa. Y no porque llegara el sábado sino por cómo sería ese sábado. Sólo querías orden y armonía, que todo fuera como siempre, poneros y quereros, reír, preparar la cena, ver la televisión, quedaros dormidas... Pero te daba que no iba a ser así, que algo lo iba a distorsionar y no sabías si podrías dominar la situación. Dependería de ese algo.
Deseabas que lloviera como la primera vez en el hotel de Agde. Tú en la ducha y ella desde la habitación preguntándote una y otra vez a dónde ibais a ir, qué ibais a hacer si llovía. Acabas de ducharte y entra ella al cuarto de baño, sales y, aún a medio vestir, miras por la ventana y, efectivamente, llueve a cántaros. Te quedas pensando y no se te ocurre ningún sitio a dónde ir sino sólo lo que hiciste. Te vuelves a desnudar, esperas a que ella acabe de ducharse y, cuando calculas que está secándose o peinándose ante el espejo, entras al cuarto de baño decidida a por ella. Y te daba igual que estuviera peinándose como que estuviera sentadita en la taza del váter.
Pues ahí estaba la clave, que si llovía el sábado y por lo que fuera algo no funcionaba, te quedarías un ratito mirando a través de la ventana y seguro que lo resolvías como en Agde.

XXIX
El jueves fue un mal día. Aún recuerdas que tuviste que esperar un buen rato para relajarte antes de entrar al blog. Y cuando entraste más que escribir aporreabas las teclas.
Habías pasado una mala noche, no habías dormido nada bien y desde que habías salido del trabajo no habías hecho más que darle vueltas y vueltas. En el trabajo, tranquila, porque te metes allí y como estás todo el rato arriba y abajo por los pasillos no te da tiempo de ponerte a pensar. Sin embargo, al salir, fue sólo meter las llaves de contacto en el coche y venírsete el mundo encima. Como que llegaste a casa llorando y te tumbaste en el sofá.
A veces piensas que tienes unos buenos mecanismos de autodefensa, quizá dentro del cerebro, quizá sólo porque la quieres tanto que acaba por darte todo igual con tal de volver a estar a su lado. Lo dices porque, tal como estabas al llegar a casa, ni habrías comido. No tenías hambre y aún tenías menos ganas de prepararte la comida. Y aún así lo hiciste.
A ti no es tan fácil derrotarte. Sabías que si abandonabas, si te quedabas en el sofá llorando toda la tarde como una boba y sin comer, estarías aún más floja y más hundida. Pero si, como acabaste haciendo, te sobreponías, hacías un esfuerzo y te metías en la cocina, todo iría reajustándose y, con el estómago lleno, volverías a a ver el mundo de modo más optimista y sin que todo estuviera perdido.
Aún no has contado lo que te pasaba. Y es que el miércoles por la noche, después de pasarte un ratito escribiendo en el blog, hacia las nueve sería, la llamaste y no la encontraste. Ni en el fijo ni en el móvil. Como si el mundo se te hubiera cerrado. Tu pálpito. Además, para ti no porque trabajabas, pero para los demás ese jueves 23 de abril era la fiesta de la Comunidad Autónoma y, claro, la noche antes ya se sabe, da para salir. De ahí a imaginártela quien sabe dónde ni como, un paso. Rabia, celos y más rabia y más celos. Eso fue el miércoles por la noche. El jueves, por lo de los mecanismos de autodefensa, ya no sabías qué pensar, no sabías si te estabas autoengañando al suponer que andaría por casa de su padre y que se le habría acabado la batería del móvil. No sabías. Sí sabías que el paisaje más bonito del mundo es su cuerpo. Pero sólo tú lo sabes apreciar, sólo tú dedicarías -y dedicarás- el resto de tu vida a recorrerle ese cuerpo para hacerla feliz. Pero ahí está, que querías ser la única en mirarle el cuerpo desnudo, la única en besárselo, la única en chupárselo entero. Y no sabías por qué te lo estaba poniendo tan difícil si ella ya sabía que hacía un montón de tiempo, desde que lo dejaste con Enrique, que tu cuerpo era sólo para ella. ¿Era tanto pedir lo que le pedías? Si sólo le pedías lo mismo que le dabas…
Para ti lo del cuerpo es sagrado: se lo entregas a una persona y ya está. Y no es que sea sagrado, es que es fácil y lógico. Bueno, pues mira que te costó conseguir que lo entendiera. Si había momentos en que no podías seguir escribiendo en el blog porque te saltaban las lágrimas…

XXX
Vamos a ver. Hay un tiempo para cada cosa. Es una frase que Clara repite frecuentemente.
Tú has ido con chicos, has disfrutado y les has hecho disfrutar. Con Enrique, tu último novio, sin ir más lejos. ¡Cuántos saltos no habrás dado de rodillas encima de él y bien incrustada! Y pasarle la lengua arriba y abajo viendo cómo se tensaba, metértelo en la boca, y sentir dentro cómo seguía dilatándose cuando lo acariciabas con la mano, con los labios y con la lengua; y cuando ya le quedaba poco, le apartabas los labios y te lo frotabas por los pechos moviéndolo rápido con los dedos hasta que conseguías que se derramara regándote el pezón. O esperarte a que estuviera bien flácido, acercarte para verlo bien de cerca, pasarle los dedos por las venitas, darle algún beso, empezar a acariciarle con una mano o con las dos para que fuera tomando forma, pasártelo por la frente y por las mejillas y, luego, quedarte embelesada, porque todo el proceso te parecía casi un misterio, contemplando cómo empezaba a dar sacudidas convertido en un surtidor. O vuestros caprichitos: tú, que te lo hiciera desde atrás puesta a cuatro patas. Enrique, ponerse de pie contra la pared contigo de espaldas contra él y moviendo el culito; te acariciaba primero los pechos y, cuando ya estaba suficientemente sólido, te recorría por abajo bien recorrida hasta que sentías cómo te salpicaba en la espalda.
Pues como hay un tiempo para cada cosa, ese tiempo ya ha pasado. Para ti ya ha pasado: ningún hombre volverá a cruzarte el umbral ni volverás a sentirlo en la boca. Ni jugarás a hacerlo estallar. Porque ahora es tiempo de Clara, porque Clara es para toda la vida. Y ni te duele ni te supone una renuncia. Las cosas son así. Y si quieres llevarte algo rico a la boca, le separas las piernas y rebuscas entre esos repliegues tan jugositos que tiene.
Y ya que estás en ello, añadirás una cosa: muy rara vez con Enrique llegabais los dos juntos. Si tú estabas encima de él solías llegar antes pero te seguías moviendo hasta que llegaba él. Pero si te ponías a cuatro patas resistía poco y enseguida se iba. Pero no te dejaba a dos velas: te tumbabas y al momento se ponía a acariciarte. Con Clara, en cambio, es al contrario: siempre, siempre que os ponéis mutuas, sea chupándoos sea acariciándoos, llegáis en el mismo momento. Porque al hacerlo no os fundís sólo por ahí abajo sino con el cuerpo entero; y con el cerebro, que lo que os ocurre es que vuestros cerebros se sincronizan y por eso llegáis juntitas. Pues eso tiene toda su importancia. Aparte de algo que ya has dicho: nadie, nadie te ha llevado nunca a los extremos de placer a los que has llegado con Clara; y al revés, nunca has visto a nadie que reciba tan bien el placer que le das, y ya has dicho que alguna vez te ha dado la impresión que se te iba desmayar. Además, cuando le dan sus cosas, es muy divertida en la cama. Y cuando no, también.
Pues igual que para ti renunciar a sentir un hombre en tu cuerpo había sido fácil y lo veías natural, para ella, si te quería de verdad, había de serlo también. Y a lo mejor ahí estaba la clave, que no sabía acabar de renunciar y ya teníais ahí un dramón, ya tenías delante un problema bien gordo contra el que no sabías si tendrías suficientes fuerzas para luchar. La otra alternativa, que lo que ocurría era que no te quería tanto como tú pensabas, ni te pasaba por la cabeza.

XXXI
El viernes te tranquilizaste un poco. Convencida, no es que estuvieras convencida del todo pero sí algo más tranquila. Te dio la llorera y, cuando se te pasó, la llamaste:
-Dime que tienes ganas de que nos veamos el sábado.
-Y no sólo de que nos veamos.
-Repítemelo bien explicadito.
-Pues eso, tengo ganas de verte, de mirarte y de quitarle el habla.
Así de fácil eres de contentar. Pero no te despistabas. Ella, por entonces, se pasaba el día pensando y se creía que tú no, que ibas por la vida de irreflexiva, de que hacías esto y lo otro porque te apetecía sin más. Pero no era así, por supuesto que no. Y si a ella le cogían esas depresiones tontas era de tanto pensar en aún no sabes qué. En cambio lo que tú pensabas, a lo que tú le dabas tantas vueltas, era a ser feliz. Así de sencillo. A ser feliz con ella. Sí, y quizás fueras egoísta y con tanto que decías que la querías a lo mejor resultaba que sólo pensabas en ti. Pero te parecía que no, que querías ser feliz viéndola a ella feliz. Felices las dos, la una en la otra y la una con la otra. Te ponías en su situación: suponías, sólo un suponer, que se acostaba con Tomás. Sólo un suponer que luego resultó cierto. Olvídate de eso y sigue por donde ibas, que es a si ella tenía la cabeza para soportarlo a la larga. Porque sí que te la imaginabas capaz de sacar esa boquita de piñón que tiene y envolverte en una telaraña de palabras para salirte con que lo de Tomás no tenía nada que ver contigo, que a ti te quería con el corazoncito y a él con... Déjalo y sigue porque aunque hoy día ya está todo más que superado, cada vez que te saltaba la imagen de ella desnuda con Tomás, te daban ganas de coger el portátil y estrellarlo contra la pared.. Pues eso, que a la larga no lo soportaría, tarde o temprano le saltaría la contradicción y acabaría por no creerse ni sus propias palabras.
¿O es que te creía a ti capaz, como hacen algunas en el hospital, de perderse con alguien en uno de esos cuartos olvidados para una cosita rápida?, ¿te creía capaz de hacerlo y presentarte luego sonriente ante ella? Pues a lo mejor sí si pensaba lo que pensaba acerca de la diferencia de hacerlo con Tomás o contigo. Pues por si acaso, esa iba a ser otra de las cosas que le ibas a explicar bien subrayaditas. Y buscarías bien la frase, con alguna palabra o expresión de las que ella nunca utilizaría, por ejemplo le dirías que ella era la única persona que a ti te come el chochito. Y que te dijera que eres una ordinaria, una cochina y una guarra. Porque ahora ella lo llama chupadita pero antes eran besitos en la flor, así, a lo repipi. Y mejor aún que decírselo en frío: ¿no decía que tenía tantas ganas de chuparte y quitarte el habla? Pues cuando estuvierais en eso bien puestecitas del revés te esperarías y, cuando estuvierais a punto, se lo dirías mientras le clavabas las uñas, te pararías y le dirías algo así como que cuánto te gustaba que fuera ella la única persona que te come el chochito. Te diría lo de que eres una ordinaria pero la frase ya la tendrá bien metida en lo más hondo del cerebro. Como una bomba de relojería, eso es, y si se le volvía a ocurrir abrir las piernas donde no debía, saltaría la frase y a lo mejor le saltaba con ella el complejo de culpa al recordar esa frase en tu boca: ya no pensaría que eres una cochina por hablar así sino que te recordaría contenta al decirla, se daría cuenta de que ella no podía decirte a ti lo mismo ni a su manera y a lo mejor se lo pensaba antes de seguir abriendo las piernas.
¿Eras mala? Quizá. Pero tú defendías lo tuyo. Además, si la querías no podías ser mala con ella. Porque meterle esa frase, repetírsela en cada ocasión como un mantra y que le saliera a flote cuando alguien más le fuera rondando las piernas podía ser la manera de que las mantuviera cerradas. Y si no las cerraba... querías dejar de lado esa posibilidad, pero si se diera ya tendría la contradicción dentro actuando hasta el día que explotara. Y te daba igual que en ese momento se hundiera en sus ciclotimias y estuviera cinco días en silencio, porque estarías ahí para recogerla. Lo que dices, que te limitabas a defender lo tuyo. Y por eso la gente a lo de defender le añade las uñas y los dientes.
Además, que ya vais para los treinta y ella no estaba para jueguecitos. Ya no es como cuando teníais veinte que, siempre que fuerais con cuidado, podíais abrir las piernas donde quisierais. Y la verdad, tampoco lo hacíais tanto. Y tú, desde luego, cuando lo hacías era porque te lo pedía el cuerpo pero convencida de corazón.

XXXII
El sábado no te tocaba trabajar y habíais quedado por la tarde en su casa. Pero antes fuiste a comer a casa de tus padres, que hablaste con tu madre y también iba a ir tu hermana Eva, la que aún sigue si se separa o no, con su niño. Te vendría bien un ratito en familia aunque tuvieras que escuchar a tu hermana mientras fregabais los platos o aunque tuvieras que aguantar al sobrino. Pues eso, estar con los tuyos y, por lo menos, no dar vueltas a las cosas y preocuparte por nimiedades tales como cambiar un billete de cincuenta euros para darle diez a tu sobrino. Salías de allí e ibas directamente a casa de Clara. Imagínate al revés, todo el rato encerrada aquí en casa pensando en dónde se habría metido la noche del miércoles. Habrías llegado de mal humor y... no sabes. Pues eso, preferías sonreírle cuando te abriera la puerta y esos besitos formales en la mejilla.
Por cierto que antes de salir a casa de tus padres releíste lo que habías escrito, lo de soltarle la frase de tu chochito sólo para ella. Y no, eras incapaz de de pronunciarla echándole en cara lo de que tu cuerpo era sólo para ella y, en cambio, el suyo ni se sabía. Eras incapaz de hacerle el más mínimo daño. La querías, y la sigues queriendo tanto que preferías hacerte daño tú sola reconcomiéndote por dentro. Y harías el esfuerzo de poner buena cara, de echarle ganas, de apartar, cuando entrarais en materia, esas imágenes que te venían con ella en otro cuerpo. Y, si no podías apartarlas y se te iba el deseo, pararías y le darías besos en ese espacio que tanto te gusta, en la parte superior del pecho izquierdo. Le pasarías la lengua a ver si se enteraba de que querías besarle y chuparle lo que tiene debajo, el corazón.
También desechaste otra idea de esas que se te ocurren cuando te pones drástica, la de dejarle el culo bien arañado a ver si luego se atrevía a desnudarse por ahí y que le preguntaran. Ella, cuando está debajo, te lo hace a veces casi sin darse cuenta en el momento en que llega. Como tiene la boca enganchada a ti, no puede gritar y es su manera de expresar el placer. Tú, como a ella le gustan los simbolitos, interpretas también que quiere entrar en tu carne y fundirse contigo. Por eso te gusta que te lo haga; por eso y por llevar en tu cuerpo una marca suya, como un tatuaje pasajero. Tú también se lo has hecho a veces y por la misma razón. Pues eso pensaste: la coges, te la pones encima, lo hacéis y, en pleno frenesí, le clavas las uñas y le dejas un rastro que le dure lo menos una semana. Y a ver a quién le enseña ese culito tan precioso. Pero no, tampoco. Además, cuando tú estás ahí desparramándote no te vas a poner a acordarte de que has decidido esto o aquello para ese momento porque para lo único que estás es para sentir su lengua y para que ella sienta la tuya con la misma intensidad.
Sin embargo, una cosa sí decidiste que no tenía nada que ver con el asunto de Tomás; o sí lo tenía, no sabes. Lo que decidiste es que se había de acabar eso de hacerlo siempre las dos a la vez. Renovarse o morir. Que sí, que lo hacéis muy bien, que llegáis siempre juntas y os apretáis en ese momento como si quisierais meteros la una dentro de la otra. Y siempre lo habíais hecho así desde el primer día. Incluso en esas ocasiones en que ella decía que ya estaba satisfecha y, como tú le pedías más, ella se ponía a dártelo: el plan era que te lo hiciera a ti sola hasta el final pero, sólo ponerte la mano o la lengua y sentirte tan mojada, le venían las ganas y al poco ya iba buscando la postura para volver a lo de siempre y disfrutaros juntas. Sin embargo es lo que dices, había que renovarse. Porque tenías el capricho de tenerla a tu merced, de dejarla pasiva y tú dedicada completamente a darle placer. Y no era un capricho, era una necesidad: lo que necesitabas era llevarla a tal extremo que, en el momento crítico, se le escapara sin querer un te quiero. Porque si estáis las dos a la vez una sobre la otra con la lengua ocupada no vais a parar para decíroslo. Ni si os lo estáis dando frente a frente con la mano; porque ahora no siempre pero antes, cuando estabais llegando, os enganchabais siempre por la boca para multiplicaros las sensaciones juntando la lengua. Decidido pues: aquella misma tarde, sin avisarla ni nada, le aplicabas la novedad. Y más adelante, que te lo hiciera ella a ti y te escucharía un te quiero que te saldría desde cualquier curva del intestino. Y sí, ya sabes que eres incoherente porque te ibas de los celos a la pasión total.

XXXIII
Te ibas haciendo planes, te ibas haciendo ilusiones. Lo que acababas de decidir era fácil y ya te imaginabas contándolo el lunes siguiente en tu blog. Aunque tampoco se trataba de que la primera vez que se lo hicieras ya le saliera ese te quiero. Pero despacito, despacito...
Y otra cosa te iba rondando la cabeza. Te acordabas mucho de los besos que os disteis dos semanas antes en Cantabria, en el prado junto al río. Te gustaron porque fueron unos besos al aire libre. También os los dais aquí fuera en el jardín pero no es lo mismo, el jardín es espacio tuyo, vuestro, mientras que el prado de Cantabria era público. Sí, lo que estás diciendo es que pensabas la manera de besarla en la calle delante de todo el mundo. No aquí en el pueblo, por supuesto, que una cosa es lo que te apetezca y otra el sentido común. Tú no eres de las que andan por ahí diciendo que tienen derecho a hacer con su cuerpo lo que quieran porque la constitución lo permite. Sólo faltaría, que la constitución no te libraba del bofetón de tu padre por más treinta años que estés a punto de cumplir. No, lo que andabas pensando era proponerle un fin de semana en Madrid cuando libraras sábado y domingo. Os ibais el viernes a última hora o el sábado por la mañana. Dedicabais la mañana a lo que fuera, a sus cosas intelectuales de museos o librerías, comíais, echabais la siesta, salíais luego de tiendas, cenabais cualquier cosa y, por la noche, la medio enredabas para ir a algún local, que tú ya habrías buscado en Internet, donde nadie os mirara mal porque los demás hacían lo mismo. Y eso, la besabas en público, la llevabas de la mano, la acariciabas. Mejor un local con baile: esperabas la música lenta, la sacabas a la pista y bailabais las dos bien arrimaditas. Y le ibas explicando al oído muy despacio lo que le pensabas hacer después.
Sin embargo, tu preocupación central no era un fin de semana en Madrid quién sabía cuándo sino ese fin de semana. Que todo saliera bien ese fin de semana. Cuando saliste hacia casa de tus padres sentiste lo de siempre, que se iba acercando la hora deseada durante toda la semana, la de encontrarte frente a frente con Clara, pero a la vez tenías un bultito en el estómago.

XXXIV
Fatal. Cuando el lunes siguiente por la mañana te sentaste frente al ordenador no sabías por dónde empezar para llegar al meollo del asunto, si por orden cronológico desde la comida en casa de tus padres, si por la gran chupadita que le diste y que fue casi lo único bueno del fin de semana, o por lo que acababas de hacer para tranquilizarte y poder sentarte aquí a escribir. Porque sí, te confesó que el miércoles pasado por la noche había estado con Tomás. Es decir, no te lo confesó sino que tú acabaste por preguntarle, no el mismo sábado sino el domingo por la mañana, que dónde se había metido el miércoles por la noche y te contestó que con Tomás. Así tal cual, con toda tranquilidad. Y ni añadió nada ni tú le pediste más detalles. Pero no los necesitabas, que tú sabes sumar dos más dos y si tenía el móvil desconectado… O sea, que se te vino el mundo abajo y, como no podías hacer más esfuerzos para que no te saltaran las lágrimas, acabaste por decirle que tenías ganas de ir al baño.
Hoy, en cambio, como te da cierto reparo seguir el orden por el que lo contaste todo en el blog y que empezaba con lo que hiciste el lunes después de desayunar y antes de ponerte a escribir, vas a dar un salto y venirte a la alegría de hoy en día. Y no hace falta que digas que lo que te dijo el domingo por la mañana te sumió en la más profunda tristeza que recuerdas. Por eso quieres contar algo diferente, algo de estos últimos días aunque, si alguien te lee, se puede liar con esos saltos que das de ayer a hoy y que en realidad no son tan bruscos porque eso fue el lunes 27 de abril y hoy es miércoles 2 de julio.
Ya has dicho que vives en una casa. Aparte del garaje y del terreno con el jardín, tiene dos plantas y la buhardilla: en la planta de abajo está el recibidor, la cocina, el salón y un cuarto de baño; y en la de arriba, las habitaciones y un despachito para ti; la buhardilla en realidad es un solarium a donde ahora subís a tomar el sol desnudas. Bueno, pues, ¿qué lleva un par de semanas rondándote la cabeza? Una bañera de hidromasaje. Como suena. Has estado mirando por Internet y por unos cuatro mil euros tienes una preciosa con dos reposacabezas y todo. Luego la mano de obra para instalarla, claro. Y te cabe perfectamente en el cuarto de baño de abajo quitando el plato de la ducha y el bidet, que no sirve para nada. Bueno, no quieres ni imaginar lo que podéis hacer ahí, que el capricho te viene de que a la niña le dio por comprar frascos de baños de espuma y, desde entonces, en la bañera os dais cada sesión… Y si en la bañera os divertís tanto a pesar de que a veces estáis incómodas o no sabéis por dónde pasar las piernas, imagínate con el espacio de esa bañera de hidromasaje que hace casi dos metros por dos metros.
Una sorpresita que le tienes preparada para después del verano. Y lo estás contando no sólo para interrumpir la narración de ese fin de semana horrible sino como muestra de la armonía a la que habéis llegado. Además, no se lo piensas decir hasta que esté acabada. Ya mirarás cómo hacerlo: o diciéndole varias veces seguidas que prefieres hacerlo en su casa para que no se entere de que en la tuya están en obras o, si te dice de venir a casa y quiere ir al cuarto de baño de abajo, le dices que tienes un problema de fontanería y que vaya al de arriba. Y cuando esté todo instalado, la coges de la mano, la llevas hacia allí, abres la puerta y…
Sin embargo hay un problema secundario. ¿Cuántas empresas de fontanería hay en el pueblo?: una. ¿De quién es?: del padre de Tomás. Claro, es lo de que con su dinero cada uno hace lo que quiere y tú tienes todo el derecho a buscar cualquier otra empresa fuera del pueblo. Pero no, tú eres de este pueblo, también conoces a Tomás y a su familia de toda la vida, y, como una cosa son los amores y otra los negocios, te parecería feo no encargárselo a ellos. Otra razón, también, para mantener a Clara alejada de tu casa durante esos días.

XXXV
Ahora, tras contar eso, ya tienes la cabeza con mejor disposición para volver a tu peor fin de semana. Decías que te daba reparo explicarlo aquí todo siguiendo el mismo orden en que lo habías escrito en el blog y que era el contrario al cronológico. Ese lunes empezaste contando lo que acababas de hacer para tranquilizarte y poder sentarte a escribir. Para tranquilizarte pero también para vengarte, por rencor... Esa semana empezaste trabajando de tarde lunes y martes, librabas el miércoles y luego… luego llegaste a pensar que te daba igual, como si querían ponerte a trabajar desde el viernes a las diez de la noche hasta el lunes a las seis de la mañana sin parar. Así tendrías una excusa para no verla.
A ti te gusta descansar. No exactamente dormir sino descansar, tener el cuerpo y el cerebro frescos. Por eso, si no trabajas de mañana, puedes estar durmiendo hasta las diez, no como ella, que antes de las siete ya estaría despierta para ponerse a leer esos libros que lee. Pues ese lunes a las seis ya estabas con los ojos de par en par. Pensando y venga a pensar, claro. Que todas tus ilusiones, todo lo que habíais hecho, todo vuestro amor se había ido por el desagüe. Tú eres muy simple y a veces llegas a conclusiones también simples: para ti, una persona que te pone el dedo y te acaricia donde te acarició Clara cuando te puso de espaldas contra la pared de la ducha es porque te quiere. ¿O es que tú has acariciado a alguien ahí? Ni siquiera a ella, que eso lo has de remediar. ¿Y alguien más te ha acariciado ahí? No, ni le habrías dejado; ni siquiera a Enrique. Pues eso pensabas, que si te ponía el dedo ahí era porque te quería; y por eso no te entraba en la cabeza que apenas dos semanas después se fuera con Tomás. Que eres tonta: sí, por sacar esas conclusiones. Por eso llorabas. Y suerte que te pusiste a llorar, como la noche anterior, y eso te relajó algo porque miraste una vez el despertador y eran las siete, te diste la vuelta y, al volver a mirarlo después, eran ya las ocho y media. O sea, que aunque no te hubieras dado cuenta, habías dormido. Tampoco sabías si querías levantarte o no; o si querías ver este mundo o no. Pero acabaste por levantarte, te duchaste y fue entonces cuando se te ocurrió: lo haces o no lo haces, que sí, que no. Te secas, te pones la bata y bajas a desayunar con el dilema. Hasta una barbaridad se te ocurrió: pintarte las uñas de blanco como las suele llevar ella, dibujarte encima de cada uña una de las letras de su nombre, c, l, a, r, a, y tumbarte desnuda con las piernas completamente abiertas y flexionadas. Luego abres la mano sobre la pelambrera, te hundes el dedo corazón bien dentro y así, viéndose bien claro que no lo tienes precisamente en el bultito, te haces una foto ahí con el móvil y se la mandas. Y es que cuando te pones a cavilar... Y mejor pensar eso que imaginártela a ella... como una perra... Pero además no es que tuvieras ganas, ni mucho menos. Tenías el deseo completamente anulado y, así como días atrás ibas completamente encendida y tenías que apartarte vuestros cuadritos del pensamiento, si esa mañana te venía la niña bailándote la danza del vientre lo mínimo le soltabas un sopapo. Total, que aun con la ocurrencia de pintarte las uñas, seguías indecisa mientras desayunabas. Hasta que te volvieron a saltar las lágrimas porque sí, porque te la imaginaste a cuatro patas como una perra y, en ese momento, cuando viste cómo caía una lágrima en el café con leche, te decidiste. Te lo bebiste de golpe y subiste a la habitación llena de rabia.
Te costó. Que hacerlo sin ganas, con la líbido o como se llame bajo cero, no es tan fácil. Y que con Clara vale, pero contigo misma no eres ninguna experta en la materia como Marga, la que lo contaba en la peluquería. Además, te daba tanta vergüenza que, como si fueras una cría, te metiste dentro de la cama completamente tapada, incluida la cabeza, debajo del edredón. Sin quitarte la bata ni nada. Con los ojos cerrados empezaste a darle pensando en lo que le habíais hecho el sábado por la tarde. No sentías nada pero insistías dale que te dale. Hasta que decidiste parar porque no conseguías darte placer. Entonces bajaste a la cocina por el tabaco, volviste a subir, encendiste un cigarrito y, mientras fumabas, continuaste a ver si destapada, respirando mejor, podías sentir algo. Tampoco. Te volviste a tapar, seguiste, te volvió la imagen de la perra, te pusiste a llorar y lo hacías de mal humor pero con más fuerza porque estabas empeñada y luchabas contra esa imagen con la de las dos en la cama en el hotel de Agde el primer día; pensabas en su sonrisa, en su sabor, en su lengua, seguías llorando y seguías apretando, te imaginabas que tu dedo era su lengua y entonces sí, ibas por buen camino y empezaste a mover la cintura a un lado y el otro. Te pusiste más suave, casi rozándote como te hace ella a veces, y te estremecías. Apartaste el edredón porque necesitabas aire y decidiste quitarte la bata porque estabas imaginándote que lo hacías con ella y con ella lo hacéis siempre completamente desnudas. Volviste a tumbarte, seguiste acariciándote un poco el bultito, te hundiste un par de veces el dedo no sabes bien por qué si con ella nunca lo habéis hecho y luego, sólo tocarte otra vez el bultito te salió lo que hace ella, que haciendo fuerza con la planta de los pies en la cama levantaste el culito y media espalda buscando el cielo. Y ya está, llegaste. Que se aguantara. Te arrepentías pero lo volverías a hacer. Es más, decidiste que lo harías cada vez que sospecharas que ella lo había hecho con Tomás. Y mira si eres tonta que te quedaste con la sensación de haberle sido infiel. Pero por lo menos lo hiciste pensando en ella. ¿En quién, si no, ibas a pensar? Además, se te fue el rencor que le tenías, que por eso lo hiciste.
Otra cosa: ¿qué era preferible, eso o devolverle su propia medicina? Podías haber esperado al viernes, te podías haber puesto una blusa con el escote por el ombligo y podías haber ido de caza a cualquier discoteca. Pero tú no eres capaz de eso: aun cuando hubieras ligado no habrías podido llegar hasta el final porque te habría ahogado el complejo de culpa. Y luego, ¿cómo te habrías presentado ante ella? Que eso es lo peor, ella lo hizo con Tomás el miércoles por la noche y el sábado estaba tranquila, sonriente y como si no hubiera pasado nada. Tú, en cambio, podías ir con la cabeza bien alta. Lo habías hecho tú sola, sí, y puede que estuviera mal si para ti Clara tenía la exclusiva de tu placer, pero fue como liberarte de toda una serie de malas sensaciones contra ella. Te podía haber dado por rechazar su cuerpo, por ejemplo, si Tomás lo había tocado. Pero no, en el momento en que, al llegar, te dejaste caer otra vez sobre la cama comprimiéndote la mano entre las piernas, seguías teniendo en el cerebro su cuerpo desnudo.
En otro asunto también pensabas mientras estabas en ello. Al principio, cuando no sentías nada e incluso te dolía de tanto apretarte, pensabas que si al final lo conseguías, como así fue, también sabrías conseguir lo que querías de ella. Era cuestión de voluntad, de proponértelo y esforzarte. Volviste a recordarlo cuando al final te fumaste otro cigarrito para descansar. Y ya estabas llorando otra vez porque no entendías por qué algo tan fácil costaba tanto. Si tú no habías venido a este mundo para sufrir... Tardaste en sobreponerte y, cuando lo hiciste, te preparaste un bocadillo. Habías desayunado pero todas las calorías se te habían evaporado entre las piernas. Luego te entretuviste arreglando la casa, volviste a comer más tarde algo ligerito, te arreglaste y a trabajar. Pero te pusiste bien guapa con una raya en los ojos; y en el hospital estuviste por los pasillos toda la tarde andando de esa otra manera que sabes, moviendo el culo pero de forma natural. Para que te miraran los hombres. Necesitabas presumir.

XXXVI
Ahora vas a hablar un poco de Virginia. Para no hablar tanto de Clara, para darte una tregua y no seguir reviviendo aquellos días tan malos en los que oscilabas entre las lágrimas y la reflexión acerca del camino que habías de seguir con ella.
Ya has dicho que con Virginia os conocéis desde muy pequeñas. Por eso estuvo luego en el grupito de amigos de siempre pasando por el colegio y el instituto. Y dentro de ese grupito conservabais el más reducido de Clara, Virginia y tú. Os lo contabais todo, os peleabais por tonterías y ahora no te ajunto y al cabo de diez minutos ya volvemos a ser amigas. Cosas así. Y se casó con veintiún años -aún te acuerdas de que el día de la boda te tiró a ti el ramo de novia- con el único novio que tuvo, Francisco, que no quiere que le llamen Paco pero todo el mundo le llama Paco. Eran novios desde el instituto más o menos del tiempo en que Clara también se puso con Tomás. Sólo que Clara y Tomás rompieron cuando ella estaba estudiando en Salamanca y en cambio Virginia y Paco, o sea Francisco, se casaron en seguida y ella ya se quedó embarazada.
Cuando podéis salís las tres juntas, como el día en que Clara os contó lo de su accidente y lo del chico de la cazadora de cuero y, si no, habláis por teléfono. De chismorreo sobre todo. Y de lo vuestro no sabe nada ni lo intuye. Porque a veces se ve a simple vista que dos personas se entienden: por la manera de mirarse, por los gestos... Clara y tú, si estáis las tres juntas, sois discretas, por supuesto, y no os dedicáis a acariciaros las piernas por debajo de la mesa. Pero aún así Virginia se va a dar cuenta cualquier día por excusas tontas que a veces le habéis puesto para no salir con ella. Y eso lo habéis de cuidar más: un día estabais en la cama a media tarde y Virginia llama a Clara al móvil para salir. Clara le contesta que le duele todo porque está con el mes, cuelga y, cuando aún no se te ha pasado la risa, te llama a ti con lo mismo y le contestas que estás en el trabajo. No os costaría nada, la próxima vez que pase algo parecido, dejar lo que estáis haciendo e ir a verla para hacerle un poquito de caso cuando os cuente esas cosas que todas las madres cuentan de sus hijos. Porque Virginia es de vida recta. Vosotras dos también, pero se entiende más o menos lo que quieres decir, que ella hizo lo que la mayoría, casarse y ponerse a parir. Y está contenta como está y con lo que hace, llevar la casa, cuidar de los críos, o por lo menos lo parece. Pues otra decisión: lo hablas con Clara y le prestáis más atención a Virginia.

XXXVII
En cuanto a la infidelidad de Clara… Te habías desfogado el lunes con lágrimas y con tu pequeña venganza pero no conseguías olvidar. No podías olvidar. El martes aún te pasaba por la cabeza alguna idea de esas rara y drástica como la que habías tenido de pintarte su nombre en las uñas y mandarle por el móvil una foto ocultando el dedo corazón. Podías –ya ves qué disparate se te ocurrió- hacerte tatuar en el vientre, justo por encima de la pelambrera, una frasecita que dijera: Sólo para Clara. Pero era una mala idea, era como decirle que alguien te había andado mirando y tocando ahí, y esa zona, como el resto de tu cuerpo, es sólo para ella. Tú, a fuerza de fiel, es que eres tonta del bote. Aunque lo cierto es que tú eres incapaz de tatuarte ni ahí ni en ningún sitio: no sólo por guardar para ella las zonas ocultas de tu cuerpo sino también porque, aunque digan que no, eso debe de hacer daño. Sin embargo, la causa principal era otra: que ella y tú os habéis enfrentado siempre con vuestros cuerpos tal como son, de forma natural y sin piercings ni tonterías.
Aún algo más fácil se te ocurrió, algo mucho más factible y a lo que diste vueltas durante algunos días: afeitarte completamente el asunto. A ti te parece cosa de extranjeras y a alguna se lo has visto en el trabajo cuando, en el vestuario, sale de la ducha con apenas cuatro pelillos ahí abajo. ¿Y si tú también te lo afeitabas? Imaginabas la situación: irte desnudando frente a ella, bajarte las bragas y… Ni siquiera hoy desechas hacerlo: por ver su reacción. Te la imaginas riñéndote, que a quien le has pedido tú permiso, que si así no es lo mismo, y eso sin contar con lo que le gusta arrancarte un pelillo y tragárselo. Desechaste la idea aunque no renuncias a hacerlo algún día en broma. Aunque figúrate al revés, que se te presente afeitada, la que le montas. Porque sí, porque te parecería mucho menos femenina, porque cuando le ves esa mata de pelo tan preciosa te sientes llamada, y si no la tuviera… Su zona azabache. Ya has dicho que de Clara te gusta todo sin dejarte un solo rinconcito. Bueno, pues una de las cosas más bonitas que tiene son los colores, el contraste de colores. Su piel blanca yendo a parar a esa zona azabache bien densa y siempre tan bien recortadita, y los pechos con su corona rosácea culminando en dos pezoncitos rojos como rositas de pitiminí. Pues ahí está: si no te gustaría que ella lo hiciera tampoco lo ibas a hacer tú.
Por tales pensamientos andabas ese martes. No olvidabas lo del miércoles anterior entre Clara y Tomás aunque te despertaste habiendo dormido mucho mejor. Al día siguiente te tocaba fiesta y, entre eso y el solecito que hacía aquellos días, estabas más optimista y empezabas a pensar en ella otra vez de manera dulce. Perdonarla, aún no la perdonabas, pero como ella no se enteraba... Ah, y lo bueno de aquel fin de semana fue que le habías hecho lo que te habías propuesto, lo de llevarla a ella solita desde el principio hasta el final. No se dejaba, insistía en que lo habíais de hacer las dos a la vez y quería cerrar las piernas aun con tu cabeza en medio. Pero tú hacías fuerzas con los brazos para mantenerla bien abierta y era casi como si la estuvieras violando. Hasta que se rindió, se relajó y se dejó llevar. Lo mejor vino luego, que después de descansar te lo quiso hacer ella a ti y no le dejaste. En ese momento, sábado por la tarde, aún no te había dicho lo de que el miércoles se había perdido con Tomás pero, como lo intuías, te negaste en redondo y que no y que no. No se lo merecía. Cuando consideraras que se lo había ganado ya te pondrías y que hiciera de tu cuerpo lo que quisiera. Pero de momento, no. Ésa eres tú.

XXXVIII
El miércoles ya veías el mundo mucho mejor. Te despertaste pasadas las diez y no como a las seis del lunes, desayunaste en el jardín, te quedaste un rato tumbada al sol echando el cigarrito y luego te pusiste un rato en el ordenador antes de ducharte.
Te volvías a sentir segura. No de Clara sino de ti misma. Era sólo eso, necesitabas llorar, distanciarte de ella y descansar para volver a coger fuerzas. Y la situación no sólo no había cambiado sino que podía ser que incluso hubiera empeorado. Porque por fin apareció el chico de la cazadora, el que la acompañó a casa el día que tuvo el accidente y se dejó olvidada -entre comillas- la cazadora. El martes te había llamado Clara al móvil y te lo había contado. Y mira cómo es que empezó al revés, empezó por los planes para el fin de semana y eso era bueno, que partiera de ella, que tuviera un poco de iniciativa. El viernes era fiesta, primero de mayo, fiesta para ella pero no para ti, así que quedasteis en que el jueves por la tarde se instalara aquí en casa y tú fueras y vinieras del trabajo según tus horarios. Muy bien, te parecía ideal porque la tendrías mucho rato contigo, compartiríais no sólo cama sino también comida, los ratitos tontos viendo la tele, todo eso que hace la gente normal y que tú aprovecharías para lo tuyo, para intentar que te quisiera más.
Ahí está, que te organiza el fin de semana ideal y, cuando ya te tiene engatusada, te sale con el chico de la cazadora. Que la había localizado por teléfono porque había memorizado su nombre cuando miró los papeles en la guantera -y eso ya os lo había contado a Virginia y a ti aquél día en el bar de Alfonso- para llamar a la grúa y que sacara el coche del campo. Quedaron el jueves de la semana siguiente para que ella le devolviera la cazadora. En su casa:
-Ya te dije que ese chico quería algo.
-Que no, que he sido yo quien le ha propuesto venir a casa.
Se lo dijiste con todas las letras. Le dijiste que era una buscona. No se quiso dar por enterada y te contestó que así, en su casa, le sacaba algo de merendar para agradecerle la ayuda que le había prestado el día del accidente. O sea, como si no hubiera bares de tapas en el pueblo. Pero lo de que es una buscona se lo tragó. No es lo mismo que la palabra de cuatro letras pero casi, casi. Como que cuando te dijo eso de que en su casa le sacaría de merendar volviste a la cuestión:
-Me parece que quieres abarcar demasiado.
-Ya verás lo que te abarco yo este fin de semana.
Y se quedaría pensando que con su frasecilla ingeniosa y provocativa te ibas a quedar contenta. Por supuesto, ni le reíste la gracia ni le contestaste con otra parecida como sueles. Y ese fin de semana te abarcaría lo que tú le dejaras abarcar. Por eso no te afectó, porque ese fin de semana largo tenías tiempo para estar con ella, para hablar, para sondearla, para enviarle mensajitos directos o subliminales. Y no le pensabas dar tregua. Le iba a tocar el jueves, el viernes, el sábado en sesión intensiva y el domingo.
Y a todo esto aún no has contado detenidamente lo del fin de semana crítico, ni el sábado que salió todo más o menos bien ni el domingo cuando te confesó lo de Tomás.  A ver si va a parecer que aún hoy, dos meses después, sigues teniendo miedo de ir a parar a ese momento. Y a lo mejor sí, sí que lo tienes. Pero también tienes la seguridad de que lo de Tomás no se va a repetir. Ni con Tomás ni con ningún otro chico.

XXXIX
Hoy se parece al día en que lo contaste en el blog sólo que hace bastante más calor. Has trabajado de mañana, has comido, has dormido tu buena siesta, te has duchado, has salido al jardín con el portátil y aquí estás a la sombra, como una reina.
Pues eso, que aquel sábado por la tarde te presentas en su casa con una bandeja de lionesas. Besito en una mejilla y besito en la otra, de esos que te gustan porque, si os los dierais en los labios y con lengua, ya no serían lo mismo. Es lo de que cada beso exige su situación. O al revés, no sabes. O lo de que, otra vez, hay un tiempo para cada beso. Ella prepara el café y os lo tomáis en la sala, tú en el sofá y ella enfrente, en la butaca. Te pones a hablar, dicharachera tú, no te acuerdas de qué, seguramente de lo que antes habías hablado con tu hermana, y de repente te paras. La estabas mirando a los ojos y lo viste. Tu pálpito, la intuición a lo largo de toda la semana anterior, tu sospecha de que el miércoles por la noche... Se lo viste en los ojos sin necesidad de que ella cambiara la expresión. Clara escuchaba o lo hacía ver pero tú se lo notaste. Y te quedaste callada de repente. Ella que si te pasa algo y tú que no; ella que si quieres que ponga música y tú que tampoco. Se viene contigo al sofá, se tumba apoyándote la cabeza en las piernas y la acaricias. Se incorpora un poco y, mientras te mira, te va desabotonando la blusa, te suelta el sujetador y, incorporándose algo más, consigue quitártelo todo y dejarte desnuda de cintura para arriba. Te rodea por detrás con el brazo, te apoya la mejilla en el vientre y te aprieta fuerte. No, si cuando quiere ya sabe, ya, ponerte tierna. Porque estaba mimosina, no de empezar a pasarte la lengua por los pechos ni mordisquitos en los pezones sino como hacéis a veces, sobre todo en invierno, aquí en casa las dos desnudas frente a la chimenea.
Te empieza a dar conversación con algún besito suelto mientras tú le acaricias el pelo. Vuelve a algo que ya te había contado en alguna ocasión, que si el sultán de Damasco o de Constantinopla tenía unas esclavas que se llamaban odaliscas, cosas suyas, que todo iba a parar a que ella era tu odalisca. Porque esas esclavas ya se puede una imaginar para qué las quería el sultán. Total, que con eso te acordaste de lo que tenías planeado hacerle, lo de cogerla y llevarla hasta el final sin parar. Pues entre la odalisca y que no tienes una frontera clara entre el cariñito y lo otro, te fuiste encendiendo hasta que le propusiste que en el sofá o en la cama.
Dijera lo que dijera iba a ser en la cama, por supuesto. Que tú necesitabas comodidad y no esas acrobacias difíciles que a veces habéis hecho fuera de ella. Como el año pasado, tú arrodillada sobre la alfombra y ella con un pie por el suelo, el otro sobre el respaldo del sofá y las piernas abiertas en un ángulo imposible:
-Me tienes en la postura menos decorosa posible.
-Pero desde aquí se te ve todo mejor que en una lámina de un libro de anatomía que tengo. Te voy a explicar cómo se llama todo, que eso sí que me lo sé. Mira, esto de aquí es…
-Venga, no seas tonta. Nos damos cuatro besos y vamos a la cama.
Pero ese sábado os fuisteis a la cama directamente. Te cogió de la mano y te dejaste llevar a la habitación.

XL
Sorpresa. Había colgado un cuadro nuevo. Horrible. Un circo con un caballo corriendo y una equilibrista encima dando toda la impresión de que se iba a caer. O sea, el cuadro es bonito pero si lo miras casi sufres por la equilibrista. Y el cuadro que tiene al otro lado... Una foto antigua en blanco y negro con soldados en una estación subiéndose al tren. Dice que son portugueses que van a la Primera Guerra Mundial. A ver, que no eres tú la que ha de dormir allí. O sí, a veces. Pero por poner algo habrías puesto algún paisaje bonito o algún cuadro conocido, Las Meninas mismo, pero como ella para lo suyo es tan dificilita... Y luego dice que tiene pesadillas.
            Fue entonces cuando se te ocurrió una idea que pusiste en práctica semanas después. Entre los dos cuadros aún quedaba espacio suficiente: ¿Qué se podía poner ahí? Pues nada mejor que una foto de las dos tamaño póster. Es lo que hay ahora para que te pueda mirar los días en que duerme sola; que te vea al acostarse y que, tras abrir los ojos por la mañana, te vuelva a ver allí. Eso era, irte metiendo, aún más, en su mundo e irla metiendo en el tuyo. Porque tú aquí, en la habitación, tienes otro póster con toda su sonrisa.
Pues eso, que ese sábado te desnudas rápido y te sientas frente a ella a esperarla. Cuando ya la tienes completamente desnuda la rodeas con el brazo y le das un beso en el ombligo con chupetón y lengua, y luego te levantas y otro bien sonoro en la frente. Para que buscara los simbolitos. Y a la ducha.
Fuiste directa y sin las tonterías previas; o sólo con las caricias de la ducha, eso que hacéis de enjabonaros y secaros mutuamente. Ni te tumbaste a su lado para esas miradas, caricias y besos por los que ya empezáis a entrar la una en la otra. La cogiste de los pies, tiraste de ella, la atravesaste sobre la cama, te arrodillaste en la alfombra del suelo, le abriste las piernas, te pasaste una por cada hombro y ya la tenías bien situada. Y a encenderla despacio, sin chuparla aún, sólo olisqueándola y pasándole la lengua por los pelillos sin tocarle la carne. La conoces y sabes cómo se pone; la olías a ella, le olías el deseo y era como si todo su cuerpo te estuviera entrando por la nariz e inundándote. No sabes cuál de las dos sentía más. Hasta que empezaste con la lengua y ya se puso en tensión clavándote los talones en la espalda. Te acariciaba el pelo y tú seguías adelante no a su estilo con ese roce suave de lengua sino moviéndola a toda velocidad. Tardó un poco hasta sus gemiditos y te clavaba más y más los talones. Seguías y ella creía que, como otras veces, ibas a relajarla, a parar y a esperar que ella te lo hiciera a ti para luego acabar con una de vuestras grandes chupaditas. Gemía más, todo un numerito, empezó a pedirte que por favor pararas y a cerrar las piernas con tu cabeza, que te la aplastaba, en medio. Tú, ni caso, ella que pares, se revuelve, se mueve a derecha e izquierda para salirse de tu lengua y la inmovilizas con los brazos. Ella se rinde y se relaja, tú sigues, vuelve a encontrar fuerzas para resistirse y moverse, vuelve con que por favor, por favor, pares, y tú vuelves a dominarla. Se te cansa la lengua de tanto movimiento, apartas la cabeza y te asomas a mirarla mientras continúas excitándola con caricias. También de otro modo del que le gusta, sin buscarle el puntito sino moviéndole toda esa zona con los tres dedos centrales de la mano y haciendo fuerza. Aún se retuerce otra vez antes de rendirse definitivamente. Y no sabes cuál de las dos andaba más loca porque fue en esos momentos en que se revolvía cuando pensaste que, si sólo te rozaba con la lengua, te ibas. Y os quedó muy bonito: como se dio cuenta de que no podía seguir resistiendo, se relajó para sentirte plenamente y en un par de minutos ya viste que se preparaba. Lo bien que lo hizo, tan bien que tuviste que poner toda tu fuerza de voluntad para no renunciar a tu intención de llevarla a ella sola, porque te morías de deseo y tu cuerpo te pedía que salieras de esa postura para complementarte con ella. Pero te supiste aguantar, le pusiste al descubierto el puntito con los dedos y, al volver con la lengua, te clavó aún más los talones hasta hacerte daño. Entonces vino lo mejor, la conversión del placer en una obra de arte: eso que sabe de apoyar las palmas de la mano en la cama y levantar el culito y la espalda pero perfeccionadísimo, como que hizo un par de movimientos convulsivos adelante y atrás como para apretarse contra tu lengua o para acariciártela con el bultito mientras pataleaba dándote golpes alternados con uno y otro talón en la espalda. Hasta que acabó por dejarse caer gritando. Te incorporaste y te pusiste a su lado. Tenía las manos tapándose la cara. Las apartó, te miró, estaba completamente sofocada y le habían saltado las lágrimas. No habías conseguido que te dijera que te quería en el momento culminante pero te dijo tres veces gracias. Te quedaste con las ganas de preguntarle si conocía a alguien que supiera hacerle lo mismo.
A descansar. Y cuando recupera la respiración se pone con que si las novedades las quiere despacito, que para lo de llegar ella sola y sin paraditas no estaba preparada y que si patatín que si patatán. Sí, iba a ser lo que ella dijera como si tú estuvieras ahí puesta por el ayuntamiento. Y, mientras, te hizo eso que dijiste hace poco, lo que tanto le gusta de arrancarte un pelillo y tragárselo, que te gusta a ti también porque es como si te incorporara a su interior. Tú a ella se lo has hecho alguna vez pero, si ella suele hacerlo a palo seco, tú necesitas un vaso de agua.
Y aún otra cosa: eso de que la niña todo lo quiere suavito y a ritmo lento había quedado en cuestión. Que sí, que se te derrite cuando le pasas la lengua o el dedo casi sin pasárselo pero la chupadita que le habías dado a toda velocidad o esas caricias que a fuerza de apretar no eran caricias también la habían llevado bien lejos.

XLI
Luego llegó lo mejor. Que se creía que era un toma y daca y que te ibas a poner para que te hiciera lo mismo a ti. Tú te dejas alcanzar pero enseguida vas también por ella. Se revuelve, le cierras las piernas y ya tenéis la discusioncita. Que si por qué tú se lo puedes hacer a ella pero ella a ti, no; que si la has dejado tan exhausta que se ve incapaz de volver a llegar. Tú, muertecita de ganas, claro, pero muy digna: que las dos juntas o nada. Y lo de que no tenía ganas ya se puede imaginar, que la conoces y sabes que si te ve deseosa en seguida se pone ella también. Pero por si acaso te tumbaste completamente encima de ella y empezaste con besitos, miradas y caricias hasta que ya casi sin querer fuisteis dándoos la vuelta para buscaros directamente. Os salió muy bien y ella se volvió a poner expresiva. O sea, que al recordarlo vuelves a sentir ahí detrás sus uñas clavadas.
Y el domingo por la mañana lo volvió a intentar. Te despierta dándote besitos en los pies y aún no sabías si era así o la estabas soñando; te haces la dormida, le dejas que te vaya subiendo, abres las piernas con los ojos aún cerrados y, cuando te alcanza, la buscas tú a ella. Y otra vez, que te suena que ésa fue la primera ocasión en que lo hicisteis al despertaros y antes de desayunar.
Sin embargo, fue justo después cuando se rompió todo, cuando en el desayuno le preguntaste dónde se había metido el miércoles y te contestó que con Tomás. Y por eso, porque ya lo sabías antes de que te lo dijera, no le habías permitido jugar en tu cuerpo quedándote tú pasiva. Hasta que se lo mereciera no te ibas a dejar. Y no le dijiste que era por eso, claro, porque es lo que dices, que la tenías castigada y ella no lo sabía.
            Ibas contra alguno de tus principios pero te daba igual. Una de las cosas que más bonitas te parece es entregar todo tu placer a la persona que quieres, demostrarle hasta dónde te lleva, que te vea ahí medio loca. Como el día en que te dijo:
-¡Me gusta tanto que te pongas dionisíaca!
-¿Y eso qué quiere decir?
-Pues eso, loca perdida.
-¿Y qué quieres que le haga si me pones así?
-Pues así es como te quiero poner.
-Vestidas y formalitas tomando café estamos apolíneas; pero cuando nos enganchamos bien enganchadas y ya no podemos seguir aguantándolo nos sale el lado dionisíaco, como si estuviéramos borrachas.
Lo que ella no sepa explicar es que no existe…

XLII
El fin de semana siguiente, el del puente del primero de mayo, le levantaste el castigo. Bien por esas ganas de que te viera dionisíaca, bien porque si quieres a una persona tarde o temprano acabas por perdonar e incluso, aunque más difícil, por olvidar. También contaba lo de que la semana siguiente, el jueves, le tocaba recibir al chico de la cazadora y, por esas maneras tuyas de pensar, habías decidido someterla, sobre todo el sábado por la tarde, a jornada intensiva máxime si el domingo por la mañana no podías porque trabajabas. Jornada intensiva para que, así pensabas, el jueves siguiera teniendo dentro de su cerebro las imágenes de vuestros cuerpos buscándose el uno al otro.
Aquel jueves, 30 de abril, trabajaste de mañana, echaste tu siesta después de comer y le diste un repaso a la casa. Clara, cuando saliera de trabajar, iba a ir al supermercado. Quedasteis en que, como se iba a venir aquí hasta el domingo, se encargaría de la comida del viernes y del sábado. Dijo que ya lo planificaría para que los platos fuesen variados y que por eso ya haría ella la lista de la compra. Sabías, a diferencia del fin de semana anterior, que el domingo por la tarde podrías hacer un balance por el que todo, y no sólo vuestros jueguecitos, os habría salido bien.

XLIII
Y sí, todo os salió a la perfección. El jueves y el viernes por la tarde hicisteis vida normal a lo hogareño. Algo de lo otro también, por supuesto, antes de dormir. Os pusisteis a ver la televisión en la cama después de cenar, unas series que ella sigue, abrazadas las dos, y en los intermedios de los anuncios no os ibais a quedar de brazos cruzados con lo besuconas que sois. Luego, lo normal: al acabar la serie, os mirabais frente a frente, volvíais con los besos, os mordíais los pezones y os buscabais con las manos para acariciaros mientras os decíais bobaditas de mucho amor. Y está muy rico hacerlo antes de dormir, como que luego es sólo el besito de buenas noches, apagar la luz, volveros a abrazar, cerrar los ojos y soñar ya con los angelitos. Lo hicisteis las dos noches sólo que el viernes, mientras ella miraba la serie, tú estabas apoyada con la mejilla en su pecho y con el calorcito te quedaste dormida poco antes del final. Pero fue apagar ella la televisión y despertarte tú a punto para sentir cómo te rodeaba con los brazos. Os dormisteis contentas y, al despertar, seguíais estándolo no sólo por lo que habíais hecho antes de conciliar el sueño sino por toda la tarde anterior, porque tomabais conciencia de algo que sabíais sin saberlo, de que también os llevabais bien en las cosas tontas. Que tú no eres de discutir por si veis un canal u otro de televisión ni por si, a la hora de fregar los platos, tú friegas o aclaras.
Fue el sábado cuando se le acabó el castigo y la dejaste hacer. Pero antes hiciste tú de ella lo que te pareció. Eso fue por la tarde. Trabajaste por la mañana y, al salir a las dos, cuando ella estaría haciendo la comida y te la imaginabas con el delantal, le mandaste un mensajito para irla poniendo, eso es, porque le dijiste que ya le tocaba a ella hacer de odalisca. Comisteis en la mesa del jardín con vuestro aperitivo y todo y, después del café, le dijiste que lo primero era tu siesta. Quería fregar los platos pero le dijiste que de eso, nada, que se viniera contigo a la cama y te despertara a los veinte minutos.
Te despertó de la manera más dulce. Eso que la primera vez no sabes si lo has sentido o no, a la segunda, una cosquillita, luego ya sus labios recorriéndote el vientre. Otro despertar dulce, aún más dulce porque teníais toda la tarde por delante. Besos, abrazadas a la ducha y después a ver cuál de las dos podía más hasta la hora de cenar.
 Ella, claro, como le habías dicho que ya le llegaba el turno de ejercer de odalisca, esperaba que te tumbaras tranquilamente en la cama y la dejaras hacer. Y no lo tenías planificado así sino que, por la mañana, en el hospital, habías tenido una idea de esas tuyas. La dejarías hacer lo que quisiera, sí, pero después de que pasara por el tubo.
-Tengo un caprichito.
-Ya sabes que te hago lo que me pidas.
-Es un caprichito algo especial.
Tal como es ella de vergonzosa y pudorosa... Pues le pediste que se acariciara, tal cual, y se quedó sin reaccionar y diciéndote que no te entendía. Pero insististe con que si quería que después tú te quedaras quietecita mientras ella te hacía, primero tenía que ser eso. Además le dijiste -que cuando te pones embustera, te pones- que lo habías leído en una revista y que en el consultorio sentimental decía que todo el mundo practicaba cosas así. La medio convences y se pone sin ningún entusiasmo y con los ojos cerrados. Le pides que abra los ojos y se deje de tonterías; y que si no quiere ya te pones tú. Que te habrías puesto: así de contradictoria eres, que a ti sola, como aquel día, te daba vergüenza y delante de ella lo hubieras hecho sin miramiento ninguno. Acabó por acceder a condición, que ya dabas por supuesta, de que al final fueras tú quien la hiciera llegar. Como que no hubieras soportado que fuese de otra manera...
Bueno, y ahora quieres cambiar de temita aunque sea a mitad de la acción. Porque luego vino lo de que te pusiste algo tonta en plan posesivo. Lo vas a dejar de momento así, como el continuará con el que acaban los culebrones. Porque, aunque toda tu existencia gira alrededor de ella, no quieres dejar la impresión de que en tu vida no tienes nada más. Ya has hablado algo de tu familia, también de Virginia, y poco o casi nada del trabajo.
Pues por ahí vas a seguir.

XLIV
Ya has dicho que trabajas en el hospital comarcal. Y que te gusta. La mayor parte de tu jornada consiste en ir arriba y abajo por los pasillos y entrando y saliendo de las habitaciones: que si tomar la temperatura, que si la tensión, que si la medicación... Y te llevas bien con los compañeros porque no te metes en sus pequeñas envidias y ambiciones, que a veces oyes cada cosa...
Algo que te gusta especialmente es estar casi siempre en la planta sexta. Porque el edificio puede que sea el más alto en diez o más quilómetros a la redonda. Desde las cristaleras de las habitaciones o del pasillo miras al exterior y ves los campos de trigo, las viñas, la línea curva que va describiendo el río, las montañas allá a lo lejos y con nieve en invierno... casi lo mismo que desde tu ventana pero como desde una atalaya.
Luego están los ratitos con los compañeros, con las compañeras sobre todo. Si tenéis tiempo de descanso, salís a fumar a la calle y, si no, tenéis una especie de cuartito secreto, tan secreto que todo el mundo lo conoce pero nadie se mete en qué hacéis allí dentro. Y lo que hacéis es fumar, claro, y hablar de vuestras cosas, las otras más que tú. A veces se ponen sin pudor ninguno a hablar de lo que hacen con sus maridos y tú, para no ser menos o para que no piensen ésta de qué va, cuentas algo de lo que hacías con Enrique sin entrar en los detalles que has contado más arriba, pero lo cuentas como si fuera cosa de anteayer y no de hace dos años. Porque, por más modernas que se crean ellas, no te vas a poner con lo de Clara.
Y, por cierto, que de Clara tampoco es que hayas contado mucho: su cuerpecito, sus depresiones, algo de su familia, lo lista que es, pero no has contado nada de su trabajo, que parece una mosquita muerta y ahí la tienes hecha toda una financiera y controlando la bolsa. Exactamente no sabes lo que hace por más que te lo haya explicado. Es algo así como estudiar qué acciones de la bolsa van a subir o bajar para luego recomendarlas. Eso fue lo que estudió en Salamanca, cosas de economía y alguna vez os ha intentado explicar a Virginia y a ti por qué vino la crisis. Coge una servilleta de papel, se pone a dibujar flechitas y se explica muy bien. Pero tú no la entiendes.

XLV
A lo mejor es que sólo la entiendes en la cama. No, no es así. Cuando no la entiendes es cuando le da la cosa intelectual, pero cuando está callada le lees la mirada y la ves por dentro. Y ella también te entiende a ti, que eres menos complicada. Es lo de que no sólo funcionáis en la cama.
Ahí estabas, cuando conseguiste que empezara a acariciarse. Pues lo que pasó después fue que, para que le pusiera más alegría a la cosa, le abriste la boca sobre la mano con la que lo estaba haciendo y le ibas trazando circulitos con la lengua como si estuvieras con su bultito: para que ella fuera moviendo el dedo de la misma manera. Y como hoy no te apetece entrar mucho en detalles, sólo contarás que luego te fuiste poniendo del revés sobre ella, le apartaste la mano para poder pasarle la lengua, ella te alcanzó también a ti y os salió una dulzura de las vuestras porque llegasteis las dos juntitas. Luego, a merendar. Ah, y después fue cuando le levantaste el castigo, que así de blanda eres tú.
Lo único malo de todo el fin de semana fue que el domingo tuviste que ir a trabajar y no pudisteis ni remolonear en la cama ni desayunar a lo grande en el jardín junto a los jazmines. Pero a cambio lunes y martes tenías fiesta. Hasta el miércoles por la tarde.
            Y el sábado, aparte de lo que hicisteis fue lo que hablasteis. Os dijisteis cosas de las que se dicen las personas que se quieren, cosas bobas de esas de cómo me gusta todo contigo y cosas serias, de las que salen cuando dos personas desnudas están la una frente a la otra y se miran a los ojos. Te da la impresión de que disteis unos pasitos hacia delante pero ni te confiabas ni olvidabas que la semana que entraba tenías otro escollo que salvar, el de Javier, que así se llamaba el chico de la cazadora que iría a visitarla el jueves. Aunque en aquellos momentos no estabas para pensar si respecto a ello ibas a hacer algo o limitarte a esperar y ver qué pasaba. Tenías el principio de la semana para decidirlo.
Pues eso, que acabáis de merendar y, al volver a la habitación, le perdonaste el castigo y por fin le permitiste hacer contigo lo que quisiera. Te tumbas boca abajo y a ver qué se le ocurre. Se tumba ella un ratito encima de ti, te da besitos por el cuello y las orejas, te va acariciando la espalda con los pezones, se aparta para besarte la columna, las piernas, los pies y te sientes tan bien que, cuando te manda dar la vuelta para seguir por delante te da un pronto de esos mezcla de gustito, de celos y de que te pones posesiva, y le dices:
-Quiero tenerte siempre.
Te contesta que ya la tienes siempre y, claro, no te atreves a salir con el asunto de aquella noche con Tomás. Encima, se te pone autoritaria y te riñe diciéndote que lo que tienes que hacer es estar atenta a su lengua y sus labios y no interrumpirla. Sí, a veces tiene razón. Total, que te vuelve a poner boca abajo para más besos y después, otra sorpresita.
Tú estabas ahí tan ricamente dejándote besar y ella, mientras tanto, como no para de pensar más que cuando la agarras bien, andaría dándole vueltas a cómo devolverte lo que le habías hecho antes, lo de casi obligarla a acariciarse. Pues va la niña y tú notas a tu espalda que se va moviendo hasta ponerse de rodillas con una pierna a cada lado de tu cuerpo a la altura de tu cuello. Te dice que te des la vuelta y, ¿qué te encuentras a la altura de la boca? Sí, precisamente eso. Tu reacción lógica es sacar la lengua para darle una chupadita, pero ella alza la cadera y le alcanzas sólo los pelillos sin que puedas hacer nada porque te tiene cogida de las manos; vuelve a bajar, vuelves a sacar la lengua y se te vuelve a escapar:
-¿Se puede saber qué pasa?
-Nada, que lo he leído en un libro.
O sea, venganza. Tú le habías dicho que lo de las caricias lo habías leído en una revista pero era una mentirijilla de las tontas; en cambio ella te salió con no sé qué personaje griego que estaba con el agua al cuello pero se moría de sed porque cuando iba a beber agua el agua se retiraba. Y seguro que el personaje existía, que no se lo inventó, porque mientras iba subiendo y bajando te explicó la historia enterita. Luego sí, se puso condescendiente y te soltó las manos. La agarraste de las caderas para inmovilizarla y ella se apoyaba con una mano en la cabecera de la cama mientras utilizaba la otra para apartarse los repliegues con los dedos y sacar el bultito de su escondite. Estuviste un ratito chupándola para encenderla bien porque las dos sabíais que eras tú la que había de llegar y, cuanto más encendida estuviera ella, mejor te lo haría. Y si dices que cuando te pasa la lengua por donde sea le percibes el deseo que siente no dices ninguna tontería.
Te lo hizo bien, muy bien. Empezó como se lo habías hecho tú, poniéndote la cabeza en medio con tus piernas por encima de sus hombros. Tú le acariciabas el pelo y las mejillas, y movías la cintura despacio, como si bailaras, mientras te iba pasando la lengua con paradas para darte palmaditas. Rato y rato os estuvisteis así, prácticamente hasta que empezaste con los suspiritos. Entonces se salió para mirarte, se puso a tu lado, continuó con la mano y fuiste directa a buscarle los labios y la lengua. Otro ratito y tú, ahogando los suspiros hasta que te rizó el rizo: cuando estabas a punto, se apartó, te quitó el dedo y te dejó pendiente, se lo chupó y, al volver a ponértelo y notar ahí su saliva, te derretiste y gritaste y volviste a gritar.
¡Cómo la habías sentido! Y no sólo ahí abajo sino el corazoncito. Te pusiste blandengue, posesiva otra vez, y con ese miedo de perderla. Te tenía la mejilla apoyada en el vientre y te dio por preguntarle qué sería de vosotras dentro de diez años:
-Pues como ahora, ¿no?
-Es que quiero que me hagas lo mismo dentro de diez años.
Sí, te pusiste bien tonta y a punto de llorar. Ella lo notaría porque se puso a besarte y luego, de conversación: que si te quiere hacer lo mismo o más dentro de diez años, que si no tenías que dudar de ella porque vuestra relación siempre ha sido tranquila... Y una cosa que te dejó medio lela, de esas de quedarte callada y luego abrazarla bien fuerte hasta estrujarla: va y te dice que casi tanto como las chupaditas que os dais, casi tanto, le gusta dormir contigo y sentirte a su lado al despertarse. Lo que dices, que otra vez estuviste a punto de que te saltaran las lágrimas porque, además, te lo dijo de una manera...
Y lo vas a dejar aquí de momento. Queda poco para acabar de explicar lo del sábado, queda el pequeño bache que pasasteis a la hora de la cena y que arreglasteis más tarde antes de dormir.
Otra cosa: que cuando explicas los detalles es casi como si lo volvierais a hacer porque la vuelves a sentir y es como si tuvieras su piel pegada a la tuya. La deseas. La quieres y la deseas.

XLVI
A ver por qué no vas a poder tener tus inseguridades. Los demás, y ella la primera, se creen que porque vas sonriendo aquí y allá estás siempre alegre y con las ideas claras. Pues no, no tiene por qué ser así. Una cosa es eso que has dicho de que os llevéis bien en la cama y fuera de ella, que disfrutéis mucho, muchísimo, la una con la otra, hasta límites que no puedes describir, y otra cosa muy diferente es que tengas que ponerle buena cara y consentírselo todo. Eso es, que por más que la sintieras el sábado por la tarde con lo que le hiciste y con lo que te hizo, por más que la perdonaras de todo corazón, no podías olvidar lo suyo con Tomás. Y precisamente esa es la razón. Entre dos personas que han pasado las horas que habéis pasado vosotras tumbadas la una junto a la otra, entre dos personas que han juntado tantas veces los labios y la lengua, entre dos personas que se han chupado todo lo que os habéis chupado vosotras habrá algo serio, ¿o no? ¿O vosotras no sois más que unas frescas que piensan con lo de abajo?
Parece que no lo acaba de entender. Por eso le dijiste lo que le dijiste mientras cenabais. En realidad se te escapó, pero era ese pálpito de hacía días y que te volvió aquella tarde, era ese miedo a perderla que le demostraste al acabar. Y no te arrepientes de que se te escapara, mejor así, que se enterara ella antes de que se te fuera convirtiendo dentro en una bola más y más grande que explotara un día vete a saber cómo. Sí, se te escapó y tal como lo pensaste se lo dijiste:
-¿Qué pasaría si un día te quedas preñada?
Y, por supuesto, le salió el lado mártir e inocente de quien no ha roto nunca un plato. Cuatro pucheritos, cuatro lagrimitas y tú, a pedirle perdón y a intentar arreglarlo al acostaros ya para dormir por el método de siempre. Y un día le vas a decir que no todo se trata de besitos y cuánto gustito me da lo que me haces. Pero lo arreglasteis y dormisteis tranquilas y abrazadas. Y otra cosa: que le dijiste que la querías mucho, que a veces se lo tienes que decir para que lo entienda mejor. Y ella te lo repitió; dos veces os lo dijisteis, antes y después de hacerlo. Por eso os salió tan bien y por eso dormisteis aún mejor.

XLVII
La semana empezó bien. Dormías hasta tarde y te despertabas con tantas ganas de hacer cosas que dedicaste la mañana de lunes y martes, o lo que te quedaba de ella después de levantarte, a limpiar en profundidad toda la casa. Lo sueles hacer tú casi siempre y, si no, si por lo que sea se te hace cuesta arriba o estás dos o tres días sin muchas ganas, acabas llamando a Coni, una chica sudamericana que le hace la compra y la limpieza al padre de Clara y a veces a ella misma.
Por más tarde que te levantaras tampoco perdonabas la siesta. O más bien ella no te perdonaba a ti: te tumbabas en el sofá del salón a ver el telediario y, cuando te despertabas, ya andaban por los culebrones. Una ducha para despejarte y al jardín a escribir tus cosas en el ordenador en la mesa de teka junto a los jazmines. O a leer alguna revista en la tumbona o a estar allí desnuda tomando el sol sin hacer nada. A ella le da reparo ponerse en el jardín y por eso subís al solarium pero tú, como sabes que nadie te puede ver, te pones con toda la tranquilidad del mundo para poder presentarle un cuerpo bien doradito de arriba abajo. Ya has dicho que Clara es blanca de piel, pero algo de color coge en verano. E igual que te gustan los contrastes de color de su cuerpo, te gustan los que hacéis entre las dos, su mano blanca rompiendo el color de tu vientre o la tuya morena justo en la línea en que por debajo tiene sus pelitos azabache. Y no digamos cuando estáis en posturas imposibles o cuando os abrazáis completamente lo bien que os quedan las alternancias de tus piernas o tus brazos enroscados con los suyos.
Ah, y de este verano no pasa que lo hagáis en el jardín. ¡Que se deje de tonterías, que no os puede ver nadie! Además, si lo hacéis de noche a la fresca… Y a la larga ya irás organizando el rinconcito perfecto. En un ángulo puedes dejar crecer el césped para que quede un lecho bien mullido y lo puedes organizar rodeándolo de rosales o cualquier flor bonita.  Alguna idea tendrás, seguro, y, si no, preguntas en el vivero o te compras una revista de jardinería.
¿Y lo que se te ocurrió el martes a última hora de la mañana mientras pasabas la aspiradora por el salón? Pues ahí estás tú en medio del ruido que hace y de repente de acuerdas de lo que te dijo Clara el sábado por la tarde, lo de que a ella, casi o tanto como vuestros jueguecitos, le gusta dormir y despertarse contigo. Bueno, pues como a ti también te gusta empieza a rondarte la idea de por qué no hacerlo ese mismo martes. Fuera de las vacaciones no habéis dormido nunca juntas entresemana y algún día había de ser el primero. Así que si se te había ocurrido hacia la una, a las dos y algo, la hora en que ella suele salir del trabajo para comer, la llamaste y le propusisteis que esa noche dormíais juntas en su casa. Y le pareció bien. Decidisteis lo que haríais para cenar y luego, hacia las ocho, te presentarías en su casa.
Querías despertarte con ella el miércoles tras haber dormido con ella tan bien, o más, como habíais dormido el sábado. Querías acostarte con ella, abrazarla, darle el besito de buenas noches, quedarte dormida con ella bien cogidita, abrir los ojos el miércoles, apretarte para sentir su calor y prepararle el desayuno mientras se arreglara. Y luego le darías un repasito al piso como hizo había hecho ella en tu casa el domingo anterior por la mañana cuando te fuiste a trabajar.

XLVIII
Ni siquiera esperaste a las ocho, la hora en que ella suele aparecer. Como no dependías de que ella llegara porque tienes llave de su piso como ella la tiene de tu casa, te presentaste a las siete y pico con un ramo bien bonito de rosas, tres blancas y tres rojas. Porque le gusta jugar a interpretar simbolitos. Y ella se presentó al poco con un frasco francés de gel de baño. Espumoso y todo; y seguro que carísimo. Lo abriste en seguida y, mientras ella hacía no sé qué, fuiste directa al cuarto de baño a abrir el grifo, sin preguntarle ni nada, y, cuando la bañera andaba por la mitad, te desnudaste y fuiste a buscarla.
Más de media hora os estaríais la una frente a la otra, con tus piernas entre las suyas y medio adormecidas, que mira que relaja un baño de espuma... Y sin hacer nada, sin provocaros ni buscaros, sólo ahí recostadas y sintiendo el agua. Y te gustó mucho porque de noche tampoco hicisteis nada, sólo abrazaros. Bueno, y si os hubierais puesto tampoco pasaba nada, pero dices que te gustó porque sientes que no es necesario estar todo el día dándole al asunto, que el común de la gente no se dedica cada vez que tiene oportunidad. Eso es, quereros sin necesidad de excitaros los cuerpos, quereros de forma también tranquila. Y sí, ya sabes lo contradictoria que eres: el fin de semana anterior habías decidido no darle respiro y ese martes, tumbada ahí en la bañera, pensabas lo contrario.
Y la mañana del miércoles, como deseabas, te despertaste con ella, es decir, al oír su despertador de lo primero que tomaste conciencia es de que te tenía cogida rodeándote con un brazo. Os besasteis, fuisteis de la mano a la ducha y luego, mientras ella se vestía, te metiste en la cocina a preparar el desayuno. Luego, en la puerta, le hiciste lo que te gusta, lo que le habías hecho días atrás pero al revés. En el umbral, las dos despidiéndoos, ella del lado de fuera arreglada y guapísima y tú dentro en bata; te pasaste la mano por el hombro, dejaste caer la bata, te quedaste desnuda frente a ella, la abrazaste, besito largo de lengua, y le diste una palmada en el culo para acabar de despedirla:
-Mira que te gusta provocar.
Pues sí, te gusta. Querías que se fuera con la imagen de Laura desnudita y así se fue.
Después pasaste la fregona por el cuarto de baño, tendiste las toallas en la terraza, fregaste lo del desayuno y cambiaste el agua de las rosas. Te arreglaste y, antes de venirte para casa, entraste en el cuarto en que ella tiene todos sus libros, te sentaste en la silla que tiene frente al ordenador y, desde allí, estuviste repasando la cantidad de libros que tiene. Paraste la vista frente al Quijote, le cogiste una hoja de papel de la impresora, escribiste “Clara, te quiero”, abriste el libro al azar, metiste el papel y devolviste el libro a su sitio.
Aun sin haber hecho nada había sido una noche ideal. Y te quedaste con la impresión de que entendería bien lo que, al día siguiente, tenía que hacer con Javier, el chico de la cazadora. O lo que no tenía que hacer.

XLIX
Ese miércoles, jueves y viernes trabajaste de tarde. Y el jueves por la mañana pasaste a ver a tu abuela. La llamaste primero por si necesitaba que le llevaras algo y estuviste un rato haciéndole compañía. Todo bien, que la mujer se apaña y, si no vas tú, que hacía un par de semanas que no ibas, va alguna de tus hermanas o tu madre. Y lo que es la costumbre de la gente mayor, que al despedirte para volver a casa te dice que te esperes, abre el bolso, saca el monedero y te da veinte euros:
-Pero, abuela, que ya soy mayorcita, que trabajo y tengo dinero.
-¿Y qué, no puedo seguir dando dinero a mis nietas?
Como si tuvieras diez años y te diera para chuches. Pues le tuviste que coger los veinte euritos. En fin..
-Y a ver qué día te casas y me traes otro bisnieto. ¿Tienes novio?
-Abuela, que hoy día no hace falta marido para parir.
Era un día crítico. Era el día en que Javier había de pasar por casa de Clara a recoger la cazadora. Confiabas en ella y te convenciste de que, como mucho, le sacaría una cerveza y algo de picar y, después, él se iría para siempre jamás con su cazadorita de marras. Lo que dices, confiabas en ella e intentabas estar tranquila aunque seguramente por eso, por tener algo que hacer y no estarte aquí parada y dándole vueltas al asunto, fuiste a ver a tu abuela.
Bueno, en realidad lo que creías es que lo del amor conlleva lo de la confianza: si tú la quieres, confías en ella como ella confía en ti porque te quiere. En principio, es así de fácil como es así de cursi; otra cosa es que estuvieras nerviosa y que, al volver de casa de tu abuela, te entretuvieras antes de comer llamando a Virginia por si se había enterado de algún chismorreo nuevo del pueblo.
Y por la tarde, en el trabajo, procurabas estar a lo tuyo pero, como a la entrada de cada pasillo hay un reloj, hacia las siete no podías evitar pensar en que a esa hora debían de estar los dos juntos.
Al volver a casa en seguida sonó el teléfono. Era ella, por supuesto, que te sabía pendiente. Tú, nerviosa perdida, descuelgas y, encima, se te pone en un tono de enfadada. Lo primero que te dice es que si la habías llamado buscona, que el chico ya se había ido y no había pasado nada entre ellos. Faltaría más... Tú le sales con que si no te enfades y con que si esto que si lo otro para tirar pelotas fuera. Porque sí es verdad que la habías llamado buscona. Hasta que al final se calmó y se puso dulcecita:
-Y que ahora quiero ponerme buscona contigo. Porque te encuentro.
-Pues yo contigo me pongo buscona, rebuscona y peleona.
Y todo arreglado. Por fin, como al hablar con Virginia habíais quedado en ir las tres al cine el sábado por la tarde, decidisteis que a la salida del cine os iríais de tapas y luego os vendríais vosotras dos aquí a casa a vuestros amores. Y es que desde el beso en su umbral no le habías vuelto a poner ni el ojo ni la mano encima y ya tenías las ganas acumuladas. Además, cada día estabas más segura de que cuanto más tiempo la tuvieras desnuda entre tus brazos más amarrada la tendrías.

L
A todo esto, ya lleváis avanzado el mes de julio. Lo que estás contando ocurría la segunda semana de mayo y a ratos se te hace difícil ponerte la cabeza en aquellos momentos porque ¡ha cambiado tanto entre vosotras en estos dos meses! Te da la impresión de moverte por dos bosques a la vez, el uno con sus pinos mediterráneos y el otro lleno de esos abetos altos que hay por las montañas suizas. Vas entre pinos y de repente te encuentras un abeto. O al revés.
            Pero ibas a parar a otro asunto, a las vacaciones. Hoy es viernes 11 de julio y el viernes 1 de agosto os vais. Clara tiene vacaciones siempre en agosto, el mes entero, y tú depende. En el hospital rellenáis un papelito, que llaman desiderata, donde decís qué veinte días del verano queréis; luego tenéis cinco en Navidad y otros cinco cuando queráis. Días naturales se entiende. Después, dependiendo de la categoría y la antigüedad, te dan todos los días que has pedido, alguno o ninguno. A ti te suele salir siempre bien para coincidir con ella y de ahí que fuerais juntas a Francia y a otros muchos sitios como cuando fuisteis a Menorca. Este año, como todos, pediste los veinte primeros días de agosto y te dieron desde el 26 de julio hasta el 15 de agosto. No te puedes quejar. Además, mañana es sábado y tienes fiesta desde las seis de la mañana hasta las seis de la mañana del lunes. Vais a salir del pueblo tal como propuso ella en cuanto le dijiste que tenías dos días libres:
            -¿Nos buscamos otros escenarios para nuestros amores?
-Por mí, encantada.
-Y de paso empezamos a planificar las vacaciones. Piensa en algún sitio, yo también pensaré y lo hablamos.
Ha buscado una casa rural por la sierra de Gredos. Mañana por la mañana pasará a buscarte y antes del mediodía estaréis allí. Por supuesto, no has pensado ningún destino de vacaciones. Te estará bien lo que ella escoja, como si quiere ir de compras a Nueva York. Sí, ya lo sabes, eres una comodona.

LI
Volviendo a tu bosque de pinos, por decirlo de alguna manera, andabas en que Virginia y tú habíais decidido ir las tres juntas el sábado al cine. Luego parasteis en lo de Alfonso a que os contara su ratito con Javier. ¡Qué decepción! Si en menos de cinco minutos ya lo había explicado todo, que si vive en Madrid, que si se dedica a vender maquinaria agrícola a las cooperativas de los pueblos, que si... bueno, que si nada más.
Virginia, como no se entera de nada, insistiéndole a Clara con que lo pillara para novio serio y para casarse. Le llegó a decir que es malo dormir sola y tú, en cuanto notaste que Clara giraba la mirada hacia ti, apartaste la tuya para no partirte de risa. En otro momento te habrías enfadado por dentro con tu mejor sonrisa por fuera, pero fue al revés, que te aguantabas la risa y hasta te entraron ganas de decirle a Virginia que ya procurabas tú, ya, que Clara no durmiera sola. Pero, ¿para qué? Si es lo que dices, no se entera de nada. Casi dirías que si un día, por lo que fuera, os pillara juntas en la cama, pensaría que era como cuando con el colegio ibais de colonias y os metías las unas en la cama de las otras a contaros secretitos.
Pero bueno, estabas satisfecha por haber salido con Virginia, que ya dijiste un día que no te gustaba tenerla algo apartada y limitarte sólo a hablar con ella por teléfono. Porque lo agradece y, aparte de los comentarios a la historia de Javier, os estuvo contando de sus niños, eso que cuentan todas las madres. Además, luego la llevaste a casa con el coche y, al llegar a su puerta, siguió dale que te dale a la lengua que parecía que no se iba a bajar nunca. Tú, cada vez más impaciente porque habías quedado con Clara en que ella, para disimular, haría ver que se iba hacia su casa pero, dando una vuelta, vendría a la tuya y os encontraríais aquí. Por eso estabas impaciente, por que Virginia se metiera ya en su portal y tú pudieras venir de una vez aquí a abrazar a Clara y llenarla de besos.

LII
Ahora vas a contar algo diferente, algo que, en principio, no tiene nada que ver ni con Clara ni contigo pero que al final servirá para resumir todo vuestro fin de semana que, para variar, lo pasasteis bien arrimadas y con escenas que, como ella dijo un día, os debían de quedar monísimas aunque, como estabais dentro de ellas, no las podías ver en toda su perspectiva. Pero entre mirar las escenas o vivirlas...
            Pues lo que quieres contar es que hacía un par de semanas habías comprado una libreta. Sí, una libreta, un cuaderno. Pasabas por delante de la librería y la viste. Uno de esos caprichos tontos, parecido a cuando pasas por delante de una tienda de ropa y te quedas prendada de una blusa o un pantalón que ves en el escaparate. La diferencia está en que la blusa o el pantalón te los pondrás pero la libreta... Por eso te quedaste mirándola. Te gustaba pero no le veías utilidad. Además, en la parte de delante tenía un recuadro para escribir el nombre del propietario o bien para poner un título. En eso pensabas, en qué título le podrías poner a una libreta nueva. No se te ocurría nada y decidiste dejarla ahí en el escaparate de la librería para volver cuando tuvieras idea de a qué dedicarla y qué título ponerle. Pero fue andar menos de cien metros y encendérsete la lucecita. Volviste atrás, entraste decidida, la compraste y, al llegar a casa, lo primero que hiciste fue escribir con tu mejor caligrafía: Cosas que he aprendido hoy. A eso la dedicarías: el día que aprendieras algo nuevo pondrías la fecha y, al lado, lo que hubieras aprendido. Pero cosas curiosas, que te interesaran. Si, por ejemplo, viendo el telediario te enterabas de que había un país del que nunca habías oído hablar, de esos que acaban en -istán, no lo ibas a escribir porque qué más te da si ahí no vas a ir nunca. Y al revés con una palabra curiosa, de esas intelectuales que dice ella y siempre muy bien traídas. En cuanto se la oigas, la escribirás y le pondrás al lado el significado; pero no el del diccionario, sino el significado que diga ella, que se explica muchísimo mejor. Has de confesar que esa idea de llevar un cuaderno así no era tuya sino que la habías leído en un libro francés, te suena que en alguna novela de Víctor Hugo en la que alguien anotaba lo que iba aprendiendo. Y es que tú también has leído libros, no tantos como ella, por supuesto, que tal como vienes explicándolo todo, ella es la superlistísima, que lo es, mientras que tú eres casi analfabeta.
Todo esto lo cuentas porque tenías el cuaderno encima de la chimenea del salón por estrenar y lo estrenaste aquel domingo. Escribir la fecha, 10 de mayo, y al lado algo cortito: “Ser feliz es muy fácil”. Que te llamen cursi pero eso lo aprendiste ese fin de semana con ella entre los brazos.
Esta vez no vas a contar los detallitos. Sólo vas a decir que lo hicisteis dos veces, una el sábado en cuanto volviste de dejar a Virginia porque te morías, y ella también, de ganas, y otra el domingo por la mañana después del desayuno. Y haciéndolo os dijisteis muchas ternuras y dulzuras, que se ve que no sólo tú eres la cursi.
También estuvisteis en el jardín tumbadas tomando el sol. Vestidas porque ella, aunque es imposible, se empeñó en que os podían ver. Como no fuera desde un helicóptero… Y se quedó a comer porque, como su padre acabó apuntándose a aquella excursión a Andalucía a la que colaboraste en convencerle y que se hacía esa semana, no tenía la comida familiar de los domingos. Por eso la llamó su cuñada para que fuera a comer con ellos pero Clara le dijo que ya la habías invitado tú. Al final, tuvo que aceptar que pasarais las dos a tomar café y fuisteis. Y luego a hacer un rato de compañía a sus tías, que siempre lo agradecen.
Lo que quieres decir, resumiendo, es que ese fin de semana te sentiste feliz y estás segura de que ella también lo estaba. Incluso hizo eso que a ti te gusta, lo de que tú le quitas la bata y la dejas desnuda o te la quitas tú y te quedas desnuda delante de ella. Fue el domingo por la mañana después de desayunar en el jardín: se levanta de la silla, se quita la bata y te coge de la mano para que te levantes y os abracéis. Para que se vea cómo ella también tiene sus contradicciones: se desnuda ahí mismo y luego, porque entonces subisteis a la ducha y os metisteis en la cama, al volver a bajar a tomar el sol fue cuando salió con que no se desnudaba.
Además, ese fin de semana tenías unas ganas especiales de pillarla. O sea, las ganas eran las de siempre, de tenerla desnuda, abrazaros, besaros, acariciaros y poneros. Pero cuando el sábado a la noche os tumbasteis una junto a la otra, sentías las ganas en el corazón y en la punta de los dedos más que en ese otro sitio donde se sienten las ganas y que no hace falta que digas porque todo el mundo lo sabe. Y te habrías quedado quieta con ella abrazada el tiempo que hiciera falta pero pasó lo que siempre pasa, que en cuanto os rozasteis los labios...
También estabas feliz porque sentías el ambiente limpio entre las dos y no con ese regusto amargo que notabas días antes. Como si ella se lo estuviera tomando en serio, como si ya no la rondaran ni Tomás, ni Javier ni esos otros fantasmas peores que a veces se le meten en la cabeza.

LIII
Ya queda poco, una semana apenas, para llegar hasta el punto donde dejaste el blog, hasta el fin de semana que se convirtió en el más feliz de tu vida y a partir del cual os construisteis un mundo en el que cada fin de semana se ha ido convirtiendo en el más feliz de vuestras vidas.
Es el momento de volver a vuestras vacaciones en Francia y a vuestra primera vez aquella mañana de lluvia en Agde. Ni por asomo te imaginabas que con la locura que se te ocurrió, porque no se puede llamar de otra manera, estuvieras sentando la base de lo que tenéis ahora y que es una relación feliz, la más feliz que se pueda imaginar una. Sí, ya sabes que en las últimas páginas has repetido muchas veces la palabra feliz, pero por algo será. Además, tú no eres escritora profesional y, aunque lo fueras, no sabes si podrías encontrar otra palabra para describirlo.
Pero a donde quieres ir a parar es a que aquella mañana, y aún no eran ni las ocho, te dio el pronto, entraste en el cuarto de baño mientras ella se peinaba frente al espejo envuelta en la toalla y, mirándola a través del espejo, le quitaste la toalla y te pusiste a acariciarla. Ella reaccionó bien, se dejó hacer y se dejó luego llevar hasta la cama. Lo pasasteis muy bien y quedasteis muy satisfechas porque llevabais mucho rato dándoos placer. Como que era casi la una cuando llegasteis, el tiempo de recuperaros y salir a comer. Aun te acuerdas de que al llegar a la puerta del hotel os disteis cuenta de que seguía lloviendo y de que os habíais olvidado el paraguas en la habitación. O sea, que todo empezó porque llovía y, tan entregadas habíais estado la una a la otra, que ni siquiera al descansar os habíais fijado en que al otro lado de la ventana todo seguía igual. Como teníais el coche cerca, no volvisteis por el paraguas. ¡Ah!, y Clara no se puso con que ahora qué hacemos y adónde vamos a comer. Tampoco le diste tiempo. Os metisteis en el coche, arrancaste y os llegasteis hasta Cap d’Agde, que hay un montón de restaurantes bonitos junto al agua y pedisteis, aún te acuerdas, una ensalada de queso de cabra para compartir y un plato para cada una de lo que llaman coquillages, que lleva ostras, mejillones, gambas, todo muy bien presentado. Y una botella de vino rosado que os bebisteis sin piedad.
Pero lo que quieres decir es que tú no las tenías todas contigo. Puede que por eso pidieras el vino. Porque, pasado el momento, tenías conciencia de que lo que habíais hecho era serio. O sea, que una no seduce a su mejor amiga y todo queda como si aquí no hubiera pasado nada. Le ibas llenando el vaso por lo de la desinhibición y hablabais de cosas banales, reíais pero no sabías, a pesar de lo mucho que la conoces, lo que le corría por el cerebro. Querías que dijera algo, que hiciera algún comentario por tonto que fuera de vuestra sesión de cama. Por supuesto, no esperabas que saliera con un “cómo me ha gustado cuando me has pasado la lengua por tal o cual sitio” sino que te conformabas con un “no ha estado mal”. Claro que tú tampoco te atrevías a sacar la conversación y no ibas más allá de lo ricas que estaban las ostras.
-Ha sido una buena idea venir aquí.
Pero sonrió varias veces, que era lo que le medías, que estuviera contenta y no se metiera en ninguno de sus abismos mentales. Con lo frágil que es podía haber ocurrido que, pasado el primer momento, pasados todos los ecos del placer que os habíais dado, le diera por pensar que habíais cometido un disparate y se hubiera ido callando, callando, y hubiera acabado metida en esos laberintos de los que tan difícil es sacarla. Por eso le apreciabas tanto la sonrisa e incluso la frase tonta de que había sido buena idea comer allí. Y hablaba mirándote a los ojos. Imagínate lo contrario, cabizbaja en silencio. ¡Te habrías sentido tan culpable! Tú te sentías bien, comías a gusto, hablabas y te mareaste un poquito, sólo un poquito, con el vino. Pero ahí está, imagínate que no reacciona bien. ¡Qué sentido de culpa el tuyo por haber hecho algo que ni habías hecho nunca ni se te había pasado por la cabeza! Si, además, por entonces tú salías con Enrique y te gustaban los chicos como la que más. Con lo hembra que tú siempre te has sentido... Pero, eso sí, te gustó muchísimo, tuviste un montón de sensaciones diferentes de cuando lo hacías con Enrique y, al final, te quedaste completamente colmada.

LIV
Pero se ve que no sólo tú la medías. También ella estaba pendiente de ti, también ella sabía leerte el pensamiento. Lo dices por lo que ocurrió dos días después.
La comida en Cap d’Agde la acabasteis con dos cafés para que se os pasara el efecto del vino. Y como mientras tanto había acabado de llover, volvisteis al hotel, os pusisteis el biquini y fuisteis a una playa muy larga entre Cap d’Agde y Sète, la playa del Marseillan. Aquella noche, al llegar a la habitación, dejasteis las camas como estaban. Porque antes tenían una mesita de noche en medio pero, para poder expandiros, la habíais puesto a un lado y habíais juntados las dos camas. Dormisteis cada una por su lado, no como ahora, que siempre os cogéis, y al día siguiente, todo normal, por la mañana a la misma playa y, por la tarde, de compras a Béziers. La mañana siguiente es la que quieres contar, y era la del día en que habíais de salir del hotel para ir a Toulouse a visitar a tus tíos, pasar allí la noche y, de ahí, de vuelta al pueblo.
Tú seguías preocupada, claro, pero ella no daba muestras de nada e incluso os lo habíais pasado bien de tiendas en Béziers probándoos ropa y riendo con que si ese pantalón te queda a ti mejor que a mí porque tienes más culo. Pero, tal como dices, es como si hubiera pasado dos días leyéndote el pensamiento. Aquella mañana te despiertas antes que ella, te metes en el cuarto de baño, haces tus cosas y te metes en la ducha. Pues fue abrir el grifo y, sin que la hubieras oído entrar, la ves apartar la cortinilla y asomarse:
-¿Me puedo duchar contigo?
Y se mete antes de que le contestes. En realidad, en los momentos críticos, Clara no es tan pasmada como tú siempre has creído. Porque coge tu jabón, se lo pone en la mano y empieza a restregarte. Tú te dejas hacer algo sorprendida, te enjabona todo el torso de manera natural, sin entretenerse en tus pechos, se arrodilla, te enjabona las piernas y la juntura sin inmutarse, se va a la espalda y también. Te da la vuelta, se queda mirándote y no sabes reaccionar:
-Te toca.
Claro, coges su gel y le haces lo mismo y en el mismo orden. Cuando acabas, la estrechas fuerte y, las dos enjabonadas, os besáis antes de aclararos. Fue la primera vez que os duchasteis juntas y, desde entonces, dormir juntas siempre ha supuesto ducharos juntas aunque tú te despiertes a las cinco de la mañana para entrar a trabajar a las seis. Pero la iniciativa de Clara supuso mucho porque te quitó un peso de encima. Fue como decirte que aceptaba abiertamente lo que habíais hecho dos días antes y que no sólo lo aceptaba sino que le había gustado y quería repetirlo.
Y repetisteis en otra sesión algo más corta, desde las ocho hasta las once y media porque a mediodía habíais de abandonar el hotel.

LV
Algo más os quedó claro, que la primera vez no tenía que quedarse en algo aislado, en una chiquillada de un día de vacaciones. En cuanto Clara se metió en la ducha contigo y empezó a enjabonarte supiste que ibais para largo. Aunque el paso siguiente os costó algo más seguramente por la razón de que el mundo se ve diferente de vacaciones lejos de casa que en el pueblo inmersas en vuestra vida cotidiana. El paso siguiente lo diste tú porque consideraste que si ella había dado el paso más decisivo, el de repetir para confirmar que aceptaba todo sin vergüenza ninguna, esta vez te tocaba a ti. Fue un mes después. Ya has dicho que por entonces salías con Enrique. Aprovechaste un sábado por la tarde que librabas y él tenía un compromiso familiar para llamarla:
-Que si quieres venir a casa a tomar café.
Sin sugerir ni anunciar nada aunque ella, seguramente, lo supuso. Tomasteis café en el jardín y, al acabar, pasasteis al salón. Ella se sentó en el sofá, fuiste a poner música y, al volver, te tumbaste con la cabeza entre sus piernas. Estuvisteis rato calladas, algo nerviosas, sin que ninguna de las dos se atreviese hasta que, por lo que decías de que era tu turno, le desabrochaste los botones de la blusa y empezaste a acariciarle el cuerpo sin más, a lo cariñoso. Ella te desabrochó a ti y estuvisteis un ratito sin pasar a mayores, sin quitaros siquiera los sostenes hasta que ella, que estaba en mejor postura, te desabrochó el pantalón, te bajó la cremallera y empezó a rascarte con las uñas en los pelitos. Fue como dispararte. Te incorporaste, le diste un beso de los intensos y, sin esperar a más, se lo propusiste:
-¿Nos duchamos y nos metemos en la cama?
Fue también la primera noche que pasasteis juntas en tu casa. Se lo propusiste sólo enlazaros al salir de la ducha y entrar en la cama. Te pusiste encima de ella y le diste otro beso bien largo:
-¿Te quedarás a dormir?
Dudó un instante por lo de su padre. Porque lo lleva controladísimo y eso que el hombre sólo va de casa al hogar del jubilado y, si no, algún ratillo en el bar. Pero ella suele ir a verlo cada tarde un ratito mientras juega a las cartas en el hogar.
-Llamo a mi padre y te digo.
Le preguntó cómo estaba, le dijo que no podía pasar a verle y todo arreglado. El resto de la tarde, la noche y la mañana del domingo juntas.
Así empezasteis, y siempre que Enrique te daba la oportunidad y el horario de trabajo te lo permitía, más o menos una vez al mes, estabais juntas en su casa o en la tuya desde la tarde del sábado hasta el mediodía del domingo.

LVI
Vale, sí, es una contradicción. Lo hacías con Enrique y lo hacías con ella. Y te has estado quejando de que ella se perdiera con Tomás. No es lo mismo. O sí, no sabes. Sí sabes, en cambio, que ahora ninguna de las dos está en contradicción. Lo que ocurría en esa época es que lo hacíais como travesura, como juego, como liberación, no sabes. Lo pasabais bien, muy bien, y ya está. Hubo un tiempo en que ella se puso a salir con un chico de fuera del pueblo, Salvador se llamaba, y tú la dejaste tranquila. Hablabas con ella casi a diario, por supuesto, pero no le proponías nada para no ponerla en contradicción. Porque tú ya empezabas a tenerla. Por lo que ella te contaba veías que no duraría mucho con ese chico y esperabas pacientemente reprimiéndote las ganas. Así fue, por suerte, seis meses escasos y entonces sí, volviste por ella. Te fue creciendo la contradicción porque es lógico. No puedes estar dejándote acariciar, besar y chupar por una persona sin que sus manos, sus labios y su lengua se te vayan metiendo bien dentro hacia el corazón. Por eso, como ya contaste, lo dejaste con Enrique y por eso has dicho que no era lo mismo lo tuyo con Enrique que lo suyo con Tomás. Te fue imposible seguir resistiendo el estar con dos personas a la vez, sobre todo el hecho de chuparlas que, para ti, es lo más íntimo que puedes hacer con Clara. Bueno, no, lo más íntimo es quererla como la quieres, pero se te entiende. El caso es que poco a poco fue dejándote de hacer gracia lo de sentir el placer de Enrique en tus labios y en tu lengua, y con la excusa que dijiste, la de que se quería casar a toda prisa y venirse a vivir aquí, lo dejasteis y pudiste mirar a Clara con ojos limpios y chuparla y dejarte chupar sin sombras de por medio.
Sin embargo, te dolía que para ella no fuera igual. Tú estabas segura de que también había dado el salto de dejar de tomárselo como juego, como evasión, quizá como remedio a sus depresiones, y habías entrado en su corazoncito. Porque no podía ser que tantas tardes y, sobre todo, tantas noches juntas hubieran caído en saco roto. Tantas tardes de placer y tantas noches en que, aunque durmierais y no fuerais conscientes, lo hacíais agarradas o con los pies de la una sobre los de la otra. También dormir es un acto íntimo, y despertaros legañosas, y decir que hoy lo hacemos con cuidadito, que tengo el mes. Ahí está, que dos personas que comparten tanto, si no se quieren ya, han de acabar queriéndose a la fuerza.
 Pues mira que costó que se metiera en la senda correcta, que entendiera que sólo se puede querer a una persona. Y si quieres a esa persona, la deseas en exclusiva y no soportas abrazarte a otra. A esa conclusión sólo la viste llegar con seguridad el fin de semana siguiente al que andabas contando con tu libretita y la frase sobre lo fácil que es ser feliz.

LVII
Luego está vuestra evolución en la forma de hacer. Este verano hará cuatro años de la primera vez. Pues hasta el día en que la arrastraste de los pies, te metiste entre sus piernas y se lo hiciste hasta el final sin parar, el día en que se puso a darte pataditas en la espalda con los talones, hasta ese día de finales de abril, siempre lo habíais hecho igual. Mimos en la ducha enjabonándoos, hartura de besos, miradas y caricias en la cama antes de poneros serias y entonces empezar sesiones que podían durar cuatro horas o más. Os poníais las dos a la vez, o tú te ponías con ella, o ella contigo, y os llevabais hasta casi el extremo, hasta el momento anterior al punto de no retorno. Entonces sabíais la manera de relajaros: si tú le estabas pasando la lengua, en cuanto soltaba un suspiro le hacías presión en el puntito con la lengua y le acariciabas el vientre hasta que se iba relajando. Incluso una vez estabais las dos chupándoos y decidisteis soltaros de repente en plena intensidad pasara lo que pasara; así lo hicisteis y rápidamente os abrazasteis apretujándoos y frotándoos instintivamente y con fuerza los pelillos hasta tranquilizaros.
Cualquiera pensará que erais masoquistas. Porque eso lo hacíais hasta tres o cuatro veces y por en medio también parabais para merendar o para cenar. Luego, claro está, cuando llegaba la hora de la verdad, como llevabais tanta presión acumulada, formabais cada escándalo… Ahora también pero por otra razón, porque os queréis mucho más y ya desde el primer momento en cuanto te pone el dedito o la lengua se los sientes también en el corazón. Por eso ahora os decís tantas veces que os queréis mientras lo hacéis, porque es un deseo bien envuelto con amor del de verdad. Y acabas de decir una cosa importante, que os queréis mucho más. Así es: hoy la quieres muchísimo más que hace dos meses cuando creías que más ya no la podías querer.
Ah, ¿que por qué lo hacíais con tantas interrupciones? Tienes una teoría que puede ser cierta. Porque la primera vez fue así y os salieron muy bien vuestras cuatro horas de cama. Ahora viene otra pregunta, claro: ¿por qué la primera vez lo hicisteis así? Y aquí entra tu teoría. Porque una cosa es estar desnudas y daros un ratito de placer sin más y otra cosa llegar hasta el final. La primera vez fue como si os hubierais estado resistiendo continuamente, como si os estuvierais dando tiempo para reflexionar sobre lo que estabais haciendo. Reflexionar aunque fuera inconscientemente, asumiendo despacio que alcanzar el límite del placer con tu mejor amiga no es un acto inocente. Y da lo mismo que eso fuera engañaros porque a los diez minutos después de haber empezado, con lo bien que te lo estaba haciendo todo y lo mucho que demostraba sentir, ya tenías el gusanillo de saber cómo sería al final, cómo se expresaría ella y cómo sabrías tú corresponderle.
Y ahora ya no te entra en la cabeza la hipótesis de qué habría ocurrido la primera vez si ella, en el cuarto de baño, hubiera rechazado tus caricias. Fue una decisión tuya espontánea y tomada algo a lo loco que, a la larga, ha condicionado, para bien, todas vuestras vidas. Como que has convertido a tu mejor amiga en tu mejor, y única, amante.

LVIII
Ahora habéis cambiado radicalmente las formas de hacer. Y eso no supone que te arrepientas de lo de antes, por supuesto. Es otra vez lo de que hay un tiempo para cada cosa. Ese modo de iros interrumpiendo quedó atrás pero si una tarde, por variar o por recordar viejos tiempos, os proponéis ese sistema, pues lo hacéis y ya está.
Además, ese modo tenía una ventaja, que siempre, desde el primer día hasta que cambiasteis, os fuisteis las dos bien juntas y eso os multiplicaba el placer. Disfrutabais más viéndoos disfrutar. Ahora, si os ponéis las dos a la vez la una con la otra también llegáis juntas, por supuesto. Sin embargo ahora lo hacéis muchas veces por turnos, ella a ti y luego viceversa; o ella a ti dos veces seguidas y tú a ella. Ya no podéis iros juntas, ya se entiende, pero también tiene su aquel. Así puedes verle a placer los aspavientos, la expresión de la cara, el temblor de las piernas, la tensión del cuerpo, le oyes los grititos y ese “no pares, porfa” al que contestas “y tú ponte artística, porfa”, su media docena seguida de “te quiero”... Y dejarla completamente sudada para luego recogerle con la lengua el sudor de las ingles…
Lo inauguraste tú ese estilo, ya lo has dicho, cuando andabas enfadada con ella por lo de Tomás. Primero se lo hiciste a ella y luego dejaste que ella te lo hiciera a ti. Y luego pasasteis otra etapa, aunque corta. Sí, tú mucho resistirte al principio para que no te lo hiciera hasta que se lo mereciera pero luego casi se lo exigías. Fueron sólo dos o tres semanas a finales de mayo y principios de junio. Ibas tan cálida, por decirlo de alguna manera, que necesitabas que te lo hiciera cuanto antes para después relajarte e ir a su ritmo. Ahora ya no es necesario sobre todo por lo que te inventaste de desnudaros la una a la otra y poneros el adorno ya antes de ir a la ducha. Además de que has conseguido, o todo ha venido así porque siempre vais muy compenetradas, que ella vaya tan cálida como tú y necesite menos tiempo entre placer y placer. Piensa en aquella noche en que, apagadas ya las luces, te pidió una chupadita después de que se lo hubieras hecho dos veces.

LIX
Ahora tendrías que ponerte seria. Porque hay un temita que te ronda: lo que te dijo tu abuela. Ella hace lo suyo, su papel de abuela, y por eso te preguntó lo de que para cuándo un bisnieto tuyo. Para ella, cuantos más bisnietos, mejor, lógico, porque más deja en este mundo cuando se vaya. Y aquí llega el temita: ¿qué pasará si a Clara o a ti os sale el instinto maternal? No ahora sino cuando toque por lo del reloj biológico, cuando vayáis para cuarenta. Ya no os queda nada para la treintena y os mantenéis aún mozas y lozanas como dirían las mujeres antiguas pero, ¿qué puede pasar cuando, dentro de diez años o del tiempo que sea, sintáis que se os acaba el tiempo para parir? Vamos a dejar de pensar en eso de momento pero sabiendo que por ahí se os puede abrir una brecha que, llegado el momento, habrá que cerrar.
Ya veremos. Y de momento vas a volver al orden temporal que llevabas, al bosque primero. Concretamente, al lunes 11 de mayo. Duchada tras tu siesta, te pusiste con el jardín. Cortaste el césped con la máquina y, con las tijeras de podar, limpiaste los jazmines. Para tenerlos bien bonitos porque junto a ellos, en la mesa de teka, es donde os sentáis a la hora de desayunar o cenar. Clara y el aroma de los jazmines: que te conoces, te ves venir y alguna cursilada vas a volver a decir. Pues la dices y te quedas tan ancha: que te gusta que el aroma de los jazmines os envuelva. Y que prefieres el aroma de ella.
Ahora a otra cosa. Lo de la libreta. No te importa tenerla cerrada para siempre con esa simple frase que habías escrito el domingo anterior por la noche. Pero también has pensado que podrías escribir cosas que leas en los libros. Como hace ella. Y no es que ella escriba lo que lee en una libretita, es que se lo guarda en el cerebro como si fuera un disco duro de ordenador lleno de ficheritos. Y de vez en cuando, abre uno de ellos y se pone a explicarte que si la pobre chica que, a pesar de que le prohíben enterrar a su hermano, lo intenta, la ven y la entierran viva, que si el pobre Ulises -y de eso has visto la película- dando vueltas por el mar mientras su mujer lo está esperando... Y no es lo que cuenta, es cómo lo cuenta, que te quedas embobada escuchándola. Y con las películas hace igual, que salís del cine, os estáis tomando unas cañas y se pone a explicarte la película que acabáis de ver como si le estuviera haciendo una autopsia; y se fija en todo, en detallitos tontos que luego pone en relación con otros con los que no parece que tengan nada que ver.
Antígona, que no te acordabas del nombre, Antígona, como el barrio moderno de Montpellier a donde lleva el tranvía, es el nombre de la que entierran viva en una historia griega. Te la estaba explicando en la cama con que si por qué no puede enterrar a su hermano, que si hay un adivino ciego que la apoya, y tú mirándole esos ojos azules que tiene:
-¿Pero me estás escuchando?
Claro que la escuchabas. Pero era como si te hubieras sumergido en sus ojos y te estuvieras bañando dentro de ellos. Te dio uno de tus prontos y fuiste a su oído derecho:
-Te voy a morder esos pezoncitos hasta volverte turulata.
Y a eso fuiste:
-Pero tú sigue explicando, que soy toda oídos.
Y no vas a seguir por ahí, que ya empiezas a dispersarte y a volver a lo mismo. Pero lo que querías decir es que puedes hacer en tu cuaderno resúmenes de los libros que leas a ver si se los sabes explicar igual.

LX
Ya dijiste hace días que alguna vez has pensado que quizás a Clara le gustaría que tú fueras más lista, más leída, más intelectual, para poneros las dos a discutir de todo eso que a ella le va, que si los griegos ya lo habían dicho todo o que si don Quijote y el Cid son lo mismo pero al revés. Pero no, un día te salió con que os complementabais porque de las dos, ella tiende a pensar y tú a actuar. Le quedó bonito aunque no sabes si es del todo así: tal como lo dijo casi parecía como si fueras una irreflexiva que lo hace todo sin pensar. Da igual, el caso es que tú eres como eres y también lees libros de vez en cuando pero nada más. Como la última vez que fuiste a ver a tus tíos a Toulouse: compraste en la FNAC El conde de Montecristo en dos ediciones diferentes, una de batalla para ti y otra cara y bonita para ella. En quince días ella ya lo había leído y tú estuviste más de un año con él en la mesita de noche. ¿Qué quieres decir con eso? Pues que no sólo tú sino también ella es como es y os queréis así. O sea, que si tú fueras igual de inteligente que ella a lo mejor no te querría tanto. Pero bueno, aún así puedes utilizar el cuaderno para resumir algún libro que leas, o para copiar alguna frase bonita que encuentres, que de esas ella se sabe un montón y cuando dice alguna se te cae la baba, como aquella de que el silencio es como un abanico cerrado.
Y todo lo demás bien, perfecto, que aquel mismo lunes te llamó y quedasteis para cenar y dormir el miércoles aquí en casa. Volvías a estar contenta aunque ya lo estabas. Cenaríais junto a los jazmines y luego, al acostaros, te daba lo mismo mirar la televisión que poneros guerreras, el caso era tenerla al lado. Y también te daba igual que empezara a explicarte lo que quisiera o que se quedara en silencio. Te gusta mucho mirarla y no sólo a los ojos sino recorriéndole todo ese cuerpo blanco tan bonito que tiene. Mirarla mientras le pasas la mano por la piel fina del pecho, ver cómo se le endurecen esos pezoncitos rojos tan dulces, que a veces te da la sensación de que se le ponen duros sólo porque se los miras. Y luego su mata de pelo de ahí abajo, densa, brillante y tan negra en medio de su piel blanca, no como tú, que como eres morena te queda más difuminada. Y siempre la lleva bien recortadita anunciando que por ahí cae Disneylandia. Te encanta pasarle el dorso de la mano una y otra vez por los rizos mientras la miras a los ojos y parece como si hablarais con ellos. Y os decís frases con la mirada sólo que no sabéis bien qué significan: que queréis seguir acariciándoos eternamente, que habéis de parar de repente para abrazaros bien fuerte o que os habéis de ir preparando para cometer una atrocidad cada una en el cuerpo de la otra.
Con esa emoción te quedaste escribiendo aquel día, con la sorpresa pendiente de no saber si ese miércoles os pondríais dicharacheras comentando alguna serie de televisión, si os daría por lo tierno y os abrazaríais para dormir, o si una de las dos o las dos a la vez querría decirle a la otra un te quiero a gritos en ese momento en que se pierden los papeles.
Aquel miércoles trabajaste de mañana y no habías de volver hasta el jueves por la tarde. Echaste tu siesta, repasaste el jardín a ver cómo andaba todo y te pusiste aquí a escribir un poco. Para que corriera el tiempo hasta que Clara apareciera por esa puerta. Por cierto que mirando el jardín se te ocurrió, para ese rinconcito que, tarde o temprano, se convertirá en un lecho de césped para amaros al aire libre, una buganvilla. Ya pensarás en cómo plantarla de manera que vuestro espacio quede cubierto por el arbusto y vosotras envueltas en flores rojas.

LXI
Fue un día fácil y limpio. Llevabas intención, por variar un poco, de explicar algo del trabajo. Pero tu trabajo es monótono y rutinario. Con decir que lo más emocionante es ir a ver el cuadrante de los horarios... y hasta esa emoción os quitaron porque la jefa, que todo lo discurre, acabó pidiéndoos que le dierais vuestra dirección de correo electrónico para enviaros el cuadrante por email y así sería como si lo tuvierais en casa y lo podríais consultar cuando quisierais en el ordenador. Bueno, pues vale.
Querías escribir sobre el trabajo y acabaste contando en el blog lo que te pasó una vez en uno de los ascensores del hospital, pero te daba la risa a medida que escribías. Otra diría que fue un acoso sexual en toda regla, habría salido del ascensor contándoselo al primero que viese y a lo mejor habría habido algún problema. Para ti, en cambio, fue como una escena de dibujos animados. Con un médico con el que habías hablado un montón de veces antes y que después se pasó tiempo bajando la mirada cuando os cruzabais por los pasillos. Hasta que tuviste que ser tú la que rompiera el hielo un día en que él estaba en medio de un grupo de gente y le dijiste algo sin importancia. A partir de ahí, como si no hubiera pasado nada. Que no pasó, que el caso fue que tú entraste en el ascensor, estaba él allí, te pusiste en el rincón y, sin mirarte antes ni nada, se viene hacia ti, pone un brazo a cada lado para aprisionarte y te dice:
-Laura, ¿y si tú y yo eso?
O algo parecido que significaba vámonos al cuarto oscuro. En esto el ascensor se para en tu planta, le sonríes, flexionas las piernas para agacharte, te escabulles por debajo de su brazo derecho y, al abrirse la puerta, sales, eso sí, moviendo el culo con todo tu arte y conteniéndote la risa.
Si es que los hay que piensan así, que como yo soy médico y tú eres una pobre enfermerita... En fin, que era un hombre con su familia, y otra de esas concienciadas en cualquier cosa se habría ido derechita al sindicato a buscarle un jaleo. Pero tú no eres así, te lo tomaste a broma y ya está. Además, seguramente a esas tan concienciadas no les ocurren esos casos, vete tú a saber.

LXII
Otra cosa que no has contado es que te gusta mucho estar aquí en esta habitación desde la que escribes cuando no lo haces desde el jardín. Está en la planta superior de la casa y justo al lado de tu cuarto, del cuarto donde dormís y no dormís. Y desde aquí tienes un ventanal y una terracita con una vista preciosa: el pueblo aquí cerca, a medio quilómetro más o menos, los campos, el río al fondo, que se distingue por la línea de chopos, y las montañas a lo lejos. Además, dominas la carreterilla que viene desde el centro del pueblo y puedes estar pendiente de si ves llegar su coche.
Porque en eso estabas esa tarde preciosa de aquel miércoles de mayo, dejando correr el tiempo hasta verla aparecer. A eso habías dedicado el día, a que fueran pasando las horas en el trabajo y luego aquí. Aunque hubo algo raro: que aquella mañana, no entiendes por qué si sólo querías que llegara la hora de estar con Clara, te vino a la cabeza varias veces Enrique. Y más exactamente cuando lo hacías con él, que ya has dicho que fue tu último novio y el último chico con el que lo hiciste. No sabes por qué. Aunque si piensas, hacerlo con él entonces o hacerlo con Clara ahora, aparte de todas las diferencias lógicas, tiene una: que con él, cuando acababais, sabíais que había que pasar a otra cosa, o dormir, o salir al cine o donde fuera, o él se iba a su casa... En cambio con Clara no tienes esa sensación, ni siquiera la sensación de que acabéis. Os da igual quedaros hablando, encender la televisión a ver qué echan, poneros a cenar porque es la hora, descansar para coger ganas de hacerlo otra vez... No importa lo que venga después, pero no tienes ese nervio dentro de y ahora qué toca hacer. Y eso no significa que con él no te gustara. Sí que te gustaba, claro, porque es natural y no hace falta ser médico para saber que todos los orificios del cuerpo están para algo y ése para que las mujeres se lo pasen bien; o para parir, pero eso ya es otro asunto. Aunque si te oyera alguna feminista... como que un día, dando vueltas por Internet, entraste en el blog de una de ellas tan extremista que decía que la penetración es un acto de dominación machista. Y se había quedado tan ancha.
Ah, bueno, de lo que estás diciendo no se deduce que pienses que hacerlo con Clara sea antinatural ni cosa feminista, por supuesto. Si os gusta a las dos te basta para que sea natural. Como hay gente a la que le gusta la cría de palomas o construir un barco de miniatura dentro de una botella.
Sí, claro, había otra diferencia entre Enrique y Clara: con él lo hacíais y ya está; en cambio con ella, cada vez que lo hacéis la sientes más dentro. Cuando no también, pero no tanto. Y no entiendes cómo, si ya la tienes tan en el interior, tan incrustadita en el corazón, puedes sentirla aún más y más dentro.
Ya está, ya vuelves a ponerte cursi. Pues para pasar a otra cosa dirás que aquella tarde acabaste llamando a Virginia y dando vueltas por otros blogs, que es como encontraste a esa feminista, para seguir matando el tiempo. Y cuando viste aparecer el coche de Clara, te dio un vuelco el corazón.

LXIII
Eres una ansiosa. Porque aún recuerdas que el jueves por la mañana aún no hacía ni media hora que se había ido y ya querías volver a tenerla. Y no sólo eso sino que sentías celos de sus compañeros de trabajo, que podían verla todo el día. Te la imaginabas allí sentada en su mesa con sus ordenadores y los demás, sobre todo los hombres, mirándola. Pero la veían así como iba, bien vestidita, mientras que tú la conocías vestida, desnuda, en bata y zapatillas, vistiéndose y desnudándose. Además, era jueves y el fin de semana ya casi lo tenías encima con ella exclusivamente para ti.
La habías despedido en la puerta de forma casi reglamentaria: no te llegaste a quitar del todo la bata para dejarla caer al suelo y quedarte completamente desnuda porque oíste el motor de un coche que, si hubiera pasado por delante, podría haberos visto. Te limitaste a abrir la bata al estilo exhibicionista y a abrazarla. Aunque también podrían haberos visto, ahora que lo piensas.
Y todo fue muy bien, mejor que bien. Desde que entró por la puerta y, al besaros en la mejilla, pensaste lo de tantas veces, que la ves tan formalita y tan arreglada que ya te entra prisa por darle un acelerón. Es eso, que ella va siempre al trabajo muy bien vestida, porque lo suyo es algo de mucha competencia y nervios, y además es muy educada, de las de buenos días, por favor y gracias todo el rato. Contigo no, claro está, porque si al abrirle la puerta te hubiera dicho buenas tardes, allí mismo la habrías desnudado. Te excita y no lo sabes explicar bien. Te excita comparar su aspecto al llegar, su beso formal en la mejilla, su compostura, con lo que va a ocurrir después, que la vas a reducir al estado salvaje y la vas a tener junto a ti sofocada y gritando.
Luego sus detalles de señora: te da una bolsa de una perfumería carísima, la misma del gel espumoso con el que os habíais bañado en su casa la semana anterior, la abres y no uno sino tres frascos de aromas diferentes, lavanda, miel y verbena. Para comértela a besos.
Pues a la bañera las dos. Escogiste el frasco de miel y alrededor de una hora os estaríais. Quietecitas, un baño de los de relajar. Ella, como llevaba todo el día trotando, se quedó en seguida medio dormida y no ibas a ser tú quien la despertara. Hasta que se hizo la hora de cenar.
Os metisteis en la cocina, preparasteis la cena y al jardín. Aquí ya has de decir que desde el besito en la mejilla de la puerta te habían ido subiendo las ganas. En la bañera ya has dicho que no hicisteis nada porque preferías que descansara. Pero eso no te quitaba las ganas, al revés, que la veías ahí sumergida debajo de la espuma asomándole sólo la cabeza y te hubiera gustado ser un submarino pequeñito para explorarla sin que se diera cuenta. Luego en el jardín, como llevas ya unos días que no sabes qué tienes que andas demasiado primaveral, te dejaste arrastrar por el aroma de los jazmines y hubieras cambiado la cena por lo otro. Porque las ganas que tenías no eran, como las del fin de semana anterior, con el corazón sino con ese espacio minúsculo donde ella te toca y ya no sabes dónde tienes el norte. Como tiene que ser: un día sólo quieres ponerle la oreja en el pecho izquierdo para quedarte ahí oyéndole los latidos del corazón y al día siguiente lo que quieres es que te diga tú estáte quieta y déjame hacer. Pues ahí está, que si ya se te había abierto el deseo al verla en el umbral de la puerta, al sentirte con ella envuelta en el aroma de los jazmines se iba multiplicando más y más. Y tú aguantando.
Ahora vas a parar aquí y ya continuarás. Vas a pensar en esa diferencia que has dicho entre quererla con el corazón o desearla. Seguro que Clara diría que es lo mismo. No lo sabes, a lo mejor sí, pero te encantaría oír cómo te lo explica. Y de todas maneras, tú con ella te sientes de las dos maneras, querida y deseada.
Otra cosa: que parece que se te acumule la faena porque también tienes ganas de explicar este último fin de semana en Gredos.

LXIV
Le estabas dando efectivamente vueltas a lo de querer y desear cuando caíste en que sí, en que un día dijo algo parecido. O no, a lo mejor no tiene nada que ver y tú le encuentras el parecido. Lo que dijo es que algún sabio antiguo había escrito que el cuerpo se divide por la cintura en dos mitades y la mitad de arriba, lo que es el corazón y el cerebro, tienden hacia el cielo mientras que la mitad de abajo, el estómago y lo que está entre las piernas, hacia el infierno. Bien traído está y cuando te lo contó te lo creíste a pies juntillas. Pero si un día estuvierais las dos bien enganchadas como os engancháis cuando os ponéis del revés y la tierra se abriera, se os tragara y acabarais en el infierno, tú no te soltarías de ella y seguirías ahí sorbiéndole el sabor, y el diablo os encontraría y seguro que os diría no, si por mí ya podéis seguir.
Aquel jueves también pensabas en hacer una perrería en el trabajo. Ideas fáciles, que cada día te complicas menos la vida pensando. A lo que ibas: tú, cuando acabas tu horario, sales deprisita, bajas, te cambias y al coche para luego ducharte aquí en casa. La mayoría no, se duchan allí a lo mejor para no gastar agua, y se están rato secándose desnudas y de tertulia con que si, chica, mi marido me dijo ponte mirando para Burgos y no veas, o con que qué bien estás que no parece que hayas parido dos veces. Sí, sí, que son ellas las que parecen lesbianas. El caso es que Clara, la noche del miércoles, te dejó las uñas clavadas pero tú, tal como andabas en ese momento, ni lo notaste. Fue ella la que luego te lo dijo y, con un espejo de tocador, lo viste. Pues la idea que se te ocurrió fue hacer una excepción y ducharte aquella noche. Luego hacer como ellas y pasearte desnuda arriba y abajo porque seguro que te mirarían; pero lo que querías era ver si, con lo avispadas que son para otras cosas, sabían deducir qué habrías estado haciendo para acabar con esos arañazos. Pero no, no te atreviste porque a lo mejor tú también tienes algún residuo de pudor.
Estabas explicando lo de Clara y tú entre jazmines. Cena, cigarrito y otro cigarrito. Muriéndote de ganas pero como si degustaras esas ganas. Eran los días que has dicho en que te invadía un deseo nervioso de que te cogiera ella por su cuenta y te lo calmara para luego ya poder hacerlo relajaditas y a vuestro estilo. Si no, si os hubierais puesto las dos a la vez, con la agonía que llevabas te habría dado por subirle el ritmo desde el principio y en menos de cinco minutos habríais acabado. Hoy día ya has superado esa etapa, a Dios gracias, y habéis conseguido tener las dos el deseo al mismo nivel. Así pasó por ejemplo este fin de semana en Gredos. Pero ya lo contarás.
 El caso es que lo decidiste mientras fregabais los platos: para calmarte el deseo necesitabas dos veces, una primera con ella de odalisca y tú de gran sultana y otra las dos juntas. Y si ella luego quería más, se lo darías tranquilamente.
Os metéis en la cama, enciendes la televisión y están dando el telediario. Tú ahí tranquila por fuera pero con ese no sé qué dentro. Esperas que den el tiempo y observas cómo ella atiende. Bien, que estuviera bien informadita de claros y chubascos porque le iba a caer el ciclón de las Azores. Hasta que empieza una serie de esas de asesinatos y autopsias. En esto que te incorporas, vas por ella y te pones arrodillada con una pierna a cada lado y por encima de sus hombros:
-¿Te gusta el zapping?
-En este canal sólo veo un ombligo.
-¿Cómo decías que se llamaba aquel griego que se moría de hambre y sed?
-Tántalo.
-Pues esa es la película que echan y tú eres Tántalo.
Te agarras con una mano al cabezal de la cama y con la otra la empujas para que se corra un poquito hacia abajo y se quede bien situada. Utilizas los dedos de esa misma mano para mantenerte abierta y con el puntito resaltando. Y a subir y a bajar. Sí, ya lo sabes, ya, que apenas hacía cuatro días la tenías castigada a no dejarla hacerte nada si ella no se venía contigo pero ese miércoles era todo lo contrario, sólo querías entregarte y que hiciera en tu cuerpo el destrozo que quisiera. Subes y bajas dos o tres veces sin dejar que te alcance, mueve la cabeza de golpe, te muerde y arranca unos cuantos pelillos, se los traga, paras, le dices que la quieres y ella que si yo a ti también.
-No, no me digas eso de yo a ti también, dímelo enterito.
-Te quiero, Laura. ¿Es así como lo querías?
Le contestaste dejándote caer y dejándote alcanzar sólo un momento. Y otro momento, y otro y otro. Manteniendo el ritmo. Y es una postura muy bonita para hacerlo porque os podéis mirar a los ojos. Bajas despacio y sus ojos azules se van acercando hasta que le sientes la lengua. Ya no sabes si te chupa con los ojos, si te mira con la lengua o si te ha nublado completamente la razón. Paras un momento, vuelves a subir y se aleja, vuelves a bajar, le lees en los ojos que ella también está llena de deseo y cedes. Paras definitivamente, ella abre los labios para abarcarte y te va recorriendo despacito con la lengua. Os miráis, os veis el fondo de los ojos y querías hacerlo todo a la vez, que te chupara, chuparla tú, abrazarla, un beso de lengua, mordisquearle los dedos de los pies, querías multiplicarte en seis o siete Lauras mientras ella te seguía recorriendo despacito.
Como cuando está oscuro, llueve y de repente cae un relámpago que te sobresalta. O como cuando te pasó la corriente con el cable de la plancha. Igual, pero de placer. Te andaba, además, acariciando los pechos cuando no sabes por qué rincón te pasaría la lengua que te llegó una ráfaga sin previo aviso y empezaste a moverte como una posesa. Te agarró fuerte con las manos para mantenerte fija y enganchada a sus labios, tú empezaste a dar saltos arrastrándola a ella y ahí sería cuando te clavó las uñas, y acabaste con un grito desgarrador que casi te asusta a ti misma.
En esas ocasiones piensas muchas veces, y ella también, que esa es la vez que más te ha gustado. En ese momento lo pensaste porque era verdad. Te había dejado bien, relajada, con el cuerpo a tono y muy cariñosa. Y graciosilla:
-Vete preparando, que te toca.
Te sale con que no, que con ver el espectáculo que tú le habías ofrecido le bastaba. Claro, se pensaba que la ibas a dejar a dos velas y tú te ibas a quedar sin ver cómo se estremecía. La convences con caricias, miradas y besos:
-Te lo hago a la carta. Pídeme un caprichito.
-Es igual, lo que quieras. Sabes que me gusta todo.
-No, no, tú pide.
Se te acerca al oído y te lo dice susurrando:
-Una chupadita.

LXV
Te gustaba tanto que fuera vergonzosa y le costara mirarte a los ojos y pedírtelo… Con todo lo que habéis llegado a hacer... Aunque ahora ya no es así y a veces te lo pide a lo descarado.
-Repítemelo, que no te he oído.
-Me has oído perfectamente.
-Pero quiero que me lo repitas.
Y te lo repitió, por supuesto:
-...pero al final me miras a los ojos.
Ahí sí, eso no se lo puedes negar. Cuando lo hacéis frente a frente con la mano y estáis a punto, es ella quien suele pedirte que la mires. Y te daba igual si te pedía una chupadita o cualquier otro numerito, porque le ibas a hacer lo que quisieras y la chupadita le entraba de todas maneras. Así que te pusiste a recorrerla entera primero con besitos pequeños con ruido y luego pasándole la lengua. Para encenderla a marcha lenta y para volver a encenderte tú, que, como has dicho más arriba, lo tuyo de antes había sido algo casi necesario, unas ganas instintivas de que te lo hiciera, algo así como si te hubiera hecho falta que te desbravaran para luego, ya más tranquila, construir un cuadro artístico en el que ya participarais las dos. Porque tú tenías la intención, como así ocurrió, de irte con ella mirándoos las dos a los ojos.
Pues en eso estuviste, recorriéndola con labios y lengua un cuarto de hora por lo menos antes de la chupadita. Y cómo la pondrías que, cuando le abriste las piernas y la alcanzaste de lleno, dio una sacudida y, si te descuidas, se te va ahí mismo. Pero como sabéis controlaros y dominaros el deseo la una a la otra, paraste un momento y, al retomarla, se lo fuiste haciendo despacio y manteniéndola en una tensión constante, lo suficiente para que no se disparara. Sin embargo, como a ella le gusta tanto que la chupes y a ti te gusta aún más su sabor y ese olor a deseo que desprende, te aceleraste sin querer y tan enfrascada estabas que no te diste cuenta de que ya había empezado con sus gemidos y suspiros hasta que dio otra sacudida. Le besaste el puntito con los dos labios juntos haciendo presión para frenarla, te apartaste y te pusiste a su lado a darle conversación mientras le pasabas las uñas por los pelillos arañándola suavemente:
-He pensado que este año podríamos volver de vacaciones a Agde.
Que sí, que no, las dos allí discutiendo loquitas de deseo algo que acabasteis de decidir este fin de semana pasado en Gredos, que de vacaciones iréis a Portugal. Hablando hasta que no pudiste más y la besaste al tiempo que la alcanzabas. Te puso ella también el dedo, estuvisteis un momento así enganchadas con la lengua hasta que se apartó y te miró con esa mirada que es como si se desnudara por dentro:
-No te vayas todavía, que a mí aún me falta.
No te hizo caso o no pudo hacértelo. Levantó la cadera como suele hacer cuando va a estallar y, entre lo que te gusta que haga eso y lo que le veías en la mirada, te sentiste arrastrada y te fuiste con ella.
Las dos juntas, como tiene que ser. Otro beso largo con lengua para daros las gracias por haberlo hecho tan bien, un ratito abrazadas, besito de buenas noches y a dormir. La quieres y te quiere: por eso construís esas obras de arte con vuestros cuerpos.

LXVI
A Clara y a ti empieza a iros todo bien o, al menos, a discurrir todo por la vereda que tú habías imaginado. No sabes si lo has conseguido a fuerza de voluntad, convenciéndola con la mirada y con el juego de vuestros cuerpos, o bien si habéis llegado hasta aquí porque era el sitio natural al que ibais a desembocar. Te da igual, pero ahora estás mucho más tranquila, equilibrada, contenta... Y bueno, has estado releyéndote y eres consciente de que has contado muchos detallitos íntimos de lo que hacéis. Te ha salido así, qué se le va a hacer si a ti te gusta tanto ponerte con ella.
Además lo hacéis todo muy dulce. Os decís que os queréis mientras lo estáis haciendo y, si no te lo dice, le pides que te lo diga. Te gusta oírselo, como ese Te quiero, Laura, con tu nombre y todo, de aquel miércoles. Es bonito pensar que es la misma lengua la que te dice que te quiere que la que te recorre el cuerpo hasta que te retuerces. Por eso te gustaría tanto lo que te hizo. Y lo de después con las dos juntas, que, con la mirada, consiguió que llegaras cuando aún te faltaban cinco minutos por lo menos.
A todo esto llegó el viernes y no sabes si por un error de la jefa o porque te habían cambiado un turno para beneficiar a alguien, habías trabajado el jueves por la tarde y, luego, ese viernes por la mañana. Pero tenías el fin de semana libre y no te ibas a quejar. Como que al salir le pusiste un mensajito pidiéndole más batalla:
-En tu casa cuando quieras.
-Esta misma noche.
Pues ya ves qué fáciles se iban poniendo vuestros asuntos. Que te acabara de llamar Virginia para que os vierais las tres no suponía problema ninguno. Le dijiste que viniera a cenar, que cenabais aquí juntas, y si acababais tarde y a Clara y a ti no os daba tiempo para lo vuestro o estabais cansadas, dormíais, que eso también lo hacéis bien sin siquiera daros cuenta, y a la mañana ya veríamos.
Decidiste también que, si todo seguía así de bien, como habías empezado a escribir para contar tu problema con Clara y como ese problema ya prácticamente no existía, ibas a dejar de escribir y santas pascuas. O te podías imaginar que tu lengua es un lápiz y su piel un papel. Descubrirías otra manera de escribir.

LXVII
La palabra para resumir ese fin de semana fue emoción. Felicidad también, por supuesto, pero sobre todo emoción, emoción metida en la garganta por todo lo que viviste con ella esos días. Es como si hubieras permanecido, desde que llegó el viernes por la tarde hasta el lunes cuando se fue, exiliada en su cuerpo. Y ella exiliada en el tuyo. Y al tratar de esos mutuos exilios vuestros casi estás escribiendo al modo intelectual como habla ella: porque a lo mejor de tanto habitar su lengua te has exiliado también a su lenguaje.
No la habías avisado de que Virginia venía a cenar y le pilló por sorpresa verte poniendo la mesa para tres. Pero todo fue bien, por supuesto, que ni a ti ni a ella os interrumpe nada ni os molesta la presencia de Virginia. Sois amigas de siempre, ya lo has dicho, y con ella es como si cambiarais el disco y le siguierais la corriente con sus asuntos hogareños y de sus niños. Además, como te confiesas chismosa y te gusta el comadreo, esperabas lo que ocurrió, que después de la cena te pusiera al día con los cotilleos. Como ella se pasa el día en el pueblo, que si en el parque con los niños, que si recorriendo las tiendas para la compra, de todo se entera y está esperando el momento de contárselo a alguien. Y hasta la una estuvisteis de chismorreo. Clara la acompañó a casa, esperaste a que volviera y, claro, como a esas horas ya no os ibais a poner, preferisteis dormir acumulando ganas para el sábado.
Y no sabes si de verdad las acumulasteis, si ya las teníais dentro o si se amontonaron las dos cosas. Porque tras el desayuno del sábado en el jardín os convertisteis las dos en un torbellino y, a ciencia cierta, no sabrías decir cuántas veces ni cómo lo hicisteis. Pero lo que sí tienes grabado, y eso no se te va a borrar el resto de la vida, es el beso que te dio.
Hay un detalle que no has contado porque, la verdad, lo tenías en el olvido hasta que ella te lo recordó después de ese beso. Fue el día en que, cenando, le cogió el berrinche cuando le preguntaste que qué pasaría si se quedase preñada. Estaba llorando, te acercaste para abrazarla y, entre sollozos, te dijo:
-Un día te besaré donde nadie te ha besado.
Eso fue, que no le darías importancia y lo olvidarías. Y vaya si te besó, que la viste venir y te quedaste quieta dejándola hacer. Pero lo mejor el fin de semana no fue ni ese beso ni todas las veces que lo hicisteis; o sí, lo mejor fue hacerlo tantas veces o ese beso y también el que tú le diste. Te estás liando. Porque lo que quieres decir es que lo mejor fue lo que os ibais diciendo despacito, que no fueron sólo esos te quiero a borbotones sino lo de contigo un proyecto para estar juntas en un futuro vuestro. De modo que el beso, todos los besos, vuestras lenguas juntas, los gritos, los placeres, los gemidos fueron como sellos que cerraron vuestro último trato. Tú con ella y ella contigo. Así, sin más, que más fácil no puede ser.

LXVIII
Quieres detenerte y contar despacio ese fin de semana. Por eso que has dicho, porque vas a dejar de escribir de una vez y quieres hacerlo como te explicaron en el colegio que se hacía con las redacciones, con una conclusión. Aunque para la conclusión también puede servir este último fin de semana en Gredos que no es más que prolongación del que estás contando.
Bueno, pero vas a ese fin de semana definitivo, al sábado 16 de mayo. Le hiciste una propuesta sencilla mientras desayunabais en el jardín. Hacía un solecito dulce y anunciaba un día precioso. Una mañana en la que se te despierta el apetito y no sólo de tostadas con mermelada. Le propusiste que, en vez que quedar los fines de semana a una hora u otra en su casa o en la tuya, os reunierais directamente el viernes por la tarde: si ese fin de semana estabais aquí en tu casa, el próximo tú acudirías a la suya a última hora de la tarde del viernes y haríais vida juntas hasta el lunes por la mañana; y el otro fin de semana, al revés, otra vez en tu casa. En total, tres noches seguidas juntas. Parece lo mismo que lo que veníais haciendo pero no lo es: así ya dabais por sentado que, en adelante, todos los fines de semana los pasaríais juntas. Y te daba igual que se diera cuenta de que la querías tener bien amarradita porque eso era lo que querías descaradamente, que no se perdiera por ahí ni un viernes ni un sábado. Y si hubiera necesitado que se lo dijeras más claro le habrías dicho que su espacio natural era a tu lado.
Tampoco ella se quedó corta. Se levanta de repente, sube a la habitación y baja con un paquetito:
-¿Qué me has traído?
-Mi contestación definitiva a lo de dónde y con quién quiero estar dentro de diez años.
Y saca de un estuche un libro gordo en francés y de la misma colección que El conde de Montecristo que tú le regalaste la última vez que fuiste a Francia. Un volumen de las obras completas de Zola:
-¿Y qué tiene que ver el libro con lo que hagamos dentro de diez años?
-Pues que lo dejaré en la habitación en la mesita de noche de mi lado para irlo leyendo despacito cuando no estés o hagas la siesta.
-Así no acabarás nunca de leerlo.
-De eso se trata, de que seguirá inacabado dentro de diez años porque entre el libro y tú es fácil escoger...
Mira que hace las cosas complicadas. Con decirte que quería estar contigo el resto de la vida y haberlo rematado con un beso... Luego te salió con algo que ni recordabas, con que el día que estuvisteis en Montpellier le recomendaste ese libro contra las depresiones. Eso fue el día antes de la primera vez pero te gustó el detalle de que volviera a los alrededores de vuestra primera vez. Ahora ya no, pero los dos primeros años cuántas veces no te pasaría por la cabeza la cuestión de qué habría ocurrido entonces si, cuando te pusiste frente al espejo detrás de ella para seducirla, te hubiera rechazado con un bofetón o un pero tú qué te has creído. No fue así, gracias a Dios, y en eso se basa toda vuestra alegría actual. Además, aún no sabes, ni hace falta ya saberlo, si aquel día lo que necesitabas era desfogarte o desfogarte con ella. Hoy sí lo sabes: ella es la persona con la que más placer has sentido y piensas sentir. Y no piensas sentir placer con ninguna otra persona, que de eso estabais tratando sin decíroslo, ni ella tampoco. Ni siquiera te pasa por la cabeza hacerlo sola como aquella vez, ni que lo haga ella como no sea en alguno de vuestros inventos.
Estabas mirándola y dejaste en el plato la tostada con mermelada que estabas comiendo. Le estabas escuchando lo que siempre habías esperado, un plan de futuro juntas. Tú necesitas mucho menos que eso para ponerte tierna y aún tienes dentro todas las sensaciones del instante: su mirada, la mermelada, el olor de la hierba, el solecito, las ganas de vivir, el fin de semana por delante con vuestros cuerpos en tensión, las ganas de entregarte, de sentir placer y regalárselo... En ese momento te habrías levantado, la habrías tumbado en el suelo, sobre el césped, y allí mismo hubieras dejado de ser responsable de tus actos. Pero preferiste empezar en plan cariñoso:
-Anda, ven aquí.
Se sienta en tu falda y os miráis, os acariciáis, os besáis. Y así empezó de verdad un fin de semana que iba del cariño al placer y del placer al cariño.
-¿Fregamos los platos y nos bañamos?
Esa fue la primera vez. Entra en la bañera, apoya la cabeza en la repisa, entras tú y, en vez de ponerte de frente, te sientas de espaldas a ella y apoyas la cabeza en su hombro y la espalda en sus pechos. Diez minutos o más quietas y calladas, sólo respirando bajo la espuma, y le pides descaradamente que te lo haga:
-Hazme algo, porfa. Despacito.
Como que te puso ninfómana. El mejor momento, cuando te aparta el dedo y se pone que si un te quiero detrás de la oreja derecha y otro te quiero en la izquierda. Pero el eco lo sentías abajo, era como una vibración que te atravesaba en canal y te resonaba ahí mismo. Si hubiera seguido con esos te quiero, seguro que te llevaba hasta el final sin siquiera tocarte, como el día en que te llevó antes de quitarte los pantalones. Pero sabías que ella estaba tan encendida como tú o más:
-Llévame ya, que me muero de ganas de chuparte.
-Pues entonces, dime tú que me quieres.
-Clara, tía, te quiero, pero no me tengas así en tensión.
-Yo también, Laura, Nunca he querido a nadie más de lo que te quiero a ti.
Mientras te volvía a acariciar. Ante una frase así, te sentiste a punto y giraste la cabeza en una postura imposible:
-Pues entonces, dame la lengua, que me voy.
Y te fuiste con su te quiero en corazón, en la cabeza y entre las piernas. Y la mitad del agua de la bañera por el suelo del cuarto de baño.
-Ya paso luego la fregona. Ahora, sólo abrázame.

LXIX
Tampoco vas a detallarlo todo con pelos y señales pero lo mejor de todo el fin de semana vino inmediatamente después de la bañera, durante la chupadita. Te pones tú encima y te quedas un rato erguida de rodillas, ella pasándote la lengua y tú acariciándola con la mano; luego te dejas caer, empiezas a chuparla y ahí estáis las dos bien entregadas; ella te está recorriendo con la lengua una y otra vez desde el puntito hasta el umbral y en uno de esos recorridos pasa de largo del umbral, sigue, sigue, te clava las uñas, paras porque intuyes lo que va a hacer, apoyas tu mejilla en su muslo, te besa con los labios donde nadie te ha besado y luego te pasa una y otra vez la lengua. No sabes explicarlo pero te sentías muy bien:
-Ahora te quiero aún más.
-¿Más que cuando?
-Más que ahora mismo.
-¿Por ese beso?
-Sí, porque nadie me lo ha dado y porque nadie más me lo va a dar. Y como quiero que tú también me quieras más, ya te estás poniendo.
Cualquiera que te lea pensará que eso es una cochinada. Pero le vas a aclarar lo primero que vosotras dos limpias lo sois un rato y antes de poneros os ducháis siempre aunque ni sería necesario. Y cuando os chupáis lo que encontráis es sólo vuestro sabor, que es el mejor posible. Lo máximo cuando haciéndolo sudáis por los sofocos: conoces el olor de su sudor y te gusta como te gusta recogérselo con la lengua de la misma manera que le has recogido las lágrimas las veces que se te ha puesto tonta. Además, el besaros ahí, donde la gente no se suele besar, lo entendiste, y ella también, como la última barrera, como que a partir de ahí no sabíais qué más podríais entregaros. Por cierto que ella en ese espacio ya te había tocado. Fue el día en que te puso de espaldas apoyada contra la pared de la ducha y con las piernas separadas. Te iba pasando la mano por en medio deteniéndose también ahí en unas caricias que eran como masajitos. En cambio tú nunca se lo habías hecho. Te daba reparo o, mas bien, te daba reparo que se lo diese a ella.
En efecto, le tuviste que insistir para que se dejara besar. Y por supuesto que se dejó. Como un jueguecito: si no le hubieras pedido que se pusiera no habría dicho nada pero se lo habría tomado a mal. Para ella, y para ti, su beso era una demostración de amor, de que te quería no sólo con palabras. Al final busca la postura. Monísima, a cuatro patas y con las piernas bien separadas. Te sitúas detrás y la miras: monísima y graciosa, que parecía una rana y estaba como para hacerle una foto y ponértela de fondo de pantalla aquí en el portátil.
Le empezaste a dar mordisquitos primero suaves y luego ya clavándole los dientes, que ella también te había dejado las uñas marcadas. Se pone más cómoda, con los brazos abrazando la almohada y la cabeza de lado apoyada encima:
-Me gusta.
La besas con ruido y empiezas a pasarle la lengua una y otra vez.
-¿Sabes qué? Que yo también te quiero más con este beso dulce. Sigue un poquito y luego acabamos la chupadita, que me tienes muertecita de deseo.

LXX
Ya está, vas a dejar de escribir porque has encontrado la conclusión. Luego, si acaso, cuentas, como epílogo, lo de este fin de semana en Gredos.
Has encontrado la conclusión o más de una conclusión. La primera, que ese fin de semana fue el más feliz de tu vida: ni las vacaciones en Francia con el paseíto en Montpellier y el día de lluvia en Agde, ni las otras en Menorca cuando prácticamente te obligó a hacerlo a la luz de la luna, ni los días en Cantabria abrazadas en aquella cama que parecía de Isabel la Católica... ese fin de semana. Y todos los que le han seguido. Y los del futuro, incluidas las vacaciones que pasaréis en Portugal. Pero sobre todo ese fin de semana con lo que os disteis, los lugares a los que os llegasteis: si te palpaba o te pasaba la lengua por aquí o por allá la sentías en el corazón y si te decía una dulzura con esos ojitos embelesados la sentías entre las piernas. Os queréis y os deseáis, y os habéis metido en una cadena que ya no se va a romper. Como que el miércoles siguiente, que volvisteis a hacerlo y a dormir juntas, tenías tantas ganas -y ella también- que le propusiste cenar a las ocho, horario europeo, y después, os estuvisteis hasta por lo menos las once... Y el fin de semana siguiente. Porque tú ya sólo pensabas, y sigues pensando, en eso y vives para eso, para tenerla, para estar las dos desnudas y entregadas. Vives contenta y ya has dicho que ella también ha cambiado y ya no le cogen esas depresiones que antes le duraban dos o tres días y de donde tanto te costaba sacarla. Otro de los aspectos que más felicidad te produce porque es la demostración práctica de que el amor es bueno. Claro que sólo faltaría que le cogiera repentinamente una depresión mientras la estás besando: es que le dabas dos bofetones para que reaccionara. Pero no va a pasar porque la has metido, os habéis metido, en esa cadena donde un eslabón es de amor y el siguiente de placer. Por cierto, que dos fines de semana después, sólo por disimular, salisteis al cine porque no sabíais si podríais seguir soportando el mismo ritmo. Que sí podéis, pero te daba la impresión de que, si seguíais sintiendo tanta emoción, a alguna de las dos le podía dar un desmayo.
Tan rico fue el beso total que os disteis que después, cuando volvisteis a enlazaros para seguir con la chupadita, lo hicisteis mucho mejor que como soléis. Siempre estáis quietas besándoos y pasándoos la lengua hasta que llega el momento en que no os podéis controlar, pero en esa ocasión ella, que estaba encima, se puso a mover la cintura en círculo, despacito, arrastrándote la cabeza que mantenías entre sus piernas. Como si se pusiera sinfónica: iba manteniendo el ritmo con sus movimientos circulares como si bailarais hasta que de repente empieza a moverse más despacio y, en ese momento, te das cuenta de que estáis llegando las dos, sigue moviéndose cada vez más despacio, como una peonza que va frenando y, justo en el momento en el que se queda quieta, estalláis las dos juntas al estilo apoteósico. Otra de las muchas cosas, aparte del superbeso, que te gustaron, que se inventaba variantes nuevas.
Comisteis enamoradas, mirándoos, acariciándoos. El café estilo lento, hablando de tonterías, repitiendo de café para disimular la prisa que teníais por volver a abrazaros. La siesta, que subisteis a la habitación dispuestas a repetir pero os quedasteis dormidas la una sobre la otra de lo cansadas que estaríais. Os despertáis, ducha, la llevas a la habitación e intentas un experimento que no vas a contar porque no sale bien, y sería porque la reina de las novedades era ella. La coges de la mano, la arrastras escaleras abajo y salís desnudas al jardín. Enciendes el riego de aspersión y a correr las dos como crías bajo el chorro de agua. Cigarrito tumbadas sobre la hierba sin que se acuerde de que no hacía nada que se resistía a estar desnuda en el jardín, os volvéis a desear, subís a la habitación, os besáis la una sobre la otra, os ponéis del revés para otra chupadita, te da por hablar, por pedirle un te quiero y luego otro, te los dice, se los dices y, para que calles ya, te tapa la boca con la pelambrera. Os volvéis a dar felicidad.
No querías dejarla descansar, sólo lo justo. Así que le dices que quieres hacer de odalisca y en seguida vuelves a por ella, a acariciarla despacio, que si el vientre, que si los labios, que si los pechos, le rascas los pelillos, te acercas, abre las piernas, le vas los muslos, la tocas sólo un momento, vuelves a los pechos, le vas leyendo el deseo en la mirada, abre la boca, la besas con lengua y notas cómo flexiona las piernas y las abre bien abiertas. Te paras y esperas un poco más mientras la contemplas. Huele a deseo y a placer y tú debes de oler a lo mismo. Bajas la mano por su vientre blanco, cruzas por su mata de pelo tan hermosa y llegas. Se relaja y te pones despacito y hablando de lo que hay para cenar. Conversáis mientras la recorres y la notas tranquila pero sintiéndote. Te dice que ella te quiere hacer lo mismo y le contestas que más tarde, antes de dormir y sí, te lo hizo perfecto y también por eso dormiste tan bien. Seguís hablando de lo sincronizados que tenéis los cuerpos, de lo que os gusta hacerlo y, de repente, te sonríe y te dice que hace rato que ha llegado pero que no pares porque quiere llegar otra vez. No te habías enterado, otra sorpresa, para que luego digas que le conoces el cuerpo. Pero la segunda vez te enteras, vaya si te enteras. Apartas el dedo, te lo chupas, se lo pasas por el labio inferior, le notas la tensión, mueve la cintura como llamándote ahí, le vas bajando la mano despacio, mueve más y más la cintura y, al alcanzarla, grita que te quiere y se te abraza mientras tú sigues y sigues.

LXXI
El domingo comisteis en casa de su padre, que había vuelto del viaje a Andalucía y os regaló una botella de aceite de oliva virgen a cada una; estaban las tías y la familia de su hermano y, como también había traído Moriles, no sabes cuántos vasos os bebisteis que andabais un poquito borrachas y riéndoos cuando luego su padre se tumbó para la siesta y os quedasteis con las tías jugando a las cartas. Y seguro que las tías, como se pasan el día delante de la tele y se tragan todo tipo de programas donde sale gente de cualquier pelaje, se darán cuenta tarde o temprano de lo vuestro, pero te da completamente igual. Ah, y antes de todo eso, por la mañana, tampoco os perdonasteis y lo hicisteis otras dos veces porque llegaste a contagiarle la ninfomanía que habías sentido ya el sábado en la bañera. El despertar dulce con ella llenándoos de besos matutinos, el desayuno con las tostadas de siempre, el cigarrito y a la ducha. Fue cuando la viste peinándose frente al espejo y pensaste en que así mismo, aunque con la toalla cubriéndose, estaba la primera vez. Le pediste otro beso como el del sábado, la cogiste de la mano, la llevaste a la habitación y te pusiste con esa postura tan graciosa en la que se había puesto ella. Sólo querías un besito, algo simbólico para cerciorarte de que te seguía queriendo, y te lo dio sonoro pero luego se puso a darte vueltecitas con la lengua. Te relajaste sintiendo esa lengua tan rica que tiene, te quedaste encantada con la cabeza apoyada sobre los brazos y sintiendo como un gusanito que te recorría y, cuando más tranquila estabas, te pone la mano en los pelillos y, sin darte tiempo a hacerte la idea, ya la tienes en el puntito. Por delante y por detrás, su lengua y su dedito y tú otra vez con esa sensación de que nunca has sentido tanto y con las ganas de hacérselo a ella. Te quisiste concentrar para disfrutarla pero no aguantaste mucho porque sólo alcanzarte con el dedito ya habías empezado a irte. Pataleabas de placer.
-Prepárate.
-Estoy preparada y te diré una cosa: al verte he estado a punto de llegar yo también.
Pero tú estuviste más rato besándola, mordiéndola y chupándola. Que se esperara, que se mantuviera en tensión mientras el puntito se le fuera poniendo terso, brillante y precioso. Querías hacer un experimento: comprobar que cuanto más rato estuvieras chupándola, menos tardaría en derretirse. Y así fue, tus diez minutitos ahí y en cuanto le pusiste el dedo duró menos que tú, fue como si la fulminaras, que perdió las fuerzas, se dejó caer y gritaba mientras la seguías chupando y acariciando con la mano aprisionada entre su cuerpo y la cama.
Se recupera, te abraza, te besa y te dice que necesita más, que como lo habíais hecho muy rápido y de forma nerviosa, necesita algo tranquilo. Tan tranquilo y tan lento que estaríais más de una hora palpándoos, llevándoos hasta casi el límite, parando y volviendo; como hace apenas tres meses. Te subías encima de ella, os restregabais los pelos de la una contra los de la otra, os dabais la vuelta, se ponía luego de espaldas, te subías, se subía ella, os mordíais y hablabais, de tonterías, de amores, que te bebo los ojos. Pero se te quedó grabada la escena final, otra de la que te llevan a la conclusión. Decidís que antes de ir a comer a casa de su padre pasaréis por la pastelería a comprar algo y luego iréis a tomar una caña para saludar a los amigos. Miráis el reloj y decidís que ya es hora, que ya os toca arrastraros hasta el final. Os acariciáis el pecho, el vientre y luego os vais bajando la palma de la mano hasta llegaros con el dedo mirándoos frente a frente y calibrándoos el placer. Os miráis, tú miras su mano y la tuya, ella mira la suya y la tuya -y esa es la escena que tuviste tiempo dentro de la cabeza- hasta que se viene a tu boca y te engancha. Os fuisteis con los labios y las lenguas juntas y al final, cuando se separa, te das cuenta de que estás llorando como una tonta y te tapas la cara:
-¿Qué te pasa?
-Que te quiero.
Sollozando. Te aparta bruscamente las manos:
-¿Y por eso lloras?
Te abrazas a ella con todas tus fuerzas:
-Es que no te quiero perder.
-No me vas a perder. ¿O es que no está sirviendo de nada este fin de semana?
Le rodeas el cuello con los brazos y la vuelves a besar.
Sí, te dio un ahogo con tanta emoción, que no eres de piedra. Pero esa imagen en tu cabeza de tu mano en su vientre blanco, tapándole los pelillos y bajando el dedo, y la suya blanca haciendo lo mismo en tu cuerpo fue la que te dio la idea. A los pocos días ibas en el trabajo por un pasillo repasando ese momento y te saltó la idea. Al volver a casa, comiste, perdonaste la siesta y saliste disparada a Valladolid. Entraste en la mejor joyería y, como tenéis el dedo del mismo tamaño, encargaste dos anillos iguales. En uno está grabado Laura y Clara y en el otro Clara y Laura. Y en cuanto los tuviste, a primeros de junio, un día de esos en que os visteis entre semana, sacaste los dos estuchitos y los abristeis:
-Pero no son para el dedo anular sino para el medio. ¿Te explico por qué?
-Me lo figuro.
Y al poco ya veíais cómo el anillo de la una brillaba en el vientre de la otra.

LXXII
Hasta aquí llegaste con el blog, hasta vuestra felicidad resumida en los anillos en vuestras manos. Es ahora cuando puedes poner el epílogo con este último fin de semana en la sierra de Gredos.
            Hicisteis como cuando fuisteis a Cantabria. Saliste de trabajar a las seis de la mañana, ella pasó a buscarte y te quedaste dormida en su coche mientras conducía. Sólo que, a diferencia de aquella ocasión, te despertaste antes de llegar, a la altura de Béjar:
-¿Falta mucho?
-Unos veinte minutos.
-¿Y qué plan tienes previsto?
-Pues lo primero, damos una vuelta por el pueblo y de paso buscamos dónde comer. Después de comer, una siesta casta y luego, hasta la hora en que se pase el calor… Y a la hora de la fresca, nos vamos a dar un paseo por el campo.
-¿Y la siesta tiene que ser casta por fuerza o podemos hacer antes algo fácil y luego, al despertarnos, ya nos ponemos dionisíacas?
-Ya veremos.
Vaya si lo visteis. Pero eso fue después. Al llegar, una casa rural de piedra. Preciosa, por supuesto, como todo lo que ella elige, que da lo mismo que sea un hotel como que sea un gel de baño. Parecida a la de Cantabria y con sus muebles rústicos. Comisteis en el primer sitio que encontrasteis, un menú de la tierra, y, con el calor que hacía, volvisteis a la habitación a discutir la castidad de la siesta:
-¿Nos acostamos vestidas o desnudas?
-¿A ti que te parece? Desnudas, claro.
-¿Y te piensas desnudar tú solita?
O sea, toda una argumentación de las que a ella le gustan pero sin pasar por el centro de la cuestión: como ibais a echar la siesta desnudas, como os desnudáis la una a la otra y como al desnudaros ya aprovecháis…
-Vale, pero yo te desnudo a ti primero. Así te puedo ver más rato desnuda, que me gusta.
Sus frasecitas tontas que te derriten. Pero es cierto, a ti también te gusta verla, y contemplarla, bien desnuda.
-¿Y si nos desnudamos las dos a la vez?
Pues unos diez minutos de pie os estaríais. Abrazadas con besito largo, desabrocharos la blusa y quitárosla, miraditas, caricias y otro beso. Luego los sostenes y más abrazos frotándoos los pechos. Te pones a su espalda, le muerdes el pescuezo mientras le acaricias los pechos y luego le desabrochas los pantalones, le bajas la cremallera y le rascas los pelillos. Luego ella a ti lo mismo pero arrancándote un pelillo y tragándoselo. Os ponéis frente a frente desafiándoos:
-¡Pues vaya castidad!
Se arrodilla frente a ti y te baja los pantalones. Te besa en el ombligo, en el vientre, en la pelambrera. Te da la vuelta y te sigue besando. Se incorpora y se deja hacer. Le haces lo mismo y, al ponerte en pie, os volvéis a mirar. Pero ahí ya no llegas, eso sólo ella sabría describirlo. El valor de esas miradas que son de cuánto te quiero, cómo me gusta estar contigo y quiero que sigas teniéndome siempre con el deseo pendiente:
-¿Nos quitamos los calcetines? Porque si no, luego me saldrás con que no se vale lo que hagamos.
Te sientas al borde de la cama con las piernas separadas y ella se sienta sobre ti con sus piernas, también abiertas, sobre las tuyas y abrazándotelas. Empieza a moverse despacito a derecha e izquierda frotándote los pezones con la espalda. Te estás quieta disfrutándola y, al cabo de un ratito, te vas a la cara interna de sus muslos. Hacia delante y hacia atrás una y otra vez sin llegarle nunca. Encendiéndoos como os gusta. Bien encendidas.

LXXIII
Te volviste a acordar de la primera vez. Por lo de tus pezones rozando su espalda. Sólo que entonces eras tú quién se movía a un lado y al otro mientras mirabas su cara de sorpresa a través del espejo. Se estaba peinando y se quedó con el peine en la mano sin saber qué hacer con él; ni con la mano. Aunque bien pensado, siempre es como la primera vez, siempre son sensaciones nuevas que os buscáis y os encontráis.
Nada más fácil ni sencillo. Llevas un rato acariciándola ya entre las piernas, subiendo y bajando el dedo, y caes en que, por la postura en que estáis, sentadas una sobre la otra, si prolongas la caricia hacia abajo y la rebasas a ella, hundiendo un poco el brazo te alcanzas a ti misma. A eso vas. La recorres hacia arriba despacito y, al bajar luego, te llegas, te acaricias sin entretenerte y vuelves a subir. Ella, como si no se hubiera dado cuenta, sigue con su vaivén en tus pezones. Vuelves varias veces hasta que pone su mano sobre la tuya y te acompaña varias veces:
-Ahora déjame a mí coger las riendas de nuestros placeres.
-¿Hoy toca lenguaje complicadito?
-Bueno, luego ya te explicaré lo que toca hoy.
Como tiene las piernas enroscadas sobre las tuyas, hace fuerza para abriros aún más y hunde el brazo para alcanzarte. Suave, como siempre hace, que casi no la notas pero la sientes en lo más hondo. Y se acaricia a sí misma igual. Te gusta verla acariciarse. Se lo dices sin tapujos:
-¿Sabes que no sé si me gusta más que me acaricies o ver cómo te acaricias?
-Pues si quieres nos estamos un ratito así.
-Vale, pero que sepas que también te quiero si te pones mojigata y no lo haces.
-Pues cógeme fuerte pasándome el brazo por el vientre.
La agarras y se pone sin remilgos a acariciar a la una a continuación de la otra.
-Es que contigo ya me gusta todo. Si me pides que me acaricie, pues me acaricio siempre que seas tú la que me lleve hasta el final. Contigo estoy en una nube de deseo. Te quiero y te deseo y, si además te lo digo, me quedo mejor. Eso se llama verbalizar.
Y todo el discursito sin dejar de darle al asunto.
-Otra cosa: que hoy estoy ninfómana inversa.
-¿Ah, sí?, ¿Y eso qué significa?
-Pues que tengo muchas ganas de hacerte: te va a caer algo en la bañera, también una chupadita, por supuesto, luego algo que me invente sobre la marcha, el beso total y lo de ahora…
Para, se levanta, se va al termostato del aire acondicionado, que con el cuento que llevabais ni habíais caído y estabais completamente sudadas, pone el aire bajito, se tumba y abre los brazos para que te pongas encima. Te pones y os besáis:
-Bueno, ¿lo hacemos ya y así podemos echar la siesta tranquilas?
-Vale, ¿algún caprichito?, ¿cómo le apetece a la señora?
-Pues como cuando estábamos sentadas una sobre la otra no nos podíamos mirar, lo hacemos mirándonos y calladitas.
-Pero no te me estés tan callada como aquella vez que llegaste sin que yo me enterara. Por lo menos levanta el culo de la cama, que ya sabes cuánto me gusta. Y házmelo suavecito, como siempre.
-Tú házmelo como quieras, que me gusta de todas las maneras, me gusta que me des placer y que seas tú quien me lo da.
-¡Tonta!
-¡Boba!
Siesta rica, cerrar los ojos y el cerebro con la sensación de sentir aún su mano entre las piernas. Y despertar igual. O casi.

LXXIV
Porque te despiertas y no está. O sea, te despiertas porque no está y, aun dormida, has notado su ausencia. Se ha levantado sin avisar y oyes el grifo de la bañera. La llamas y viene:
-Tenía ganas de ir al baño y, de paso, estaba preparando la bañera.
-Pues que sea la última vez. Si tienes ganas de ir al baño, primero me despiertas como Dios manda, con besitos, y luego lo que quieras. Y más hoy, con lo mimosa y pegajosa que estoy. Así que ven y despiértame de verdad con besitos suaves. Porque, además, fuiste tú la que un día dijiste que despertarnos juntas casi te gustaba más que lo otro. Así que aplícate el cuento, que a mí también me gusta abrir los ojos y saberte conmigo.
Se hace la sumisa, se tumba a tu lado, te besa en la boca y luego te llena el vientre y los pechos con sus labios.
-Ahora lo que quieras.
-Pues a la bañera.
Como que se había traído el tarro de gel espumoso. Entra ella primero, se recuesta, entras tú y te sientas apoyando la espalda en su pecho. Un ratito de relax. Y ya sabías por qué había entrado ella primero, ya, para que te pusieras tú en posición y poder hacértelo. Empieza y te propones conseguir lo que ella, llegar en silencio, sin que te lo note. Te pones cómoda y con las piernas bien abiertas y abrazando las suyas. Estás sensible, muy sensible, pero te quedas callada e inmóvil imaginando su dedo con el anillo. La necesitas. La quieres y la necesitas. Necesitas que te demuestre constantemente que te quiere y te desea, de esa manera o de cualquier otra. Pero no consigues mantener el silencio y la tranquilidad. También tú necesitas demostrarle lo que la quieres y el deseo que estás sintiendo. Te lo hace dulcemente, te tiene en la gloria y conoce tan bien tu placer que vas a durar lo que ella quiera. La agarras fuerte de las piernas:
-Clara, tú que sabes tantas cosas, ¿sabes por qué nos queremos tanto?
-Pues mira tú por dónde, eso no lo sé. Es un misterio misterioso.
-Otro misterio aún más misterioso es cuánto te siento. Y acábame ya, porfi, que quiero pillarte por mi cuenta.
-No te pongas impaciente.
Te varía el ritmo y te lo hace aún más lento dando vueltas a la piel de encima del puntito con toda la mano. No puedes más, la sientes otra vez en la garganta y te dice en voz baja al oído que no grites, que no estamos en casa. No gritas, sólo das sacudidas hasta quedarte con la mejilla apoyada en su pecho mientras te acaricia el pelo.
Ah, y te has olvidado de decir que ya iban dos veces que os bajaba el mes el mismo día. Para que se vea si vais o no sincronizadas, que parecéis dos ruedas dentadas que encajan perfectamente la una en la otra, para que se vea comparación tonta. Por eso, si ella falta en la cama es como si te faltara también el aire. Por eso también si ella se pone ninfómana inversa, tú te pones ninfómana inversa y, además, directa y total. O sea, que os da la hipersensibilidad a las dos juntas y os estáis al menos tres horas la una en la otra hasta que os decidís a salir:
-Te recuerdo que hemos venido aquí a variar de ambiente.
-Venga, vamos, que todo esto ya lo sabemos hacer en el pueblo.

LXXV
Cogéis el primer camino que encontráis y os ponéis a andar por en medio del campo. Al cabo de diez minutos, como no os habíais cruzado con nadie, te pones romántica y la coges de la mano. Y en esto que, al dar la vuelta a un recodo, veis un señor a caballo y con sombrero que os viene de frente. Ella intenta soltarse y tú la coges aún más fuerte:
            -Como te sueltes, aquí mismo te doy un beso que te meto la lengua hasta la campanilla.
El señor, al que luego, cuando volvisteis, os encontrasteis en el bar, se cruza con vosotras y se quita el sombrero para saludar:
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
Ella cabizbaja a lo vergonzoso. O sea, toda la tarde en la habitación queriéndote descaradamente y luego, a cielo abierto…
-Laura, además de quererte, te tengo mucho cariñito.
Así te lo había dicho poco antes cuando le estabas haciendo la chupadilla al estilo Tántalo, eso de ella arrodillada frente a tu cara y subiendo y bajando. Por cierto que fue la primera vez que la tocaste detrás con el dedo. Sí, que hace ya unos días que crees que la recatada eres tú. Porque besarla ahí ya has dicho que sí la has besado, lo que llamáis el beso total, y justo antes de esa escenita os estuvisteis besando así. Besarla y pasarle la lengua sí, pero tocarla no cuando ella te había dado un repasito ahí aquel día en la ducha. Pues le pusiste el dedo. Fue en uno de sus movimientos arriba y abajo. Baja despacito mirándote a los ojos, le pones la palma de la mano detrás y lo intuye. Justo al llegar al alcance de tu lengua le encajas la yema del dedo y se para:
-Qué cosita más rica.
Se tensa, estira el cuerpo y lo arquea hacia atrás. Parecía una contorsionista:
--Me está subiendo el gustito por aquí.
Y se señala el vientre y el estómago. La acaricias y la chupas a la vez. Hasta que vuelve hacia delante y apoya las manos en el cabezal de la cama:
-Laura, me ha llegado el gustito al corazón y, como te quiero tanto, me voy sin remedio.
Pues ahí está: que si te quiere tanto y tanto cariño que dice que te tiene, que empiece a quererte también un poquito en el exterior. Y sí, empezó ese mismo día, pero más tarde. O sea, no le pides, cuando estáis fuera del pueblo, exhibiciones por la calle sin prejuicios, que los tenéis, sino cositas así de fáciles, ir cogidas de la mano o sentaros bajo un árbol y daros un beso tierno como hicisteis en el prado de Cantabria. Y si pasa alguien y os ve, que pase y que piense lo que quiera. Que la gente ya está preparada para todo y casi no se escandaliza de nada.

LXXVI
Se trataba también de que te explicara el plan para vacaciones. Así que al volver al pueblo subisteis a la habitación, ella cogió su portátil y os metisteis en el bar de la plaza. Pedisteis unas cañas y unos pinchos para cenar y luego abrió el ordenador. Por cierto que, como ya has dicho, en la barra del bar estaba el señor del caballo y os volvió a saludar.
-Vamos a ir a un pueblo que se llama Tavira.
Y te abre en la pantalla un archivo de la guía Repsol con una ruta desde el pueblo hasta el sur de Portugal donde decía los quilómetros que había y los sitios por donde habíais de pasar, que si Mérida, que si Badajoz, y luego por dentro de Portugal.
-Mira qué hotel.
Fotos de un hotel de cuatro estrellas con habitaciones decoradas también a lo rústico:
-Pues por la mañana vamos a la playa y el resto del día, un plan parecido al de hoy: siesta iluminada y luego salir con la fresca.
-No te aceleres tanto, que algo habremos de visitar: la ciudad de Faro, el cabo san Vicente.
-A mí, mientras cada día me des lo mío…
Te enseña luego varias fotos de los sitios que dice y alguna otra de playas y otros pueblos y ya la tienes con otra de sus contradicciones. Estabais una frente a la otra mirando el ordenador de lado y, cuando acaba toda su explicación, lo apaga, lo cierra y te coge la mano derecha entre sus dos manos. Así mismo, en medio del bar como para compensarte por la renuncia que te había hecho en el camino. Te acaricia la mano y después, sus simetrías, con la yema del dedo del anillo te acaricia tu yema del dedo del anillo. Dando vueltecitas un ratito largo:
-Clara, ¿a que no sabes dónde te estoy sintiendo?
-Venga, no te pongas exagerada.
-Pues tú sigue y verás.
-¿Qué veré?
-¿Nos vamos a la habitación?
-¿Tan pronto?
-Es que me apetece que me veas muertecita de placer entre tus manos.
-No, si al final vas a ponerme a mí también.
-Y me apetece verte desnuda porque desnuda eres lo más bonito del planeta.
-Y tú más bonita que… que el arco iris.
-Y sin tantos coloritos. Venga, vámonos. Y antes de dormir, ¿sabes lo que quiero?
-¿Ver la tele?
-No, una chupadita.
Y, claro, como tú esas cosas te las haces decir dos veces, ella lo mismo:
-A ver, repítemelo.
-Una chupadita dulce, con las dos bien enganchadas y tú debajo para verte cómo levantas el culito. Pero antes quiero que me lo hagas con caricias y mirándome a los ojos.

LXXVII
Las dos desnudas en la cama. Te pide que te tumbes a lo largo y con las piernas colgando del extremo hacia fuera. Se arrodilla y te pasa una pierna por encima de cada uno de sus hombros con la cabeza asomándole por en medio:
-Si no quiero una chupadita. Quiero lo otro.
-¿Pero lo quieres a toda prisa o artístico? Sólo te voy a hacer un invento.
Y vaya invento. Como que te abre con los dedos y se pone a soplar. Sí, tal cual, a soplarte arriba y abajo. Como si te vibrara todo. Y placer, mucho placer. Le acariciabas la espalda con los pies:
-Clara, si sigues así también me voy.
-Si sólo te quiero ponerte bien encendidita.
-Pues ya me tienes.
Como que te da por levantar las piernas y, para abrirte aún más, te coges las plantas de los pies con las manos y te mantienes así en equilibrio, con las piernas flexionadas en el aire y bien separadas casi como si estuvieras pariendo:
-Eres una desvergonzada y una impúdica.
Te da la risa, por supuesto, pero te la corta en seguida. Seguía de rodillas pero se incorpora un poco, pasa parte del cuerpo entre tus piernas, te pone una mano en cada cadera para apoyarse y, al apretarse contra ti, te planta los pechos entre las piernas y empieza a moverse a derecha e izquierda. No hace falta que digas dónde y cuánto la sentías. Y acaba dándote besitos y palmaditas.
Se incorpora y peor. Se coloca boca abajo atravesada a lo ancho de la cama de manera que al moverse de un lado al otro sus pelillos te acarician la cara yéndote de la frente a los labios. Te pone por el olor y te hace sentir un animalito que se guía por instinto.
-Venga, Clara, por favor.
-Un poquitín más.
Y el poquitín más fue ponerse a tu lado y un beso largo de lengua y mordisquitos en los pezones. Hasta que ya os pusisteis las dos en posición con ella de medio lado mirándote. Te pone el dedo a dar vueltas por el puntito:
-No sabes las ganas que tengo.
-Las mismas que tengo yo.
Le pones la mano y te dice que no, que ella después porque te quiere explicar algo mientras te lo hace. Te pone el dedo en el umbral y te lo acaricia:
-Laura, ¿sabes qué es lo que no hemos hecho nunca?
-¿Qué?
Te mete el dedo despacito hasta el fondo y, a medida que la sientes entrar, levantas el cuerpo como ella cuando está a punto. Es cierto, nunca lo habíais hecho. No sabes por qué pero ella seguro que sí lo sabía:
-¿Te gusta?
-Claro. ¿Me dejarás que te lo haga yo luego?
Que cuando te pusiste con ella, de puro nervio te aceleraste al momento y, mientras la mirabas, se lo hacías a toda velocidad.
-A ver, no te alborotes. Despacito.
Pone su mano sobre la tuya y te pide que te relajes y luego que te quedes parada y la mires. Os miráis de esa manera que es como si os besarais con los ojos y, sin darte cuenta, sigues despacito, muy despacito.
-¿A que no sabes qué he pensado mientras te estaba soplando ahí abajo?
-Cualquier disparate.
-Que me voy a dejar el pelo bien largo para ver si soy capaz de llevarte hasta el final sólo pasándotelo por ahí.
-Pues seguro que me llevas.
Todo eso sin que dejaras de darle. Hasta que abre aún más los ojos, abre también la boca, se va poniendo colorada y ya la tienes ahí:
-No pares, porfa.
-Clara, te quiero tanto.
-Y yo, Laura. Me voy a poner cómoda, que no me falta casi nada.
Porque, mientras hablabais, estaba apoyada sobre los codos y mirándote a ti y cómo se lo hacías.
-¿Te pondrás escandalosa?
Ya no contestó. Se puso directamente escandalosa sin atender a si estabais en casa o no.

LXXVIII
Luego ya os dio por la ternura. Las dos abrazadas más de media hora y diciéndoos bobadas, que si te gustaría hacerte pequeñita para meterte entre sus repliegues, que si qué jugositas os ponéis, que si habéis de volver a intentar hacerlo con los deditos de los pies pero en serio y sin que os dé la risa… Y también quietas y calladas, con tu mejilla sobre su pecho izquierdo para oírle los latidos del corazón. Estabas tan bien que casi se te olvida que tocaba chupadita antes de dormir y eso que eras tú quien la había pedido. Pero a ella no, por supuesto, que esas cosas no se le olvidan. Así que empezó a ponerse sugerente y…
…y lo vas a ir dejando ya. Quieres quedarte aquí para cerrar todo lo que has escrito con la sensación de seguir teniendo su lengua contra ti y la tuya con el sabor de ella en la punta. Y lo vas a dejar aquí porque has alcanzado tu objetivo y ya no toca seguir escribiendo sino disfrutarla. Te habías propuesto amarrarla y la tienes bien amarrada como ella te tiene bien amarrada a ti. Y lo que es mejor, sois felices juntas, mucho más que cuando empezaste a escribir en junio y ya entonces creías que lo erais. Además, y eso puede ser lo que más contenta te pone y por eso lo vas repitiendo, que no la has vuelto a ver triste, no se ha vuelto a encerrar en esos mundos suyos y, si un día, por lo que fuera, volviera a caer, seguro que tienes recursos para sacarla.
También tienes proyectos con ella y estás llena de ilusión. Un proyecto es sencillo y el otro… Bueno, el proyecto que es sencillo es el de la bañera de hidromasaje que piensas instalar discretamente sin que se dé cuenta. Y cuando esté instalada la liarás de algún modo en el salón, os desnudaréis las dos y, en vez de subir a la habitación, la cogerás de la mano, abrirás la puerta y a ver qué cara pone. Y a ver también cuántas horas sois capaces de estaros dentro del agua, que saldréis con la piel arrugada.
El otro plan que tienes con ella es tu último objetivo. Y para eso la vas a camelar durante estas vacaciones en Portugal. Te es igual que lo habléis tumbadas en la playa, comiendo o en la cama mientras estáis en lo vuestro. Porque la vas a convencer sin esos largos discursos que a veces te suelta ella. Una argumentación la mar de simple:
-¿Cuántos días dormimos juntas ahora cada semana?
-Tres o cuatro.
-¿Cuántos días tiene una semana?
-Siete.
-¿Y cuántos días crees que me gustaría dormir contigo cada semana?
Y a ver cuánto tarda, con lo inteligente que es, en descubrir la respuesta. Porque empezaste a escribir diciendo que le querías crear adicción y al menos ella te la ha creado a ti. Los siete días de la semana quieres dormir con ella, ni uno menos. No iros a vivir juntas, que sería lo ideal aunque un escándalo para vuestras familias y en el pueblo que no podríais soportar, sino, por ejemplo, una semana en su casa y otra en la tuya. Y como sabéis organizaros… Además, ella puede traer la mitad de su ropa a tu casa y tú llevar la mitad de la tuya a la de ella. Eso, sin contar con que prácticamente todo lo de una vale para la otra. Pero a lo que vas, dormir juntas todas las noches posibles; y tampoco hace falta que lo hagáis cada noche. O sí… bueno, eso ya se verá. Porque podéis cenar prontito, a las nueve o a las ocho y media y, antes de la serie de la tele, tenéis tiempo de sobra. Ah, y los días en que tú trabajes de noche la puedes dejar bien arropadita antes de salir y, a la vuelta, aún te dará tiempo de despertarla, ducharos, desayunar juntas y meterte en la cama para que te arrope ella antes de marcharse. O la despides en el umbral como a ti te gusta. Eso es lo que quieres ahora y lo que, con toda seguridad, vas a conseguir para la vuelta de vacaciones.
Pues ya está, te vas a quedar aquí y te vas a despedir con todas las sensaciones que has vivido con ella metidas bien dentro del corazón, el anillo brillando en el dedo mientras te acaricia con la yema, los abrazos después de culminar, las cenas frente a frente y los desayunos en el jardín, los te quieros al oído o mirándoos a los ojos, los contrastes de color de su cuerpo o del tuyo contra el suyo, la tranquilidad que sentís las dos desnudas en la cama como si os protegierais la una a la otra, ese entrarte la mano bajo la bata para acariciarte y que te encuentre bien preparada con los pezones duros como pidiendo un mordisco a gritos y, sobre todo, tanto placer... Aún más, quieres acabar con algo que has aprendido de ella, eso tan sencillo de lo que os gusta despertaros y saberos ahí una junto a la otra. Esas mañanas en que, aún durmiendo, cambias de postura y le rozas el pie. La sientes antes de abrir los ojos y antes de haber puesto en marcha el cerebro. Y sabes que ése va a ser el mejor día de tu vida. Y os quedan tantos por delante…

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