Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 10 de abril de 2018

John le Carré, El legado de los espías

le Carré, John, El legado de los espías (Planeta, Barcelona: 2018)
Ha vuelto el gran George Smiley, del que ya reseñamos aquí la trilogía central, la dedicada a Karla: El topo, El honorable colegial y La gente de Smiley. Y nótese que en la parte derecha de este blog considero la primera de esas novelas como una de mis preferidas.
El tiempo ha pasado, por supuesto, y ahora el espionaje británico está a cargo de jóvenes que parecen de diseño y que pretenden acorralar nada menos que a Peter Guillam por acontecimientos anteriores incluso a la trilogía, por algo que se remonta a El espía que surgió del frío (1963) e incluso a la primera novela del autor, Llamada para el muerto (1961).
Y todo ello visto no sin cierta ironía por parte de Guillam quien, añorando los tiempos de Cambridge Circus, ve las nuevas instalaciones como un parque temático del espionaje a orillas del Támesis (25).
Es, pues, Peter Guillam el narrador. Y sólo la simple lectura en oblicuo de la p. 151 da una idea clara de su visión de esos nuevos tiempos: enajenación, humillación, frustración, perplejidad, indignación, culpa, vergüenza, aprensión... Palabras todas del campo semántico de las sensaciones negativas.
Y el modo de narrar casi equivale al modo de interrogar: lento, pausado...; que así es como interrogan al protagonista, del mismo modo que se interrogaba al enemigo. No pretende, pues, ser una novela de acción, que para eso ya estaba Frederick Forsyth. La acción queda desplazada al pasado, a los tiempos gloriosos de la guerra fria con su Berlín oriental y su Berlín occidental, y narrada -o, mejor, evocada con añoranza- en flash back. Y en el presente lo que predomina es la palabra: con ella pretenden acorralar a Peter Guillam, con ella se pretende volver al pasado sacando a la luz viejos informes que van tejiendo una red en la que por momentos no se sabe quién es de los nuestros, quién el enemigo o quién agente doble.
Es de destacar el papel de Smiley: ausente s lo largo de casi toda la novela aunque presente a base de continuas referencias. Pero aparece en el penúltimo capítulo que, habida cuenta que el último es un breve epílogo, actúa de conclusión. En cierto modo, pues, se puede entender que uno de los temas de la obra es la búsqueda -en el sentido de quête- de Smiley. Y el modo en que Peter Guillam lo encuentra merece un doble comentario: 1º) Es a través de Jim Prideaux como Guillam da con él; y a Jim Prideaux se le presenta exactamente del mismo modo a como había aparecido al comienzo de El topo, trabajando de profesor de francés en un internado inglés y viviendo en una caravana; 2º) George Smiley está en Alemania, donde pasa los días en una biblioteca de la universidad de Friburgo en relación con las veces en que, en las otras novelas -y no en ésta-, se aludía a su afición a los poetas del Barroco alemán. Y curiosa la frase de Smiley cuando Peter Guillam le pregunta qué hace ahí: Cuando llegamos a una edad provecta, los viejos espías nos ponemos a buscar las grandes verdades (353).

No hay comentarios:

Publicar un comentario