Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 20 de julio de 2017

Fiódor Dostoievski, Crimen y castigo

Dostoievski, Fiódor, Crimen y castigo (Cátedra, Madrid: 2016)
Una de esas novelas que uno tendría que haber leído en otros tiempos pero, claro, uno no puede haberlo leído todo. La comentaremos de manera diferente a como hemos venido haciendo hasta aquí porque me produce la impresión de que, más que comentarios lo que hago son resúmenes. Pero mantendré la estructura de puntos:
  • La obra es de 1866 y, entonces, contemporánea de autores como Zola, Flaubert, Galdós, Dickens... Se puede adscribir, así, al realismo. Y con sus toques de naturalismo en lo que se refiere a espacios, ambientes o personajes.
  • Transcurre en San Petersburgo, la capital rusa del momento. Pero los espacios que predominan son dos: las casas sórdidas con sus pisos reducidísimos, más bien cuartuchos; y las tabernas.
  • La frase inicial -Expiraba una tarde sumamente calurosa de comienzos de julio (65)- ya deja intuir lo que ocurrirá; al menos, con algo de imaginación para quien haya leído L'étranger de Camus y asocie, así, calor con asesinato. En efecto, al poco, ya en ese primer capítulo, sabemos que el protagonista, Raskólnikov, lleva en mente la comisión de un delito: Si tanto miedo siento ahora, ¿qué sería en caso de que intentara llegar hasta la realización del asunto? (69); y en momentos en que haga sol: O sea, que también entonces brillará así el sol (71). 
  • Muchos de los personajes apuntan al naturalismo antedicho:
  1. El mismo Raskólnikov que, tras planear y tener claro el asesinato, duda: ¿Es posible que me haya pasado por la imaginación algo tan horrible? (73) y se tranquiliza bebiendo cerveza (74). Luego se referirá a su plan, queriendo distanciarse de él, como eso: iré al día siguiente de eso (124). Tiene en seguida un sueño enfermizo en el que varios campesinos matan a palos a una yegua y lo pone en relación con su plan: ¿Será posible, será posible que yo agarre el hacha y le pegue en la cabeza, le parta el cráneo..., que resbale en la sangre viscosa y tibia, que fuerce la cerradura, que robe temblando? (132). Tiene también visiones: Le pasaban por la mente unas visiones extrañas: se le representaba, más que nada, que se hallaba en algún lugar de África, en Egipto, en un oasis (141). Y todo ello le va conformando una caracterización cercana a la locura: creyó que iba a enloquecer (167); O sea, que todavía no he perdido el juicio del todo, que puedo razonar y conservo la memoria (169); con toques de manía persecutoria una vez cometido el crimen: Esto es que me quieren atraer con una argucia y caer sobre mí -seguía diciéndose en la escalera-. Lo malo es que estoy casi delirando y puedo soltar cualquier tontería (172). Y ello culmina con alucinaciones: -Oye, Nastasia,.. ¿Por qué han pegado a la patrona? / [...] -Nadie ha pegado a la patrona -afirmó severa y resueltamente (198); o como cuando, sin que parezca haber salto entre la realidad y el sueño, cree dar hachazos a una vieja que no para de reír (384). De hecho esa locura será la causa de que la pena que le apliquen por el delito no sea excesivamente grave según se sigue de un comentario sobre ello: Todo ello encajaba en la nueva teoría, muy en boga, de la enajenación transitoria que tan a menudo se trata de aplicar hoy en día a ciertos delincuentes (684). De otro lado, y a pesar de la cronología, el personaje tiene su algo de nietzscheano y no en vano Nietzsche admira a Dostoiewski: comete el crimen por sentirse al margen de los valores imperantes -existen en el mundo ciertas personas que pueden... mejor dicho, no que pueden, sino que tienen pleno derecho para ello, cometer toda clase de desmanes y transgresiones porque la ley no reza con ellas (363)- y mata a la usurera -Yo sólo maté a un piojo (546)- y le roba sin intención de lucrarse del botín; y tampoco es el complejo de culpa el que le lleva una y otra vez a intentar delatarse ante la policía.
  2. La familia Marmeládov. Es en la taberna donde Raskólnikov conoce al padre, funcionario que recuerda al cesante de Miau de Pérez Galdós; estará borracho cada vez que aparezca en escena: Bebo, precisamente, porque en la bebida busco compasión y sentimiento (81); de resultas de ello, morirá a causa de un atropello y ello detiene a Raskólnikov cuando iba a entregarse (268-269); su mujer Katerina Ivánovna está tísica; y la hija Sonia es prostituta para poder mantener a la familia pero de tan buen corazón que acabará acompañando al protagonista a Siberia; está descrita positivamente: era una muchacha vestida con sencillez, incluso pobremente, muy joven, casi una niña, de actitud modosa y recatada (337).
  3. La familia de Raskólnikov: su hermana Avdotia Románovna está concebida en principio como figura positiva: era realmente hermosa: alta, muy esbelta, fuerte y segura de sí misma (301). Ejercía de institutriz en su ciudad en casa de Svidrigáilov y éste la acosaba; luego acepta un matrimonio de conveniencia con Piotr Petróvich para poder sacar a su hermano de la miseria y acabarán rompiendo el compromiso. Luego será pretendida por Razumijin, un amigo de Raskólnikov que suele estar borracho (la repentina pasión que el alcohol había inspirado a Razumijin ([300]) y con el que se acaba casando (688); además, despierta la admiración del joven médico Zosímov, amigo de Razumijin y cuyos celos despierta (304); por último, también la pretende Svidrigáilov que, tras enviudar, ha venido a San Petersburgo, y propone a Avdotia facilitar la fuga de su hermano: Tengo dinero, tengo amigos... [...] Yo la amo también... La amo infinitamente. ¡Déjeme besar el borde de su vestido! (637). Y la madre de Raskólnikov y Avdotia, Puljeria Alexándrovna, que acaba muriendo tras la condena a su hijo: Tras un día agitado, lleno de incesantes fantasías, ilusiones gozosas y lágrimas, cayó enferma y a la mañana siguiente deliraba. La fiebre que se había declarado la condujo a la tumba dos semanas después. Por algunas palabras pronunciadas en su delirio podía colegirse que intuía mucho más de lo que pensaba, acerca del amargo destino de su hijo (689). 
  4. Svidrigáilov: ya se ha descrito algún rasgo de su trayectoria. Es pertinente decir que acaba suicidándose (658) porque ello representa una posible alternativa para Raskólnikov. Pero este último, en cambio, se enfrenta a su destino aunque en algún momento haya pensado en seguir los pasos de Svidriálov: También le atormentaba la idea de por qué no se había matado. ¿Por qué se asomó entonces al río y prefirió entregarse a la justicia? ¿Tanta fuerza tenía ese afán de vivir y tan difícil resultaba superarlo? ¿No lo había superado Svicrigáilov, que le temía a la muerte? (694).
Enfin, que la obra tiene, por así decirlo, un punto de fuga positivo: a pesar de las taras de Raskólnikov y Sonia, a pesar de lo negativo de los ambientes en que se mueven, no son arrastrados por el determinismo que sería de esperar y que opera en la novela picaresca o en el naturalismo del momento, sino que se salvan. Y viene precedido por un pacto entre ellos que sigue a una lectura del Evangelio centrada, significativamente, en la resurrección de Lázaro (443-444). Dice Raskólnikov:  -Ahora no tengo a nadie más que a ti [...]. Vamos juntos. He acudido a ti. Los dos estamos malditos, conque iremos los dos (445). Y Sonia acepta: Te seguiré adondequiera que vayas, sea adonde sea. ¡Dios santo!... ¡Qué desgraciada soy! ¿Por qué no te habré conocido antes? ¿Por qué no viniste hasta ahora? ¡Dios santo! (541). Poco más tarde un detalle de Sonia apunta hacia un matrimonio simbólico entre ambos: Sonia sacó de un cajón dos crucifijos, uno de madera de ciprés y otro de cobre, se santiguó, le hizo a Raskólnikov la señal de la cruz y le puso al cuello el de ciprés (672). Y de ahí se llega a un futuro esperanzados basado en el amor: Los dos estaban demacrados y flacos, pero en sus rostros enfermizos y pálidos resplandecía ya el amanecer de un futuro renovado, de la resurrección a una vida nueva. Los había resucitado el amor, y el corazón de cada uno era un manantial inagotable de vida para el corazón del otro (699).

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