Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 17 de junio de 2017

Tramontanas

(Reelaboración de un antiguo relato, presentado en su día en Bubok, para un concurso convocado por Iberdrola y Zenda)

Pasean por el mercadillo como cada sábado por la mañana. Hace horas que sopla tramontana. Por eso él a las seis ya estaba despierto, que si los vecinos no cierran bien las ventanas, éstas no paran de batir. Ella ha seguido durmiendo hasta las ocho y él le ha llevado el desayuno a la cama. Felicidad conyugal. Aunque se olvidaron de casarse y no saben exactamente cuándo.

La tramontana. A él le da igual que llueva o truene pero la tramontana… Ella, en cambio, no perdona el mercadillo del sábado. Menos gente de la habitual y el viento que se lleva la gorra del uno o deshace el peinado de la otra. Ella se detiene ante un puesto, mira unos azulejos y él, a su lado:
-¿Te gusta esa rosa de los vientos?
-Mucho.
Contesta sin pensar en las consecuencias, en que si acaban comprándola le va a tocar instalarla. Pero tampoco le va a negar un caprichito.
Era un conjunto de cuatro azulejos que formaban una rosa de los vientos de ocho puntas alternando rojos y azules. Se lo quedan y, de vuelta a casa, él dice que va a comprar cemento rápido. Ella contesta que, mientras tanto, aprovechará para pensar en dónde colocar los azulejos. Él vuelve con el saquito y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
-Estas rosas también existen.
Ella sonríe, lo arrastra de la mano hasta la alcoba y le dice que el lugar idóneo para la rosa de los vientos es encima del cabezal de la cama:
-¿Seguro?
-Pues claro. Quedará muy bonita.
¿Para qué discutir?, ¿para qué explicarle que en ese espacio o no se pone nada o se cuelga un crucifijo para presidir y bendecir sus expansiones? Una rosa de los vientos vertical con la N de norte apuntando al techo y la S de sur al suelo… como un pararrayos en una bodega. Las rosas de los vientos sirven para marcar rumbos o procedencias del viento y por eso se sitúan horizontal y no verticalmente.
Pero qué más da si en la alcoba sólo entran ellos. Como aún queda tiempo para la hora de comer, cubre la cama con una sábana vieja para no manchar y toma medidas para centrar la rosa de los vientos. A continuación, sitúa una regleta para alinear los azulejos inferiores, reparte el cemento, adhiere los azulejos, espera a que se seque y luego adhiere los azulejos superiores. Limpia todo, va a los pies de la cama para mirar con perspectiva y lo ve todo perfecto: los cuatro azulejos exactamente alineados vertical y horizontalmente.
-¿Te gusta cómo ha quedado?
-Tanto que quiero celebrarlo.
Y empieza a desabrocharle la camisa. Se desnudan, él se tumba, ella se arrodilla sobre él, se enganchan y celebran rítmicamente todo su acto amoroso. Al final, ella deja caer su mejilla sobre el pecho de él. Y él dice:
-No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
-Porque te miraba a ti, que me gusta ver las caras que pones. Además, la he mirado mientras nos desnudábamos y la volveré a mirar cuando nos vistamos. Y otra cosa.
-¿Qué?
-Que me ha gustado mucho más que otras veces.

Esa tarde, como cada sábado, él tiene su partida en el café. Es una de las tardes en que va por ir. Sabe que perderá porque pierde  inevitablemente cada sábado de tramontana. Y no es porque el ruido del viento en el exterior del bar le desconcentre sino por alguna causa desconocida. Sabe contar y memorizar cartas pero no le sirve de nada, que con tramontana le salen todas las cartas atravesadas.
Pero no ese sábado que, sin saber cómo, ha ganado las tres partidas que ha jugado. Sale del café, la tramontana continúa y se sube la solapa de la chaqueta. Es casi imposible, es la primera vez, en años, que le ocurre. No sabe por qué, pero si dicen que la luna influye sobre las personas, ¿por qué no va a influir el viento? Además una vez leyó… una tontería. O no tanto: que Dalí decía que todo su genio le venía de la tramontana que soplaba en la Costa Brava. Pues a él, lo mismo pero al revés, a él la tramontana le traía mala suerte. Y a ella…
Entonces cae en lo que había ocurrido por la mañana después de haber pegado los azulejos. Porque ella con tramontana tampoco… Pocas veces decía ella que no y, cuando era que no, no ponía excusas. Y él tardó en darse cuenta de la relación de causa y efecto. Fue precisamente uno de los muchos sábados en que volvía de la partida tras haber perdido todas las manos. Ella se negó y él se dijo lo de que, además de cornudo, apaleado. Y si la tramontana duraba ocho días… Aunque eso sí, cuando ella se negaba lo hacía con un beso. Luego sonreía dulcemente mientras decía:
-Si quieres te hago alguna alternativa.
Pero él se negaba pensando en ya verás cuando te pille.

Llega a casa, ella le pregunta cómo le ha ido, él contesta que muy bien y le pregunta a su vez qué ha estado haciendo mientras tanto:
-He pasado media tarde sentada en la alcoba mirando embobada la rosa de los vientos. Cada vez me gusta más. Y la otra media, en Internet, informándome sobre puntos cardinales y vientos. No veo la diferencia entre el mistral y la tramontana.
Él sí la sabe. Que con tramontana ella no y con mistral ella sí. Que la tramontana venga de algo más al este que el mistral es cosa secundaria. O que el mistral sea más frío.
La chimenea encendida y la mesa puesta con un candelabro.
-¿Qué se celebra?
-Lo que te he dicho. Que estoy contenta con nuestra rosa de los vientos.
-¿Te explico cuál es mi rosa de los vientos preferida?, ¿y mi rumbo y mi norte?
-Eso ya me lo contarás después. Y sin palabras, que te explicas mucho mejor.

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