Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 11 de mayo de 2017

Gabriel García Márquez, Relato de un náufrago

García Márquez, Gabriel, Relato de un náufrago (Tusquets, Barcelona: 1997)
Leemos la presente obrita para el encuentro del club de lectura del Ateneo de Mahón del día 11 de mayo. Y, a pesar de que no le encontramos mucha sustancia, destacamos:
  • Es una obra narrada en primera persona por parte del náufrago y luego, a lo que parece, redactada por los periodistas que lo entrevistan (11).
  • En el plano de lo irracional, la función de la reciente película El motín del Caine (1954) como premonitoria: significativamente es la única vez que el narrador no va con su novia al cine sino con sus compañeros: nada en la película nos impresionó tanto como la tempestad. […] yo también estaba impresionado. […] no era normal la inquietud que sentía aquella noche en que vimos El motín del Caine. No quiero decir que desde ese instante empecé a presentir la catástrofe. Pero la verdad es que nunca había sentido tanto temor frente a la proximidad de un viaje. […] Pero no me avergüenzo de confesar que sentí algo muy parecido al miedo después que vi El motín del Caine. […] La inquietud me duró toda la semana (16-17).
  • En el lado inverso, del lado positivo de lo irracional, la medalla de la Virgen del Carmen (39) entre los pocos objetos que tiene el náufrago junto a un anillo de oro, unas llaves y unas tarjetas. Le será de ayuda en el último momento cuando, ante la proximidad de la costa, se lance al agua: No había avanzado cinco metros cuando sentí que se me reventó la cadena con la medalla de la Virgen del Carmen. Me detuve. Alcancé a recogerla cuando empezaba a hundirse en el agua verde y revuelta. Como no tenía tiempo de guardármela en los bolsillos la apreté con fuerza entre los dientes y seguí nadando (116).
  • En un primer momento el náufrago tiene claro que lo rescatarán en seguida: me senté al borde de la balsa, mientras venían a rescatarme. […] me puse a leer las tarjetas para distraerme mientras me rescataban (39-40). Hice mis cálculos: antes de una hora los aviones estarían allí (41). Y otra vez: Por mucho que hubieran demorado los aviones en despegar, antes de media hora estarían volando hacia el lugar del accidente (43). Efectivamente, aparecen aviones; y tres veces cada una de ellas infundiendo mayor esperanza al náufrago: 1ª) Cuando levanté el brazo y empecé a agitar la camisa, oía perfectamente, por encima del ruido de las olas, el creciente y vibrante ruido de sus motores. […] Pero pronto me di cuenta de que me había equivocado: el avión no venía hacia la balsa (50-51); 2ª) oí el ruido de otro avión. […] éste venía directamente hacia la balsa. […] Pero iba demasiado alto. Pasó de largo; se fue; desapareció (52); 3ª) llegó un enorme avión negro, […] pude ver nítidamente la cabeza de un hombre asomado a la cabina, examinando el mar con un par de binóculos negros. […] “¡Me han descubierto!”, grité dichoso […]. Había calculado que en una hora estarían rescatándome. Pero la hora pasó […]. Pasaron dos horas más. Y otra y otra (52-54). Como se ve, esperanzas frustradas.
  • A pesar de que durante la mayor parte de la obra, por la propia naturaleza del argumento, el narrador es el único personaje, cabe destacar la función de algún otro como el marinero primero Luis Rengifo, que parece avezado: El día que yo me maree, ese día se marea el mar (22); está seguro del barco: me hizo entonces una exposición de los motivos por los cuales no había el menor peligro de que al Caldas le ocurriera un accidente en el Caribe. […] “Es un buque seguro”, decía Luis Rengifo (25). Pero caerá al agua con el narrador y, cuando éste se haga con la balsa, le gritará: -Gordo, rema para este lado (35); -¡Rema para acá, gordo! (36). Pero el narrador no consigue alcanzarlo y Luis Rengifo se ahoga. Sin embargo, las palabras de Luis Rengifo vuelven al narrador: Yo seguía oyendo la voz de Luis Rengifo: “Gordo, rema para este lado” (42).
  • Más tarde, y en la misma dirección, el narrador sufrirá alucinaciones: apoyé la cabeza en el remo y me dispuse a morir. Entonces fue cuando vi, sentado en la cubierta del destructor, al marinero Jaime Manjarrés, que me mostraba con el índice la dirección del puerto. […] es uno de mis amigos más antiguos en la Marina (57). Cree luego que va con él en la balsa y conversan: Estuvo silencioso un momento. Volvió a señalarme hacia donde quedaba Cartagena. […] vi las luces del puerto (59). Luego Jaime Manjarrés señala hacia el mar: vi las intermitentes pero inconfundibles luces de un barco (64) que también terminan por desaparecer. Actúa, pues, Jaime Manjarrés, como ayuda para el náufrago.
  • Hay una cierta contradicción en lo que se refiere al punto del naufragio; poco antes de que ocurra dice el narrador: Calculé que debía faltar un cuarto para las doce. Dos horas para llegar a Cartagena (30). Y justo después de caer al agua dice: Sabía que estábamos a casi doscientas millas de Cartagena (34).

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