Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 20 de febrero de 2017

Habitando tu piel

(Relato, basado en otro anterior, presentado al concurso literario convocado en la página de Zenda: sin ningún éxito, por supuesto)

Atardecer de julio en el campo salmantino. Por salir un fin de semana del pueblo y meternos en cualquier otro. Por sacar nuestros amores de casa y pasearlos por esas geografías.
Tarde de siesta a la espera de que baje el calor. Penumbra y la luz blanca de su cuerpo. Caricias, besos, silencio,…
Salimos a la calle y tomamos el primer camino. Aún queda para el tramontar del sol hacia Portugal. Encinas y chaparros. La cojo de la mano. Por eso también me gusta que salgamos de nuestro pueblo. Allí somos formales y en otros espacios podemos unir las manos, puedo arrinconarla contra un árbol, podemos querernos al aire libre.
De repente, aparece frente a nosotras un caballo con su jinete y ella, instintivamente, tira de la mano para soltarse. La agarro fuerte:
-Como te sueltes, aquí mismo te estampo un beso.
Nos cruzamos y el jinete saluda. Le devolvemos el saludo y ella, cabizbaja como si el mundo no estuviera curado de espantos.
Volvemos al pueblo y nos metemos en el bar a pinchar algo. Y para planificar las vacaciones, que era el objetivo del fin de semana. Lo podíamos haber hablado en nuestro pueblo pero lo habíamos acordado así, salir el fin de semana y empezar a preparar las vacaciones. Además, es ella quien decide; yo escucho y luego todo me parece bien. Porque siempre acierta; como este fin de semana pasado con la casa rural y el pueblo salmantino. Entre cañas y tapas me cuenta: el primero de agosto, a Portugal, a Figueira da Foz, cerca de Coimbra, una ciudad universitaria…:
-¿Son vacaciones culturales o también habrá de lo otro?
Porque ella es una intelectual. Ya una vez me desperté de la siesta y estaba a mi lado leyendo. Le cerré de golpe el libro y se lo expliqué nítidamente:
-A mi cama se viene a lo que se viene.
Y eso no quita para que se me caiga la baba cuando, tras dejarme arrastrar a la fuerza a algún museo –incluso el amor tiene daños colaterales-, me explica una pintura que yo veo normalita con que si la perspectiva, el punto de fuga y qué sé yo. Pero a lo que iba: que si me parece bien. Sí, por supuesto. Que si al volver a la habitación me enseñará en la tablet fotos de las playas y del hotel.

Al volver a la habitación… Pero aún me tuvo un rato de conversación en el bar:
-¿Me perdonas lo de antes en el camino?
Se quita el anillo, me coge la mano derecha con su mano derecha, me quita el anillo, me pone el suyo y se pone el mío. Porque tenemos los dedos del mismo grosor. Fue un regalo que compré después del día en que nos dejamos claro que su cuerpo es sólo para mí y viceversa. Y los anillos son iguales, con nuestros nombres, Eva y María, grabados. Y lo de intercambiarnos los anillos lo hace ella de vez en cuando como símbolo de algo, vete tú a saber de qué:
-Que me perdones, ya sabes de mis pudores y remilgos.
Que si sé… Como esas veces en que, ya con la luz apagada, se me arrima, me acaricia el vientre que ya veo que no es sólo de cariñito, me hago la loca y acaba acercándoseme al oído para, en voz baja, pedirme que si antes de dormir… Enciendo la luz, le pido que me lo repita mirándome a los ojos y le salen todos los colores. Pero me lo repite.
Luego están sus contradicciones. Cambiados ya los anillos me coge la mano. En medio del bar. O sea, en el camino, con una sola persona, no quiere, y en el bar, lleno de gente, me coge la mano y se pone a acariciármela. Frente a frente. Me mira a los ojos y me acaricia la yema de los dedos. Me cogen las prisas:
-¿Volvemos a la habitación?
Al volver a la habitación…

Al volver a la habitación ya me había olvidado de las fotos. Yo desnuda en la cama y ella, con toda su parsimonia, abre la tablet, busca un ficherito y venga a pasar fotos: si te gusta el hotel, fíjate qué playa... Interminable.
-Muy bonito todo. Gracias por  buscar ese sitio. Lo pasaremos muy bien aunque yo contigo...
Besito tierno y por fin empieza a desnudarse.
-Anda, ven, que te explico el mundo.
A lo inefable: labios contra labios, los unos y los otros; y los unos contra los otros. Gritos, espasmos y jadeos. Por ese orden o por cualquier otro. O sin orden. Cuerpos en caos, lenguas al azar y sincrónicas en el placer supremo, como siempre. Hasta quedar exhaustas, saciadas, traspuestas,… que caímos dormidas tal como estábamos, puestecitas del revés.

Fin de semana perfecto. Ya volvemos a estar en nuestro pueblo. Pronto, de vacaciones a Portugal. Mañanas de playa y quizá le deje alguna tarde para sus museos. O no. Si me quedo mirándola al fondo de esos ojos verdes ya sabe lo que hay, que no necesito nada para encenderme. Ni para encenderla. La tengo envuelta en una nube y ella me tiene envuelta en la misma nube. Desde aquel día:
-Eva, no te digo cuánto te quiero, que te asustas.
-Yo también te quiero mucho, María.
-No me seas sosa y dímelo con florituras.
-Pues que te quiero tanto… tanto… que cuando te levantas para ir al baño ya te estoy echando de menos.

Desde ese día da igual que sea verano o lo que quiera el calendario. Si este fin de semana pasado hubiera sido de invierno y nieve nos habríamos quedado en el pueblo pero lo habríamos pasado casi igual. Sólo que encima de los almohadones de mi salón frente a la chimenea. Y lo de ir de vacaciones… Sí, bueno, por ver mundo. Pero el único mundo que quiero ver es su cuerpo desnudo. Y el único museo que quiero visitar. Sí, ése es mi mundo, mi patria, mi mapa, mi único paisaje.

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