Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 7 de junio de 2016

Alguns poetes de Terrassa

Alguns poetes de Terrassa (Mirall de Glaç, Terrassa: 1994)
Es sabido que éste debe de ser uno de los países con mayor densidad de poetas -e intelectuales- por metro cuadrado; y de peluqueras, claro. Que, por cierto, fue en un bar de Tarrasa, el bar Paco, un nombre sin pretensiones como debe ser, donde oí aquella genialidad de que cuando uno tiene una hija que estudia peluquería es porque no sirve para otra cosa. Vale, pero no pasa nada por meter poetas, intelectuales y peluqueras en el mismo saco. Y su abundancia y, por tanto, improductividad, debe ser castigo relacionado con el pecado original; pero el caso es que así nos va.

Otro dato liga a Tarrasa con la poesía: Unamuno, sí, don Miguel, el que sabía griego -y dano-noruego, que lo estudió para leer a Ibsen en el original-, Unamuno digo, que también fue rector de la universidad de Salamanca, escribió, vete tú a saber por qué, una Oda a Tarrasa en la que habla del hechizo de las fábricas y otras lindezas. Ni idea, ya digo, de cómo un helmántico-bilbaino tuvo humor para meterse entre chimeneas con lo bien que podía haber estado de tapas por sus ciudades. Quizá fuera esa y no otra la razón de alguno de sus destierros por Fuerteventura o Fuenterrabía; o de que Millán Astray le quisiera quitar sus dudas existenciales en un paredón.
Pero no íbamos a eso. Ahí se queden las peluqueras y Unamuno. Íbamos a ese folleto de la foto que encontré en mi último viaje a la península entre libros que no pude traerme en el traslado de mi biblioteca. Es del 94 y me lo regalaron en una pizzería de Tarrasa; en concreto me lo regaló el dueño que, además de pizzero, era poeta y argentino; así, en plan potaje. Vicente Gallego se llamaba; y que haya otro poeta valenciano del mismo nombre es muestra de lo dicho arriba acerca de la superpoblación de poetas. Pues nada, que estuve comentándole un poema suyo y, hablando y hablando, me lo llevé al instituto donde yo eyaculaba literatura para que diera una charla que, si no recuerdo mal, encantó a los alumnos porque, con su verbo rioplatense, se puso con lo del amor homosexual.
El folleto contiene ocho poemas -4 en catalán y 4 en español- de ocho autores diferentes. Diferentes de edad, o de generación, que es como gusta clasificar a los poetas: así, el mayor es un tal Raimundo Ramírez (1917) y el más joven Josep Coca (1966). Y de diversa procedencia: local, de Barcelona, del Uruguay, de Argentina y no soló el dicho Vicente Gallego sino de una tal ¡Neus! Aguado. Pero del cosmopolitismo del opúsculo no cabe seguir que Tarrasa sea ciudad cosmopolita; ya el mismo nombre de Terrassa impuesto contra la tradición histórica española apunta a que la ciudad no tiene miras más allá del Ebro; con la contradicción de que muchos barrios están ubicados en la provincia de Almería.
Y de los poemas, psé... Quizá alguien le encuentre la gracia a una rima del tipo m'he promiscuït... / en tot sentit; o sea capaz de esbozar toda una poética de la cocina a partir del encabalgamiento l'aigüera / curulla de plats...
No deja de tener mérito, sin embargo, que el poeta de más edad, el citado Raimundo Ramírez, se atreva con un soneto de factura clásica que culmina con rimas del tipo regreso/beso, fervores/amores y caminos/espinos en los tercetos. Se ve cómo las palabras en rima se evocan entre sí o tienden lazos entre ellas.
Y vale, sí, soy tendencioso: puedo crujir un poema por el mero hecho de estar escrito en catalán o ensalzar otro sólo porque está en castellano. Sin que ello sea óbice para reconocer que... bueno, sí, la lírica catalana no acaba con Ausias March sino con Foix y Ferrater... Y a lo que iba, al poema de Vicente Gallego, que también tiene cierto mérito:

  • Es en parte narrativo y presenta una anécdota en un restaurante de ubicación italiana, la Piazza delle Tartarughe.
  • La escena consiste en un hombre sentado a una mesa con las manos cubiertas de cicatrices (4). Aparte de eso, produce una primera impresión positiva: la impecable chaqueta de tweed (6); pero pronto varía esa visión: -se volvió y vi, espantado / lo que había quedado de su rostro (13-14)-. Al final del texto el poeta recordará desde la distancia espacial y temporal el horror de esa cara y esas manos (24).
  • En otra mesa, dos hombres vistos desde el tópico del carpe diem -porque el vino en las copas era un pájaro de rosas (16)- y desde la exaltación de la juventud: éramos jóvenes en anáfora (15, 18) que irá a contrastar con la epífora final referida al primer hombre: esa cara y esas manos (24), la cara y las manos (25).
  • Y, en medio de la anécdota, los dos hombres de la segunda mesa se comparan mutuamente bajo el tamiz del arte: te dije que parecías un relieve asiriocaldeo (9), y tú, que yo era un retrato del Hermitage (11).
  • La conclusión parece clara: por más que ambos hombres intenten retener el tiempo aprisionándose el uno al otro en el arte, el tercero les está avisando de la inexorabilidad del paso del tiempo.

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