Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 30 de mayo de 2016

Ray Bradbury, Farenheit, 451

Bradbury, Ray, Fahrenheit 451 (Debolsillo, Barcelona: 2012)
Leemos la novela para la sesión del club de lectura en la Biblioteca Pública de Mahón del 25/5/16. Y de ella destacaremos:
  • Está dividida en tres partes: la primera -La chimenea y la salamandra (13)- está centrada, según su título, en el fuego, y abarca hasta que el protagonista decide romper la prohibición y leer (82); la segunda -La criba y la arena (83)- contiene una cierta conciencia del protagonista, reforzada por el anciano Faber, ante los libros y culmina con la sorpresa de los bomberos y él mismo acudiendo a su casa a quemárselos (126); la tercera -Fuego vivo (127)- trata la salvación del protagonista y su título alude a la nueva función del fuego que descubre: No estaba quemando. ¡Estaba calentando! (161).
  • El párrafo y, sobre todo, la frase inicial: Era estupendo quemar. Tras ella, un encadenamiento de imágenes de fuego: queroseno venenoso [...] sinfonías del fuego y de las llamas [...], ojos convertidos en una llama anaranjada [...], fuego devorador que inflamó el cielo. En seguida sabremos que lo que arden son libros: los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes (15). Y aparece el protagonista, Montag, sonriendo.
  • La brigada de bomberos que se encarga de quemar libros va uniformada con símbolos referidos al fuego: la salamandra en la manga [...] el fénix de su pecho (17). Habrá que saber que en los bestiarios medievales, la salamandra se alimenta de fuego; y que el fénix arde en una pira y luego resurge de sus cenizas.
  • El protagonista quizá esté caracterizado, a tenor del resultado final de la obra, por su nombre, Montag: puede ser un nombre parlante y el lunes al que se refiere puede sugerir el comienzo de una semana o una nueva etapa histórica.
  • Otros personajes interesantes son:
  1. Clarisse, la muchacha que Montag encuentra en su barrio el primer día cuando va hacia casa. Se da cuenta de que él es bombero Por el olor a queroseno y, al caminar con ella, se ven envueltos en un debilísimo aroma a albaricoques y a frambuesas (18) con lo que ambos olores apuntan hacia uno y otro personaje. Más aún cuando Montag percibe en la cara de ella la extraña y vacilante luz de una vela (19) que le recuerda una amorosa escena con su madre. La joven se caracterizará en oposición a Mildred, la esposa de Montag que en seguida aparecerá. Él le dice a Clarisse: -Piensas demasiado; y ella contesta: -Casí nunca presto atención a la televisión mural (21). Al separarse, él la volverá a asociar a la luz: ¿Cuántas personas había que refractasen hacia quien las miraba la propia luz? (23). La joven ha oído hablar de un mundo mejor: Mi tío dice que [...] la gente, a veces, se sentaba por las noches en ellos [los porches], charlando cuando así lo deseaban [...]. No era la mejor forma de relacionarse; la gente hablaba demasiado y tenía tiempo para pensar. Entonces eliminaron los porches. Y también los jardines (77). Más adelante Montag la dará por muerta (95) y así lo dará a entender el capitán de los bomberos: Unas pocas briznas de hierba y las fases de la luna. ¡Qué estupidez! ¿De qué le sirvió a ella todo eso? (129). No obstante, cuando Montag huya tendrá la sensación de que Clarisse ha pasado por el mismo camino (160).
  2. Mildred, que se presenta en contraste a la anterior: su rostro es una isla cubierta de nieve (25). Al llegar a casa Montag se da cuenta de que se ha intentado suicidar y dos funcionarios la salvan introduciendo una máquina en el estómago comparada a una cobra negra (26). Esos funcionarios se asocian también al fuego y a las serpientes -con los cigarrillos en sus bocas rectilíneas, esos hombres con ojos de víbora bufadora (28)- y rellenan un informe sobre todo lo que la serpiente sacó de ti (87).
  3. La brigada de bomberos que, en sus ratos de ocio, se dedica a jugar a las cartas (46). Se pretenden Establecidos en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias. Primer bombero: Benjamin Franklin (47). El vehículo que utilizan los bomberos es también una salamandra (52).
  4. El capitán de la brigada es Beatty, que tiene las ideas claras: Quemémoslo todo. Absolutamente todo. El fuego es brillante. El fuego es limpio (73). No obstante, parece haber leído porque cita, entre otros a Pope (122), el mito de Ícaro (129), el Evangelio (133), Shakespeare (135); y dice a Montag haber tenido un sueño en el que uno y se intercambian citas literarias que van desde la Biblia hasta Paul Valéry (122-123). Cuando intenta mostrar a Montag lo inútil de los libros, éste acabará matándolo con un lanzallamas: se convirtió en una estridente antorcha [...], ya no era humano ni identificable, convertido en una llamarada [...] mientras Montag lanzaba sobre él un chorro continuo de fuego líquido (135). Ello provocará la huida de Montag y consecuente persecución.
  5. Faber, el viejo que actúa de consejero de Montag; era un profesor de lengua retirado que, cuarenta años atrás, se había quedado sin trabajo cuando la última universidad de artes liberales cerró por falta de estudiantes (88). Montag le pregunta ¿Cuántos ejemplares de la Biblia quedan en este país? [...] ¿Cuántos ejemplares de Shakespeare y de Platón? (89) porque él se ha hecho con un ejemplar de la Biblia (90). Maquinan un astuto plan para acabar con los bomberos y de ahí quizá que el nombre de Faber sea parlante también: si sugiere usted que imprimamos algunos libros y nos las arreglemos para esconderlos en los cuarteles de bomberos de todo el país, de modo que las sospechas cayesen sobre esos incendiarios, diría: ¡Bravo! (100), ¡La salamandra devorando su propia cola! (101).
  • El eje central de la novela viene a ser la prohibición de los libros. Y los bomberos, entre los que se cuenta Montag, los queman: de ahí las listas mecanografiadas de un millón de libros prohibidos (46). O el hombre cuya biblioteca liquidamos (45) y Se lo llevaron chillando, al manicomio (46). O la mujer que se deja morir con sus libros y que dice "Pórtate como un hombre, joven Ridley. [...] encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará" (48); luego sabremos que Un hombre llamado Latimer dijo eso mismo a otro llamado Nicholas Ridley mientras eran quemados vivos en Oxford, por herejía, el dieciséis de octubre de mil quinientos cincuenta y cinco (53) y con ello se alude a la Inquisición. De ahí también imágenes de muerte: montones de revistas que caían al igual que pájaros asesinados (50). Ahí mismo queman ejemplares de Dante, de Swift y de Marco Aurelio sin conciencia clara de quiénes eran: ¿Este último no era un europeo? (63).
  • Sin embargo, Montag tiene algún libro escondido: siguió pensando en la rejilla del ventilador del vestíbulo de su casa y en lo que había ocultado detrás (29); cuando piensa en ello, la sensación es la opuesta al fuego: en su mente, procedente de las rejillas de ventilación de su casa, un viento fresco empezó a soplar refrescándole el rostro (46). De igual modo, se hace con un libro durante la quema de la mujer ya citada y las imágenes que rodean la anécdota son positivas: Un libro aterrizó [...] como una blanca paloma, en sus manos, agitando las alas. [...] una página desgajada, asomó y era como un copo de nieve con las palabras delicadamente impresas en ella [...] Montag solo tuvo un instante para leer una línea, pero esta prendió en su cerebro (49). Parece sufrir un cambio de trayectoria tras el incendio en casa de la mujer que se deja morir con sus libros: estoy enfermo (63). De ahí que en seguida llegue a la conclusión de que Incluso sería capaz de leer (78). Por eso acude a la rejilla de la ventilación y saca un montón de libros, pequeños, grandes, amarillos, rojos, verdes diciéndole a su mujer que Quiero verlos por lo menos una vez (79); con ello, quiebra la prohibición al leerlos pero llega a una frase sin mucho sentido: once mil personas han preferido morir antes que someterse a romper los huevos por su extremo más puntiagudo (81); Mildred, al oírla, llega a la conclusión de que ¡Carece de sentido! ¡El capitán tenía razón! y Montag se propone que Volveremos a empezar. Esta vez por el principio (82). En algún momento Montag cree que son sus manos las responsables de que coja libros: fue en ellas donde se manifestó primero el impulso de apoderarse de libros, de huir con Job y Ruth y Willie Shakespeare; y ahora, en el cuartel, aquellas manos parecían bañadas en sangre (121).
  • El espacio está concebido por oposición: de un lado, la ciudad en la que pesan las prohibiciones y el control de los bomberos y, de otro, el campo con personas libres que atesoran conocimientos: muchos antiguos graduados de Harvard [...] me figuro que el gobierno nunca los ha considerado un peligro lo bastante grande para ir en su busca (147). Hacia allí huye Montag no sin antes vengarse mínimamente de los bomberos adoptando parcialmente el plan establecido con Faber: esconde libros en casa de su compañero Black y telefonea para denunciarlo: oyó que las sirenas se ponían en funcionamiento y que las salamandras llegaban, llegaban para quemar la casa del señor Black (145). Y se dirige al campo según las directrices de Faber, buscando las vías del tren; al encontrarlas, todo son sensaciones positivas: los lagos de olor y de sensaciones táctiles, entre los susurros y el remolino de las hojas; a la vez, evoca a Clarisse: cuán seguro se sentía de repente de un hecho que le era imposible probar. / [...] Clarisse había caminado por allí (160). Encontrará así a una serie de sabios -una extravagante minoría que clama en el desierto (167) en frase bíblica- de los que Faber era antecedente; algunos han sido profesores de diversas especialidades en prestigiosas universidades americanas (165) cada uno de los cuales ha memorizado una obra o autor: La República de Platón, Los viajes de Gulliver, Darwin, Einstein... (166): Todos somos fragmentos de historia, de literatura y de ley internacional (167). Montag dice que Creía tener parte del Libro del Eclesiastés, y tal vez un poco del Apocalipsis, pero ahora ni siquiera me queda eso (165); dicen los sabios tener sistemas para refrescar la memoria. Y así será, porque en ese espacio Montag recupera la memoria y recuerda algo que no recordaban ni él ni su mujer (55), que además había olvidado su intento de suicidio a la mañana siguiente del mismo (31): Millie y yo. ¡Allí fue donde nos conocimos! Ahora lo recuerdo. Chicago. Hace mucho tiempo (175). Y con ese tema, la recuperación de la memoria, tan relacionado con los libros en cuanto son memoria colectiva, culmina la obra; efectivamente, Montag se pone a recitar el Eclesiastés: Hay un tiempo para todo. Sí -se dijo-. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar (180).
  • Son curiosas las máquinas cuya función es entretener a la gente. Aparte la televisión mural ya citada, se puede romper cristales en el Rompedor de Ventanas o triturar automóviles en el Aplastacoches (42); o las máquinas de chistes de los cafés (43). Y en la sala de estar se conecta algo por lo que Mildred se pone en contacto con su familia (61); además, la sala produce música y luces: las paredes de la estancia estaban inundadas de resplandores verdes, amarillos y anaranjados que oscilaban y estallaban al ritmo de una música (72). O la televisión con un dispositivo conversor que suministraba automáticamente el nombre de ella siempre que el presentador se dirigía a su auditorio anónimo (77); o el sol electrónico (86). Aparte la eterna caja de cerillas, en cuya tapa decía GARANTIZADO: UN MILLÓN DE LLAMAS EN ESTE ENCENDEDOR (66).
  • Hay otras máquinas peores: el Sabueso Mecánico que acecha a Montag (38); o el vehículo de los bomberos, la salamandra anaranjada que duerme con la barriga llena de queroseno y las mangueras lanzallamas cruzadas sobre sus flancos (120).
  • Una guerra pesa sobre el ambiente y Montag toma conciencia de ella: ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde mil novecientos noventa, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertimos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? (87).
  • No entendemos bien qué función cumple la abundancia de enumeraciones: Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete días (43): Una treinta y seis... Una treinta y siete de la mañana (44); uno, dos, uno, dos, uno dos tres, uno dos, uno dos tres (93). En relación con ello es curioso, sin embargo, el sistema que usa el gobierno para intentar atrapar a Montag en su huida y que consiste en contar hasta diez por televisión para que luego salgan a la vez todos los televidentes a la calle a ver si lo ven (151-152).

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