Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 22 de mayo de 2016

La llamada

(Otro relato por encargo de la página de Tusrelatos con título obligatorio y extensión condicionada)
Llega del trabajo como cada día, algo cansada, quizá hoy más que habitualmente porque el jefe le ha pedido que se quedara un rato más. Mete la llave en la cerradura, abre la puerta, enciende la luz del vestíbulo, luego la del pasillo y, por fin, la del comedor. Deja la tablet sobre la mesa, se sienta en el sofá, mira en el teléfono que tiene sobre la mesita de la izquierda y comprueba que la luz roja no parpadea: ni la ha llamado nadie ni hay mensaje alguno en el contestador. Vuelve al recibidor y, sólo entonces, se quita la chaqueta, la deja en la percha y, con las llaves, da dos vueltas a la cerradura.
Se mete en la cocina dispuesta a prepararse ya la cena y, al abrir el frigorífico y coger una lechuga, duda. Cierra el frigorífico, sale de la cocina, va hasta su alcoba, se sienta en la cama y mira el teléfono supletorio que tiene sobre la mesita de noche. Tampoco. Ni nuevas llamadas ni mensaje en el contestador. Vuelve a la cocina, se prepara su ensalada, luego una tortilla de queso, lo pone todo sobre una bandeja y lo lleva a la mesa del comedor. Antes cenaba en la cocina pero ahora no; porque ahí no tiene aparato telefónico. Ya en el comedor, enciende la televisión y baja un poco más el volumen para que no se le escape el sonido del teléfono si llaman. Se sienta de modo que puede atender las noticias por la televisión y, a la vez, mirar el teléfono y estar pendiente de él.
Acaba de cenar, vuelve a la cocina, lava lo poco que ha ensuciado, lo recoge todo y vuelve al salón. Luego gira la televisión para poder verla sentada en el lado izquierdo del sofá junto a la mesita con el teléfono. Acaban las noticias y dan una de las series policíacas que le gustan, de esas de ahora con su forense abriendo cadáveres. La va siguiendo pero no puede evitar que la mirada se le desvíe hacia el teléfono lo menos una vez por minuto. A la media hora, aprovecha el intermedio publicitario para ponerse el pijama y lavarse los dientes con el resto de sus asuntos de aseo. Vuelve al salón en bata, se sienta otra vez en el sofá y, como aún no han acabado los anuncios, se queda mirando el teléfono. Se reanuda por fin la serie y, a los cinco minutos, desliza su mano derecha bajo el pantalón del pijama, se recorre el vientre y se alcanza. Al cabo de unos segundos piensa que no, mejor que no: si suena el teléfono lo podrá coger antes si tiene el brazo y la mano libres. Una hora después se da cuenta de que se le están cerrando los ojos y decide acostarse. Apaga la televisión y vuelve al teléfono. Como el suyo es un modelo Domo de Telefónica, tiene una tecla que le permite ver las cincuenta últimas llamadas entrantes y salientes; aunque ya lo había comprobado antes, al llegar a casa, repite la operación y ve sólo las llamadas de su madre, su hermano, su amiga Raquel…, lo de siempre. Va hacia la alcoba, se acuesta de cara al supletorio de la mesita de noche y apaga la luz.
A las seis y media le suena el despertador y, sólo abrir los ojos, mira el teléfono de la mesita de noche. Luego, descalza, va al comedor. Comprueba otra vez las últimas llamadas y nada, las mismas que vio anoche. Vuelve a la alcoba, se pone las zapatillas y la bata, y va a la cocina a prepararse el desayuno. Sale con la bandeja al comedor, se sienta de cara al teléfono y abre la tablet. Va a la página de la agenda, que tiene sincronizada con la de su jefe, y se limita a comprobar que, efectivamente, hoy es el día en que toca comer con los empresarios chinos.
Luego, la ducha, sus cosméticos y vuelta a la alcoba para, siempre de cara al teléfono, vestirse como se espera. Sonríe al recordar el mal trago que pasó el nuevo jefe cuando le intentaba explicar cómo quería que vistiera ella en las comidas de negocios:
Usted lo que quiere es un sí pero no.
Exactamente. Me ha entendido usted a la perfección.
Y así se viste, en plan sí pero no, que se le vea lo justo pero se le adivine mucho. Se mira en el espejo de cuerpo entero, vuelve al cuarto de baño para darse un último toque al maquillaje y, antes de salir, comprueba otra vez que la lucecita roja del teléfono del comedor no parpadea avisándola de nuevas llamadas o mensajes en el contestador. Sale al rellano, llama al ascensor y, antes de que llegue, se da media vuelta, abre otra vez la puerta del piso, va hasta el comedor y vuelve a comprobar que la luz roja del teléfono no parpadea. Vuelta al ascensor, que la lleva directa al garaje del edificio.
Conduce por la ruta de cada día y, a los diez minutos, entra en el garaje de la empresa. Saluda al guardia de seguridad, que le contesta sus buenos días y, de propina, añade con la mirada un lo que yo te haría. Sube en el ascensor hasta la planta 14, pasa la tarjeta que marca su hora de entrada, se instala en su mesa, inmediata a la puerta por la que se accede al despacho del jefe, y enciende el ordenador. Es secretaria de dirección de las de verdad, bilingüe con inglés aprendido a base de cursillos en el King’s College y alemán de Heidelberg; sus infinitas pulsaciones por minuto sobre el teclado, su dominio de la taquigrafía… Por eso está muy bien pagada. Además, gusta de su trabajo y se lo toma tan en serio que no piensa en su teléfono: porque durante ese tiempo ella se debe a la empresa y el teléfono es un asunto exclusivo de su casa. Además, ni posibilidad tendría de desviar las llamadas desde su fijo a su móvil: sería inútil porque en la empresa están prohibidos los móviles particulares.
Su relación con el jefe, bien, que cuando entra en su despacho no ocurre ni de lejos lo de las películas pornográficas de serie B. Que el jefe le mira las piernas o el escote, por supuesto, pero cuando de verdad se le cae la baba es oyéndola hablar en alemán si le pide que llame a la central de Frankfurt para aclarar algún asunto. En cuanto a ella… a veces se confiesa que le gustaría llevárselo al terreno de la verdad sólo porque nunca lo ha hecho con alguien que la trate de usted.
Con los chinos… mal. O sea, la comida y los negocios, al decir del jefe, bien. Y lo demás, en apariencia, también: el Mercedes del jefe para ir hasta allí, el restaurante por todo lo alto... Y ella, en su función, siempre al lado del jefe y ejerciendo a la vez de señorita de compañía y de secretaria. Ahora bien, una cosa es que le paguen ese tiempo como horas extras y otra cosa es… porque ella sufría. Acostumbrada como está a mirar el teléfono a mediodía… no es sólo que, por acercarse un momento a casa renunciaría a cobrar las dos horas que va a durar la comida, es que, al poco de servirse el primer plato, ya tenía que contenerse para no mover nerviosamente el culo en la silla, para que no le temblara el pulso con el tenedor… y, además, sonriendo a los chinos. A punto ha estado de levantarse durante el postre, decir que iba a retocarse el maquillaje y… pero no, encontrar un taxi, ir hasta casa a comprobar el teléfono y volver al restaurante… lo menos media hora.
Se tranquiliza al volver a la empresa. Como si fuera el seguro del parchís. Porque vuelve a estar en su horario habitual de tarde, en ese tiempo que no es suyo sino de la empresa: por eso ya no le preocupa el teléfono. Y, como ha sido ella la que ha tenido que conducir el Mercedes de vuelta, está segura de que el jefe está tumbado en el sofá de su despacho echando la siesta. Y contento por el éxito de la comida. Pero ella, a lo suyo hasta las 6. Entonces, entra en el despacho del jefe a despedirse y lo encuentra ya en su sillón giratorio habitual, le dice adiós con una sonrisa, pasa luego la tarjeta para marcar la hora de salida y, dueña ya de su tiempo, pulsa nerviosamente el botón del ascensor. Una eternidad hasta que llega y otra eternidad mientras baja al garaje; pero ella aprovecha para revolver el bolso hasta encontrar las llaves del coche.
Pone el motor en marcha y sale a la calle diciéndose relájate, no es bueno conducir nerviosa, no viene de cinco minutos… pero aún así se salta un semáforo en ámbar. Sin consecuencias. Su garaje y nueva eternidad en el ascensor hasta que se detiene en su planta.
Mete la llave en la cerradura, abre la puerta, enciende la luz del vestíbulo, luego la del pasillo y, por fin, la del comedor. Deja la tablet sobre la mesa, se sienta en el sofá, mira en el teléfono que tiene sobre la mesita de la izquierda…


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