Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 8 de abril de 2016

Pacifista por interés

(Un pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)


Como solían hacer cada viernes, al acabar su jornada de trabajo y, además, la semana, paraban en el bar a tomarse sus cervezas. Tres cañas y, como ellos eran tres, cada uno pagaba una ronda. Así, semana tras semana y año tras año. Pero aquel viernes fue especial para uno de ellos, Enrique. Estaban los tres de pie en la barra, habían pedido su primera ronda y, por su posición, Enrique estaba de cara al exterior y observaba extrañado cómo, poco a poco, la avenida se iba llenando de gente. Hasta que cayó:
—Claro, es la manifestación del ‘No a la guerra’.
Fue su pensamiento en voz alta; y provocó que sus dos compañeros se giraran para mirar también hacia la calle.
—Pues si supieran a qué hemos dedicado la semana…
Dijo Ricardo. Porque trabajaban en una agencia de valores y, en efecto, habían pasado la semana analizando las ventajas que, para España, suponía la participación en la guerra de Irak. Porque se supone que, si se destroza un país, habrá que sacar tajada reconstruyéndolo y, de ahí, la atención especial a las compañías constructoras del Íbex-35. Pero también a las petroleras por la especial sensibilidad del barril de crudo a los conflictos en la zona. Enrique, en concreto, había pasado el día analizando el comportamiento de los mercados durante la guerra  anterior, la llamada primera guerra del golfo cuando Irak invadió Kuwait, para extrapolar los datos a la situación actual. Y por eso estaban en el bar, para despejarse la cabeza de cotizaciones, de gráficos, de mercados de futuros, de líneas que subían y bajaban como montañas rusas…
En eso estaba aún Enrique, pensando en el gráfico del Dow Jones, cuando, siempre mirando hacia la calle, se quedó con la mirada fija en una mujer de espaldas agarrada a un palo que, seguramente, sostendría una pancarta. Más bien se trataba de una chica que no pasaría de los veinticinco. Y más que mirar a la chica sus ojos se mantenían fijos en el culo.
A Enrique le gustaba mirar a las mujeres, sabía mirarlas sin ofender, sin desnudarlas con los ojos; sabía también cruzarse con una mujer hermosa por la calle, mirarla a los ojos y, luego, girarse para mirarle el culo; sabía mirar furtivamente un escote y estaba convencido de que había mujeres que se molestaban si no se lo miraban. Solo que aquel día no sólo miraba aquel culo sino que estaba de tal modo hipnotizado por él que un par de veces tuvieron sus amigos que sacarlo de su ensimismamiento:
­—¿Te pasa algo?
—No, no, sólo ando pensando en esa pobre gente de la calle. En lo inútil de la manifestación que están preparando.
Javier, el tercero de ellos, había pagado las primeras cervezas y Ricardo había pedido inmediatamente otras tres. Enrique seguía pendiente de la calle, veía cómo se iba llenando de personas que acudían a la manifestación y temía que en algún momento el gentío le impidiera ver aquel culo que tanto le atraía.
Había otro detalle en aquel culo. Muchas veces, en el transporte público sobre todo, si veía una mujer de espaldas con un culo bonito ya estaba deseando que la mujer se diera la vuelta para comprobar si la cara le hacía juego. Que a veces ocurre, por supuesto: mujeres feas con culos hermosos y viceversa. Pero en aquella ocasión no ocurría así. La chica seguía de espaldas y quieta, y él deseaba que no se girara para no perder de vista aquel culo. Le daba igual que su anverso fuera una cara hermosa y un escote generoso. Lo que a él le gustaba, más allá de toda lógica y él mismo se lo reconocía, era aquel culo. Con los culos que él habría mirado y admirado en su vida, ¿por qué esa fijación en el de esa chica pacifista?
Cada vez había más gente en la calle y, por momentos, alguien cruzaba o se quedaba parado quitándole a Enrique aquel culo de su campo de visión. Y pensaba en otra cuestión aún: aquel era un culo perfecto, por supuesto, pero los culos, a diferencia de las caras, cuando son perfectos, ¿no son todos iguales? Pueden ser guapas dos mujeres con la cara completamente diferente, redonda la una y ovalada la otra, con la piel blanca o morena, con los ojos de cualquier color, pero ¿dos culos dentro de unos pantalones tejanos? Si son perfectos son iguales. O al menos en eso pensaba Enrique mientras, tras pagar Ricardo su ronda, se apresuraba a pedir la tercera. Porque estaba decidido: no iba a perder de vista aquel culo así como así y, si había de salir a la calle para seguir contemplándolo, lo haría. Por eso pagó ya la ronda, por si la chica se movía y él había de salir precipitadamente.
Entonces, si todos los culos perfectos son iguales, ¿qué tiene ése de especial? Porque, además, le atraía de un modo enfermizo y, tal como creía, sin matiz alguno de erotismo: le gustaba tal como estaba, enfundado en aquellos tejanos, y ni le asaltaba el deseo de ver aquel culo desnudo de ropa ni de darle siquiera un mordisco.
De pronto empezó a oírse un murmullo en la calle que iba creciendo. Ricardo dijo:
—Parece que la manifestación va a empezar.
—Sí, mejor nos vamos. Quien sabe cómo se va a poner luego la circulación.
Se despidieron en la puerta del bar. La manifestación ya había empezado a avanzar por la avenida y Enrique veía cómo se iba alejando aquel culo. Pronto lo alcanzaría. No tenía pérdida porque, efectivamente, la chica sostenía el extremo de una pancarta y ello le servía de referencia. Empezó a caminar entre la gente agachando la cabeza bajo otras pancartas hasta situarse detrás del culo de sus ensueños. Entonces se puso a voz en grito:

—¡No a la guerra!, ¡¡No a la guerra!!, ¡¡¡No a la guerra!!!

No hay comentarios:

Publicar un comentario