Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 24 de abril de 2016

Boris Cyrulnik, Las almas heridas

Cyrulnik, Boris, Las almas heridas (Gedisa, Barcelona: 2015)
Una lectura rara. Como se decidió, en el grupo de lectura del Ateneo de Mahón, leer cada año una obra de ensayo, hela aquí. Pero está a años luz de la lectura de hace dos años, La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine. La presente obra va de psiquiatría sin que tengamos conocimientos suficientes más que para observar que el autor es lacaniano. Lo decimos por la cantidad de veces que lo cita. Muy por encima de Adler, Jung, el mismo Freud o incluso Foucault. De todos modos no nos vemos capaces de dar una visión global de la obra; si acaso, sólo que gira alrededor del concepto de resiliencia, que define como la vuelta a la vida después de un trauma psicológico (232) y entendemos de forma aproximada también como capacidad de resistencia al dolor. Y por esa razón, porque nos cuesta seguir la línea argumental, nos limitaremos a entresacar aquellos aspectos que nos han parecido curiosos:

miércoles, 20 de abril de 2016

Antonia, XVI: La gata

Aquí gustan mucho las historias de terror. Y a mí me gustaría escribir una: que si vampiros, que si monstruos, que si aliens, aunque creo que los aliens ya se han pasado de moda, que era una exageración lo de que a uno le saliera por sorpresa un monstruito de la barriga. Además, ni sé inventarme historias de terror ni historias de nada, que yo sólo cuento lo que me pasa. Y a eso voy, a que una vez me pasó algo que no es exactamente de terror pero sí de miedo. De mucho miedo. O no, que como el miedo sólo lo tenía yo... Y eso es, que si no lo sé explicar bien, en vez de dar miedo daré risa.
El caso es que la gata de una vecina tuvo gatitos y, como no podía con todos, me preguntó si quería uno. Y había una gatita tan mona... Pero primero lo consulté con mi marido, por supuesto, y, como no sabe negarme ningún capricho, me dijo que sí. Total, que me hice cargo de ella y, al principio, como era tan pequeña, le tenía que dar leche metiéndosela en la boca con una jeringuilla. Luego, en cuanto ya estuvo un poco crecida, le compraba latas y galletas de esas que vienen en sacos de papel. Ah, y le puse en el patio su recipiente con arena para que hiciera sus necesidades, que aprendió en seguida.
Hasta aquí todo bien, que no parece que de lo que cuento pueda salir una historia de miedo. Pero un buen día, a media mañana, que yo había acabado con las faenas de la casa y estaba a lo mío con el ordenador en el cuartito, salgo un momento al salón y me veo a la gata en esa postura en que se ponen los gatos y que parecen una esfinge egipcia. Lo curioso es que estaba mirando fijamente al techo y, por más que yo le dijera, no apartaba la vista de allí. Yo miré también a ver si había algún bichito o alguna telaraña que le llamara la atención pero no vi nada. Intenté, incluso, distraerla abriéndole una lata de comida de las que más le gustan pero nada, ni caso. Y así se estuvo hasta casi la hora de comer que, cuando llegó mi marido, se fue hacia él, se metió entre sus piernas y luego se fue directa a comer la lata que le había abierto antes. Y por la tarde, que mi marido no salió de casa, la gata se comportó de forma normal: su ratito de sofá, su otro ratito encima de nuestra cama de matrimonio...
Pero a la mañana siguiente, que yo ya ni me acordaba, cuando me doy cuenta me la vuelvo a ver en la misma postura del día anterior y con la mirada fija hacia el mismo punto del techo. Toda la mañana hasta que llegó mi marido y volvió a comportarse de manera normal. Entonces, a la hora de comer y con mucho tiento para que no se pensara que me había vuelto loca, decido explicárselo a mi marido. ¿Y qué me contesta? Pues nada más y nada menos que es lógico porque, por no sé qué de la longitud de onda o los rayos qué sé yo, los animales ven cosas que las personas no podemos ver. Y me lo dice tan tranquilo. Y cuando le pregunto que por qué se queda mirando sólo cuando él no está en casa me dice que, como es una hembra, le gusta que él esté en casa y entonces está por él y no por lo del techo. Y lo bueno fue eso, que mi marido casi lo vio normal y yo me lo creí a pies juntillas.
Pero una cosa es creérselo y otra... Porque, claro, si la gata veía algo ahí es, como decía mi marido, porque lo había. Entonces me acordé de no sé qué película de terror en que a uno no se le ocurre otra cosa que construir una casa encima de un cementerio indio y, claro... que no sé si es aquella misma película en que una niña se queda presa dentro de la tele. Y de ahí a pensar que lo que veía la gata era un fantasma... Como que llamé a mi padre para preguntarle qué había aquí antes de que edificaran nuestra casa. Porque vivimos en una zona nueva del pueblo. Y mi padre, haciendo memoria, me dijo que en esta zona había eras para trillar después de la siega; pero al aparecer las cosechadoras dejaron de usarse y el ayuntamiento acabó por comprar los terrenos.
Me quedé algo más tranquila pero sólo hasta que volví a ver a la gata mirando al techo. Porque una cosa es que hubiera una era debajo de nuestra casa y otra cosa es saber qué había antes de esa era: ¿no podía haber habido un cementerio en tiempo de los visigodos, o los romanos, o los celtas o los que fueran?; ¿y no podía haber un fantasma o un alma perdida de ese cementerio agarrada al techo del salón esperando qué sé yo para irse de una vez al reino de los muertos?; ¿y no sería eso lo que miraba la gata?
Así que acabé por coger miedo. Cuando estaba mi marido en casa, yo tranquila porque la gata se comportaba de modo normal, pero en cuanto se iba a trabajar por la mañana ya estaba yo muertecita de miedo. Como que hacía las faenas de la casa... que días estuve sin barrer ni fregar ni quitar el polvo del salón por no ver a la gata mirando al techo. Y cuando iba a la compra procuraba ponerme a hablar con las vecinas o las conocidas en la carnicería o la verdulería con tal de estar el máximo tiempo posible fuera de casa. Y lo de que estaba más tranquila con mi marido en casa sí, pero en cuanto nos acostábamos y él, al acabar su ratito de lectura, apagaba la luz, yo me agarraba muy fuerte y procuraba no pensar en las almas de esos visigodos o celtas que seguro que me esperaban en el techo del salón.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Ya he dicho que del miedo que me daba procuraba evitar al máximo el salón y hasta lo cruzaba casi corriendo. Pero un día volvió mi marido de trabajar especialmente cariñoso y, tal como le di el besito en el recibidor, me cogió en brazos, me llevó hasta el salón, me tumbó en el sofá y empezó a desnudarme. Yo me dejé hacer, por supuesto, pero mientras me desnudaba yo miraba de reojo la esquina de la pared con mi fantasma visigodo invisible y me empezó a entrar miedo. Mi marido se desnudó también, se me vino encima muy preparado ya, empezó a darme besitos y mordisquitos y, cuando se me quiso venir dentro, notó que yo no estaba húmeda. Se extrañó, claro, porque yo, cuando él me requiere, enseguida estoy dispuesta. Y se lo tuve que decir: que nos fuéramos a la habitación, que me daba mucho miedo estar en el salón porque me sentía observada por el fantasma del techo.
Luego ya, mientras descansábamos, yo puse la mejilla en el pecho de mi marido y él, mientras me acariciaba, propuso la solución: deshacernos de la gata. Y eso hicimos, que puse un papelito en un tablón de anuncios que hay junto a la puerta del mercado y, al cabo de unos diez días, llamó una señora que después, hablando y hablando, resultó ser prima segunda de mi madre, y se llevó la gatita.
Pero digo yo que aunque ya no esté la gatita mirando fijamente al techo, el fantasma visigodo sigue ahí, ¿o no?

sábado, 16 de abril de 2016

Kenzaburo Oé, Una cuestión personal

Oé, Kenzaburo, Una cuestión personal (Anagrama, Barcelona: 2015)
Una novela que leemos para la tertulia del club de lectura en la librería VaDllibres el sábado 12/3/2016. Diremos que no conocíamos al autor, japonés, más que de nombre del mismo modo que nos ocurrió con Haruki Murakami cuya obra Al sur de la frontera, al oeste del Sol, reseñamos hace poco. Comentaremos:
  • Al protagonista no se le denomina jamás por el nombre sino por un apodo, Bird, que arrastra desde los 15 años (10). Puede éste entenderse como nombre parlante en sentido irónico: nunca emprenderá el vuelo a su espacio deseado desde la primera línea de la obra: Mientras miraba el mapa de África... (7) y se quedará sólo contemplando los mapas que compre (8); y, además, siempre tenderá hacia abajo, hacia el infierno. De su descripción se dice poco y negativo; además es tal y como él mismo se ve al contemplarse en un cristal : Tenía veintisiete años y cuatro meses [...] Era pequeño y delgado [...] Parecía un anciano atleta demacrado [...] no sólo los hombros alzados, como alas plegadas, le asemejaban a un pájaro (10).
  • Los contrastes: mientras Bird mira los mapas de África en la tienda, su mujer está pariendo: Junio, seis y media [...] la esposa de Bird rezumaba sudor por todos los poros de su cuerpo mientras gimoteaba de dolor, ansiedad y esperanza (7). Y no será hasta el  capítulo 8 cuando, por fin, Bird visite a su esposa entes de reunirse definitivamente con ella en el último: Cuando Bird descendió las escaleras [...] Su esposa estaba de pie (187).
  • Las extrañas relaciones entre motivos del texto; por ejemplo, entre el mapa de África o, mejor, la impresión que le produce a Bird, y la enfermedad de su bebé, esa hernia cerebral (30): El continente parecía el cráneo distorsionado de un hombre gigantesco [...] parecía una cabeza muerta en proceso de descomposición [...] parecía una cabeza despellejada (8). Igual ocurre cuando vuelve a dormir a casa la primera noche: tiene una pesadilla en la que se ve en el lago Chad atacado por una extraña criatura un phacochoerus y le despierta el teléfono comunicándole que su mujer ha parido pero Hay ciertas anomalías en el bebé (24).
  • Que así como en otras obras podemos hablar de descenso a los infiernos, en ésta no ocurre así exactamente porque ya se parte de ahí: es un viaje por esos infiernos. Intentamos estructurarlo:
  1. Quizá comience al salir de la tienda y cruzarse con esa extraña mujer que resultará ser un travesti (11) con el que luego piensa que podría haberse ido (12) y que puede guardar relación de simetría con el homosexual Kikuhiko del capítulo 13. Inicia así un recorrido caótico: la calle de los bares baratos (13) que le evoca cómo, tras casarse a los 25 años, permaneció borracho cuatro semanas seguidas [...] a la deriva por un mar de alcohol (13); luego, tras llamar a su suegra desde una sala de juegos pasadas las 7 de la tarde y saber que su mujer aún no ha parido (16), se mete en una oscura calle lateral [...] con prostitutas alineadas (20) y se pelea con una pandilla que le venía siguiendo desde la sala de juegos (19-22) y que volverán a aparecer al final (189); luego se va a casa a dormir.
  2. A la mañana siguiente va al hospital y, tras saber de la anomalía de su bebé, sale y toma la bicicleta tras pensar: Puedes conducir esta bicicleta hasta un paraje desconocido y atiborrarte de alcohol durante cien días (33). Vuelve a casa y al hospital, luego acude a ver a su suegro, profesor universitario, y le da la noticia de la deformidad del bebé con una imagen rara: Tiene la cabeza vendada, como Apollinaire (47). El suegro le regala una botella de Johnny Walker (48) y, al recordar a una compañera de estudios, Himiko, acude en taxi a su casa, en un barrio rodeado de templos y cementerios [...] al final de un callejón (50), la encuentra meditando sobre el universo pluralista (54) y le propone hacerlo con whisky. Será significativa la reacción de Bird al espiar a Himiko mientras se ducha: le vio la espalda, las nalgas y las piernas. La imagen le provocó una repugnancia irreprimible (56). Se queda a dormir con ella la segunda noche y, al despertar, los numerosos demonios que se reproducían en su vientre perforaron sus entrañas (71); y de modo parecido se dirá que los ogros pueblan el sueño de Himiko (72).
  3. Bird tendrá resaca: No hay padecimiento más estéril que la agonía de una resaca: a través de él no puede expiarse el sufrimiento de ninguna persona (73). Vomita: hubiese preferido arrojarse dentro del wáter cuando tiró de la cadena, y ser arrastrado al infierno de la cloaca (74). Va a su trabajo, a dar clase en una escuela universitaria y vomita en medio de la clase (83) a raíz de lo cual luego lo expulsarán (131). Acude al hospital donde le piden 30.000 yenes para hospitalizar a su hijo (92) y piensa en su viaje a África: Tengo... que librarme de él. Además, ¿qué ocurriría con mi viaje a África (95); A excepción de los mapas Michelin, ya no quedaría nada que lo vinculase a África (99). Y en el hospital conoce a un hombre que acaba de tener un bebé sin hígado y que hace deposiciones blancas (93-95). Decide volver a casa de Himiko con intenciones claras -la follaré (100)- a pesar de la repulsión que había sentido al verla desnuda y ella le recrimina: siempre que me pides que me vaya a la cama contigo estás hecho una piltrafa (101). Tras una discusión sobre cuestiones sexuales sobre si Bird teme la vagina y el útero de Himiko (105) se deciden por la sodomía; Bird piensa: a ella le dolería muchísimo, probablemente se rasgaría e incluso sangraría. ¡Quizá ambos se llenaran de mierda! (106). Y, aunque antes Bird había deseado una clase de sexo más malvado, un coito abyecto y vil, un coito basado en la ignominia (107), practican la sodomía y cada convulsión de placer de Bird hacía gritar de dolor a Himiko (108). 
  4. Al día siguiente Bird visita a su mujer en el hospital y ésta teme que Bird vuelva a recaer en un episodio alcohólico o le dé por irse a África (121): A veces pienso que en cada ocasión crucial que se presente, tú estarás borracho o dominado por algún sueño fantástico (121). Luego vuelve con Himiko.
  5. A la mañana siguiente, acude a visitar a Himiko su suegro y les propone vender la casa y marchar a África (156). Himiko empieza a entusiasmarse por África y estudia los mapas (160) mientras a él le ocurre lo contrario: Pero el continente que Bird podía imaginar ahora era desolado e insípido (165). Himiko cree que la pasión por África los une: -En principio nuestra relación se limitaba a lo sexual. He sido un refugio sexual contra tu angustia y vergüenza [...] Pero anoche surgió en mí la pasión por África [...] Nos hemos elevado sobre lo meramente sexual (165): lo que ha ocurrido en realidad es que Bird habrá desplazado hacia Himiko su pasión por África pues será ésta quien parta hacia allí sin él (188).
  6. Pero antes de ello se produce un episodio entre anagnórisis y reencuentro a tres entre Himiko, Bird y Kikuhiko, amigo de juventud de Bird (vid. infra) que ha montado un bar, un antro de maricas (183): El dramatismo de este reencuentro no lograba despertar las emociones internas de ninguno de ellos (181). Y, tras ello, un final algo brusco por el que Himiko se ha ido a África mientras Bird vuelve al seno familiar y operan con cierto éxito al bebé, cuya dolencia no parecía ser tan grave. Quizá la frase clave que podría cerrar la novela es la que su suegro le dice a Bird: Esta vez sí que hiciste frente a los problemas (188).

  • El alcohol será una constante: piensa sobre sus cuatro semanas borracho (13): muchas veces se preguntó cómo pudo permanecer borracho durante setecientas horas. Pero nunca llegó a una respuesta definitiva. Y mientras su descenso a los abismos del whisky constituyera un enigma, cabía un riesgo constante de caída repentina (14); Varias semanas viviendo como un cavernícola, encerrado entre grutas de whisky (121). Cuando lee que también en las aldeas africanas son frecuentes celebraciones a base de alcohol, piensa que también allí están insatisfechos y, reconociendo que él también lo está, se cuidaba de no volver a recaer en el alcohol (14). Luego comparte una botella de whisky con Himiko (48ss).
  • Hay otros personajes presentados también como monstruos: el médico con un ojo de cristal se convierte en el doctor de un solo ojo (34). Himiko, al ir a beber whisky frunció el labio inferior, como un orangután que prueba un sabor nuevo (57). El doctor con ojos de tortuga [...] brutal y altanera (94).
  • Y hay también personajes que pueden concebirse en red: 1) el marido suicida de Himiko: ella llama a Bird y fue él quien liberó el cuello del ahorcado y quien ayudó a bajarlo al suelo (110). La tercera noche, antes de dormir, Bird pensará: El marido muerto soy yo [...] Pero yo no me suicidaré (110). 2) Kikuhiko, un amigo de junventud de Bird: tuvieron una experiencia extraña [...] Habían aceptado el trabajo de atrapar a un loco fugado de un manicomio [...] El loco creía que el mundo real era el infierno y temía a los perros porque los consideraba demonios disfrazados (123): hasta aquí, el loco guarda semejanzas con Bird (71, 74) y, cuando a la mañana siguiente Bird encontró al loco ahorcado en una colina (124) la semejanza es con el marido de Himiko. Por lo demás, como Kikuhiko abandona la búsqueda, Bird le recuerda la aventura que había tenido con un homosexual norteamericano (124) y ello será procedente cuando el personaje reaparezca al final. 3) Delchef, agregado en la legación diplomática de un pequeño país socialista de los Balcanes que vive con una chica menuda, extraña y pálida (80), luego joven depravada (132), trasuntos de Bird y Himiko. Bird irá a buscarlo y Delchef se niega a volver: Mi amiga quiere que permanezca aquí (152). 4) El padre de Bird, también suicida: se disparó en la cabeza con una pistola; y al contar la anécdota Himiko le dice: -No te suicidarás, Bird. ¿De acuerdo? (137); y para culminar con en motivo del suicidio, la alusión a un animalillo, similar a una rata, el lemming; a veces los lemmings se suicidan en masa (174).
  • Hay otras imágenes de descenso a los infiernos como la referida a la cueva de Tom Sawyer: Lo que experimento ahora es como cavar en solitario el pozo vertical de una mina, recto hacia abajo, hacia una profundidad sin esperanzas (144). O el episodio de una novela africana que cuenta Himiko sobre demonios encarnándose en bebés (160).

martes, 12 de abril de 2016

Françoise Sagan, Bonjour Tristesse, II (segunda parte)

La presente entrada, dedicada a la segunda parte de la novela es continuación de esta otra. dedicada a la primera. Comentaremos:
    • El aspecto más introspectivo de esta parte con un desdoblamiento inicial de la narradora: de un lado, la crainte, l'hostilité que m'inspirait Anne (72); del otro, la posibilidad de que ello se justifique por ser une petite jeune fille égoïste et gâtée en veine de fausse indépendance (72). Por momentos se siente culpable de sus sentimientos respecto a Anne: je la suppliais tout bas de me pardonner [...] je m'en détestais (73); Je tremblais de remords devant Anne (83). Y aparece todo un análisis de estados de ánimo: La netteté de mes souvenirs à partir de ce moment, m'etonne. J'acquérais une conscience plus attentive des autres, de moi-même [...] Je passais par toutes les affres de l'introspection (71). Llega, incluso, a posiciones difíciles de entender: Je ne cherchais pas à revoir Cyril, il m'eût rassurée, apporté quelque bonheur et je n'avais pas envie; de ahí que j'étais triste, desorientée (77); aunque luego, a preguntas de su padre le responderá que sí es feliz aunque acto seguido piensa en hablarle del bonheur perdu (107). Del otro lado, es justamente Elsa quien se preocupa de si Raymond était heureux (79). Y, en todo caso, la narradora ve a Anne renversée dans la chaleur du plaisir, du bonheur (82); en resumen y a partir del título: la tristeza de la narradora se opone a la felicidad de su padre, de Anne y también de Elsa: Elle avait le sourire heureux (90). Y otra de sus contradicciones consiste en querer convertirse en Anne tras la aprobación del bachillerato: je serais intelligente, cultivée, un peu détachée, comme Anne (85); je voulais devenir célèbre et assommante (87).

viernes, 8 de abril de 2016

Pacifista por interés

(Un pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)


Como solían hacer cada viernes, al acabar su jornada de trabajo y, además, la semana, paraban en el bar a tomarse sus cervezas. Tres cañas y, como ellos eran tres, cada uno pagaba una ronda. Así, semana tras semana y año tras año. Pero aquel viernes fue especial para uno de ellos, Enrique. Estaban los tres de pie en la barra, habían pedido su primera ronda y, por su posición, Enrique estaba de cara al exterior y observaba extrañado cómo, poco a poco, la avenida se iba llenando de gente. Hasta que cayó:
—Claro, es la manifestación del ‘No a la guerra’.
Fue su pensamiento en voz alta; y provocó que sus dos compañeros se giraran para mirar también hacia la calle.
—Pues si supieran a qué hemos dedicado la semana…
Dijo Ricardo. Porque trabajaban en una agencia de valores y, en efecto, habían pasado la semana analizando las ventajas que, para España, suponía la participación en la guerra de Irak. Porque se supone que, si se destroza un país, habrá que sacar tajada reconstruyéndolo y, de ahí, la atención especial a las compañías constructoras del Íbex-35. Pero también a las petroleras por la especial sensibilidad del barril de crudo a los conflictos en la zona. Enrique, en concreto, había pasado el día analizando el comportamiento de los mercados durante la guerra  anterior, la llamada primera guerra del golfo cuando Irak invadió Kuwait, para extrapolar los datos a la situación actual. Y por eso estaban en el bar, para despejarse la cabeza de cotizaciones, de gráficos, de mercados de futuros, de líneas que subían y bajaban como montañas rusas…
En eso estaba aún Enrique, pensando en el gráfico del Dow Jones, cuando, siempre mirando hacia la calle, se quedó con la mirada fija en una mujer de espaldas agarrada a un palo que, seguramente, sostendría una pancarta. Más bien se trataba de una chica que no pasaría de los veinticinco. Y más que mirar a la chica sus ojos se mantenían fijos en el culo.
A Enrique le gustaba mirar a las mujeres, sabía mirarlas sin ofender, sin desnudarlas con los ojos; sabía también cruzarse con una mujer hermosa por la calle, mirarla a los ojos y, luego, girarse para mirarle el culo; sabía mirar furtivamente un escote y estaba convencido de que había mujeres que se molestaban si no se lo miraban. Solo que aquel día no sólo miraba aquel culo sino que estaba de tal modo hipnotizado por él que un par de veces tuvieron sus amigos que sacarlo de su ensimismamiento:
­—¿Te pasa algo?
—No, no, sólo ando pensando en esa pobre gente de la calle. En lo inútil de la manifestación que están preparando.
Javier, el tercero de ellos, había pagado las primeras cervezas y Ricardo había pedido inmediatamente otras tres. Enrique seguía pendiente de la calle, veía cómo se iba llenando de personas que acudían a la manifestación y temía que en algún momento el gentío le impidiera ver aquel culo que tanto le atraía.
Había otro detalle en aquel culo. Muchas veces, en el transporte público sobre todo, si veía una mujer de espaldas con un culo bonito ya estaba deseando que la mujer se diera la vuelta para comprobar si la cara le hacía juego. Que a veces ocurre, por supuesto: mujeres feas con culos hermosos y viceversa. Pero en aquella ocasión no ocurría así. La chica seguía de espaldas y quieta, y él deseaba que no se girara para no perder de vista aquel culo. Le daba igual que su anverso fuera una cara hermosa y un escote generoso. Lo que a él le gustaba, más allá de toda lógica y él mismo se lo reconocía, era aquel culo. Con los culos que él habría mirado y admirado en su vida, ¿por qué esa fijación en el de esa chica pacifista?
Cada vez había más gente en la calle y, por momentos, alguien cruzaba o se quedaba parado quitándole a Enrique aquel culo de su campo de visión. Y pensaba en otra cuestión aún: aquel era un culo perfecto, por supuesto, pero los culos, a diferencia de las caras, cuando son perfectos, ¿no son todos iguales? Pueden ser guapas dos mujeres con la cara completamente diferente, redonda la una y ovalada la otra, con la piel blanca o morena, con los ojos de cualquier color, pero ¿dos culos dentro de unos pantalones tejanos? Si son perfectos son iguales. O al menos en eso pensaba Enrique mientras, tras pagar Ricardo su ronda, se apresuraba a pedir la tercera. Porque estaba decidido: no iba a perder de vista aquel culo así como así y, si había de salir a la calle para seguir contemplándolo, lo haría. Por eso pagó ya la ronda, por si la chica se movía y él había de salir precipitadamente.
Entonces, si todos los culos perfectos son iguales, ¿qué tiene ése de especial? Porque, además, le atraía de un modo enfermizo y, tal como creía, sin matiz alguno de erotismo: le gustaba tal como estaba, enfundado en aquellos tejanos, y ni le asaltaba el deseo de ver aquel culo desnudo de ropa ni de darle siquiera un mordisco.
De pronto empezó a oírse un murmullo en la calle que iba creciendo. Ricardo dijo:
—Parece que la manifestación va a empezar.
—Sí, mejor nos vamos. Quien sabe cómo se va a poner luego la circulación.
Se despidieron en la puerta del bar. La manifestación ya había empezado a avanzar por la avenida y Enrique veía cómo se iba alejando aquel culo. Pronto lo alcanzaría. No tenía pérdida porque, efectivamente, la chica sostenía el extremo de una pancarta y ello le servía de referencia. Empezó a caminar entre la gente agachando la cabeza bajo otras pancartas hasta situarse detrás del culo de sus ensueños. Entonces se puso a voz en grito:

—¡No a la guerra!, ¡¡No a la guerra!!, ¡¡¡No a la guerra!!!

lunes, 4 de abril de 2016

Fedor Dostoyevsky, El Jugador

Dostoyevsky, Fedor, El Jugador (Bruguera, Barcelona: 1980)
Una lectura de cara a la tertulia del Ateneo de Mahón del día 16/2/2016. Y por algún lado de este blog ya hemos alabado la labor que en su día hizo la editorial Bruguera, en la que leemos la novela, a la hora de difundir... de difundirlo todo.
La obra es de 1866 y lo digo para situarnos: porque el tipo de personaje, por su marginalidad -vicio, enfermedad, locura- apunta hacia el Naturalismo, esto es, hacia el momento en que la novela pasa de prestar atención a la realidad a atender los aspectos más sórdidos de ésta. Comentaremos:
  • A pesar de lo que acabamos de decir, la obra se sitúa en ambiente aristocrático, en una ciudad alemana de nombre parlante, Ruletenburgo. Y sus espacios dominantes serán un hotel aristocrático, y el casino; con el final de la novela en París y un epílogo con el protagonista rodando caóticamente por las ciudades con balneario y casino: Fui [...] a Homburg, pero volví a Ruletenburgo, y estuve en Spa, incluso en Baden (238).
  • Las líneas generales de la novela apuntan en una dirección: el dinero -y el juego, su variante- como elemento que disuelve las relaciones personales.
  • Está narrada en primera persona y el planteamiento inicial de la novela es amoroso: el narrador, Alexéi Ivanóvich, está enamorado de Polina -hasta en sueños la tenía ante mis ojos (18); la quiero locamente y me permite hablarle de mi pasión (31)- que, no sólo no le corresponde sino que lo utiliza y lo desprecia: No podría expresar mejor su desprecio que dejándome hablar libremente y sin censura de mi amor (31). Y la ama tan ciegamente que incluso afirma: me niego a comprender qué hay de bueno en ella (65). Tendrá celos en algún momento: ¡Polina y Des Grieux! Dios mío, ¡qué comparación! (168). Más tarde conoceremos más detalles a propósito del narrador: que es el preceptor de los hijos del general, que tiene veinticinco años, es noble y licenciado por la universidad  (73).
  • La preocupación por el dinero mueve a los personajes. Así, Polina había enviado al narrador a París a empeñar sus joyas y el dinero no le basta: -Necesito dinero como sea -me dijo-, tengo que encontrarlo; de lo contrario estoy perdida (14); luego lo manda a jugar de su parte porque Necesito dinero por encima de todo (18). El narrador juega, lo pierde todo (39-41) y Polina le explica por qué necesita dinero: Tomé dinero prestado y quisiera devolverlo. Tenía la extraña y loca idea de que iba a ganarlo aquí, en las mesas de juego (51).
  • Se crean lazos extraños entre los personajes. Polina es hijastra del general, que está enamorado de Mlle. Blanche (60). Están pendientes de la muerte de la abuela (15, 34). El general, para heredar, porque debe al marqués Des Grieux 30.000 rublos que le ha prestado, al parecer, para ocultar un desfalco (33); se los ha prestado contra hipoteca de todos sus bienes, incluida la finca, y como no se muera la abuela entrará en posesión de todo (49-50; 185) como así ocurrirá (232). Mlle. Blanche de Cominges está, a su vez, pendiente de la fortuna del general para casarse con él: Todo depende de la fortuna de la familia, es decir, de que el general pueda mostrarles mucho dinero. Si se recibiera la noticia de que la abuela no ha muerto, estoy seguro de que Mlle. Blanche desaparecería (36). Pasa por pariente del marqués Des Grieux, está acompañada de su madre (84) aunque se duda de todo ello: es muy posible que el marqués no sea pariente suyo, y que su madre no sea su madre (36): luego se sabrá que no se llamaba de Cominges sino du Placet (234). Y la sorpresa será total cuando aparezca la abuela en el hotel mismo y pierda una gran cantidad en el casino (103ss.): La aparición de la abuela, en lugar del telegrama esperado con tanta impaciencia anunciando su muerte -y, por lo tanto,la herencia que les dejaba-, había deshecho [...] todo el sistema de proyectos y decisiones ya tomadas (142). De ahí que el general ruegue al narrador que la haga desistir de ir al casino (149).
  • Esa tal Mlle. Blanche es figura que contrapesa a Polina. Se da de ella una descripción física muy positiva: Tendrá unos veinticinco años. Es alta [...] Hermoso pecho y cuello [...] los cabellos negros [...] Los ojos negros [...] Sus manos y sus pies son admirables (35). Curiosamente, la descripción de Polina se dará más tarde: es bonita [...] Alta y esbelta. Demasiado delgada [...] Sus cabellos, de un ligero tono rojizo (65).
  • Se presenta toda una teoría sobre el modo de jugar: Un caballero, por ejemplo, puede jugarse cinco o diez luises [...] pero por el propio juego, por puro entretenimiento, por el placer de observar el proceso de ganancias y pérdidas, pero jamás interesándose por el dinero [...] no por el deseo plebeyo de ganar (24). O sobre el cálculo de probabilidades en la ruleta: Suele ocurrir, por ejemplo, que tras las doce cifras centrales, salgan las doce últimas (40).
  • Se analiza también la psicología del jugador: el narrador, tras jugar con el dinero de Polina y perder, afirma: Sigo plenamente convencido de que en cuanto juegue para mí, ganaré sin falta (53). La abuela, junto a la ruleta, le dice: -¿Crees que no he visto cómo te brillaban los ojos? (140). O las reflexiones del narrador: Me encariñaba con determinadas cifras y probabilidades, mas pronto las abandonaba y volvía a hacer las posturas casi inconscientemente (197); fui a la ruleta, ¡Cómo me latía el corazón. No era dinero lo que yo ansiaba [...] oigo ya el tintineo de las monedas esparcidas y me siento desfallecer (239); puedo jurar que se experimenta una sensación particular cuando uno está solo, en un país extraño arriesga (y) su último florín (252).
  • Y se da el caso de varios personajes que pierden mucho en el casino: el general, tras jugar a rojo o negro y ganar a base de doblar pierde de repente 1.200 francos: Se apartó sonriente, con pleno dominio de sí mismo (25, en oposición a lo que le ocurrirá más adelante). El narrador que, jugando para Polina y ganando considera que Era el momento de irme, pero una extraña sensación se apoderó de mí [...] Hice la máxima apuesta permitida, cuatro mil florines, y los perdí. En un arrebato saqué el resto, repetí la jugada y de nuevo perdí (41). La abuela, que gana cuatro mil florines sobre todo apostando repetidamente al cero en la ruleta contra los consejos del narrador (132-136); más tarde volverá, perderá, realizará valores con cambio usurario (160) y, al perder tanto que se queda sin dinero para el viaje de vuelta, se encara con el general: He malgastado mis cuartos y no los vuestros (164); más tarde, cambiando más valores, pierde otros diez mil rublos (169) y, así, hasta que acabó de perderlo todo definitivamente (173). Y el narrador, que gana treinta mil florines (197) o doscientos mil francos (203) pero se los funde con Mlle. Blanche en París; fui al casino y en dos posturas perdí mil quinientos florines (240).
  • En cuanto al tiempo, se producen dos saltos marcados: El primero de casi un mes: Ha transcurrido casi un mes sin que volviera a tocar estas notas (171). Se anuncia que en ese lapso ha sobrevenido una catástrofe [...] cien veces más brusca e inesperada de lo que yo pensaba y que todo se desvaneció como un sueño, hasta mi pasión (171). Y se explica lo que ha ocurrido: que Mme. Blanche huye del general y se relaciona con un príncipe: Se descubrió pronto que el príncipe no tenía donde caerse muerto (179); que el general ruega al narrador que fuera inmediatamente a ver a mademoiselle Blanche y le implorara, le exhortara a volver con él, a casarse con él (184); que el narrador, tras ganar en el casino, se encuentra en su habitación con Polina muy nerviosa con arrebatos de ternura y amor (206) pero él, desde el mismo instante en que la víspera había tocado la mesa de juego y había empezado a ganar los fajos de billetes, desde ese instante mi amor quedó relegado a un segundo plano (213); que el narrador acaba yéndose a París con Mlle. Blanche, gastándose los doscientos mil francos ganados -Estuve allí algo más de tres semanas solamente, y en ese tiempo me gasté mis cien mil francos [...] los otros cien mil se los di a mademoiselle Blanche (221)- y emborrachándose con champán (222-223); que el general, al que había dado un ataque al saber la marcha de Mlle. Blanche (228-229), acude a París después de que otra persona de su círculo, el inglés Mr. Astley, le huiera pagado la factura del hotel (231) y se casa por fin con Mlle. Blanche que lo explota haciéndole firmar pagarés a favor de su amante (233). El segundo lapso es más largo: Ya hace un año y ocho meses que no he vuelto a coger estas notas (237). El narrador se ve en el punto más bajo de su trayectoria: soy peor que un mendigo [...] He echado a perder mi vida (237); rueda de ciudad en ciudad, cae preso: Estuve en la cárcel en Ruletenburgo por una deuda. Un desconocido la pagó. ¿Quién? ¿Míster Astley? ¿Polina? (238); y se encuentra por azar con Mr. Astley que le da cuenta de la trayectoria de algunos personajes y ello sirve de epílogo a la novela: Actualmente miss Polina viaja con la familia de mi hermana, que se ha casado. Sus pequeños hermanos tienen la suerte asegurada gracias a la abuela, y están estudiando en Londres. Su padrastro, el general, ha muerto hace un mes en París, a consecuencia de una apoplejía. Mademoiselle Blanche le trató bien pero consiguió poner a su nombre todo lo que la abuela le dejó (245-246); le cuenta, por fin, que Polina está en Suiza y que le amaba: ella le amaba a usted, y ahora puedo decírselo porque usted es un hombre perdido (249). Y termina la novela de forma indecisa con el narrador queriendo ir en busca de Polina: Ahora lo principal es Suiza; pero tentado por el juego: ¡Tengo un presentimiento, no puedo equivocarme! Dispongo de quince luises (251). Juega y a los veinte minutos salía del casino con ciento setenta florines en el bolsillo (252).