Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 3 de marzo de 2016

Necesito confesarte algo

(Otro pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)
1 de febrero de 2016
Apreciadísima María Ángeles
Necesito confesarte algo: que casi sin darme cuenta se me había ido formando una bola en el estómago. Y es ésta una manera de empezar como cualquier otra, por esa bola. Al principio la sentía a ratos, primero pequeña y hasta podía localizarla por las paredes internas del estómago. Corría el tiempo, se iban repitiendo una y otra vez las ocasiones y la bola acabó por instalarse definitivamente y convertirse en algo con lo que no me podía acostumbrar a vivir.
Necesito confesarte muchas cosas: que, cuando empezamos, no daba importancia a tus manías. Al contrario, hasta me hacían gracia. ¿Recuerdas aquel día cuando, de novios, me echaste en cara haber mirado a una mujer con la que nos cruzamos en la calle? Me giré para mirarla y te contesté que ni me había fijado en ella pero sí, su escote, su culo… Ahora te confieso que, cuando días después tuvimos la oportunidad de unir nuestros cuerpos y te pusiste encima, yo cerré los ojos y era en ella en quien pensaba mientras te movías rítmicamente.
Y ya que estoy, aprovecho también para confesarte eso: eres muy buena en la cama. Tanto debajo como encima. Tanto gozando pasiva cuando juego con mis labios y mi lengua en tu cuerpo como activa con tus labios y tu lengua en el mío. Sí, eres muy buena. Sin embargo…
Necesito confesarte tantas cosas…: porque lo mismo ocurría en la autopista. Si adelantaba a otro coche y, al rebasarlo, miraba a la derecha y era una mujer quien conducía, nueva bronca. Pero si esa mujer era guapa, aunque no le hubiera visto ni el escote ni el culo, la incluía en mi imaginario para la siguiente vez en que nos pusiéramos uno encima del otro.
¿Y el número que me montaste cuando me cogiste a escondidas el móvil? Te diste cuenta de que en la agenda tenía anotadas las fechas de nuestros aniversarios, del día en que nos hicimos novios y del día en que nos casamos. Que si por qué lo tengo apuntado, que si es ésa la importancia que le doy a nuestra relación, que si nadie olvida esas fechas… Pues, ¿qué quieres que te diga si yo no tengo la memoria que tienes tú?
Así iba creciendo la bola, así me iba ocupando. Se iba endureciendo, cada vez pesaba más y me era más difícil de sobrellevar.
Más tarde decidí apagar siempre el móvil antes de llegar a casa no fuera a llamarme alguien y tener luego que darte las mil explicaciones. ¿Y el portátil? Contigo aprendí algo que todo el mundo sabía, todos menos yo: que pinchas en una pestaña que se llama histórico y aparecen todas las páginas web que has visitado desde ni se sabe cuándo.
Es a propósito de eso, sobre todo, que quiero confesarte… pero mejor lo dejo para el final.
También te confesaré que estuve buscando una solución. Que fui al psiquiatra en un par de ocasiones. No por mí, aunque ya estaba empezando a desquiciarme, sino por ti. O, mejor, para encontrar una explicación. O una solución. Lo ideal, claro está, hubiera sido llevarte a ti pero era prácticamente imposible. Según tú, quien estaba mal era yo y por eso miraba a todas por la calle y olvidaba las fechas de nuestros aniversarios. Celopatía, falta de confianza en ti misma… me dijo el psiquiatra; eso tenías. Y que te hiciera sentir deseada y valorada. Pero ya era tarde.
Quererte sí que te quise; al menos cuando nos casamos. Pero luego, con ese tener que estar siempre pendiente de todo para que no me la liaras, con ese tener que andar por la calle a tu lado mirando al suelo para evitar toda discusión… Así, por más voluntad que uno le ponga, acaba por dejar de querer al amor de su vida. Y desearte… bueno, aunque ahí entra más la naturaleza y tu cuerpo es quizá lo único que no te falla… pero eso también se resiente. Había veces en que lo hacía con odio y, si me preguntas si es posible desear y odiar a la vez, te diré que sí lo es. Incluso vaciarme con odio en las entrañas.
¿Y lo de Luisa? Ahí se resume todo. Eso es lo que he dejado pendiente antes y lo que de verdad te quiero confesar. Quizá no recuerdes quién es Luisa. Es la de dentro de mi portátil. Lo que te decía antes de la pestaña esa de histórico con las páginas visitadas. Esa Luisa, la que me descubriste un día en una página remota de correo, una página alemana, que hasta esos extremos llegaba yo, aquella página que abriste combinando los números de nuestra tarjeta de crédito para dar con la clave. Hace dos años, sí, y con esa memoria que tienes seguro que te acuerdas. Yo siempre borraba, por si acaso, nuestros mensajes, pero aquel día, como ella me acababa de escribir, leíste su texto y, debajo, el mío, aquello de que yo acababa de ir al dentista para hacerme un implante y así poder morderla mejor; y su contestación era que se dejaría morder donde yo quisiera. ¿Te cuento cuántas veces la he mordido ya? Sí, ya sé, te dije que era colombiana y que trabajaba en el ayuntamiento de Caracas, que acostumbrado ya a mentir, te lo dije así de rápido y no te diste cuenta de que había confundido Caracas con Bogotá.
Pues no, te confieso que esa Luisa es de aquí y vivía a cuatro estaciones de metro. Pero antes de entrar en más detalles de ella, quiero contarte lo de aquella misma noche después del escándalo que me montaste. Ya acostados, tú dormías y yo me levanté para vomitar la cena. Lo que te decía de la bola en el estómago. Sin embargo, al salir del cuarto de baño, sentí algo que debe parecerse a la iluminación celestial. Algo que me dijo que durmiera en el sofá, lejos de tu alcance. Ya te digo: dos años hace ya. Dos años decidiéndome, dos años planeándolo minuciosamente. Con lo fácil que era. Se trataba sólo de desaparecer, de huir de tu lado. Y aquella noche en el sofá, al tener la idea… ése fue el primer paso. Ya no siento esa bola en el estómago y seguro que fue entonces, tumbado en el sofá, cuando empezó a disolverse.
Y lo de que Luisa era colombiana o venezolana… seguro que te imaginarías una india con un poncho. Pues no, es de Burgos. Y ya no está a cuatro estaciones de metro sino que la tengo aquí a mi lado. Tan respetuosa con mi móvil o mi portátil que ni por un momento me ha preguntado qué o a quién estoy escribiendo. Ya sabrás apreciar la diferencia. Y ahora la voy a atender y ya imaginas cómo. Quizá no sea tan buena como tú, pero al menos con ella mantengo los ojos abiertos, sé que es ella la que está conmigo y no necesito imaginar a otra.
En resumen: no me esperes a comer, ni a cenar; mañana tampoco, ni al otro…
Tu marido,

Enrique

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