Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 7 de marzo de 2016

Acorralada

(Otro pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)

¿Te acorralo?
Otras parejas, otros matrimonios, tendrán sus propias frases, pero la nuestra es ésa. En cuanto él dice ¿Te acorralo? ya me tiene completamente húmeda y, aunque estemos viendo la tele y la película esté en lo más interesante, corremos a acorralarnos mutuamente:
Ya te tengo bien acorraladita…
Efectivamente. Difícil sería escaparme si él está encima con una mano a cada lado sobre la cama y sus brazos impidiendo que me escape por la derecha o por la izquierda. Además, ¿para qué escaparme si lo miro a los ojos y también me acorralan?
—Y  yo también te tengo bien acorraladito.
Le contesto mientras le comprimo dentro de mí y le clavo los talones para empujarlo aún más adentro.
Y ese acorralarse, acorralarnos, viene de una anécdota de nuestra prehistoria, de la época del instituto. Catorce años tendríamos y un día, como llovía a la hora del recreo y no podíamos salir al patio, mis amigas y yo nos quedamos en un rincón del pasillo a hablar de nuestras cosas mientras nos comíamos el bocadillo. Y se acercó a nosotras. Yo sabía que le gustaba y mis amigas también lo sabían. Pero él a mí no, no me gustaba, qué se le va a hacer.
—Pues bien tonta que eres. Con lo guapo que es.
—Si yo lo pillara le explicaba el mundo y algo más.
Y eso era sólo lo más decente que mis amigas decían de él. Sin embargo no, no me convencían. Pero a veces las amigas… porque aquel día en que él se nos acercó, no sé cómo fue, porque él se habría puesto de acuerdo con ellas o por lo que fuera, el caso es que, sin casi darme cuenta, se habían ido escabullendo una a una de mi lado; hasta que al final me encontré sola frente a él. Acorralada en el rincón, que puso una mano en cada pared y sus brazos a la altura de mi cuello:
—Podríamos ser buenos amigos tú y yo.
Me agaché, pasé la cabeza bajo su brazo derecho y me escapé:
—Un día no te será tan fácil huir de mí.
Las amigas, claro, partiéndose de risa al otro lado del pasillo. Pero así fue la primera vez que me acorraló y… quién iba a decir que luego serían tantas y tantas. Y las que me quedan... Porque fue al recordar mucho después, ya de novios formales, esa anécdota cuando nos dio la risa y nos vino la idea de incorporar lo de acorralar a nuestro vocabulario especial:
—¿Te acorralo?
Que si me lo dice en casa no pasa nada porque acudimos rápido a acorralarnos pero, ¿y si me lo dice en el supermercado por provocar? Hubo una vez que salimos de compras al centro –un sábado sería- y, al bajar del autobús me la soltó en medio de la calle:
­—¿Te acorralo?
Y no paré hasta que lo convencí para coger otra vez el autobús de vuelta a casa y que me cumpliera poniéndome acorraladita y bien acorraladita. Y dejamos las compras para el sábado siguiente.
Ah, y ¿qué pasó en el instituto desde ese día en que no me dejé acorralar hasta que sí, hasta que… bueno, hasta que nos hicimos novios? Pues me diréis que entonces yo era tonta y, cuando lo pienso, es que sí, que era muy tonta. Porque una semana después de lo que he contado, de la anécdota en que me escabullí de él, voy y me lo veo acorralando a otra chica. Me dio un ataque de celos como para arrancarle los ojos a la otra y darle a él dos bofetones bien dados. Y es que hay que ser tonta para huir de un chico y luego ponerse celosa si lo ves con otra. Porque celos, lo que se dice celos… como que me pasé una semana llorando cada noche; y me dio de tal manera que, si lo pienso, aún hoy me sigue cayendo gorda aquella chica y eso que la pobre no tenía la culpa de nada. Pero fue sólo una semana de lloriqueo hasta que se me encendió una chispita, me paré a pensar y acabé por proponerme que aquel chico sería mío al precio que fuera; y al precio que fuera significaba lo que significaba, o sea, que si había de pillarlo y explicarle el mundo, como decía mi amiga, lo pillaba y se lo explicaba en colores y, si además tenía que abrir las piernas para explicárselo, pues las abría.
Y así fue. Bueno, que lo conquisté sí, pero que tuve que separar las piernas para conseguirlo no, eso no, que vino mucho más tarde. ¿Y cómo lo hice? Primero poniéndome a tiro, o sea, separándome de las amigas a la hora del recreo en el patio o dentro del instituto si llovía. Paseaba yo sola con mi bocadillo en la mano y, a veces, me paraba en los rincones. Pero nada, que no venía a acorralarme. Entonces me dije: —Pues ahora verás. Y vaya si vio. Como que un día estaba en el patio apoyado en la pared mirando cómo los más pequeños jugaban al fútbol y me fui decidida hacia él. En realidad no tan decidida, que antes pasé un par de veces por delante sin atreverme. Pero a la tercera sí, me paré frente a él y apoyé, para acorralarlo, las manos contra la pared pero más abajo de lo que él las había puesto; para que no se me pudiera escapar por debajo de los brazos. Lo miré a los ojos y le dije:
—¿Y ahora qué?
Pero no le di tiempo de contestar porque lo besé a lo peliculero y metiéndole la lengua. Ah, y avancé la pierna un poco por si se quería restregar, que eso se lo veía hacer disimuladamente a las chicas mayores cuando se ponían con sus achuchones por los rincones del patio. Pero no quiso o no se atrevió. Sólo me dijo:
—Besas muy bien
—Y tú más.
Y así empezó todo porque, como nos había visto mucha gente, al momento corrió la voz y en seguida nos dieron ya como novios. Casi como eso que dicen de que una mentira muy repetida se convierte en verdad: quizá nos hicimos novios así, a base de oírselo decir a los demás. Aunque claro, también es cierto que dos días después viene y me pregunta:
—¿Te acompaño a casa?
Aunque él vivía en la dirección contraria. Me dejé acompañar, nos dimos la manita, que es como juntar los labios pero de otra manera, y, al llegar a mi portal, le digo:
­—Pero aquí no me acorrales, que si nos ve algún vecino…
No me dejó acabar la frase porque me estampó un beso bien ruidoso, me puse boba y, como día tras día fuimos perdiendo la prudencia y yo me dejaba acorralar largo y tendido en mi mismo portal, al cabo de poco se enteraron mis padres y tuve que presentárselo. Entonces nos convertimos ya en novios formales y, bueno, lo normal, que al cabo de los años nos casamos y hasta ahora, que voy a parar ya porque está a punto de llegar a casa y, con lo que acabo de contar, me han entrado ganas de… bueno, más bien tengo el dilema de si decirle ¡Acorrálame!  o preguntarle ¿Te acorralo? Que no sé si viene a ser lo mismo.

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