Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 31 de marzo de 2016

Pere Gomila, Geografies del vent

Gomila, Pere, Geografies del vent (Arrela, Maó: 2015)
Leemos el presente poemario para la tertulia del club de lectura de la Biblioteca pública de Mahón del día 30/3/16. Y lo primero que diremos es que nos choca que por la solapa diga que el autor, que por cierto mantiene este blog, es de formación autodidacta: aparte otros muchos datos que apuntan en dirección contraria, sólo ver -sin necesidad de leer- la página 57 se descubre que estamos ante un soneto; y hace falta mucho autodidactismo para llegar al soneto...

domingo, 27 de marzo de 2016

Manuel Rivas, El último día de Terranova

Rivas, Manuel, El último día de Terranova (Alfaguara, Barcelona: 2015)
Otro libro que leemos para el club de lectura de la librería VaDLlibres de Ciutadella; en concreto para la tertulia del 13 de febrero de 2016.
El autor gallego nos propone un tema que, en rigor, es metaliterario: la desaparición de una librería por causas económicas (62-64). A partir de ahí nos cuenta una historia con continuos saltos temporales y espaciales que, a veces y a nuestro entender, provocan cierta falta de cohesión. Quizá a medida que vayamos redactando esta entrada podamos rectificar esa afirmación y apreciar que la novela tiene una arquitectura meditada. De todos modos, en ningún momento caeremos en el comentario fácil que se esconde tras la moraleja de la novela acerca de la desaparición de las pequeñas librerías, Y comentaremos a nuestro modo:
-Está presentada a partir de un narrador interno, el hijo del librero, y, por tanto, en primera persona: Me salvó el Pulmón de Acero (11); Mi padre tenía un apodo para el señor Hadal, el propietario (60).
-La novela comienza con un temporal que puede entenderse, a partir del título del capítulo -Liquidación final Galicia, otoño de 2014 (9)- como metafórico: El mar se embravecía. Se acercaba el temporal (20) Y decimos que el temporal puede entenderse metafóricamente en el sentido de que la que va a ser arrasada es la librería.
-Lo mismo puede decirse de la escena final con el narrador-protagonista evocando una visita, con la argentina Garúa ya fallecida, al Faro: La linterna del Faro, sí. Un buen lugar para abrazarse, para sentir que la mano busca, es llevada, acaricia, enciende una tea en el origen del mundo (274-275).
-En cuanto a los personajes, presentamos en primer lugar a la familia que regenta la librería Terranova:
     -Antón Ponte, padre de Eliseo y Comba, al que entierran en Terranova y con cuyos ahorros Comba pudo abrir la librería. De él queda un retrato entre el poeta navegante Manuel Antonio y Ernest Hemingway y, por eso, a la pregunta sobre qué escribió para estar ahí, el narrador contesta: Ese escribió El último día de Terranova (55).
     -Amaro, inseparable de Eliseo desde la época universitaria en que era ya conocido por su pasión por la Odisea (46) y por eso le llaman Polytropos (87, 99), el epíteto de Ulises, como su hijo lisiado dice ser conocido como Pies Ligeros (103), el epíteto de Aquiles; es expulsado de la enseñanza en 1942 y se casa con Comba en 1947 (61-62). Por supuesto, es amante de los libros: Qué fiesta para él recibir a los viajantes que volvían de Portugal con los "torgas" [...] cuando llegaban de vuelta los conductores frigoristas que hacían las rutas a París, con los libros y los Cuadernos del Ruedo Ibérico (72). Escribe, aparte de los ensayos que se citan más abajo, textos considerados de vanguardia como El ladrón de ganado, Ironía en el Hades, El cíclope y el ojo panóptico del poder... (115).
     -El tío Eliseo: acude a ver al narrador al sanatorio y le cuenta cuentos como el del soldado que, al modo futurista de Marinetti, grita: La guerra è bella! La guerra è bella! (79). Suele desaparecer por temporadas: cada viaje de Eliseo a América o Europa era, en realidad, un internamiento en un sanatorio mental No por loco [...] por homosexual (146). Acaba huyendo y viajando de verdad (266-267) hasta que muere en un geriátrico de París (268).
     -El hijo, que actúa de narrador, y que está impedido: Él fue a verme pocas veces al Pulmón de Acero (71). Y allí la enfermera Sara le llama el capitán Nemo (84). Del mismo modo, él se considera el barco ebrio (123) en referencia a Le bateau ivre de Rimbaud.
     -Garúa, la argentina a la que el narrador conoce en Madrid cuando la muerte de Franco (34); Amaro la nombra curandera y componedora de libros de Terranova (200). La perseguirá la policía secreta argentina (189ss) y, al parecer, acabará muerta en Madrid en julio de 1980 (268-270). 
     -Hadal, dueño de la finca que, cuando venía a cobrar, parecía que la verdadera razón era comprar una de aquellas novelas negras del Club del Misterio (59). Detrás de él está Fernando Lamarella, apodado Master, quien se va a quedar con el edificio y amenaza con el desahucio (244-245). A él y al juez recurre inútilmente el narrador para evitar ese desahucio y el fin de la librería (245-246). Pero acabarán quemándolo todo (254). Sin embargo, se vengarán de Master vendiéndole, de acuerdo con la policía, una imagen religiosa antigua y deteniéndolo después (261).
     -Dombodán, del pueblo de Chor (80).
     -Personajes curiosos como Guillermo, el vagabundo que de vez en cuando venía a venderme algún libro abandonado, que él mismo había birlado el día anterior [...] Primero lo leía y luego venía a vendérmelo (59). O el Confidente John Deere: Los libros lo volvían loco (149): dice que trabaja de profesor pero Goa, la cocinera, descubre que no es así Porque no huele a profesor (153). O Expectación, que no quiere aprender a leer porque todas las cartas que llegaban o eran para ir a la guerra o para dar noticia de alguna muerte (198); pero Garúa acaba por enseñarla a leer y lee diez o quince veces Pedro Páramo (239). O Viana y Zas, pequeños delincuentes que están mariscando furtivamente al comienzo de la novela (9ss); acaban escondiéndose de la policía en la librería y Viana cuenta cómo, durante un vis a vis, Zas le dice: Tú eres mi hemoglobina. Y a mí me pareció bonito. Que alguien me llamase Hemoglobina (241). 
-Personaje central será también, por supuesto, la librería: del capítulo titulado La fundación Galicia, verano de 1935 (45-55) sabemos los orígenes y, a narrar su final después de varias calas en diferentes épocas, está dedicada la novela.
-Juegan especial papel los animales que pueblan la librería y casi todos con nombres de resonancia literaria y de lo más diverso: Lezama, Antígona, el capitán Nemo, los gatos noctámbulos de la casa; la perra Baleia, quizá Moby Dick (26); los perros Zein y Seit, de raza existencialista (78; vid infra); el loro Falstaff (152).
-En cuanto al espacio destaca, frente al urbano de la librería, el rural de Chor donde Amaro había tenido casa (63). Allí huyen cuando la policía argentina persigue a Garúa (189ss.)
-Es excesiva la cantidad de autores que cita sin que parezca venir siempre a cuento: un sapo evoca a Neruda, Curros Enríquez, Francis Jammes (poeta francés del XIX-XX), Luis Pimentel y, todo ello, para ir a parar a Teixeira de Pascoaes (28); Rosalía y Manuel Murguía (74); María Zambrano (143); Eduardo Blanco Amor (263); Samuel Beckett (268). Se entretiene en los ismos: el existencialismo (78), el futurismo (80), el abyeccionismo inventado por Eliseo (86), la Internacional Surrealista (87).
-Toca, al estilo borgiano, la pseudoerudición como los ensayos Miguel de Cervantes y la "serie negra" (59) o Mnemósine in Hispania (103), compuestos por el padre del narrador, Amaro Fontana.
-Sí que tiene algún logro lingüístico: Estaba más delgada y me pareció que le había cambiado la voz, también el silencio (42); Tengo mucha morriña de lo que no conozco (195-196), de indudable sabor pessoano.
-Y, a veces, el autor mete la pata por exceso de pedantería: ya se ha dicho que los perros Zein y Seit son de raza existencialista; pues se dice de ellos, refiriéndose al lugar donde está el narrador en su Pulmón de Acero: todo el pabellón estaba pendiente del Ser y la Nada (78). Bien, se entiende el juego de palabras entre Zeit/Sein, típicas de existencialismo, y Zein/Seit; pero no son el Ser y la Nada sino el Ser (Sein) y el Tiempo (Zeit). De modo parecido en una cita de la Odisea: A Ulises, ese náufrago que el mar arroja a la playa, lo reconocen el perro, el porquero, el ama de cría (229); sí, es la anagnórisis final, pero, aparte de que también lo reconoce Telémaco, Ulises no llega náufrago sino acompañado por los feacios (Odisea, XIII) y, de hecho, se está confundiendo con la llegada al país de estos últimos donde sí llega náufrago (VI).

sábado, 19 de marzo de 2016

Patrick Modiano / Sempé, Catherine Certitude

Modiano, Patrick / Sempé, Jean Jacques, Catherine Certitude (Folio, s.l.: 1998)
Comentamos el presente libro para la tertulia del 16/3/16 del club de lectura en francés de la librería mahonesa Espai 14. Y de ese autor ya comentamos aquí otra obra, Rue des Boutiques Obscures. Comenzaremos por decir que es una historia en línea naïve, que quizá recuerda Le Petit Prince, y que parece ideada para ser leída en la enseñanza francesa, en el nivel de école. Sea como fuere conjuntan muy bien con esa línea los dibujos de Sempé, conocido sobre todo por el Petit Nicolas. Comentaremos:
  • Es una historia narrada en primera persona femenina -Catherine- cuyos motivos centrales serán algo tan alejado de una visión problemática del mundo como la danza o las gafas e incluso la relación entre ambas: On ne danse pas avec des lunettes (9). De ahí la reflexión de la protagonista tras su primer día de clase de danza en el que la profesora le había pedido algo que ella solía hacer en ciertos momentos, que se quitara las gafas: le monde de la danse n'était pas la vie réelle, mais un monde où l'on sautait et où l'on faisait des entrechats au lieu de marcher simplement. Oui, un monde de rêve comme celui, flou et tendre, que je voyais sans mes lunettes (43).
  • De ese mínimo hecho, la imposibilidad de bailar con gafas, se pasa al descubrimiento de esa nueva visión del mundo: Les contours des gens et des choses perdaient leur acuité, tout devenait flou [...] Le monde, quand je le voyais sans lunettes, n'avait plus d'asperités, il était aussi doux [...] qu'un gros oreiller (9-10). Y al contrario: Avec mes lunettes, je voyais le monde tel qu'il est (10). Además, como ve puntos en común entre el mundo de la danza y la visión sin gafas, llega a la conclusión de que Si je voyais normalement sans lunettes, je danserais beaucoup moins bien (44). Y una cierta propiedad simétrica que observa su padre: Les autres te trouveront dans le regard, quand tu ne porteras pas tes lunettes, une sorte de buée et de douceur... Cela s'apelle le charme (45). Es de resaltar el momento en que Catherine ha olvidado las gafas en la academia de baile: vuelve, la portera le abre y se queda bailando sola sin gafas: Il m'a suffi un peu d'imagination pour entendre dans le silence la musique du piano et la voix  de Madame Dismaïlova (47-50).
  • En cuanto a la organización de la trama, se parte de esos motivos -danza, gafas- para trazar un flash back de treinta años (10) con salto también espacial. En efecto, la narradora regenta una escuela de danza en Nueva York y, al ver a una alumna dejar sus gafas sobre una silla, recuerda: je le faisais au même âge chez Madame Dismaïlova (9). Pero eso ocurría 30 años antes en París donde la narradora pasó su infancia. Y de ahí se pasa a narrar esa infancia.
  • La familia de Catherine presenta ciertos contornos difusos: Je n'ai jamais su quel est exactement le métier de papa (10). Su madre es americana, a los 20 años acude a París con su grupo de danza, se casan y, al cabo de unos años, su madre vuelve a América: elle avait le mal du pays [...] Mais plus tard j'ai compris qu'il y avait, au départ de maman, d'autres raisons (15-16). De todas maneras la idea del padre es acudir a vivir con ella dès qu'il aurait reglé ses "affaires commerciales" (15). Quizá tenga algo que ver con ello el gusto del padre por mirar las estaciones desde las ventanas: la gare de l'Est (35), du Nord (46); y también de Catherine: une lumière blanche [...] des quais de la gare du Nord (47); je suis resté à regarder les quais de la gare du Nord (50). Luego sabremos que el abuelo de Catherine había llegado a París por la gare du Nord y había decidido quedarse en ese barrio parce que c'était un quartier de gares. Et que si l'on voulait partir, c'était plus practique (75).
  • También el espacio es curioso. En París (Xe) Nous habitions au-dessus d'une sorte de magasin (13); y es en ese almacén donde comparte con su padre la experiencia de quitarse las gafas: J'avais ôté mes lunettes, et papa avait ôté les siennes. Tout était doux et brumeux autour de nous. Le temps s'était arrêté. Nous étions bien (14).
  • Un personaje también original es el asociado de su padre, Monsieur Casterade: papa l'avait d'abord engagé comme sécretaire (16); pero después es él quien dicta las cartas: Combien de fois ai-je vu papa taper à la machine des lettres d'affaires sous la dictée de Monsieur Casterade (18). Éste incluso se preocupa por las notas escolares de la narradora y cuando la riñe por los resultados en ortografía ella echa mano de su recurso: Mais j'avais ôté mes lunettes et je ne l'entendais plus (20). Y es también gran aficionado a la poesía: tras decirle Catherine que en la escuela han estudiado a Víctor Hugo y Verlaine (32), saca del bolsillo una antología de poemas suyos y lee endecasílabos mientras Catherine se quita las gafas (33, 84): -Je vais vous donner un exemple de métrique française... la vraie (32); pero, curiosamente, la última vez que Casterade recita sus poemas durante la cena de despedida, Catherine mantiene las gafas (92).
  • Hay otros personajes -digamos- borrosos:
  1. La mujer que aparece en una foto de conjunto al lado de Casterade, su padre y ella, y que a veces aparecía por el almacén; cuando tiempo después ella le pregunta a su padre quién es, Papa semblait embarrassé (50) y acaba por mirar al cielo -como antes a las estaciones- y contestar: c'était une hôtesse de l'air (51).
  2. Odile, la amiga de Catherine en clase de danza cuya gobernanta, Madame Sergeant, la espera junto a la estación de metro. La amiga entrega a Catherine una invitación a un cocktail a su casa y acude con su padre a una fiesta lujosísima con gentes de mucho nivel que discuten de coches de tracción delantera o trasera (53ss.).
  3. La madre de Odile, qui portait des lunettes de soleil y que, al serle presentado el padre de Catherine, elle le voyait à peine derrière ses lunettes de soleil (66); por fin, cuando el padre le dice que han venido en coche con tracción delantera n'a rien entendu derrière ses lunettes de soleil (67).
  4. El homme corpulent qui portait une moustache en la misma fiesta. Habla con el padre de Catherine en une langue mistérieuse (68; ya antes éste había hablado por teléfono en une langue étrangère [42]). Tras la conversación el padre de Catherine cree que sus asuntos van a mejorar; dice que su interlocutor era Quelqu'un de très important qui va pouvoir m'aider (68) y que, en general, Mes affaires vont prendre une autre dimension grâce a ce cocktail (69). Luego sabremos, porque les ha entregado una tarjeta, que ese hombre se llama Tabélion (72). Pero poco después se desvanece todo lo que se refiere a la fiesta: Odile deja de ir a clase de piano, la dirección de la casa en la que habían estado resulta no existir y Tabélion no contesta el teléfono aunque el padre de Catherine sigue confiando en él: Grâce à lui mes affaires vont reprendre de l'essor (73).
  5. La misma profesora de danza, Mme. Dismaïlova: su padre la había conocido de joven y se llamaba Odette Marchal (78); pero él mismo, por entonces no se llamaba Georges (26, 50): je m'appelais Albert en ce temps-là (87).
  • Otros muchos aspectos van quedando en el aire produciendo una sensación de acción inconclusa. Por ejemplo, la actividad comercial de Casterade & Certitude: se dice, por ejemplo, que las cartas que el segundo dictaba al primero ne servaient à rien (18); y que el padre evade la cuestión (24) cuando la hija le pregunta qué significan las abreviaciones Exp. - Trans. escritas en la fachada del almacén (23); aun así se produce gran actividad nocturna de carga y descarga de cajas en camiones (24-25). También es difusa la relación entre ambos socios: cuando Catherine pregunta a su padre éste responde: Casterade m'a sauvé d'un bien mauvais pas (21); y, al parecer, ello supone algún delito: les vrais amis sont ceux qui vous sortent des griffes de la Justice (22); más tarde sabremos que se trata de actividades de contrabando relativo: Rappelez-vous l'affaire des mille après-ski autrichiens auxquels vous avez fait franchir la douane. Ils ont failli vous entraîner très loin, vos après-ski... Sans moi, vous auriez eu bonne mine derrière les barreaux (42).
  • Otro espacio original es el restaurante Le Picardie adonde acude Catherine a veces con su padre (26). Como allí también acude Casterade y no quieren compartir mesa con él, el padre propone: Il faut que nous enlevions nos lunettes, Catherine... Comme ça, nous aurons une excuse pour ne pas voir Casterade (27). En cambio, al acabar la comida, otros personajes se acercan a la mesa a hacer negocios como el también curioso Chevreau a quien vende 50 butacas de avión para transformarlas en butacas de cine (27-28). Igual ocurrirá con el parque donde juega Catherine con algunos de sus compañeros de clase: su padre la vigila sentado en un banco tandis que des hommes bruns à moustaches et aux vieux pardessus -les mêmes que ceux du restaurant- et Chevreau lui aussi prenaient place, à tour de rôle, sur le banc a côté de lui (31). (Y el restaurante volverá a aparecer al final cuando celebran la fiesta de despedida [92])
  • Hay algunas anécdotas que merecen destacarse:

  1. Una que adquirirá significado al llegar al final de la obra es la que ocurre por las mañanas: el padre abre la ventana y, mientras contempla el paisaje con la gare de l'Est, se hace el nudo de la corbata diciendo: -À nous deux, Madame la vie (35). Esa misma y con la misma frase será la visión que Catherine tiene de su padre al final de la obra (95).
  2. Otra, enmarcada en el halo de misterio de las actividades empresariales del padre y su socio, es la llegada de un camión español (39) que descarga cajas: Elles contenaient des statuettes de danseuses classiques (41). Ambos socios abren las cajas y en algunas encuentran estatuillas rotas, reexpiden en otro camión las estatuillas enteras y, con las rotas, Chaque soir nous nous amusions, papa et moi, à recoller leurs morceaux et à les aligner au fur et à mesure sur les étagères. Et nous contemplions toutes ces rangées de danseuses (42). Y es justamente en ese momento cuando su padre le propone ser bailarina como su madre y, acto seguido, acuden a la escuela de Mme.Dismaïlova.
  3. El último día de clase de danza de Catherine: cuando van hacia allí su padre le cuenta que conoció a su madre en el casino de Paris a propósito del baile: je l'ai prise dans mes bras [...] Je suis entré en scène avec elle en titubant, sans mes lunettes [...] Je me suis cassé la figure... Nous sommes tombés tous les deux par terre (78); y esa escena remite a la anterior de las estatuillas rotas. Y es entonces cuando deciden irse a Nueva York con lo que quizá sí les ha traído suerte Tabélion. Lo celebran repitiendo entre padre e hija la escena anterior: papa m'a soulevée dans ses bras et m'a porté le long de l'avenue Trudaine, comme il le faisait jadis au Casino de Paris (88).
Y la obra termina con cierta idea de circularidad: el padre de Catherine tiene un nuevo asociado en Nueva York (95), Catherine tiene una hija como su madre y dirigen una academia de baile (9, 95)... Y, de ahí, a una cierta idea de eternidad: Nous restons toujours les mêmes, et ceux que nous avons été, dans le passé, continuent à vivre jusqu'à la fin des temps. Ainsi il y aura toujours une petite fille nommée Catherine Certitude qui se promènera avec son père dans les rues du Xe arrondissement, à Paris (93).


martes, 15 de marzo de 2016

Antonia, XV: Mi admirador secreto

Me pasa cada cosa...
Vuelvo ayer de la compra y, al mirar en el buzón, ¿qué me encuentro? Bueno, sí, una carta del banco, pero ¿qué más?: un sobre a mi nombre. Y mi nombre escrito con letra caligráfica, de esa que parece antigua. Sin remitente y con el matasellos de aquí mismo, del pueblo.
Guardé la compra, cada cosa en su sitio, cogí el sobre y me senté en el sofá. Y como tenemos abrecartas, pues eso, lo abrí como se debe y me encontré una hoja tamaño folio bien dobladita. La desplegué y me vi -¿queda alguien que escriba a mano?- todo el folio escrito con esa misma letra tan bonita; con su fecha y todo arriba en el ángulo derecho. Pero lo primero, mirar la firma, por supuesto: Tu admirador secreto. Como que no sé si de la risa o del susto fui al mueble-bar y me pusé un dedito de whisky antes de seguir. Volví al sofá:
Apreciadísima Antonia:
He pensado mucho antes de dirigirme a ti y, por fin, me he decidido. No puedo contenerme más y por eso te confieso mi amor.
(Traguito de whisky)
Y al hablarte de amor me refiero al de verdad, al de pensar constantemente en ti, desde antes de abrir los ojos por las mañanas hasta después de cerrarlos al acostarme. Pero no quiero que te preocupes. Sé que eres una mujer felizmente casada y, como mi amor -ya te lo he dicho- es sincero y verdadero, no espero nada de ti, sólo esa emoción y ese vuelco en el corazón al cruzarme contigo por la calle.
(Otro traguito de whisky. ¿Quién será ese señor?... Y que nadie se piense que soy un pibón: ni guapa ni fea, del montón. Además, con gustarle a mi marido...)
Soy un hombre mayor, de la edad de tu padre -q.e.p.d.- y, como lo conocía, te respeto también como a una hija. Por eso me extraña que el amor haya llamado así, contigo, a mi corazón pero, ya lo dicen, el amor es ciego. Y, además, qué quieres que te diga, Antonia, prefiero amarte a ti en silencio que liarme con alguna otra de esas que, en el baile de los martes en el Centro de Jubilados, lo primero que te preguntan es cuánto cobras de pensión.
(Otro traguito de whisky. Y que me empezó a gustar cómo se explicaba y lo bien que escribe)
Y hay también algo que, aunque me dé vergüenza, te voy a confesar. Soy viudo y no cato mujer desde hace... hasta el punto de que, o por eso o por la edad, ya me creía muerta... bueno, ya sabes, eso que tenemos los hombres.
(Aquí viene cuando me acabé el whisky de golpe y me puse otro)
Pues te confieso que me lo has hecho revivir. Hay veces que estoy pensando en ti y noto como si... en fin, como si volviera toda mi virilidad. Y así, sin tú proponértelo ni siquiera saberlo, me haces feliz. Sin embargo, como no quiero terminar hablándote de bajas pasiones te diré que mi amor por ti es total: te amo virilmente, te amo de todo corazón y te amo con este cerebro mío que ni puede ni quiere dejar de pensar en ti.
(Traguito largo de whisky)
Nada más, Antonia. Sólo que te da las gracias por haberle leído
Tu admirador secreto

Y ya está, que aún no me he recuperado.

viernes, 11 de marzo de 2016

Antonia, XIV: Sola en casa

Mi marido se ha ido de viaje por trabajo. Tres días que serán tres eternidades. Si cuando se ha cerrado la puerta del garaje ya lo estaba echando de menos... Ahora que se ha ido contento y me ha dejado contenta. Echándole de menos pero contenta.
El caso es que me he despertado con él, muy pronto como siempre que se va de viaje, y he preparado el desayuno mientras él se duchaba. Hemos desayunado y le he acompañado al garaje porque nos damos besos muy ricos cuando se va. Y cuando vuelve, claro, pero entonces lo de menos es el beso. Pues eso, que voy con él al garaje, nos buscamos los labios, me da un achuchón y... Que no he dicho que yo iba en bata y sin nada debajo. Porque mientras me besaba, me pasa la mano bajo la bata y empieza a pellizcarme suave el culito. Y entre eso y que el beso era de lengua no sé cómo he acabado desnuda y tumbada en el capó del coche diciéndole que no me había duchado y él contestando que le daba lo mismo mientras me daba meneítos suaves, que me recorría toda muy despacio. Y que luego no me he fijado pero a lo mejor le he dejado bien marcado el culo en la carrocería; porque al final los meneítos ya no eran tan suaves.
Y me ha dejado tan tierna que después, cuando me he puesto con la casa y he entrado en la alcoba para barrer, al ver su libro en la mesita de noche me he sentado en la cama y he empezado a acariciarlo con las manos. Como si fuera un símbolo de mi marido, que lo es. Y no sé cómo habrá sido que en un momento he pasado de acariciar un simbolito a imaginar que acariciaba a mi marido de verdad. Bueno, no exactamente a mi marido sino esa parte de él que a mí me gusta llamar mi Paquito.
A todo esto, la escoba y el recogedor apoyados en la pared y muertos de asco. Que se han quedado así un ratito más porque he acabado por quitarme la bata, tumbarme boca abajo en la cama, por supuesto en el lado de mi marido, que buscaba su olor, y, después de alzar un poquito el culo, pasarme la mano entre las piernas y buscarme yo solita. Hasta que he acabado mordiendo la almohada.
Luego ya, cuando he recuperado el aliento, me he vuelto a poner la bata, he cogido la escoba y a barrer.

lunes, 7 de marzo de 2016

Acorralada

(Otro pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)

¿Te acorralo?
Otras parejas, otros matrimonios, tendrán sus propias frases, pero la nuestra es ésa. En cuanto él dice ¿Te acorralo? ya me tiene completamente húmeda y, aunque estemos viendo la tele y la película esté en lo más interesante, corremos a acorralarnos mutuamente:
Ya te tengo bien acorraladita…
Efectivamente. Difícil sería escaparme si él está encima con una mano a cada lado sobre la cama y sus brazos impidiendo que me escape por la derecha o por la izquierda. Además, ¿para qué escaparme si lo miro a los ojos y también me acorralan?
—Y  yo también te tengo bien acorraladito.
Le contesto mientras le comprimo dentro de mí y le clavo los talones para empujarlo aún más adentro.
Y ese acorralarse, acorralarnos, viene de una anécdota de nuestra prehistoria, de la época del instituto. Catorce años tendríamos y un día, como llovía a la hora del recreo y no podíamos salir al patio, mis amigas y yo nos quedamos en un rincón del pasillo a hablar de nuestras cosas mientras nos comíamos el bocadillo. Y se acercó a nosotras. Yo sabía que le gustaba y mis amigas también lo sabían. Pero él a mí no, no me gustaba, qué se le va a hacer.
—Pues bien tonta que eres. Con lo guapo que es.
—Si yo lo pillara le explicaba el mundo y algo más.
Y eso era sólo lo más decente que mis amigas decían de él. Sin embargo no, no me convencían. Pero a veces las amigas… porque aquel día en que él se nos acercó, no sé cómo fue, porque él se habría puesto de acuerdo con ellas o por lo que fuera, el caso es que, sin casi darme cuenta, se habían ido escabullendo una a una de mi lado; hasta que al final me encontré sola frente a él. Acorralada en el rincón, que puso una mano en cada pared y sus brazos a la altura de mi cuello:
—Podríamos ser buenos amigos tú y yo.
Me agaché, pasé la cabeza bajo su brazo derecho y me escapé:
—Un día no te será tan fácil huir de mí.
Las amigas, claro, partiéndose de risa al otro lado del pasillo. Pero así fue la primera vez que me acorraló y… quién iba a decir que luego serían tantas y tantas. Y las que me quedan... Porque fue al recordar mucho después, ya de novios formales, esa anécdota cuando nos dio la risa y nos vino la idea de incorporar lo de acorralar a nuestro vocabulario especial:
—¿Te acorralo?
Que si me lo dice en casa no pasa nada porque acudimos rápido a acorralarnos pero, ¿y si me lo dice en el supermercado por provocar? Hubo una vez que salimos de compras al centro –un sábado sería- y, al bajar del autobús me la soltó en medio de la calle:
­—¿Te acorralo?
Y no paré hasta que lo convencí para coger otra vez el autobús de vuelta a casa y que me cumpliera poniéndome acorraladita y bien acorraladita. Y dejamos las compras para el sábado siguiente.
Ah, y ¿qué pasó en el instituto desde ese día en que no me dejé acorralar hasta que sí, hasta que… bueno, hasta que nos hicimos novios? Pues me diréis que entonces yo era tonta y, cuando lo pienso, es que sí, que era muy tonta. Porque una semana después de lo que he contado, de la anécdota en que me escabullí de él, voy y me lo veo acorralando a otra chica. Me dio un ataque de celos como para arrancarle los ojos a la otra y darle a él dos bofetones bien dados. Y es que hay que ser tonta para huir de un chico y luego ponerse celosa si lo ves con otra. Porque celos, lo que se dice celos… como que me pasé una semana llorando cada noche; y me dio de tal manera que, si lo pienso, aún hoy me sigue cayendo gorda aquella chica y eso que la pobre no tenía la culpa de nada. Pero fue sólo una semana de lloriqueo hasta que se me encendió una chispita, me paré a pensar y acabé por proponerme que aquel chico sería mío al precio que fuera; y al precio que fuera significaba lo que significaba, o sea, que si había de pillarlo y explicarle el mundo, como decía mi amiga, lo pillaba y se lo explicaba en colores y, si además tenía que abrir las piernas para explicárselo, pues las abría.
Y así fue. Bueno, que lo conquisté sí, pero que tuve que separar las piernas para conseguirlo no, eso no, que vino mucho más tarde. ¿Y cómo lo hice? Primero poniéndome a tiro, o sea, separándome de las amigas a la hora del recreo en el patio o dentro del instituto si llovía. Paseaba yo sola con mi bocadillo en la mano y, a veces, me paraba en los rincones. Pero nada, que no venía a acorralarme. Entonces me dije: —Pues ahora verás. Y vaya si vio. Como que un día estaba en el patio apoyado en la pared mirando cómo los más pequeños jugaban al fútbol y me fui decidida hacia él. En realidad no tan decidida, que antes pasé un par de veces por delante sin atreverme. Pero a la tercera sí, me paré frente a él y apoyé, para acorralarlo, las manos contra la pared pero más abajo de lo que él las había puesto; para que no se me pudiera escapar por debajo de los brazos. Lo miré a los ojos y le dije:
—¿Y ahora qué?
Pero no le di tiempo de contestar porque lo besé a lo peliculero y metiéndole la lengua. Ah, y avancé la pierna un poco por si se quería restregar, que eso se lo veía hacer disimuladamente a las chicas mayores cuando se ponían con sus achuchones por los rincones del patio. Pero no quiso o no se atrevió. Sólo me dijo:
—Besas muy bien
—Y tú más.
Y así empezó todo porque, como nos había visto mucha gente, al momento corrió la voz y en seguida nos dieron ya como novios. Casi como eso que dicen de que una mentira muy repetida se convierte en verdad: quizá nos hicimos novios así, a base de oírselo decir a los demás. Aunque claro, también es cierto que dos días después viene y me pregunta:
—¿Te acompaño a casa?
Aunque él vivía en la dirección contraria. Me dejé acompañar, nos dimos la manita, que es como juntar los labios pero de otra manera, y, al llegar a mi portal, le digo:
­—Pero aquí no me acorrales, que si nos ve algún vecino…
No me dejó acabar la frase porque me estampó un beso bien ruidoso, me puse boba y, como día tras día fuimos perdiendo la prudencia y yo me dejaba acorralar largo y tendido en mi mismo portal, al cabo de poco se enteraron mis padres y tuve que presentárselo. Entonces nos convertimos ya en novios formales y, bueno, lo normal, que al cabo de los años nos casamos y hasta ahora, que voy a parar ya porque está a punto de llegar a casa y, con lo que acabo de contar, me han entrado ganas de… bueno, más bien tengo el dilema de si decirle ¡Acorrálame!  o preguntarle ¿Te acorralo? Que no sé si viene a ser lo mismo.

jueves, 3 de marzo de 2016

Necesito confesarte algo

(Otro pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)
1 de febrero de 2016
Apreciadísima María Ángeles
Necesito confesarte algo: que casi sin darme cuenta se me había ido formando una bola en el estómago. Y es ésta una manera de empezar como cualquier otra, por esa bola. Al principio la sentía a ratos, primero pequeña y hasta podía localizarla por las paredes internas del estómago. Corría el tiempo, se iban repitiendo una y otra vez las ocasiones y la bola acabó por instalarse definitivamente y convertirse en algo con lo que no me podía acostumbrar a vivir.
Necesito confesarte muchas cosas: que, cuando empezamos, no daba importancia a tus manías. Al contrario, hasta me hacían gracia. ¿Recuerdas aquel día cuando, de novios, me echaste en cara haber mirado a una mujer con la que nos cruzamos en la calle? Me giré para mirarla y te contesté que ni me había fijado en ella pero sí, su escote, su culo… Ahora te confieso que, cuando días después tuvimos la oportunidad de unir nuestros cuerpos y te pusiste encima, yo cerré los ojos y era en ella en quien pensaba mientras te movías rítmicamente.
Y ya que estoy, aprovecho también para confesarte eso: eres muy buena en la cama. Tanto debajo como encima. Tanto gozando pasiva cuando juego con mis labios y mi lengua en tu cuerpo como activa con tus labios y tu lengua en el mío. Sí, eres muy buena. Sin embargo…
Necesito confesarte tantas cosas…: porque lo mismo ocurría en la autopista. Si adelantaba a otro coche y, al rebasarlo, miraba a la derecha y era una mujer quien conducía, nueva bronca. Pero si esa mujer era guapa, aunque no le hubiera visto ni el escote ni el culo, la incluía en mi imaginario para la siguiente vez en que nos pusiéramos uno encima del otro.
¿Y el número que me montaste cuando me cogiste a escondidas el móvil? Te diste cuenta de que en la agenda tenía anotadas las fechas de nuestros aniversarios, del día en que nos hicimos novios y del día en que nos casamos. Que si por qué lo tengo apuntado, que si es ésa la importancia que le doy a nuestra relación, que si nadie olvida esas fechas… Pues, ¿qué quieres que te diga si yo no tengo la memoria que tienes tú?
Así iba creciendo la bola, así me iba ocupando. Se iba endureciendo, cada vez pesaba más y me era más difícil de sobrellevar.
Más tarde decidí apagar siempre el móvil antes de llegar a casa no fuera a llamarme alguien y tener luego que darte las mil explicaciones. ¿Y el portátil? Contigo aprendí algo que todo el mundo sabía, todos menos yo: que pinchas en una pestaña que se llama histórico y aparecen todas las páginas web que has visitado desde ni se sabe cuándo.
Es a propósito de eso, sobre todo, que quiero confesarte… pero mejor lo dejo para el final.
También te confesaré que estuve buscando una solución. Que fui al psiquiatra en un par de ocasiones. No por mí, aunque ya estaba empezando a desquiciarme, sino por ti. O, mejor, para encontrar una explicación. O una solución. Lo ideal, claro está, hubiera sido llevarte a ti pero era prácticamente imposible. Según tú, quien estaba mal era yo y por eso miraba a todas por la calle y olvidaba las fechas de nuestros aniversarios. Celopatía, falta de confianza en ti misma… me dijo el psiquiatra; eso tenías. Y que te hiciera sentir deseada y valorada. Pero ya era tarde.
Quererte sí que te quise; al menos cuando nos casamos. Pero luego, con ese tener que estar siempre pendiente de todo para que no me la liaras, con ese tener que andar por la calle a tu lado mirando al suelo para evitar toda discusión… Así, por más voluntad que uno le ponga, acaba por dejar de querer al amor de su vida. Y desearte… bueno, aunque ahí entra más la naturaleza y tu cuerpo es quizá lo único que no te falla… pero eso también se resiente. Había veces en que lo hacía con odio y, si me preguntas si es posible desear y odiar a la vez, te diré que sí lo es. Incluso vaciarme con odio en las entrañas.
¿Y lo de Luisa? Ahí se resume todo. Eso es lo que he dejado pendiente antes y lo que de verdad te quiero confesar. Quizá no recuerdes quién es Luisa. Es la de dentro de mi portátil. Lo que te decía antes de la pestaña esa de histórico con las páginas visitadas. Esa Luisa, la que me descubriste un día en una página remota de correo, una página alemana, que hasta esos extremos llegaba yo, aquella página que abriste combinando los números de nuestra tarjeta de crédito para dar con la clave. Hace dos años, sí, y con esa memoria que tienes seguro que te acuerdas. Yo siempre borraba, por si acaso, nuestros mensajes, pero aquel día, como ella me acababa de escribir, leíste su texto y, debajo, el mío, aquello de que yo acababa de ir al dentista para hacerme un implante y así poder morderla mejor; y su contestación era que se dejaría morder donde yo quisiera. ¿Te cuento cuántas veces la he mordido ya? Sí, ya sé, te dije que era colombiana y que trabajaba en el ayuntamiento de Caracas, que acostumbrado ya a mentir, te lo dije así de rápido y no te diste cuenta de que había confundido Caracas con Bogotá.
Pues no, te confieso que esa Luisa es de aquí y vivía a cuatro estaciones de metro. Pero antes de entrar en más detalles de ella, quiero contarte lo de aquella misma noche después del escándalo que me montaste. Ya acostados, tú dormías y yo me levanté para vomitar la cena. Lo que te decía de la bola en el estómago. Sin embargo, al salir del cuarto de baño, sentí algo que debe parecerse a la iluminación celestial. Algo que me dijo que durmiera en el sofá, lejos de tu alcance. Ya te digo: dos años hace ya. Dos años decidiéndome, dos años planeándolo minuciosamente. Con lo fácil que era. Se trataba sólo de desaparecer, de huir de tu lado. Y aquella noche en el sofá, al tener la idea… ése fue el primer paso. Ya no siento esa bola en el estómago y seguro que fue entonces, tumbado en el sofá, cuando empezó a disolverse.
Y lo de que Luisa era colombiana o venezolana… seguro que te imaginarías una india con un poncho. Pues no, es de Burgos. Y ya no está a cuatro estaciones de metro sino que la tengo aquí a mi lado. Tan respetuosa con mi móvil o mi portátil que ni por un momento me ha preguntado qué o a quién estoy escribiendo. Ya sabrás apreciar la diferencia. Y ahora la voy a atender y ya imaginas cómo. Quizá no sea tan buena como tú, pero al menos con ella mantengo los ojos abiertos, sé que es ella la que está conmigo y no necesito imaginar a otra.
En resumen: no me esperes a comer, ni a cenar; mañana tampoco, ni al otro…
Tu marido,

Enrique