Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 29 de enero de 2016

Juguete


Otra aportación para la página de foro de literatura:

Fue la tarde de Navidad tras la comida familiar. Estábamos todos en casa de mis padres: hermanos, cuñadas, hijos, sobrinos…. Se me ocurrió buscar, para enseñárselo a los más pequeños,  aquel viejo tren de hojalata con el que tanto había jugado yo. Rebusqué en todos los armarios, en los altillos, en el trastero… No lo encontré. Y acabé convencido de que en cada casa hay un agujero por donde se escapan las cosas antiguas.

lunes, 25 de enero de 2016

La llamada

(Otro relato por encargo de la página de Tusrelatos con título obligatorio y extensión condicionada)
Llega del trabajo como cada día, algo cansada, quizá hoy más que habitualmente porque el jefe le ha pedido que se quedara un rato más. Mete la llave en la cerradura, abre la puerta, enciende la luz del vestíbulo, luego la del pasillo y, por fin, la del comedor. Deja la tablet sobre la mesa, se sienta en el sofá, mira en el teléfono que tiene sobre la mesita de la izquierda y comprueba que la luz roja no parpadea: ni la ha llamado nadie ni hay mensaje alguno en el contestador. Vuelve al recibidor y, sólo entonces, se quita la chaqueta, la deja en la percha y, con las llaves, da dos vueltas a la cerradura.

jueves, 21 de enero de 2016

Pacifista por interés

(Un pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)


Como solían hacer cada viernes, al acabar su jornada de trabajo y, además, la semana, paraban en el bar a tomarse sus cervezas. Tres cañas y, como ellos eran tres, cada uno pagaba una ronda. Así, semana tras semana y año tras año. Pero aquel viernes fue especial para uno de ellos, Enrique. Estaban los tres de pie en la barra, habían pedido su primera ronda y, por su posición, Enrique estaba de cara al exterior y observaba extrañado cómo, poco a poco, la avenida se iba llenando de gente. Hasta que cayó:
—Claro, es la manifestación del ‘No a la guerra’.
Fue su pensamiento en voz alta; y provocó que sus dos compañeros se giraran para mirar también hacia la calle.
—Pues si supieran a qué hemos dedicado la semana…
Dijo Ricardo. Porque trabajaban en una agencia de valores y, en efecto, habían pasado la semana analizando las ventajas que, para España, suponía la participación en la guerra de Irak. Porque se supone que, si se destroza un país, habrá que sacar tajada reconstruyéndolo y, de ahí, la atención especial a las compañías constructoras del Íbex-35. Pero también a las petroleras por la especial sensibilidad del barril de crudo a los conflictos en la zona. Enrique, en concreto, había pasado el día analizando el comportamiento de los mercados durante la guerra  anterior, la llamada primera guerra del golfo cuando Irak invadió Kuwait, para extrapolar los datos a la situación actual. Y por eso estaban en el bar, para despejarse la cabeza de cotizaciones, de gráficos, de mercados de futuros, de líneas que subían y bajaban como montañas rusas…
En eso estaba aún Enrique, pensando en el gráfico del Dow Jones, cuando, siempre mirando hacia la calle, se quedó con la mirada fija en una mujer de espaldas agarrada a un palo que, seguramente, sostendría una pancarta. Más bien se trataba de una chica que no pasaría de los veinticinco. Y más que mirar a la chica sus ojos se mantenían fijos en el culo.
A Enrique le gustaba mirar a las mujeres, sabía mirarlas sin ofender, sin desnudarlas con los ojos; sabía también cruzarse con una mujer hermosa por la calle, mirarla a los ojos y, luego, girarse para mirarle el culo; sabía mirar furtivamente un escote y estaba convencido de que había mujeres que se molestaban si no se lo miraban. Solo que aquel día no sólo miraba aquel culo sino que estaba de tal modo hipnotizado por él que un par de veces tuvieron sus amigos que sacarlo de su ensimismamiento:
­—¿Te pasa algo?
—No, no, sólo ando pensando en esa pobre gente de la calle. En lo inútil de la manifestación que están preparando.
Javier, el tercero de ellos, había pagado las primeras cervezas y Ricardo había pedido inmediatamente otras tres. Enrique seguía pendiente de la calle, veía cómo se iba llenando de personas que acudían a la manifestación y temía que en algún momento el gentío le impidiera ver aquel culo que tanto le atraía.
Había otro detalle en aquel culo. Muchas veces, en el transporte público sobre todo, si veía una mujer de espaldas con un culo bonito ya estaba deseando que la mujer se diera la vuelta para comprobar si la cara le hacía juego. Que a veces ocurre, por supuesto: mujeres feas con culos hermosos y viceversa. Pero en aquella ocasión no ocurría así. La chica seguía de espaldas y quieta, y él deseaba que no se girara para no perder de vista aquel culo. Le daba igual que su anverso fuera una cara hermosa y un escote generoso. Lo que a él le gustaba, más allá de toda lógica y él mismo se lo reconocía, era aquel culo. Con los culos que él habría mirado y admirado en su vida, ¿por qué esa fijación en el de esa chica pacifista?
Cada vez había más gente en la calle y, por momentos, alguien cruzaba o se quedaba parado quitándole a Enrique aquel culo de su campo de visión. Y pensaba en otra cuestión aún: aquel era un culo perfecto, por supuesto, pero los culos, a diferencia de las caras, cuando son perfectos, ¿no son todos iguales? Pueden ser guapas dos mujeres con la cara completamente diferente, redonda la una y ovalada la otra, con la piel blanca o morena, con los ojos de cualquier color, pero ¿dos culos dentro de unos pantalones tejanos? Si son perfectos son iguales. O al menos en eso pensaba Enrique mientras, tras pagar Ricardo su ronda, se apresuraba a pedir la tercera. Porque estaba decidido: no iba a perder de vista aquel culo así como así y, si había de salir a la calle para seguir contemplándolo, lo haría. Por eso pagó ya la ronda, por si la chica se movía y él había de salir precipitadamente.
Entonces, si todos los culos perfectos son iguales, ¿qué tiene ése de especial? Porque, además, le atraía de un modo enfermizo y, tal como creía, sin matiz alguno de erotismo: le gustaba tal como estaba, enfundado en aquellos tejanos, y ni le asaltaba el deseo de ver aquel culo desnudo de ropa ni de darle siquiera un mordisco.
De pronto empezó a oírse un murmullo en la calle que iba creciendo. Ricardo dijo:
—Parece que la manifestación va a empezar.
—Sí, mejor nos vamos. Quien sabe cómo se va a poner luego la circulación.
Se despidieron en la puerta del bar. La manifestación ya había empezado a avanzar por la avenida y Enrique veía cómo se iba alejando aquel culo. Pronto lo alcanzaría. No tenía pérdida porque, efectivamente, la chica sostenía el extremo de una pancarta y ello le servía de referencia. Empezó a caminar entre la gente agachando la cabeza bajo otras pancartas hasta situarse detrás del culo de sus ensueños. Entonces se puso a voz en grito:

—¡No a la guerra!, ¡¡No a la guerra!!, ¡¡¡No a la guerra!!!

domingo, 17 de enero de 2016

Acorralada

(Otro pequeño relato para un torneo convocado por la página tusrelatos.com con la extensión condicionada, 1.500 palabras, y el título obligatorio)

¿Te acorralo?
Otras parejas, otros matrimonios, tendrán sus propias frases, pero la nuestra es ésa. En cuanto él dice ¿Te acorralo? ya me tiene completamente húmeda y, aunque estemos viendo la tele y la película esté en lo más interesante, corremos a acorralarnos mutuamente:
Ya te tengo bien acorraladita…
Efectivamente. Difícil sería escaparme si él está encima con una mano a cada lado sobre la cama y sus brazos impidiendo que me escape por la derecha o por la izquierda. Además, ¿para qué escaparme si lo miro a los ojos y también me acorralan?
—Y  yo también te tengo bien acorraladito.
Le contesto mientras le comprimo dentro de mí y le clavo los talones para empujarlo aún más adentro.
Y ese acorralarse, acorralarnos, viene de una anécdota de nuestra prehistoria, de la época del instituto. Catorce años tendríamos y un día, como llovía a la hora del recreo y no podíamos salir al patio, mis amigas y yo nos quedamos en un rincón del pasillo a hablar de nuestras cosas mientras nos comíamos el bocadillo. Y se acercó a nosotras. Yo sabía que le gustaba y mis amigas también lo sabían. Pero él a mí no, no me gustaba, qué se le va a hacer.
—Pues bien tonta que eres. Con lo guapo que es.
—Si yo lo pillara le explicaba el mundo y algo más.
Y eso era sólo lo más decente que mis amigas decían de él. Sin embargo no, no me convencían. Pero a veces las amigas… porque aquel día en que él se nos acercó, no sé cómo fue, porque él se habría puesto de acuerdo con ellas o por lo que fuera, el caso es que, sin casi darme cuenta, se habían ido escabullendo una a una de mi lado; hasta que al final me encontré sola frente a él. Acorralada en el rincón, que puso una mano en cada pared y sus brazos a la altura de mi cuello:
—Podríamos ser buenos amigos tú y yo.
Me agaché, pasé la cabeza bajo su brazo derecho y me escapé:
—Un día no te será tan fácil huir de mí.
Las amigas, claro, partiéndose de risa al otro lado del pasillo. Pero así fue la primera vez que me acorraló y… quién iba a decir que luego serían tantas y tantas. Y las que me quedan... Porque fue al recordar mucho después, ya de novios formales, esa anécdota cuando nos dio la risa y nos vino la idea de incorporar lo de acorralar a nuestro vocabulario especial:
—¿Te acorralo?
Que si me lo dice en casa no pasa nada porque acudimos rápido a acorralarnos pero, ¿y si me lo dice en el supermercado por provocar? Hubo una vez que salimos de compras al centro –un sábado sería- y, al bajar del autobús me la soltó en medio de la calle:
­—¿Te acorralo?
Y no paré hasta que lo convencí para coger otra vez el autobús de vuelta a casa y que me cumpliera poniéndome acorraladita y bien acorraladita. Y dejamos las compras para el sábado siguiente.
Ah, y ¿qué pasó en el instituto desde ese día en que no me dejé acorralar hasta que sí, hasta que… bueno, hasta que nos hicimos novios? Pues me diréis que entonces yo era tonta y, cuando lo pienso, es que sí, que era muy tonta. Porque una semana después de lo que he contado, de la anécdota en que me escabullí de él, voy y me lo veo acorralando a otra chica. Me dio un ataque de celos como para arrancarle los ojos a la otra y darle a él dos bofetones bien dados. Y es que hay que ser tonta para huir de un chico y luego ponerse celosa si lo ves con otra. Porque celos, lo que se dice celos… como que me pasé una semana llorando cada noche; y me dio de tal manera que, si lo pienso, aún hoy me sigue cayendo gorda aquella chica y eso que la pobre no tenía la culpa de nada. Pero fue sólo una semana de lloriqueo hasta que se me encendió una chispita, me paré a pensar y acabé por proponerme que aquel chico sería mío al precio que fuera; y al precio que fuera significaba lo que significaba, o sea, que si había de pillarlo y explicarle el mundo, como decía mi amiga, lo pillaba y se lo explicaba en colores y, si además tenía que abrir las piernas para explicárselo, pues las abría.
Y así fue. Bueno, que lo conquisté sí, pero que tuve que separar las piernas para conseguirlo no, eso no, que vino mucho más tarde. ¿Y cómo lo hice? Primero poniéndome a tiro, o sea, separándome de las amigas a la hora del recreo en el patio o dentro del instituto si llovía. Paseaba yo sola con mi bocadillo en la mano y, a veces, me paraba en los rincones. Pero nada, que no venía a acorralarme. Entonces me dije: —Pues ahora verás. Y vaya si vio. Como que un día estaba en el patio apoyado en la pared mirando cómo los más pequeños jugaban al fútbol y me fui decidida hacia él. En realidad no tan decidida, que antes pasé un par de veces por delante sin atreverme. Pero a la tercera sí, me paré frente a él y apoyé, para acorralarlo, las manos contra la pared pero más abajo de lo que él las había puesto; para que no se me pudiera escapar por debajo de los brazos. Lo miré a los ojos y le dije:
—¿Y ahora qué?
Pero no le di tiempo de contestar porque lo besé a lo peliculero y metiéndole la lengua. Ah, y avancé la pierna un poco por si se quería restregar, que eso se lo veía hacer disimuladamente a las chicas mayores cuando se ponían con sus achuchones por los rincones del patio. Pero no quiso o no se atrevió. Sólo me dijo:
—Besas muy bien
—Y tú más.
Y así empezó todo porque, como nos había visto mucha gente, al momento corrió la voz y en seguida nos dieron ya como novios. Casi como eso que dicen de que una mentira muy repetida se convierte en verdad: quizá nos hicimos novios así, a base de oírselo decir a los demás. Aunque claro, también es cierto que dos días después viene y me pregunta:
—¿Te acompaño a casa?
Aunque él vivía en la dirección contraria. Me dejé acompañar, nos dimos la manita, que es como juntar los labios pero de otra manera, y, al llegar a mi portal, le digo:
­—Pero aquí no me acorrales, que si nos ve algún vecino…
No me dejó acabar la frase porque me estampó un beso bien ruidoso, me puse boba y, como día tras día fuimos perdiendo la prudencia y yo me dejaba acorralar largo y tendido en mi mismo portal, al cabo de poco se enteraron mis padres y tuve que presentárselo. Entonces nos convertimos ya en novios formales y, bueno, lo normal, que al cabo de los años nos casamos y hasta ahora, que voy a parar ya porque está a punto de llegar a casa y, con lo que acabo de contar, me han entrado ganas de… bueno, más bien tengo el dilema de si decirle ¡Acorrálame!  o preguntarle ¿Te acorralo? Que no sé si viene a ser lo mismo.

miércoles, 13 de enero de 2016

¿Y si somos?

¿Y si -como en aquello de Pink Floyd- no somos más que ladrillos en la pared?
¿Y si somos aún algo menos?, ¿y si en vez de ladrillos ordenados en una pared somos granos de arena esparcidos sin orden por las playas?
¿Alguien ha pensado a dónde han ido a parar todos los cuerpos de quienes han pisado la tierra desde el origen de los tiempos? Casi infinitos cuerpos. Un quasi-infinito semejante al de los granos de arena de esas playas. ¿Y si es cierto? ¿Y si somos cuerpos esperando convertirse en cadáveres que, a su vez, se convertirán en granos de arena?
¿Y si -como dice una de las primeras frases de toda la literatura- no somos más que polvo y en polvo nos hemos de convertir?
¿Y si somos aún menos?, ¿y si somos humo?
¿Y si aún somos algo inferior a ladrillos, arena, polvo, humo?, ¿y si somos algo tan inasible como el tiempo?
¿Y si somos la mínima expresión del tiempo? ¿Y si somos -y eso ya es Heráclito, Séneca, Quevedo, Heidegger,...- un mero instante entre la cuna y la sepultura, entre los pañales y la mortaja?
¿Y si -como se dice en los entierros por decir algo- no somos nada?

sábado, 9 de enero de 2016

Chrétien de Troyes, Erec y Enid

Chrétien de Troyes, Erec y Enid (Siruela, Madrid: 1993)
Es una buena labor editorial la que hizo -y no sé si sigue haciendo- Jacobo, el hijo sabio de la duquesa de Alba a través de Siruela. He aquí hoy uno de los libros de la colección Selección de lecturas medievales y de Chrétien de Troyes quien, a base de frecuentar el mundo artúrico, se convierte en uno de los fundadores de la novela moderna. Y este último aspecto yo, al menos, lo explicaba así: en un principio la épica, tanto la homérica como la medieval, trata de hechos históricos; pero al transmitirse oralmente esos hechos históricos se van llenando de exageraciones, fantasías... Hasta que el mismo protagonista es ya sólo personaje de ficción. Se habrá pasado así de héroes históricos como Mío Çid a héroes ficticios como Amadís o Erec, el protagonista de esta novela. Luego sólo faltará que la ficción caballeresca sea contestada, al modo hegeliano de tesis / antítesis, desde la más baja realidad por un Lázaro de Tormes o por un don Quijote. Habrá llegado así la novela moderna.

martes, 5 de enero de 2016

Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4'30

Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4'30 (Orbis, Barcelona: 1983)
Si leí esta novela fue porque la regalaban en la liquidación de una biblioteca. Y me sonaba. Claro que me sonaba a novela de misterio del tipo Agatha Christie y será otras cosas excepto eso. Es una novela de estructura sencilla por el proceso de convergencia y divergencia. Explicado, eso supone que en una primera parte se presenta a toda una serie de personajes de lo más variopinto que, por motivaciones de lo más diverso, convergen en esa estación porque todos han de tomar allí un tren cuyo destino es Atenas.Y en la segunda parte, a la inversa, divergen porque cada uno de ellos va llegando a su destino.
Lo que sí huele a Agatha Christie es el punto de vista más bien aristocrático desde el que se observa la realidad. Por lo demás, poco que decir: sólo que carga bastante en lo lacrimógeno o que con la cantidad de personajes que maneja el autor el lector puede caer en la confusión.

viernes, 1 de enero de 2016

Libros comprados estas Navidades


Como suelo, cada vez que vengo a la península me doy un paseo por las librerías de Barcelona. En concreto por La Central, tanto la de la calle Mallorca como la de la calle Elisabets, la Laie de la Vía Layetana y la Casa del Libro del Paseo de Gracia. Diré que, por comparación con otros momentos, la Laie está en decadencia; creo, incluso, que ha pasado de ser una librería con bar y restaurante anexo a lo contrario, como se decía antiguamente del bar de la facultad de Derecho, que era el único con una facultad adjunta. La Casa del Libro, otro tanto de lo mismo. O quizá es que yo sólo miro la zona de los clásicos y la encuentro paupérrima en esas dos últimas librerías. Supongo que luego no se quejarán de que la gente compre en Amazon. En resumidas cuentas, sólo compré, esta vez, en La Central de la calle Mallorca. Y los siguientes libros: