Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 28 de enero de 2015

P, Q, R y S

Los cuatro jugadores de dominó se reúnen cada tarde, hacia las seis, para su partida. Siempre los mismos: P, Q, R y S. Juegan por parejas, P con Q y R con S, y quienes pierden pagan la ronda que previamente les ha servido el camarero. Cuatro botellines de cerveza: Estrella Dorada para P y S, San Miguel para Q y R. Y así todos los días menos el domingo, que cierra el bar. Hay otro que sí abre el domingo en la misma calle pero, como los cuatro son de costumbres fijas, se mantienen fieles a su bar y el domingo se quedan en casa frente a la tele o van a pasear con la mujer o a ver a los hijos y nietos.
Juegan siempre dos partidas con sus dos rondas correspondientes. Son jugadores clásicos, de los de seguir un palo, pararse a pensar para mostrar al compañero que tienen más de una ficha para jugar, calcular constantemente… Y escandalosos, que con ellos no va el viejo dicho de que el dominó es callado porque lo inventó un mudo: ¿es que el mudo no tenía nada más que hacer? Ellos gritan, vociferan, R tiene costumbre de reñir al compañero cuando pierden y Q tiene muy mal perder, que es leyenda en el barrio cuando dio tal golpe a una ficha que saltó desde la mesa hasta la calle: “Y suerte que no pasaba nadie, que si pasa un crío le saca un ojo” añade alguno al recordarlo.
Ninguno de los cuatro ha pensado qué pasará el día en que uno de ellos falte. Quizá lo sustituya alguno de los que esporádicamente se acercan a mirar con la silla puesta del revés, los brazos apoyados en el respaldo y el palillo en la boca como es tradición.

Cuando acaban las dos partidas acuden a la barra y se invitan a más cerveza los unos a los otros. Pero antes uno de ellos, normalmente P, recoge el dominó como hay que recogerlo: va metiendo las fichas en la caja de siete en siete con el lado negro debajo y el blanco con el punto metálico mirando hacia él. Así, al día siguiente, al volcar el cajón sobre la mesa, las fichas aparecerán boca abajo y preparadas ya para barajar. P tiene la manía de fijarse siempre en qué ficha queda arriba a la izquierda. El sábado fue la blanca cuatro. Hoy, cuando deslice la tapa para abrir la caja, se olvidará de mirar si la blanca cuatro sigue donde la dejó. Y lleva así años: fijándose por la noche y olvidándose de mirar a la tarde siguiente. Por eso sufre insomnio, porque le preocupa saber si las fichas se mueven entre sí dentro de la caja mientras descansan en el estante de detrás de la barra.

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