Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 6 de agosto de 2015

Antonia, III: La biblioteca de mi marido

Mi marido -ya lo dije hace días- no me deja tocar sus libros. Ni a mí ni a la chica sudamericana que viene los jueves a ayudarme. Ni siquiera pasarles el plumero por encima para quitarles el polvo. En total tiene trece libros en un estante que se hizo fabricar a medida. Los escogió de joven, antes de casarse conmigo, y me explicó que, dominando ésos, no necesita más.
Los tiene ordenados por épocas: el más antiguo, la Ilíada, a la izquierda; y el más moderno, Ana Karenina, a la derecha. Pero en medio de la estantería hay siempre dos huecos: uno corresponde al Quijote, que está siempre sobre la mesita frente al sofá porque lo lee constantemente a ratos perdidos; y el otro depende del mes, que, como ahora estamos en noviembre, tiene en su mesita de noche las Rimas de Bécquer y el mes que viene tendrá el último libro, Ana Karenina. Y así más o menos va variando cada mes su lectura para antes de dormir.
Eso no quita, por supuesto, para que, mínimo cada dos días, nos pongamos en lo nuestro. Y por eso contaba lo que estoy contando: porque no es de los que caen dormidos en seguida sino que coge el libro en cuanto yo me doy la vuelta. Y me lee en voz alta hasta que calcula que ya estoy dormida. Ya he dicho que le toca Bécquer. Esta noche, pues, se me cerrarán los ojos como ayer o como en noviembre pasado oyendo esos versos con salones de ángulos oscuros, pupilas azules, poesía eres tú…

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