Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 10 de diciembre de 2015

Antonia, III: La biblioteca de mi marido

Mi marido -ya lo dije hace días- no me deja tocar sus libros. Ni a mí ni a la chica sudamericana que viene los jueves a ayudarme. Ni siquiera pasarles el plumero por encima para quitarles el polvo. En total tiene trece libros en un estante que se hizo fabricar a medida. Los escogió de joven, antes de casarse conmigo, y me explicó que, dominando ésos, no necesita más.
Los tiene ordenados por épocas: el más antiguo, la Ilíada, a la izquierda; y el más moderno, Ana Karenina, a la derecha. Pero en medio de la estantería hay siempre dos huecos: uno corresponde al Quijote, que está siempre sobre la mesita frente al sofá porque lo lee constantemente a ratos perdidos; y el otro depende del mes, que, como ahora estamos en noviembre, tiene en su mesita de noche las Rimas de Bécquer y el mes que viene tendrá el último libro, Ana Karenina. Y así más o menos va variando cada mes su lectura para antes de dormir.
Eso no quita, por supuesto, para que, mínimo cada dos días, nos pongamos en lo nuestro. Y por eso contaba lo que estoy contando: porque no es de los que caen dormidos en seguida sino que coge el libro en cuanto yo me doy la vuelta. Y me lee en voz alta hasta que calcula que ya estoy dormida. Ya he dicho que le toca Bécquer. Esta noche, pues, se me cerrarán los ojos como ayer o como en noviembre pasado oyendo esos versos con salones de ángulos oscuros, pupilas azules, poesía eres tú…

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