Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 26 de diciembre de 2015

Antonia, VII: La rosa de los vientos

Yo, si no me pasa nada emocionante no sé qué contar, y lo último emocionante fue lo de cuando me salió un novio en internet. Porque el último día conté algo tan aburrido como mi recorrido por el supermercado.
Lo que voy a contar hoy no sé cómo me saldrá, pero es que el día ha empezado con muchísimo viento y, con los soplidos, mi marido y yo nos hemos despertado pronto. Bueno, a las ocho, pronto para lo que acostumbramos los sábados. Y después de desayunar hemos salido porque aquí en el pueblo tenemos mercadillo los sábados y yo no lo perdono. Yo sé que a mi marido le da igual que llueva o nieve pero el viento no lo soporta. Aun así me ha acompañado, que el amor es el amor y, sin él, yo tampoco habría salido.
Había mucha menos gente que de costumbre y las lonas que cierran los puestos por los lados batían por el viento que se ha llevado la gorra de un señor y le deshacía el peinado a las señoras. Íbamos de la mano y me he parado ante un puesto de azulejos:
¿Te gusta esa rosa de los vientos?
Mucho.
Me ha contestado por contestar y sin pensar en las consecuencias, en que si la comprábamos le tocaba a él instalarla. Pero como nunca me ha negado un caprichito la hemos comprado y, de vuelta a casa, ha dicho que hacía falta cemento rápido y que ya se acercaba él a comprarlo.
Pues yo voy a casa a pensar dónde la ponemos.
La rosa estaba formada por cuatro azulejos y tenía ocho puntas alternando rojos y azules. Mi marido ha vuelto con un saquito de cemento y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
Estas rosas también existen.
Lo he cogido de la mano, lo he llevado a la alcoba y le he dicho que la quería encima del cabezal.
¿Estás segura? Porque ahí, a lo sumo un crucifijo para bendecir nuestras expansiones. ¿No quedaría mejor en el patio?
Al momento ya había cubierto la cama y el cabezal con una sábana vieja para no mancharlos y ahí lo he dejado tomando medidas y haciendo no sé qué con una regleta en la pared. Al cabo de un rato largo, que yo ya estaba en la cocina empezando a preparar la comida, me llama:
¿Te gusta cómo ha quedado?
Tanto que quiero celebrarlo.
En un pispás estábamos los dos desnudos y yo encima de cara a él, celebrando rítmicamente todo nuestro acto amoroso. Al acabar me dice:
No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
Entonces me he puesto cursi y le he contestado:

Pero para eso está ahí, para que sepas que a mí esto me gusta igual sople el viento de donde sople.

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