Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 22 de diciembre de 2015

Antonia, VI: En el supermercado

Hoy voy a explicar cosas más normales. Por ejemplo que, como es primero de mes, he entrado con el ordenador en las cuentas del banco, que soy yo quien lleva la contabilidad de la casa, a ver si a mi marido le habían pagado la nómina y si estaba todo en orden. Y después he ido al supermercado pero antes, como cada primero de mes, he pasado por la gasolinera a llenar el depósito.
En el supermercado también soy de costumbres fijas y siempre hago el mismo recorrido, que empiezo por las patatas fritas porque están cerca de la entrada y, de ahí, me voy a la leche. Entonces ha sido cuando, empujando el carrito de la compra, me he acordado de que, antes, cuando he hecho la cama, me he fijado en que las poesías de Bécquer ya no estaban en la mesita de noche de mi marido. Porque ya conté cómo cambia de libro cada mes y que en diciembre siempre toca Ana Karenina.
¿Y por qué me he acordado de eso en el supermercado? Por la pobre Ana Karenina. Y no es que yo haya leído la novela, no, ni que sepa mucho de qué va. Es un libro difícil y, aunque mi marido me lo explica cada año, sólo se me quedan algunos detalles. Sí sé que va de una gran señora rusa, que eso es lo que pensaba mientras he cogido el pack de leche. Porque no me la imaginaba capaz de ir al supermercado, ni de esperar en la cola del pescado, ni pesando los tomates.
Dice mi marido que todo el siglo XIX está lleno de novelas de adulterio y que leer ésa es como leerlas todas; que también hay una novela parecida con una señora de Oviedo; y una de un cura portugués que deja embarazada a una beata; y otra de una señora francesa que se arruina con sus amantes y se suicida.
Yo iba recorriendo el supermercado, que si la fruta, que si la verdura, después la carne… mientras veía a Ana Karenina paseando con su parasol o en un coche de caballos, o bailando en los salones mientras jugaba a las miraditas con caballeros elegantísimos…
Luego, cuando he llegado a la caja, me he acordado de que su amante la deja embarazada, que es raro porque me parece que las gomitas se inventaron hace muchísimo. Y después, mientras cargaba el coche, me he acordado también de que el amante la traiciona y ella acaba, pobrecilla, tirándose a las vías del tren.
Pero yo, a lo mío, que he vuelto a casa, he metido el coche en el garaje y he guardado la compra en el frigorífico.

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