Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 14 de diciembre de 2015

Antonia, IV: El desayuno en la cama

Hoy estoy especialmente contenta por lo que dice el título, o sea, porque mi marido me ha traído el desayuno a la cama. El café con leche, zumo de naranja y un croissant recién hecho porque había salido a la panadería. Yo aún dormía pero me he despertado al oírlo entrar. Pone la bandejita en mi mesita de noche y dice:
Buenos días y gracias por lo de anoche.
Yo, como había abierto los ojos pero el cerebro aún lo tenía dormido, he tardado en caer en qué fue lo de anoche. Y entonces le he contestado:
Pues gracias a ti por lo de ayer tarde.
¿Y qué fue lo de ayer tarde?, ¿Y lo de anoche? Lo de ayer tarde fue que, cuando llegó del trabajo, yo había acabado de planchar y estaba viendo la tele:
¿Dan algo interesante?
Lo más interesante de aquí eres tú.
Eso le contesté. Y, como él vendría relajado porque es fin de semana, pasó lo que pasó: que en un minuto me tenía ya desnuda y nos pusimos en el sofá. Ah, y que cuando estuve bien ensartadita pensé en lo que se perdían las pobres chicas que habían ido de Black Friday.
¿Y lo de anoche? Pues resulta que, al acostarnos, lo que expliqué el otro día, que él se pone con su libro de poesía de Bécquer a leer en voz alta y yo cierro los ojos para dormirme, que su voz es como si me acunara. Pero fue oír unos versos que decían “jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor”, que me entró un no sé qué que me puse romántica. Vuelvo a abrir los ojos y le desabrocho la chaqueta del pijama para acariciarle la barriguita. Él, que me estuviera quieta; yo, ni caso, que me pongo a darle besos por debajo del ombligo. Y él seguía leyendo versos pero yo me dije: verás qué pronto deja de leer. Aparto la colcha y las sábanas y le desabrocho el pantalón del pijama para ver a mi Paquito, porque si mi marido se llama Paco… Y lo que me gusta mirar de cerca a mi Paquito… Porque todo tiene su aquel: cuando lo hacemos normal me gusta ver las caras que pone y cómo se le abren los ojos de sorpresa pero, claro, no puedo ver a mi Paquito. En cambio, anoche, verlo, pasarle el dedo por las venitas que se le iban marcando más y más, mirarlo bien de cerca, que aún se le notaban las marcas de un mordisquito que le dí hace días… Y sí, siguió leyendo hasta que le di un buen apretujón con la mano. Entonces dejó el libro, empezó a acariciarme la nuca y, como yo sabía lo que quería, me puse en serio. A los dos minutos ya lo tenía diciendo “Apártate, que ya…”, pero él ya sabe que no me aparto ni cuando me salpica en el paladar.

Y si por hacer algo que me gusta tanto encima me trae el desayuno a la cama…

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