Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 28 de diciembre de 2015

Antonia, XVII: Mi dolor de espalda

Ya he contado otras veces que soy una mujer muy normalita, de las de llevar la casa y cuidar a mi marido. Más adelante ya tendremos niños, aunque aún no me imagino pariendo, y entonces me tendré que organizar de otra manera: que si despertarnos a media noche, que si dar el pecho... Y todo esto lo cuento porque a mí, de momento, me gusta la vida que llevo: arreglar la casa, salir a la compra, mi ratito de ordenador, hacer la comida, esperar a mi marido… Pero hace días que me he salido de la rutina. No tanto como si hubiéramos tenido un niño, ni mucho menos, pero a mí me tocan mis costumbres fijas y es como lo que dicen de un elefante en una cacharrería, que me siento como si yo no fuera yo.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Amaral, Como hablar




Por sacar algo en el blog, ahí dejo Amaral. Parece que algo de letras sabe la nena o quien sea el letrista...
Por lo demás haber (sic, y no lo pienso rectificar) si pasa la navidad de una vez; y año nuevo; y reyes.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Juan Rulfo, Pedro Páramo

Rulfo, Juan, Pedro Páramo y El llano en llamas (Planeta, Barcelona: 1980)
Leimos Pedro Páramo para comentarla en la sesión del club de lectura que se celebró en la Biblioteca Pública de Mahón el 16/12/15. Es una obra de difícil lectura que trataremos de entender a base de destacar aquellos aspectos que nos han llamado la atención:

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Dacia Maraini, La lunga vita di Marianna Ucrìa

Dacia Maraini
Maraini, Dacia, La lunga vita di Marianna Ucrìa (Rizzoli, Milán: 2013)
La he leído por recomendación del intelectual de mi pueblo. Y por chulo, por haberla querido leer en italiano, me he quedado a medias; quiero decir que nivel de comprensión no ha sido total; quiero decir, por fin, que no sé tanto italiano como creía que sabía y que, en cambio, me había servido para comprender casi completamente otras muchas obras. Pero, enfín, algo comentaremos:
  • Está ambientada en una Sicilia del XVIII donde los valores imperantes son los contrarios a la Ilustración que recorre Europa; y centrada en la figura de Marianna Ucría, cuya vida expone desde la niñez.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Antonia, XVI: La gata

Aquí gustan mucho las historias de terror. Y a mí me gustaría escribir una: que si vampiros, que si monstruos, que si aliens, aunque creo que los aliens ya se han pasado de moda, que era una exageración lo de que a uno le saliera por sorpresa un monstruito de la barriga. Además, ni sé inventarme historias de terror ni historias de nada, que yo sólo cuento lo que me pasa. Y a eso voy, a que una vez me pasó algo que no es exactamente de terror pero sí de miedo. De mucho miedo. O no, que como el miedo sólo lo tenía yo... Y eso es, que si no lo sé explicar bien, en vez de dar miedo daré risa.
El caso es que la gata de una vecina tuvo gatitos y, como no podía con todos, me preguntó si quería uno. Y había una gatita tan mona... Pero primero lo consulté con mi marido, por supuesto, y, como no sabe negarme ningún capricho, me dijo que sí. Total, que me hice cargo de ella y, al principio, como era tan pequeña, le tenía que dar leche metiéndosela en la boca con una jeringuilla. Luego, en cuanto ya estuvo un poco crecida, le compraba latas y galletas de esas que vienen en sacos de papel. Ah, y le puse en el patio su recipiente con arena para que hiciera sus necesidades, que aprendió en seguida.
Hasta aquí todo bien, que no parece que de lo que cuento pueda salir una historia de miedo. Pero un buen día, a media mañana, que yo había acabado con las faenas de la casa y estaba a lo mío con el ordenador en el cuartito, salgo un momento al salón y me veo a la gata en esa postura en que se ponen los gatos y que parecen una esfinge egipcia. Lo curioso es que estaba mirando fijamente al techo y, por más que yo le dijera, no apartaba la vista de allí. Yo miré también a ver si había algún bichito o alguna telaraña que le llamara la atención pero no vi nada. Intenté, incluso, distraerla abriéndole una lata de comida de las que más le gustan pero nada, ni caso. Y así se estuvo hasta casi la hora de comer que, cuando llegó mi marido, se fue hacia él, se metió entre sus piernas y luego se fue directa a comer la lata que le había abierto antes. Y por la tarde, que mi marido no salió de casa, la gata se comportó de forma normal: su ratito de sofá, su otro ratito encima de nuestra cama de matrimonio...
Pero a la mañana siguiente, que yo ya ni me acordaba, cuando me doy cuenta me la vuelvo a ver en la misma postura del día anterior y con la mirada fija hacia el mismo punto del techo. Toda la mañana hasta que llegó mi marido y volvió a comportarse de manera normal. Entonces, a la hora de comer y con mucho tiento para que no se pensara que me había vuelto loca, decido explicárselo a mi marido. ¿Y qué me contesta? Pues nada más y nada menos que es lógico porque, por no sé qué de la longitud de onda o los rayos qué sé yo, los animales ven cosas que las personas no podemos ver. Y me lo dice tan tranquilo. Y cuando le pregunto que por qué se queda mirando sólo cuando él no está en casa me dice que, como es una hembra, le gusta que él esté en casa y entonces está por él y no por lo del techo. Y lo bueno fue eso, que mi marido casi lo vio normal y yo me lo creí a pies juntillas.
Pero una cosa es creérselo y otra... Porque, claro, si la gata veía algo ahí es, como decía mi marido, porque lo había. Entonces me acordé de no sé qué película de terror en que a uno no se le ocurre otra cosa que construir una casa encima de un cementerio indio y, claro... que no sé si es aquella misma película en que una niña se queda presa dentro de la tele. Y de ahí a pensar que lo que veía la gata era un fantasma... Como que llamé a mi padre para preguntarle qué había aquí antes de que edificaran nuestra casa. Porque vivimos en una zona nueva del pueblo. Y mi padre, haciendo memoria, me dijo que en esta zona había eras para trillar después de la siega; pero al aparecer las cosechadoras dejaron de usarse y el ayuntamiento acabó por comprar los terrenos.
Me quedé algo más tranquila pero sólo hasta que volví a ver a la gata mirando al techo. Porque una cosa es que hubiera una era debajo de nuestra casa y otra cosa es saber qué había antes de esa era: ¿no podía haber habido un cementerio en tiempo de los visigodos, o los romanos, o los celtas o los que fueran?; ¿y no podía haber un fantasma o un alma perdida de ese cementerio agarrada al techo del salón esperando qué sé yo para irse de una vez al reino de los muertos?; ¿y no sería eso lo que miraba la gata?
Así que acabé por coger miedo. Cuando estaba mi marido en casa, yo tranquila porque la gata se comportaba de modo normal, pero en cuanto se iba a trabajar por la mañana ya estaba yo muertecita de miedo. Como que hacía las faenas de la casa... que días estuve sin barrer ni fregar ni quitar el polvo del salón por no ver a la gata mirando al techo. Y cuando iba a la compra procuraba ponerme a hablar con las vecinas o las conocidas en la carnicería o la verdulería con tal de estar el máximo tiempo posible fuera de casa. Y lo de que estaba más tranquila con mi marido en casa sí, pero en cuanto nos acostábamos y él, al acabar su ratito de lectura, apagaba la luz, yo me agarraba muy fuerte y procuraba no pensar en las almas de esos visigodos o celtas que seguro que me esperaban en el techo del salón.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Ya he dicho que del miedo que me daba procuraba evitar al máximo el salón y hasta lo cruzaba casi corriendo. Pero un día volvió mi marido de trabajar especialmente cariñoso y, tal como le di el besito en el recibidor, me cogió en brazos, me llevó hasta el salón, me tumbó en el sofá y empezó a desnudarme. Yo me dejé hacer, por supuesto, pero mientras me desnudaba yo miraba de reojo la esquina de la pared con mi fantasma visigodo invisible y me empezó a entrar miedo. Mi marido se desnudó también, se me vino encima muy preparado ya, empezó a darme besitos y mordisquitos y, cuando se me quiso venir dentro, notó que yo no estaba húmeda. Se extrañó, claro, porque yo, cuando él me requiere, enseguida estoy dispuesta. Y se lo tuve que decir: que nos fuéramos a la habitación, que me daba mucho miedo estar en el salón porque me sentía observada por el fantasma del techo.
Luego ya, mientras descansábamos, yo puse la mejilla en el pecho de mi marido y él, mientras me acariciaba, propuso la solución: deshacernos de la gata. Y eso hicimos, que puse un papelito en un tablón de anuncios que hay junto a la puerta del mercado y, al cabo de unos diez días, llamó una señora que después, hablando y hablando, resultó ser prima segunda de mi madre, y se llevó la gatita.
Pero digo yo que aunque ya no esté la gatita mirando fijamente al techo, el fantasma visigodo sigue ahí, ¿o no?

martes, 8 de diciembre de 2015

F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby

Scott Fitzgerald, F. Scott, El gran Gatsby (Orbis, Barcelona: 1983)
Hace muchísimos años leí esta novela e incluso creo haber visto una película basada en ella protagonizada por Robert Redford; creo, incluso, que hay otra posterior con Leonardo di Caprio. La releo porque es la propuesta para la reunión del club de lectura de Ciudadela el 12 de diciembre.
Destaco:
  • La narración en primera persona por parte de un personaje lateral, Nick Carraway, un primo segundo de Daisy Buchanan, la mujer de la que está enamorado Jay Gatsby: Gatsby [...] plasmaba todo aquello hacia lo que siento un irrefrenable desprecio (8-9). Pero parece que se producirá un cambio de opinión en el narrador: Gatsby resultó ser un hombre de una pieza (9). Y los hechos narrados durarán poco más de tres meses: Me acordé de la noche en que, por vez primera, hacía tres meses, acudí a su ancestral mansión (217).

viernes, 4 de diciembre de 2015

Antonia, XV: Mi admirador secreto

Me pasa cada cosa...
Vuelvo ayer de la compra y, al mirar en el buzón, ¿qué me encuentro? Bueno, sí, una carta del banco, pero ¿qué más?: un sobre a mi nombre. Y mi nombre escrito con letra caligráfica, de esa que parece antigua. Sin remitente y con el matasellos de aquí mismo, del pueblo.
Guardé la compra, cada cosa en su sitio, cogí el sobre y me senté en el sofá. Y como tenemos abrecartas, pues eso, lo abrí como se debe y me encontré una hoja tamaño folio bien dobladita. La desplegué y me vi -¿queda alguien que escriba a mano?- todo el folio escrito con esa misma letra tan bonita; con su fecha y todo arriba en el ángulo derecho. Pero lo primero, mirar la firma, por supuesto: Tu admirador secreto. Como que no sé si de la risa o del susto fui al mueble-bar y me pusé un dedito de whisky antes de seguir. Volví al sofá:
Apreciadísima Antonia:
He pensado mucho antes de dirigirme a ti y, por fin, me he decidido. No puedo contenerme más y por eso te confieso mi amor.
(Traguito de whisky)
Y al hablarte de amor me refiero al de verdad, al de pensar constantemente en ti, desde antes de abrir los ojos por las mañanas hasta después de cerrarlos al acostarme. Pero no quiero que te preocupes. Sé que eres una mujer felizmente casada y, como mi amor -ya te lo he dicho- es sincero y verdadero, no espero nada de ti, sólo esa emoción y ese vuelco en el corazón al cruzarme contigo por la calle.
(Otro traguito de whisky. ¿Quién será ese señor?... Y que nadie se piense que soy un pibón: ni guapa ni fea, del montón. Además, con gustarle a mi marido...)
Soy un hombre mayor, de la edad de tu padre -q.e.p.d.- y, como lo conocía, te respeto también como a una hija. Por eso me extraña que el amor haya llamado así, contigo, a mi corazón pero, ya lo dicen, el amor es ciego. Y, además, qué quieres que te diga, Antonia, prefiero amarte a ti en silencio que liarme con alguna otra de esas que, en el baile de los martes en el Centro de Jubilados, lo primero que te preguntan es cuánto cobras de pensión.
(Otro traguito de whisky. Y que me empezó a gustar cómo se explicaba y lo bien que escribe)
Y hay también algo que, aunque me dé vergüenza, te voy a confesar. Soy viudo y no cato mujer desde hace... hasta el punto de que, o por eso o por la edad, ya me creía muerta... bueno, ya sabes, eso que tenemos los hombres.
(Aquí viene cuando me acabé el whisky de golpe y me puse otro)
Pues te confieso que me lo has hecho revivir. Hay veces que estoy pensando en ti y noto como si... en fin, como si volviera toda mi virilidad. Y así, sin tú proponértelo ni siquiera saberlo, me haces feliz. Sin embargo, como no quiero terminar hablándote de bajas pasiones te diré que mi amor por ti es total: te amo virilmente, te amo de todo corazón y te amo con este cerebro mío que ni puede ni quiere dejar de pensar en ti.
(Traguito largo de whisky)
Nada más, Antonia. Sólo que te da las gracias por haberle leído
Tu admirador secreto

Y ya está, que aún no me he recuperado.