Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Miguel Delibes, El camino

Delibes, Miguel, El camino (Destino, Barcelona: 1997)
Leemos la obra a propuesta de la Biblioteca Pública de Mahón para discutirla este miércoles 28 de octubre pasado. Y diremos que de Miguel Delibes ya reseñamos aquí el relato La mortaja. En cuanto a ésta, de 1950, La presentamos por centros de interés:
  • En lo que al título se refiere diremos que es paradójico en tanto anuncia una novela itinerante que, sin embargo, transcurrirá en su totalidad en un pueblo cerrado en un valle del norte. Ahora bien: 1º) Uno de los temas de la obra serán las vivencias del protagonista Daniel, el Mochuelo, en ese pueblo antes de iniciar un camino nuevo, esto es, antes de salir por vez primera del pueblo para ir a estudiar a la ciudad. 2º) Otro de los temas serán las dudas de Daniel frente a ese camino teniendo en cuenta las fuerzas que le empujan a emprenderlo: de un lado el cura don José: todos tenemos un camino marcado en la vida. Debemos seguir siempre nuestro camino, sin renegar de él -decía don José- [...]. La felicidad [...] está en acomodar nuestros pasos al camino que el Señor nos ha señalado en la Tierra (177-179; y luego, en el último capítulo: Don José, el cura, dijo entonces que cada cual tenía un camino marcado en la vida [219]); de otro lado, su padre: que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba... (7). Y a Daniel no le queda otra que conformarse y aceptar aun a su pesar: Daniel, el Mochuelo, pensó que él renegaba de su camino por la ambición de su padre [219]; y en la frase final: le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado [221]); de ahí la frase inicial de la novela, que abre la posibilidad de otros muchos caminos: Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así (7). 3º) En un tercer sentido la novela es camino en tanto marca en cierto modo un recorrido iniciático por el que Daniel descubre los misterios del amor con la Mica o la Uca-uca y la muerte con la de su amigo Germán, el Tiñoso; o alcanza una cierta madurez como cuando se molesta porque su amigo Roque se burla de él porque lo escogen para el coro por su voz infantil -¡Niñas, maricas! (176)- y, acto seguido, decide hacer algo propio de mozos como es el subirse a la cucaña y conseguirlo a base de repetirse Subo porque no me importa caerme (182).
  • En lo que se refiere al punto de vista, la novela está presentada desde un narrador externo en 3ª persona pero instalada en la conciencia de Daniel, en quien todo está focalizado: Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos (7).
  • La estructura consiste en dos capítulos simétricos, el primero y el último, en los que Daniel se acuesta -Daniel el Mochuelo, se revolvió en el lecho (8)- y se despierta -En torno a Daniel, el Mochuelo, se hacía la luz de un modo imperceptible (214)-. Y en ese intervalo evoca sus vivencias en el pueblo: Comprendía Daniel, el Mochuelo, que ya no le sería fácil dormirse. Su cabeza, desbocada hacia los recuerdos, en una febril excitación, era un hervidero apasionado (79). Ello provoca que a veces haya historias secundarias que se van contando fragmentariamente: en el capítulo V se narra la fuga de la Guindilla menor con don Dimas (48) y no será hasta el VIII cuando vuelva abandonada a los tres meses y cuatro días, exactamente, de su fuga (70); en el XVI se cuenta que Quino salva a la Guindilla mayor de ser lanzada al río y ello es el germen de su relación, y en el XVIII se casan. En cuanto a la construcción de los capítulos, los primeros se ordenan en círculos concéntricos a partir del espacio y así, el I se centra en casa de Daniel, el II presenta una visión general del pueblo y el III se abre al valle. Del resto, la mayoría se ordenan centrándose en personajes: el II se dedica a presentar a Roque, el Moñigo; el V se centra en las Guindillas; el IX, alrededor de Gerardo, el Indiano, y su hija, la Mica; el XV, en don Moisés y su relación con la Sara. Otras veces se dedican a acontecimientos: el XI trata de la boda de Quino, el Manco, y la Mariuca con el suicidio de la Josefa por despecho; el XII, a la jornada de caza de Daniel con su padre; el XIV, a las travesuras de los tres amigos; el XVI, a los remedios ideados por el cura y la Guindilla mayor para evitar la concupiscencia; el XX, al entierro de Germán. Algunas veces enlazan por encadenamiento como el I, que termina con el motivo del vientre seco, y así comienza el II; o el III, que empieza con la misma expresión, el valle, con la que acababa el II (25-26); o la Guindilla mayor, que cierra el capítulo IV y abre el V; lo mismo con don Moisés para cerrar el XIV y abrir el XV. 
  • El tiempo queda, pues, en contraste: de un lado, el tiempo del discurso, la noche insome de Daniel; del otro sus once años rememorados y aún más al aludirse en ciertos momentos a hechos anteriores a su nacimiento. Así se van dando constantes saltos hacia atrás: Hacía casi seis años que conoció las aspiraciones de su padre respecto a él (12). Y se irán presentando según un orden subjetivo todos los acontecimientos con lo que ello supondrá, una constante quiebra de la línea temporal. Hay un momento, incluso, en que parece aludirse a un futuro de Daniel más allá de esa noche: Daniel, el Mochuelo, recordaba con nostalgia su última noche en el valle (220).
  • Los personajes:
     A) Se les caracteriza designándolos, al modo rural, también con sus motes y así, Daniel será el Mochuelo por su modo de mirar las cosas atento, concienzudo e insaciable (40). Otras veces se les caracteriza con referencias al mundo natural como la Mica, que tenía una voz que parecía el suave y ondulado acento de un jilguero [...] y sus piernas, largas y esbeltas, ofrecían la tonalidad dorada de la pechuga del macho de perdiz (89); o la Mariuca, de la que se enamora Quino, el Manco, porque tenía la mirada triste y sumisa como un corderillo (103). O bien a base de expresiones semejantes al epíteto épico como ocurre con don José, el cura, que era un gran santo (45, 104, 149, 161, 163, 166, 177, 210, 218...; pero no, significativamente, en su última aparición, donde se limita a ser don José, el cura [219]). En algún caso el nombre es motivado como Dimas, el del buen ladrón, que aquí roba el dinero de las Guindillas: -Es un ladrón. Eso es lo que es. Igual, lo mismo, que el otro Dimas (74). 
     B) El círculo inmediato de Daniel está formado por otros dos personajes siguiendo la ley folclórica del tres: Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso. Es curiosa la contradicción de Roque, de un lado el más fuerte -se peleaba con frecuencia con los rapaces del valle y siempre salía victorioso (21)- y, a la vez, dominado por su hermana Sara, que le infunde miedo: -A mí me metió miedo, la verdad (20); es también quien más pretende conocer los misterios de la vida: -[...] Mi padre dice que cuando la diñas no te enteras de nada. [...] -¿Cómo lo sabe tu padre? [...] -¡Qué sé yo! Se lo diría mi madre al morirse (20); otros misterios se los plantea ingenuamente: -[...] Si una estrella se cae y no choca con la Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? (29). Y será la muerte de Germán en el capítulo XIX la que prácticamente rompa toda la armonía y sirva de preludio a otra ruptura, la de Daniel con su entorno: pasó la noche en vela, junto al muerto, Sentía que [...] en adelante nada sería como había sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que se sentía solo, espantosamente solo, era él, y sólo el. Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños (200-201).
     C) Del resto de personajes destacan las Guindillas, también tres como si quisieran servir de contrapeso a los anteriores, entre las que sobresale la mayor con sus cómicos cargos de conciencia: -[...] ¿Cree usted, don José, que si yo hubiera nacido en Inglaterra, hubiera sido protestante (43); también es personaje en contradicción porque, además de típica beata, peca de insensible ante la muerte de su hermana mediana: -Dios es sabio y justo en sus decisiones; se ha llevado a lo más inútil de la familia. Démosle gracias (45); y pronto se anticipa su castigo: Tres años después (del nacimiento de Daniel), el Señor la castigó en lo que más podía dolerle (43). Ese castigo consistirá en que la Guindilla menor, engatusada por don Dimas, el del banco, se fuga con él llevándose los ahorros, mil duros (47); la reacción inmediata de la hermana mayor es vestir de luto como no había hecho con la muerte de la otra hermana: extrajo de un apolillado arcón el traje negro que aún conservaba desde la muerte de su padre (48); y el mismo luto vestirá su hemana al volver humillada: Vestía como suelen vestir las mujeres viudas, muy viudas, toda enlutada y con una mantilla negra (71). Y habrá que añadir que la Guindilla mayor remite a la Bernarda Alba lorquiana al imponer condiciones a su hermana: -Vestirás luto el resto de tu vida y tardarás cinco años en asomarte a la calle (73). De otro lado, la Guindilla mayor, contra justicia poética, saldrá airosa en la narración y, además, de forma irónica: como va reprimiendo a los mozos que se esconden en el campo con las mozas, éstos quieren tirarla al río y la salva Quino, el Manco, cuyo muñón besa (170): la Guindilla se reía de que el único amor de su vida hubiera nacido precisamente de su celo moralizador (185).
  • El espacio queda reducido al pueblo y al valle con mínimas alusiones al mundo exterior: el valle tenía su cordón umbilical, un doble cordón umbilical, mejor dicho, que le vitalizaba al mismo tiempo que le maleaba: la vía férrea y la carretera (26); lo curioso es que los tres amigos no ven esos elementos como vía de escape sino como lugar para sus aventuras como cuando se meten en el túnel con los traseritos desnudos, a medio metro de la vía (146). Destaca alguno de los espacios como el Pico Rando, hincándose en la panza estrellada del cielo (79) o con la cumbre fosca, empenachada de bruma (110); a él asciende Daniel con su padre cuando van de caza y desde allí el valle semejaba un lago lleno de un líquido ingrávido y extraño (121); y en él se fija al despertar el último día en el pueblo: Sobre el fondo blanquecino del firmamento la cumbre del Pico Rando comenzaba a verdear (214); y en ese momento adquiere valor de símbolo de la unión de Daniel con su mundo: posó (su mirada) en la bravía y aguda cresta del Pico Rando. Sintió entonces que la vitalidad del valle le penetraba desordenada e íntegra y que él entregaba la suya al valle en un vehemente deseo de fusión, de compenetración íntima y total (215); por eso vuelve a mirarlo: Dio media vuelta en la cama y de nuevo atisbó la cresta del Pico Rando iluminada por los primeros rayos del Sol (220). Y hay algún elemento propio del mundo moderno inserto en el medio rural como en otras obras de Delibes: así, la fábrica de clavos (31) que sólo lateralmente parece interactuar con el entorno cuando sus obreros van a la taberna de Quino; pero en ningún momento se dice de ningún personaje del pueblo que trabaje allí. El mundo exterior tiene presencia limitada: el padre de Daniel, al abrirse la veda, cogía el mixto en el pueblo y se marchaba hasta Castilla. Regresaba dos días después (117). Del mundo remoto procede la Mica y sólo ello lleva a Daniel, desde su amor infantil, a pensar positivamente en la ciudad y los estudios: Estudiaría denodadamente y quizá ganase luego mucho dinero. Entonces la Mica y él estarían ya en un mismo plano social [...]. Era agradable y estimulante pensar en la ciudad y pensar que algún día podría ser él un honorable caballero y pensar que, con ello, la Mica perdía su inasequibilidad (137). Y se opone, por supuesto, el mundo rural al urbano pero dejando al segundo como espacio donde todo puede ocurrir desde el fracaso de la Guindilla en la ciudad hasta el éxito de Germán, el Indiano, en Méjico (80ss.); o el limitado progreso de Tomás, el hermano de Germán, que estaba empleado en una empresa de autobuses (197). Por otro lado, de la relación entre personajes y espacio da idea el siguiente momento: No era Daniel, el Mochuelo, quien llamaba a las cosas y al valle, sino las cosas y el valle quienes se le imponían (79).
  • Un tema de cierto peso será el del amor. Daniel sentirá primero ese amor infantil por la Mica ya mencionado: comprendió que la Mica era muy hermosa, pero, además, que la hermosura de la Mica había encendido en su pecho una viva llama desconocida (128). Ese amor le lleva a sentir el espacio en relación a ella al modo de los pastores renacentistas o los poetas románticos: Si la Mica se ausentaba del pueblo, el valle se ensombrecía a los ojos de Daniel, el Mochuelo, y parecía que el cielo y la tierra se tornasen yermos, amedrentadores y grises. Pero cuando ella regresaba todo tomaba otro aspecto y otro color, se hacían más dulces y cadenciosos los mugidos de las vacas, más incitante el verde de los prados y hasta el canto de los mirlos adquiría, entre los bardales, una sonoridad más matizada y cristalina (129). Luego con la Uca-uca a quien parece gustarle: en un principio se burla de ella: -Uca-uca, toma diez y vete a la botica a pesarme (114); luego, en sus ensoñaciones con la Mica, Daniel se imagina casándose con ella y que por eso la Uca-uca, al saberlo, se tiraría desnuda al río desde el puente, como la Josefa el día de la boda de Quino (137); pero es en el último capítulo cuando cambian sus sentimientos hacia ella: -Adiós, Uca-uca -dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados (220).
  • Aparecen diseminados una serie de motivos secundarios que refuerzan algunos de los temas: El llanto, a partir de la insistencia de Roque, el Moñigo, en que un hombre bien hombre no debe llorar aunque se le muera el padre (9). El vientre seco, expresión que Daniel no comprende y a la que se refiere con el muy indefinido "eso" (15): se durmió haciendo conjeturas sobre lo que querría decir su madre, con aquello de que tenía el vientre seco y que se había quedado estéril después del aborto. [...] Ahora, Daniel el Mochuelo, ya sabía lo que era tener el vientre seco y lo que era un aborto (14-15; luego se vuelve al tema del vientre seco de la madre para explicar el cariño que ésta siente por la Uca-uca: Su vientre, pues, envejecía sin esperanzas [112]). Sin embargo, Daniel será el último del trío de amigos en saberlo: también Germán, el Tiñoso, [...] sabía lo que era un vientre seco y lo que era un aborto (51 aunque en contradicción con 64 en que Germán no lo sabe: en el prado de la Encina Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, se enteraron, al fin, de lo que significaba tener el vientre seco  y de lo que era un aborto); pero también ha tenido dudas parecidas: -La cigüeña no trae los niños entonces, ¿verdad? Ya me parecía raro a mí -explicó-. Yo me decía, ¿por qué mi padre va a tener diez visitas de la cigüeña y la Chata, la vecina, ninguna y está deseando tener un hijo y mi padre no quería tantos? (67). El del vientre seco es, además, tema que también interviene en otros momentos y, de ahí, la causa por la que Dimas abandona a la Guindilla menor: -Que era machorra [...] no puedo tener hijos (73); lo mismo le ocurre a su hermana: la Guindilla mayor [...] quería (al gato) como si fuese una consecuencia irracional de su vientre seco (140). O como cuando se caracteriza a esa mujer ya citada, la Chata, con ese trazo: María, la Chata, que también tenía el vientre seco (77); y se  la presentará en contraste con la Mariuca al volver esta última de viaje de novios: le faltó tiempo a la Mariuca para anunciar a los cuatro vientos que estaba encinta. / -¿Tan pronto? -le preguntó la Chata, que no se explicaba cómo unas mujeres quedaban embarazadas por acostarse una noche con un hombre y otras no, aunque se acostasen con un hombre todas las noches de su vida (107). Será el descubrimiento de lo que es un vientre seco uno de los hitos que marquen la tránsito de Daniel a la madurez. Y en cuanto al llanto, Daniel se lo reprime incluso cuando muere Germán: sintió que quería llorar y no se atrevió a hacerlo porque Roque, el Moñigo, vigilaba sus reacciones (198); pero explota, al fin, en la última frase de la novela como marcando el fin de una etapa: Y lloró, al fin (221).
  • Es de notar la percepción sensual de la realidad, De un lado las sensaciones olfativas: Se le estremecieron las aletillas de la nariz al percibir una vaharada intensa a hierba húmeda y boñiga (220); los olores se intensificaban, cobraban densidad y consistencia en la atmósfera circundante, reposada y queda (214). De otro, los sonidos: Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo (207); los mirlos, los ruiseñores, los verderones y los rendajos iniciaban sus melodiosos conciertos matutinos entre la maleza (214).
  • Y la riqueza del lenguaje con especial atención al rural. Sólo un ejemplo en el momento en que, irónicamente, Daniel, planteándose la necesidad de estudiar, piensa que habrá quien haya estudiado mucho pero no distinga una boñiga de un cagajón (8), esto es, entre el excremento vacuno y el caballar.
  • Momentos cómicos o tragicómicos como la discusión sobre si las mujeres tienen honra o cutis: -Las mujeres feas no tenemos honra (73); De todo el pueblo es la Mica la única que tiene cutis  [...] En las capitales hay muchas mujeres que lo tienen. En los pueblos, no, porque el sol les quema el pellejo o el agua se lo arruga (131-132); y Daniel, cuando la Mica le toca, llega al extremo de creer que tenía también cutis en las palmas de las manos (135) O cuando el padre de Daniel le dice que los milanos saben latín y él, tomándolo al pie de la letra, piensa si ello tiene relación con que vistan de un marrón duro y escueto, igual que las sotanas de los frailes (122). O cuando la Sara use, festejando con don Moisés, el único lenguaje elevado que conoce, el utilizado para amedrentar a su hermano: -Le querré, don Moisés -dijo-, hasta que perdido el uso de los sentidos, el mundo todo desaparezca de mi vista y gima yo entre las angustias de la última agonía y los afanes de la muerte (159).


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