Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 1 de septiembre de 2015

La rosa

(El siguiente texto es continuación de este otro)

Que nadie se piense que con ese título voy a contar algo cursi o romántico, que el título lo he puesto porque me acabo de acordar de que mientras íbamos en el Mercedes yo llevaba una rosa en la mano. Porque soy la misma chica que el sábado pasado explicaba lo de mi fin de semana en Madrid, cuando le dije a mi marido que me iba de compras con las amigas a Barcelona pero fui a Madrid a ver a un antiguo novio, Santiago, que hacía muchísimo que no veía. Y ya sé que lo mío no fue una mentirijilla piadosa, pero tampoco esto es un confesonario. Ni lo estoy explicando para justificarme ni para que nadie me entienda sino porque me gusta contar mis cosas.
La rosa me la dio él, Santiago, cuando vino a recogerme al hotel, que me estaba esperando en la cafetería y lo vi en cuanto bajé y se abrió la puerta del ascensor. Y de lo nerviosa que estaba, antes, cuando salí de la habitación, había ido hasta el ascensor y, después de tocar el botón, me quedé dudando y volví atrás a mirarme en el espejo para darme un último retoque. Que eso le pasa a mucha gente: como una vez que estaba en la cafetería de la plaza con las amigas, lo que conté el otro día de que nos juntamos cada mañana, y tuve que volver a casa para comprobar que había desenchufado la plancha.
Y así fue, que salgo del ascensor y él se levanta como un resorte y se viene hacia mí con la rosa en la mano. Besitos en las mejillas, qué guapa estás; y tú más. Que lo de que por ti no pasan los años es una frase que a él ni se le viene a la cabeza porque sería como llamarme vieja cuando aún no he cumplido los treinta y cinco; o no quiero que me la diga hasta por lo menos… porque lo pienso conservar, que me dejó tan ilusionada este fin de semana… Me da que se me caía la baba en el avión de vuelta cuando recordaba cada minuto desde ese besito en la mejilla hasta los que ni fueron en la mejilla ni sé si fueron exactamente besitos.
La rosa la llevé en la mano toda la noche. Porque bajamos al coche, que lo había dejado en el mismo párking del hotel, y luego ya viene lo que contaba el otro día de que íbamos por los bulevares. Ah, y el coche limpísimo y brillante, que seguro que lo acababa de sacar del túnel de lavado y le había pasado a fondo la aspiradora. Y en los bulevares, lo que expliqué de que  me preguntó, al pasar frente a un cine, si me acordaba, y yo sólo me acordaba de haber ido  con él pero no de la película. Eso fue más allá de la glorieta de Bilbao, que yo pensaba que iba a parar antes en aquella cervecería de la plaza Santa Bárbara pero pasó de largo y siguió adelante hasta donde me quedé explicando el sábado, cuando giró en la calle Princesa, allí donde está el Corte Inglés.
Y de la película me acordé después en el bar. Pero iba por la rosa. Era roja, que eso no lo he dicho; o sea, símbolo de pasión. Y al meter luego el coche en otro aparcamiento ya por Argüelles, salgo del coche con la rosa en la mano y me dice que la deje dentro si quiero. Y yo que no, que prefiero llevarla en la mano:
-Y no te pienses que es para que no se moje la tapicería –porque tenía gotitas de agua en los pétalos-, es porque quiero llevarla.
Entonces fue cuando me dijo algo que ya me había dicho una vez por teléfono: que le hacía gracia cómo hablaba yo porque que se me notaba mucho el acento y hablaba con música. Claro, porque cuando estudiaba en Madrid estaba acostumbrada a hablar en castellano, pero ahora, como no lo hablo casi nunca... Y de que hablamos con música yo no me doy cuenta pero será verdad porque nos lo dice todo el mundo.
Entonces, yo con mi rosa en una mano y me cojo de su brazo con la otra. Y nos cruzamos con un matrimonio mayor, que ella se fijó en la rosa y luego miró a Santiago que casi me dio la risa porque sentí un punto de celos. Seguro que pensaría que por qué su marido no tenía esos detalles. O no, que a lo mejor pensó lo contrario: mira esa tonta que no sabe que en cuanto pasen cuatro días ni rosas ni carantoñas… Pero con Santiago nunca fue así, que es el chico más cumplido y educado que he conocido, de los de abrirte la puerta del coche, cederte el paso en la puerta de los locales, no sentarse hasta que yo estuviera sentada... Aunque llevara cinco cañas. Y desde el primer día hasta el último, no como ésos que empiezan tratándote como a una princesa y, en cuanto te tienen camelada, ya te apañarás y allá te las compongas.

Y ya se me ha vuelto a acabar el tiempo para escribir y me doy cuenta de que soy muy lenta, que el otro día acabé cuando giramos con el coche en la calle Princesa y lo de ese matrimonio que nos cruzamos fue sólo cincuenta metros más allá, al principio de la calle Gaztambide, que quien conozca Madrid ya lo sabe. Pero me parece que lo he hecho algo mejor que el otro día. Porque me he acordado de un truco que nos explicó en el colegio la profesora de lengua, una señora muy marimandona y resabidilla. Nos puso unos versos de un poeta muy fino que más o menos decían: No lo toques más, que así es la rosa. Y nos mandó escribir un cuento diciendo que una manera bonita de redactarlo era cogiendo un objeto cualquiera, por ejemplo esa rosa, y explicando lo que pasaba a su alrededor; y que no se valía lo de limitarse a decir que un chico nos regala una rosa, llegamos a casa y la ponemos en agua. Y lo que he dicho al principio: cuando me he visto a mí misma con la rosa en el Mercedes porque lo primero que hizo Santiago fue regalármela, he aplicado el truco. Aunque mucho caso no le haré a la profesora, que sí contaré cómo luego, en casa de Santiago, acabamos metiéndola en un jarrón. Pero no en seguida, que cuando llegamos, claro, como llevábamos toda la noche arriba y abajo en plan formalito, pasó lo que pasó y me olvidé de la rosa. Y fue más tarde, después del primer sofoco, cuando Santiago, que está en todo, se levantó para ponerla en agua. Yo me incorporé también y me dijo que me quedara en la cama. Pero le contesté que si había venido hasta Madrid para verlo quería aprovechar todos los minutos a su lado, que cuando me pongo tierna se me escapan sin querer frases así de mucho amor.

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