Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 9 de septiembre de 2015

Carlos Sahagún (1938-2015)

Mientras estaba esperando este pasado domingo, en el bar de Ca-lós de Ciudadela, a que llegara gente suficiente para organizar la partida de dominó me puse a leer los periódicos y di, en El País del sábado anterior 5 de setiembre, con una nota necrológica firmada por José Carlos Mainer y dedicada a Carlos Sahagún. Lo conocía; relativamente pero lo conocía: porque fue profesor mío de lengua española durante el curso -si la memoria no me falla- 1972/73 y en el instituto Narciso Monturiol de Barcelona, en Montbau, que si no yerro fue el primer instituto mixto de Barcelona.

Por supuesto, por entonces no sabía que Carlos Sahagún era poeta. Y tardé mucho en saberlo, quizá hasta haber acabado la carrera o hasta topar su nombre en alguna de esas antologías que trataba de reducir a los poetas por generaciones. La suya sería la de los 50 y, al decir de Mainer, fue un poeta que consiguió premios de prestigio: el Adonais en 1957, el Juan Boscán en 1960... Y, siempre según Mainer, no escribió nada desde 1979: dejó de escribir por falta de estímulos para hacerlo y porque estaba enfadado con casi todo.
Otro de sus méritos es el haber firmado en 1981 el llamado Manifiesto de los 2.300 por el que ya por entonces se trataba de frenar el avance del nazionalismo en la Cataluña tardofranquista de Jorge Pujol.
En fin, que he buscado entre mis libros a ver si encontraba algún poema suyo en alguna antología y ni antologías de poesía contemporánea he encontrado. Me da vergüenza, pues, haber tenido que recurrir a internet, concretamente a esta página, para encontrar este precioso texto suyo:
A estas horas

En las bocas del metro nadie espera

a nadie. Solamente se ven manos,
extremidades mutiladas. Bajo
la tierra se oyen trenes y zozobras,
se oyen detonaciones donde brilla
un momento tu ausencia y mi infortunio.
Nada, por lo demás, ha variado.
El tiempo sigue siendo un puente oscuro,
metálico, insalvable, o cierta música
que a mis espaldas dura destejiéndose.
Y tú, la anunciadora del otoño,
ya no podrás perderte en esta niebla.

Desde la torre un centinela aguarda,

traza señales bien visibles, siente
el perezoso ritmo de tus pasos
por la senda de las indecisiones.
¿A qué otro techo para refugiarte?
Yo mismo, oh muerte, soy tu propia casa. 

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