Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 20 de agosto de 2015

Y tú al final del camino

Presentamos aquí este relato, que es adecuación de otro más largo, ya presentado en este blog, a la página de Tus relatos:


Para en el área de servicio de Marguerittes, al pasar Nîmes. Son las diez de la mañana, conoce bien la ruta y piensa que dos horas más tarde, la hora de empezar a comer en Francia, parará en el área de Saint Rambert, entre Valence y Vienne; así, como el tráfico vaya medio fluido en la circunvalación este de Lyon, a las tres puede estar en Ginebra.
Para, pues, sale del coche con un sobre tamaño folio, entra en el autoservicio, pide una ficha para la máquina de café y saca su café pensando si será digno de beberse. Se sienta luego en la mesa más apartada, abre el sobre y mira una foto mientras bebe a pequeños sorbos.
Había recibido el sobre la semana anterior en el apartado de correos como de costumbre. Esperó hasta llegar a casa para abrirlo y, entre otros papeles, vio las fotos de cara y de cuerpo entero de una hermosa mujer.
-Vaya hembra, pensó.
Era su objetivo e incluso su nombre –Sandrine- le gustaba. Le daban su localización en Ginebra y se la imaginó en los ambientes más selectos de la ciudad. Al día siguiente, movido por la curiosidad -¿a quién se le ocurre eliminar tal belleza?- memorizó su nombre entero, salió de casa, fue al centro de la ciudad, se metió en un locutorio lleno de árabes y pidió una conexión a internet. Se sentó frente al ordenador, abrió tres ventanas, dejó dos de ellas llenas de signos árabes y en la tercera buscó el nombre de esa mujer:
-¡Acabáramos!, una estrella del firmamento pornográfico francés.
Se daban sus medidas incluyendo el número que calzaba y una fecha de nacimiento por la que sólo tenía veintidós años. Y adornaban la página fotos que mostraban una desnudez perfecta y limpia de tatuajes.
-Toda una mujer.
Se dice otra vez mientras sale ya del área de Marguerittes volviendo a su pelo negro, a su mirada dulce y...
-¿Cómo será su sonrisa?
Mejor no pensarlo porque él la va a borrar. Para eso es un profesional  Y prosigue su ruta según lo previsto. Enlaza con la A-7 en Orange, para a comer donde había decidido y aprovecha para comprarle a su hijo un cochecillo de juguete, un BMW Z4 a escala 1/18, de la marca Bburago escrita así, vete tú a saber por qué con dos bes.
No encuentra excesivo tráfico a la altura de Lyon y encara la A-42 paralela al río Ain para ir a dar a la A-42 en dirección a Ginebra y el túnel del Mont Blanc. Le queda poco pero para él es lo peor del trayecto: si la llaman la autopista de los Titanes es por esos viaductos de más de 100 metros de altura que tanto vértigo le provocan. Pero como no hay espacio en los arcenes para instalar radares, los cruza muy por encima de los 130 kms./hora permitidos y aferrado al volante mientras piensa que preferiría estar aferrado al cuerpo de ella; o a su sonrisa.
Luego ya, coser y cantar. Decide que es mejor no entrar en Suiza por Bardonnex, la aduana principal desde la autopista; conociendo a la policía suiza, capaces son de haber instalado cámaras, como en los parkings de los aeropuertos, para digitalizar las matrículas. Y él quiere pasar discretamente: por eso respetaba la velocidad en la autopista, por eso ha pagado en efectivo los peajes, por eso viaja sin móvil. Además, si entra por los pasos fronterizos de Ferney o Meyrin, la zona del CERN donde hacen experimentos de física nuclear, no le obligarán a pagar los más de 40 francos de la viñeta que da derecho a las autopistas y vías rápidas suizas.
Todo a pedir de boca: consigue entrar en Suiza sin problemas y, en un momento, alcanza el casco urbano de Ginebra, se orienta, cruza el Ródano y el Arve, y busca aparcamiento por la zona de Carouge. Como no tiene monedas para el parquímetro deja una nota en el parabrisas marcando la hora de llegada y explicando que va a buscar cambio. Sabe dónde hay un bar, en la plaza de la iglesia, más bien del templo, como lo llaman los calvinistas, toma un café, lo paga con un billete de diez francos, vuelve al coche y carga el parquímetro. Luego deambula para hacer tiempo. Carouge es un barrio o, más bien un municipio separado de Ginebra por el río Arve, con tiendas elegantes de arte y antigüedades. Mira los escaparates sin poder quitarse su sonrisa de la cabeza, una sonrisa que ni siquiera ha visto. Quiere que llegue la hora y que no llegue nunca. Que llegue para ver esa carilla y esos ojos al natural y que no llegue nunca porque… aunque él sea un profesional…
Ella estará allí con sus amigos, como cada día según le han dicho, hacia las seis. Sabe qué bar es, detrás de la estación de Cornavin, el más elegante de la zona. Una hora y media antes, cambia el coche de sitio, vuelve a echar monedas y toma el tranvía hasta la plaza de Cornavin. Como aún le sobra tiempo, baja por la rue Mont Blanc hasta el lago y el reloj floral, y vuelve atrás, cruza la plaza Cornavin por los subterráneos que dan a la estación y sube por las escaleras mecánicas.
-¿Y si sacara un billete a cualquier destino, a Lausana, por ejemplo, que está ahí mismo, me metiera en el primer bar y bebiera hasta perder el sentido?
Pero no. Sigue adelante, sale al exterior y entra en el bar. Ahí está, en una mesa a la izquierda bebiendo cerveza con dos hombres. Ha dado un vistazo rápido y, por fin, le ha visto la sonrisa mientras se llevaba el vaso a la boca. Él llega a la barra, pide un agua mineral, un Perrier citron, paga en cuanto le sirven y va al servicio a estudiar el terreno. Si, como parece –piensa- llevan varias cervezas, en algún momento habrá de… pero no quiere imaginarse una mujer tan bella bajándose las bragas y sentándose… En fin, será entonces y en el cuartito que separa el bar de los servicios. Así ocurre a los diez minutos. Uno de los hombres pide una ronda y ella se levanta. Él palpa el arma y el silenciador, y va detrás hasta el cuartito. La llama por su nombre:
-¿Sandrine?
Ella se gira, él le dice que es la mujer más hermosa que ha visto…
-…la fille la plus jolie du monde.
…y le dispara al corazón. Por no hacerle un agujero en la frente y destrozar esa cara tan bonita. La coge de la cintura mientras se desploma y, por si es verdad eso de las películas de que encuentran ADN en cualquier sitio, se reprime de darle un beso en la frente.
-Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y yo, al menos, lo he hecho con cariño.
Todo un profesional. 

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