Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 12 de agosto de 2015

Vidas que se cruzan

De nuevo una reescritura para Tusrelatos de un texto anteriormente presentado, de modo más extenso, en Bubok:

I
Es lunes. Mercedes y su novio toman un café con leche rápido en el bar de la plaza frente a la estación. Ya en la puerta se miran, se besan, se vuelven a mirar y se despiden.
            Mercedes toma el tren. Los mismos de cada día: aquel señor leyendo el Marca, aquella chica que casi seguro trabaja como ella en un supermercado, aquella otra más jovencilla con su carpeta de la universidad y siempre leyendo... Mercedes se fija en ellos, viajan en su mismo vagón, los echaría de menos si no estuvieran ahí pero no sabe si ellos la van a echar de menos el día en que se le acabe el contrato y ya no coja ese tren. Apoya la cabeza en la ventanilla y al poco ahí está como un clavo ese grupo de jubilados que seguramente salen a andar por lo de mover el corazón. Si ella pudiera convencer al abuelo, todo el día en el bar con la baraja en la mano como si fuera novio de las cuatro sotas...
Ya en el túnel Mercedes saca un libro del bolso, lo abre, lo vuelve a cerrar y lo deja sobre la falda. Diez páginas ha conseguido leer en un mes y lo ha hecho por su novio, que se lo regaló para su cumpleaños. La estación, el intercambiador, riadas de gente en ambos sentidos y Mercedes por medio como una autómata. El pasillo del metro, las escaleras y más gente en el andén. El metro llega, Mercedes entra y se queda de pie frente a un asiento vacío porque ve una mujer mayor que viene hacia ella. Pero un señor con traje y corbata se adelanta y acaba ocupando el asiento. Mercedes se coge a la barra…

II
…mientras el señor del traje abre una cartera, saca un libro y va pasando páginas no como si leyera sino como si buscara algo. Tiene el libro lleno de tiritas adhesivas y se para cuando parece encontrar lo que estaba buscando. Es jesuita y anda puliendo en su Biblia lo que va a contar en clase de Escritura Paleotestamentaria de la facultad de Teología. Este cuatrimestre tocan los libros poéticos y va a empezar con el Eclesiastés. Como introducción, al final de la última clase escribió en la pizarra la palabra trampantojo, luego una frase -Este mundo está lleno de trampantojos- y pidió a los alumnos que reflexionaran sobre ella durante el fin de semana.
El Jesuita no levanta los ojos de la Biblia y, a pesar de no haber atendido al paso de las estaciones, se levanta automáticamente al llegar a la suya. Las escaleras mecánicas, un paseo de diez minutos y la facultad. Atraviesa el jardín, entra al edificio, el ascensor y un rato en el despacho.
Ya en el aula, vuelve al trampantojo y los alumnos levantan la vista del portátil:
-¿Sabrían ustedes poner algún ejemplo de los trampantojos que cité el viernes?
-El despertar de un sueño. Al abrir los ojos a veces pienso que esta realidad no existe y soy sólo un personaje en el sueño de alguien superior a mí.
-Una mujer que parece tener cuarenta años y, en realidad, tiene sesenta porque se ha hecho diez liftings.
-Cuando por las mañanas me pongo ante el espejo para darme una raya de rímel soy incapaz de ver que, detrás de la cara, tengo la calavera.
El Jesuita se la queda mirando. Sólo podía ser Victoria. En su mejor faceta. Porque también es la lunática que un día entra cabizbaja al despacho para contarle que Dios la ha abandonado y, una semana después, vuelve sonriente con cualquier excusa y le deja con la impresión de haber aparecido sólo para provocarle enseñándole el escote. El Jesuita cita el versículo más tonto del Eclesiastés, el que dice que el viento sopla hacia el sur y luego gira hacia el norte…

III
…mientras Victoria piensa que le gustaría estar en ese lugar donde da la vuelta el aire. Luego anota el número del versículo, 1,6, y cambia la pantalla del portátil para seguir jugando al buscaminas. Se siente el estómago vacío y está deseando que acabe la clase para bajar a la cafetería. Así hace, se come un par de magdalenas y se da cuenta de que el sol ha subido, que hace ese calorcillo invernal y que hay un montón de gente sobre el césped del jardín. Decide saltarse la clase de Historia de la Iglesia y se tumba también sobre la hierba, se pone los auriculares para oír música y, al instante, ya tiene ahí al pesado de Enrique. Mira que me han intentado entrar de mil maneras –piensa- pero lo de ir a su casa para leer juntos y comentar la segunda epístola de san Pablo a los Corintios, que mira si es corta, trece capítulos nada menos…
-Me voy. Acabo de acordarme de que tengo hora en la peluquería. Me quiero hacer mechas…
Eso es, una mentira bien gorda a ver si mañana, al ver que llevo el pelo igual, se da por aludido aunque… no quiero ni pensarlo, no, él debajo leyendo san Pablo y yo encima dando saltitos… No, no sé cómo me pasa eso por la cabeza.
Victoria se conoce y se sabe un mar de contradicciones. Le vienen de familia, católicos a favor del sacerdocio femenino y otras progresías que, con su piso de doscientos metros cuadrados, casa en la playa y la montaña, votan socialista y encima dicen ser de izquierdas. Ella, en cambio, ni vota, ni se indigna. Le basta con ser el trampantojo por antonomasia. Decide saltarse el resto de clases, va hasta el aparcamiento, se pone el casco, arranca su BMW y sale cavilando en qué se le habrá ocurrido preparar para comer a la chica sudamericana que tienen de criada. Al parar en el primer semáforo mira a su izquierda, ve una motillo y piensa que adónde irá este pringao…

IV
…mientras ese pringao la mira también, ve la melena rubia sobresaliendo del casco y piensa que, puesto a decidir entre la nena o la moto, se queda con las dos. El semáforo se pone verde, la nena acelera y el Pringao se tiene que conformar con mirarle el culo hasta perderlo de vista.
El Pringao sigue su ruta, que consiste en recorrer las calles para repartir inútilmente currículos en las empresas de su ramo que ha encontrado en Google. Como el jueves y el viernes pasado, como mañana… Bueno, pero ¿por qué ando yo, con lo que ya tengo, mirando el culo de las otras? Ves, es en esos momentos cuando me entra la duda total de si la quiero o no la quiero… Otro semáforo. …¿y si resulta que no la quiero?… Pero no, imposible, con el tiempo que llevamos… Además, es por el paro. Si estuviera trabajando seguramente no tendría tiempo de pensar en esas tonterías. Otro semáforo y el Pringao ya ha olvidado los currículos. Cambia la ruta y no para hasta la puerta del supermercado. Entra, coge algo que le gusta a ella, un huevo Kinder, y se pone en la cola. La cajera sólo está pendiente del ruidito de la máquina al leer los códigos de barras. Corre la cola, llega el turno del Pringao, la cajera ve sólo el huevo sobre la cinta y levanta la mirada:
-¿Se puede saber qué haces aquí?
-He venido a traerte un huevo Kinder, a mirarte, a decirte que te quiero y, si puede ser, a darte un beso.
En voz baja para que no oigan quienes están detrás. A Mercedes se le iluminan los ojillos y llama por megafonía que por favor la señorita Sole acuda a caja dos.
-Vamos un momento, sólo un momento, al vestuario. Lo justito para un beso. Ah, y otra cosa…
-¿Qué?

-Que yo también te quiero.

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