Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 28 de agosto de 2015

Recorriendo la ciudad

Una nueva reelaboración para tusrelatos.com de un texto escrito para bubok y presente ya en este blog, aquí. Pero tiene muchas variantes.

-¿Te acuerdas?
Iba completamente recostada en el asiento del Mercedes con los ojos entornados y me giré hacia el lugar que había señalado con la cabeza.
-¿Te acuerdas?
Conducía por esas calles de Madrid que llaman, me parece, los bulevares y que van cambiando de nombre desde la plaza de Colón hasta, lo menos, la calle Princesa. Le dije que sí, que me acordaba. Porque habíamos pasado frente a un cine. Recordaba haber ido con él pero no recordaba, en cambio, la película. ¡Cómo me iba a acordar si hacía, lo menos, doce años!
Pero lo que estoy contando, ese trayecto con su Mercedes hacia la zona de Argüelles, fue el viernes pasado por la noche. Y a veces me enfado cuando me dicen que toda yo soy un rompecabezas. Pero tienen razón. Porque quizá debería explicarlo todo desde el principio, desde primera hora de la tarde en el aeropuerto. O, mejor, desde cuando estudiaba en Madrid.
Son los inconvenientes, o las ventajas, de vivir en una isla. La mayoría de las chicas del pueblo, las que continuamos estudios después de las monjas, fueron a Barcelona porque cae más cerca. Yo, a Madrid porque cae más lejos. Y todas, al volver, llegamos a la misma conclusión: como en casa, en ningún sitio. Luego, lo normal: fuimos las unas a las bodas de las otras, los bautizos, alguna separación… Yo no, que conste: sigo con mi marido la mar de bien; algo soso sí que es, que ni crisis hemos pasado, pero supongo que él pensará lo mismo de mí. ¿Y qué pintaba yo, entonces, el viernes en Madrid con otro y montada en un Mercedes a lo gran señora? A eso iba. Y es que las amigas nos reunimos cada mañana en la cafetería de la plaza a hablar como cotorras y, cada tres meses, organizamos una escapada a Barcelona en plan fin de semana de compras. Y bueno, sí, alguna vez, después de dejar tiritando la tarjeta de crédito, hemos ido a esos espectáculos de boys para despedidas de soltera. Por reírnos sobre todo. En fin, que me estoy desviando de la cuestión. El caso es que el lunes decidimos, y yo la primera, un fin de semana de ésos. Solo que al llegar al aeropuerto ellas cogieron el avión de Barcelona y yo, el de Madrid. Que no soy la única que hace algo así: cuando el año pasado Antonia dijo una tarde que iba a visitar a una prima y a lo mejor se quedaba a dormir, a ninguna se nos ocurrió preguntarle que desde cuándo tenía una prima en Barcelona. Comentarios y risas a sus espaldas, eso sí, pero indiscreción, ninguna.
Pues ya estoy en Barajas. O no, que me vuelvo a liar. El caso es que a mí, lo de ir a Madrid se me ocurrió luego, el miércoles, que de momento la intención era ir con las demás. Pero me entró como un gusanillo, pensé en Santiago y lo llamé. Y ya veo que lo estoy contando otra vez en plan rompecabezas: Santiago es el chico que he dicho antes, el que conducía el Mercedes. El que había sido mi novio los últimos años de estudios en Madrid, que eso no lo he dicho pero lo digo ahora. Como si fuera un ex mío pero no exactamente, que eso de ser un ex de alguien o tener un ex a mí al menos me suena feo. Y quedamos como amigos pero de verdad. Aunque parezca mentira, que por eso no quiero que nadie piense que es mi ex; y menos después de lo de este fin de semana. Quedamos como amigos de los de llamarse por Navidad y por el cumpleaños. Bueno, no, por el  santo, que yo lo llamaba por Santiago Apóstol, el 25 de julio, y como yo me llamo Ana –que eso me he olvidado de decirlo-, y santa Ana es el día siguiente, ya me daba por felicitada. Y yo sí que lo llamaba por su cumpleaños, pero él a mí no porque, como era muy galante, decía que las mujeres no cumplimos años.
Y da la casualidad de que, antes de que viniera al hotel a buscarme con el coche, estaba yo pensando en esa frase suya. Fue al salir desnuda de la ducha: me puse frente a un espejo de cuerpo entero intentando mirarme con sus ojos y calcular la diferencia respecto a la última vez, los años que habían pasado por mi cuerpo a pesar de su frase. Que una cosa es que lo dejáramos y otra… porque una vez vino él aquí y yo también fui a Madrid un par de veces antes de casarme. Y que teniendo ya fijada la fecha de la boda… pero que nadie piense nada raro porque yo me considero muy normalita: con decir que lo primero que hice al llegar al aeropuerto fue comprarme el Hola ya lo digo todo.
Y me parece que he adelantado acontecimientos: porque de lo que he dicho casi se deduce que acabaría viéndome desnuda, y a mí me gusta contar las cosas más despacio y echándole emoción. Estaba en que íbamos en el Mercedes… no, estaba en que decidí ir a Madrid y llamé a Santiago. Yo sabía que andaba suelto o, al menos, sin mucho compromiso, así que lo llamo y me dice que vaya a dormir a su casa. Yo le digo que ya había reservado hotel: mentira, que lo reservé después, pero como él era muy de guardar las formas estoy segura de que le habría parecido mal que yo aceptara sin más lo de meterme en su casa. Otra cosa es que luego, después de cenar el viernes, yo no apareciera por el hotel hasta antes de volver al aeropuerto y sólo saliera de su casa un par de horas a comprar ropa para los niños, que tengo la parejita, y para mi marido porque, claro, de lo que se trataba era de volver a casa cargada de bolsas. Y ya he vuelto a saltar hacia delante… Total, que lo llamo, a Santiago me refiero, y quedamos para cenar el viernes allí en Madrid. Y en la conversación telefónica ya nos dejamos claro lo que pasaría después: sin decírnoslo, por supuesto, que como aún nos conocemos bien fue como si lo habláramos por encima de las palabras o metiéndolo en los huecos de la o, la p y esas otras letras agujereadas. Que yo tenía ganas. O mejor, me hacía ilusión por lo del gusanillo que he dicho antes.
Y ahora ya puedo seguir contando ordenadamente, que fue todo tal como he venido diciendo: de Barajas al hotel, me duché, me puse guapa, vino a recogerme, me metí en el Mercedes y por ahí íbamos, que gira de los bulevares a Princesa en dirección Moncloa para ir a tomar cañas por Gaztambide antes de cenar.
Bueno, y con tanto liarme me acabo de dar cuenta de que ya llevo mucho escrito y el otro día me riñeron porque escribí un texto de nueve minutos. Y aún me queda lo mejor: las risas tomando cañas, el restaurante de alto copete…; y lo de luego, claro. Total, que ya seguiré y a ver si lo sé contar mejor.

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