Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 16 de agosto de 2015

Mis paisajes

Como otros de estos últimos días, el presente es un relato anteriormente presentado en Bubok y trasladado también a este blog y ahora reescrito con variantes para la página Tusrelatos.

Aquel fin de semana… en julio fue y en las montañas asturianas. Habíamos salido de nuestro pueblo por pasear nuestros amores por cualquier otro espacio. Aún recuerdo la siesta de aquel día, el contraste entre la penumbra y la luz blanca de su cuerpo: caricias, miradas, besos, placeres y quedarme dormida agarrada a su cintura como si se me fuera a escapar:
-Si cuando me escapo es para dejarme aprisionar por tus ojos…
Al despertar, aún dejamos pasar un rato a que el sol bajara para salir a pasear. Ya en la calle, nos decidimos por el primer camino. Eucaliptos y helechos. Sin prisas. No se ve a nadie y la cojo de la mano. Por eso me gusta salir de nuestro pueblo, porque allí somos formales y en otros espacios puedo abrazarla o arrinconarla contra un árbol. Podemos querernos al aire libre.
De repente aparece de detrás de un recodo un caballo con su jinete. Viene hacia nosotras y ella, instintivamente, tira de la mano para soltarse. La agarro con fuerza:
-Como te sueltes, aquí mismo te estampo un beso.
Nos cruzamos con el jinete, nos saluda, le devolvemos el saludo y ella, cabizbaja como si el mundo no estuviera curado de espantos.
Volvemos al pueblo antes de que anochezca y nos metemos en el bar a pinchar algo para cenar. Nos sentamos:
-Que me perdones por lo de antes en el camino.
Me coge la mano, me quita el anillo, se quita el suyo, me lo pone y ella se pone el mío. Porque las dos tenemos los dedos del mismo grosor. Y el anillo fue un regalo que nos hicimos después de otro fin de semana, aquel en que nos dejamos bien claro que su cuerpo es sólo para mí y el mío para ella. Y llevan nuestros dos nombres grabados sólo que el suyo lleva mi nombre en primer lugar y el suyo detrás, y el mío al revés. Aunque da lo mismo, porque nos los hemos cambiado tantas veces… Es algo que decide ella: cuando le da, nos intercambiamos los anillos. Dice que es un símbolo y vete tú a saber de qué. Como ella es tan intelectual…
Y a todo esto me mantiene la mano cogida. Ella a un lado de la mesa y yo enfrente. Las manos cogidas mientras pedimos y nos traen las tapas y las cañas. Porque sus contradicciones… O sea, en medio del camino con una sola persona no quiere y en el bar, lleno de gente en sábado por la tarde, se pone a acariciármela:
-Que me perdones. Ya sabes de mis remilgos y pudores.
Que si sé… Como esas veces en que, ya con la luz apagada, se me arrima, me acaricia el vientre que ya veo que no es sólo de cariño y me pide en voz baja al oído que si antes de dormir podemos hacer esto o aquello. Enciendo la luz, le pido que me lo repita mirándome a los ojos y le salen todos los colores. Pero me lo repite.
-Te perdono con una condición: que esta noche me dejes patidifusa.
Sonríe y me derrito. Por su sonrisa o porque me está acariciando la yema del dedo anular con su dedo anular:
-¿A que no sabes dónde te estoy sintiendo?
-Venga, no empieces a exagerar.
No exageraba. Porque la estaba sintiendo ahí y, a la vez, como ondas que me inundaban por dentro. Como que me cogió la prisa.
-¿Nos vamos?
Y lo de desnudarse despacio seguro que lo hace adrede. No sé cuánto tardarán las demás ni, teniéndola a ella, quiero saberlo, pero el rato que me tiene pendiente en la cama… Luego ya, su sonrisa que no falte cuando acude a mis brazos. En seguida la puse caótica. O inefable, que es una palabra que a ella le gusta mucho. Labios contra labios, los unos y los otros; y los unos contra los otros. Gritos, espasmos y jadeos. Por ese orden o por cualquier otro. O sin orden. Cuerpos en remolino, lenguas al azar y el placer supremo en orden, ella y yo juntas, sincrónicas como siempre. Hasta quedar exhaustas y saciadas, que cuando recuperó el aliento me dijo:
-¿Sabes qué? Que, además, te quiero.
¿Además de qué?, ¿de esos achuchones que le doy? Esas ocurrencias suyas... Por esas ocurrencias también la quiero yo. Y porque con ella me da igual que sea julio o lo que le apetezca al calendario. Y me daba igual estar en Asturias que en mi casa con ella viendo caer la nieve por la ventana. Bueno, sí, fuimos a Asturias por ver mundo. Pero el único mundo que quiero ver es su cuerpo desnudo. Y contemplarlo como si fuera el único museo. Sí, ése es mi mundo, mi patria, mi mapa, mi único paisaje.

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