Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 24 de agosto de 2015

Mi última película

De nuevo una adaptación para la página de Tusrelatos de un texto más extenso ya publicado aquí:

¿Cuánto hace que no voy al cine? Y además, ¿con quién voy a ir? Mis amigas, casadas, divorciadas y vueltas a casar. Y si alguna vez salgo con alguien nunca quedamos antes de las nueve: es lo de cena romántica, pero yo no le veo ningún romanticismo en ir directamente al asunto sin haber hecho la digestión. Pero no era esto lo que quería contar: lo que quería contar es cuánto me gustaba ir al cine con Ricardo.
Porque con Ricardo disfrutaba de cada momento, desde hacer cola en la taquilla, cruzar las cortinas, bajar por el pasillo, molestar a quienes están ya sentados… y luego ir los dos a la cafetería a comentar la película. El día en que lo dejamos –ni recuerdo por qué- volvimos a la tarde en que fuimos a ver El club de los poetas muertos. El 89 o el 90 sería. Me acuerdo perfectamente de que, justo cuando va a empezar la película… bueno ya no teníamos edad para eso, pero a veces le daba por las chiquilladas. El caso es que me baja la cremallera, me pasa la mano bajo las bragas…
-Es que tú eres un rato educada. Me dejaste hasta tocar pelo y me dijiste ‘Muchas gracias, ahora no, si acaso luego’; te volví a subir la cremallera y te abroché el botón.
Y yo no es que fuera una estrecha, porque aquella vez en que, tras mucho insistirle, le convencí para ver no sé qué película de la etapa mejicana de Buñuel… Incluso yo me aburría pero a él, que se daba cuenta, ni se le pasó por la cabeza decirme ‘¿Lo ves?, ya te lo decía yo’. Lo vi tan sumiso, tan obediente, que me puse tierna y le di un repasito. Bueno, pero lo que yo quería era hablar de cine. O de Ricardo, no sé.
Porque por aquel entonces yo iba de cinéfila y Ricardo era el chico con el que salía, el último al que verdaderamente quise:
-No sé por qué quieres dejarlo. Me gustas tanto… y, sobre todo, te sigo queriendo. Y cómo me pones con esas gafas de intelectualilla que sólo usas en el cine…
Es cierto, ¿dónde andarán aquellas gafas?
-Imagínate si me gustas que, sin tú saberlo, me compro cada mes una revista especializada en cine, el Dirigido por, y me la leo de cabo a rabo. Y a veces me llego a la facultad de Ciencias de la Información y me leo los Cahiers du Cinéma; en edición francesa, por supuesto. Todo para poder comentar la película contigo.
Solía deslumbrarme. Al salir del cine buscábamos una cafetería y allí, frente a su Mahou y mi Cacaolat, hablábamos de la película que acabábamos de ver. Como aquel día con El club de los poetas muertos:
-Fíjate en que el padre del chico que se suicida se acuesta preocupándose de dejar las zapatillas simétricamente colocadas al pie de la cama. Toda una metáfora visual delorden establecido al que se enfrentan el profesor y sus siete alumnos, siete, como Los siete magníficos o Los siete samuráis de Kurosawa.
Se me caía la baba oyéndole. Como cuando me dijo que el cine de Fassbinder estaba lleno de personajes colapsados.
-Perdóname si ahora te digo que El club de los poetas muertos me pareció… porque de ahí a la pederastia… Además, para complicidades de un adulto con niños prefieroMary Poppins o Verano Azul. Pero pensaba que si te comentaba positivamente unapelícula que te había gustado tenía más posibilidades luego de… porque a veces no querías.
Sí, a veces no quería. Pero era porque tenía el mes y me daba apuro decírselo. Si no, claro que quería. Íbamos en su coche hasta el descampado del final de mi calle y confieso que me lo pasaba mejor que cuando se hacía con las llaves del chalet de sus padres y corríamos desnudos por el jardín para acabar haciéndolo en la piscina o sobre la hierba. Yo entendía que la sesión de cine no acababa realmente hasta que, ya saciados, nos cogíamos de la mano y mirábamos al frente: el parabrisas de su coche volvía a ser una pantalla cuya escena escondía la oscuridad del descampado con sus jeringuillas, sus latas de cerveza y cualquier otro objeto que no alcanzara a conocer el neorrealismo italiano.
-Imagínate si te quiero que por ti llegué a ver El acorazado Potemkin un domingo en sesión matinal, cuando la gente honrada va a misa o está de resaca. Y ya no te digo lodel ciclo de Buñuel en el local social de tu barrio sentados en aquellos bancos de madera que parecían traídos de la parroquia.
No hacía falta que me dijera cuánto me quería. Era de los chicos que te lo hacen sentir sin necesidad de palabras ni miradas.
Lo que daría hoy por volver al cine con él: por apartarme cuando se me frotaba disimuladamente en la cola de la taquilla, por bajar por el pasillo cogidos de la mano y buscar la fila y la butaca, por ver el esfuerzo que hacía para bajarme la cremallera sin hacer ruido, por tener su Mahou frente a mi Cacaolat, por llegarnos con su coche al descampado del final de mi calle.

Más de veinte años hace ya. Y ahora ir al cine… La última vez fui con mis sobrinos, que ya se han hecho mayores: con ellos conocí un mundo sin kurosawas ni buñueles ni fassbínderes, un mundo con su princesa Fiona, su pececito Nemo y aquellos muñecos, Buzz y Woody, de Toy Story. ¿Y para qué voy a ir si ahora las salas están en centros comerciales, si las entradas te vienen con vales de descuento para el McDonald’s, si ni el ambientador huele como antes…? Si ni el descampado queda, que ahora han construido un hotel.

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