Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 8 de agosto de 2015

Ciclotimias

(Como otros enviados estos últimos días y etiquetados como 'microrrelatos', el presente, algo más extenso, es la adaptación para Tusrelatos de este relato presentado en Bubok)

Al doce por ciento de la población le pasa lo que a ti, dice mi Enrique. Pero eso no me solventa el problema.
La última vez me ocurrió estas pasadas vacaciones en Francia, en la Bretaña. Nos hospedábamos en un hotelito frente al mar. Cruzábamos un paseo y ya estábamos en la playa. Me despierto con nubes en el cerebro, entro en el baño procurando no hacer ruido y salgo envuelta en la toalla:
-¿Qué haces tan pronto?
Pero él ya sabe. Lo sabe por el tiempo juntos, sabe que si me envuelvo en la toalla es porque intento protegerme con lo que sea, sabe que si me visto de espaldas a él es porque no me atrevo a mirarle a los ojos:
-Todavía no he decidido si me gustas más por delante o por detrás.
Sabe que no le voy a reír la gracia. Sabe, además, que no voy a pronunciar palabra en todo el día. Sabe que ha de dejarme hacer y decide seguir durmiendo. Y, aunque en días así se me cierra el mundo, ese día me quedó una rendija abierta y, como algo de caso sí le hago a veces, opto por su consejo para no dejarme arrastrar por el remolino: “¡agárrate a los actos rutinarios, desayunar, comer…!” Porque normalmente en días así yo, ni probar bocado. Pero en ese momento me dejo llevar por esa rendija abierta y me veo sentada ante un cruasán y un café con leche.
Salgo luego a la calle, cruzo el paseo, veo que está bajando la marea y voy hasta la orilla. Me quito las sandalias, meto los pies en el agua hasta los tobillos y me quedo mirando al mar. Al cabo de un rato, al seguir bajando la marea, los pies me quedan fuera del agua y avanzo hasta volver a sumergirlos. Tras repetir cuatro o cinco veces la operación siento que Enrique está en la playa. No lo intuyo, lo sé a ciencia cierta y por eso no me giro para comprobarlo. Yo también le quiero y me doy cuenta en esos momentos en que lo percibo por un sexto sentido. Sé que está detrás de mí, sentado junto a mis sandalias y mirándome a mí y no a cualquier otra en biquini que pueda estar mejor que yo.
Dejamos correr el tiempo. Yo mirando al mar y él mirando cómo voy avanzando en busca de la línea del agua. Hasta que acude a mí con mis sandalias en la mano y me besa en el cuello:
-Ya va siendo la hora de comer.
Me dejo llevar de la mano, mira la pizarra exterior de tres o cuatro restaurantes y se decide por uno de ellos. Sabe que ni voy a mirar la carta ni tengo hambre y pide lo que cree que me apetece. Me lo como obedientemente; y bebo, que pide una botella de vino con la remota esperanza de que así se me puede pasar la tontería.
Volvemos al hotel y otra vez le doy la espalda. Para desnudarme. Es lo que él dice de los actos rutinarios y la siesta es la hora de su cuerpo en el mío y el mío en el suyo. Me siento seca porque no tengo ganas y a lo mejor él tampoco. Aun así, me tumbo con las piernas bien separadas y también de espaldas: porque no creo merecer ni su mirada tierna, ni su mirada de deseo, ni que me muerda los pezones, ni sus juegos con la lengua… sólo merezco que me gire bruscamente y me dé un bofetón para hacerme reaccionar. Pero no lo hace. Se limita a situarse a mi espalda, me palpa, ve que estoy seca y se sitúa. Quiero que me desgarre. No quiero mordisquitos en el hombro ni dulzuras al oído, quiero el dolor que creo merecer. Y así ocurre, que empuja con toda su fuerza y grito de dolor. Pero él ya sabe, que entonces sí, mientras sigue, me muerde el hombro y me susurra ternuras a oído. Y se venga de mí, de todo mi día de silencio poniéndome a gritar. Y sabe transformar mis gritos de dolor en jadeos, en gemidos de placer. Hasta el grito final.
Luego me deja dormir pensando que quizá me despierte mejor y, al cabo de un rato, pensando que estoy dormida y que no me doy cuenta, me da un beso en la frente.

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