Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 28 de agosto de 2015

Recorriendo la ciudad

Una nueva reelaboración para tusrelatos.com de un texto escrito para bubok y presente ya en este blog, aquí. Pero tiene muchas variantes.

-¿Te acuerdas?
Iba completamente recostada en el asiento del Mercedes con los ojos entornados y me giré hacia el lugar que había señalado con la cabeza.
-¿Te acuerdas?
Conducía por esas calles de Madrid que llaman, me parece, los bulevares y que van cambiando de nombre desde la plaza de Colón hasta, lo menos, la calle Princesa. Le dije que sí, que me acordaba. Porque habíamos pasado frente a un cine. Recordaba haber ido con él pero no recordaba, en cambio, la película. ¡Cómo me iba a acordar si hacía, lo menos, doce años!
Pero lo que estoy contando, ese trayecto con su Mercedes hacia la zona de Argüelles, fue el viernes pasado por la noche. Y a veces me enfado cuando me dicen que toda yo soy un rompecabezas. Pero tienen razón. Porque quizá debería explicarlo todo desde el principio, desde primera hora de la tarde en el aeropuerto. O, mejor, desde cuando estudiaba en Madrid.
Son los inconvenientes, o las ventajas, de vivir en una isla. La mayoría de las chicas del pueblo, las que continuamos estudios después de las monjas, fueron a Barcelona porque cae más cerca. Yo, a Madrid porque cae más lejos. Y todas, al volver, llegamos a la misma conclusión: como en casa, en ningún sitio. Luego, lo normal: fuimos las unas a las bodas de las otras, los bautizos, alguna separación… Yo no, que conste: sigo con mi marido la mar de bien; algo soso sí que es, que ni crisis hemos pasado, pero supongo que él pensará lo mismo de mí. ¿Y qué pintaba yo, entonces, el viernes en Madrid con otro y montada en un Mercedes a lo gran señora? A eso iba. Y es que las amigas nos reunimos cada mañana en la cafetería de la plaza a hablar como cotorras y, cada tres meses, organizamos una escapada a Barcelona en plan fin de semana de compras. Y bueno, sí, alguna vez, después de dejar tiritando la tarjeta de crédito, hemos ido a esos espectáculos de boys para despedidas de soltera. Por reírnos sobre todo. En fin, que me estoy desviando de la cuestión. El caso es que el lunes decidimos, y yo la primera, un fin de semana de ésos. Solo que al llegar al aeropuerto ellas cogieron el avión de Barcelona y yo, el de Madrid. Que no soy la única que hace algo así: cuando el año pasado Antonia dijo una tarde que iba a visitar a una prima y a lo mejor se quedaba a dormir, a ninguna se nos ocurrió preguntarle que desde cuándo tenía una prima en Barcelona. Comentarios y risas a sus espaldas, eso sí, pero indiscreción, ninguna.
Pues ya estoy en Barajas. O no, que me vuelvo a liar. El caso es que a mí, lo de ir a Madrid se me ocurrió luego, el miércoles, que de momento la intención era ir con las demás. Pero me entró como un gusanillo, pensé en Santiago y lo llamé. Y ya veo que lo estoy contando otra vez en plan rompecabezas: Santiago es el chico que he dicho antes, el que conducía el Mercedes. El que había sido mi novio los últimos años de estudios en Madrid, que eso no lo he dicho pero lo digo ahora. Como si fuera un ex mío pero no exactamente, que eso de ser un ex de alguien o tener un ex a mí al menos me suena feo. Y quedamos como amigos pero de verdad. Aunque parezca mentira, que por eso no quiero que nadie piense que es mi ex; y menos después de lo de este fin de semana. Quedamos como amigos de los de llamarse por Navidad y por el cumpleaños. Bueno, no, por el  santo, que yo lo llamaba por Santiago Apóstol, el 25 de julio, y como yo me llamo Ana –que eso me he olvidado de decirlo-, y santa Ana es el día siguiente, ya me daba por felicitada. Y yo sí que lo llamaba por su cumpleaños, pero él a mí no porque, como era muy galante, decía que las mujeres no cumplimos años.
Y da la casualidad de que, antes de que viniera al hotel a buscarme con el coche, estaba yo pensando en esa frase suya. Fue al salir desnuda de la ducha: me puse frente a un espejo de cuerpo entero intentando mirarme con sus ojos y calcular la diferencia respecto a la última vez, los años que habían pasado por mi cuerpo a pesar de su frase. Que una cosa es que lo dejáramos y otra… porque una vez vino él aquí y yo también fui a Madrid un par de veces antes de casarme. Y que teniendo ya fijada la fecha de la boda… pero que nadie piense nada raro porque yo me considero muy normalita: con decir que lo primero que hice al llegar al aeropuerto fue comprarme el Hola ya lo digo todo.
Y me parece que he adelantado acontecimientos: porque de lo que he dicho casi se deduce que acabaría viéndome desnuda, y a mí me gusta contar las cosas más despacio y echándole emoción. Estaba en que íbamos en el Mercedes… no, estaba en que decidí ir a Madrid y llamé a Santiago. Yo sabía que andaba suelto o, al menos, sin mucho compromiso, así que lo llamo y me dice que vaya a dormir a su casa. Yo le digo que ya había reservado hotel: mentira, que lo reservé después, pero como él era muy de guardar las formas estoy segura de que le habría parecido mal que yo aceptara sin más lo de meterme en su casa. Otra cosa es que luego, después de cenar el viernes, yo no apareciera por el hotel hasta antes de volver al aeropuerto y sólo saliera de su casa un par de horas a comprar ropa para los niños, que tengo la parejita, y para mi marido porque, claro, de lo que se trataba era de volver a casa cargada de bolsas. Y ya he vuelto a saltar hacia delante… Total, que lo llamo, a Santiago me refiero, y quedamos para cenar el viernes allí en Madrid. Y en la conversación telefónica ya nos dejamos claro lo que pasaría después: sin decírnoslo, por supuesto, que como aún nos conocemos bien fue como si lo habláramos por encima de las palabras o metiéndolo en los huecos de la o, la p y esas otras letras agujereadas. Que yo tenía ganas. O mejor, me hacía ilusión por lo del gusanillo que he dicho antes.
Y ahora ya puedo seguir contando ordenadamente, que fue todo tal como he venido diciendo: de Barajas al hotel, me duché, me puse guapa, vino a recogerme, me metí en el Mercedes y por ahí íbamos, que gira de los bulevares a Princesa en dirección Moncloa para ir a tomar cañas por Gaztambide antes de cenar.
Bueno, y con tanto liarme me acabo de dar cuenta de que ya llevo mucho escrito y el otro día me riñeron porque escribí un texto de nueve minutos. Y aún me queda lo mejor: las risas tomando cañas, el restaurante de alto copete…; y lo de luego, claro. Total, que ya seguiré y a ver si lo sé contar mejor.

lunes, 24 de agosto de 2015

Mi última película

De nuevo una adaptación para la página de Tusrelatos de un texto más extenso ya publicado aquí:

¿Cuánto hace que no voy al cine? Y además, ¿con quién voy a ir? Mis amigas, casadas, divorciadas y vueltas a casar. Y si alguna vez salgo con alguien nunca quedamos antes de las nueve: es lo de cena romántica, pero yo no le veo ningún romanticismo en ir directamente al asunto sin haber hecho la digestión. Pero no era esto lo que quería contar: lo que quería contar es cuánto me gustaba ir al cine con Ricardo.
Porque con Ricardo disfrutaba de cada momento, desde hacer cola en la taquilla, cruzar las cortinas, bajar por el pasillo, molestar a quienes están ya sentados… y luego ir los dos a la cafetería a comentar la película. El día en que lo dejamos –ni recuerdo por qué- volvimos a la tarde en que fuimos a ver El club de los poetas muertos. El 89 o el 90 sería. Me acuerdo perfectamente de que, justo cuando va a empezar la película… bueno ya no teníamos edad para eso, pero a veces le daba por las chiquilladas. El caso es que me baja la cremallera, me pasa la mano bajo las bragas…
-Es que tú eres un rato educada. Me dejaste hasta tocar pelo y me dijiste ‘Muchas gracias, ahora no, si acaso luego’; te volví a subir la cremallera y te abroché el botón.
Y yo no es que fuera una estrecha, porque aquella vez en que, tras mucho insistirle, le convencí para ver no sé qué película de la etapa mejicana de Buñuel… Incluso yo me aburría pero a él, que se daba cuenta, ni se le pasó por la cabeza decirme ‘¿Lo ves?, ya te lo decía yo’. Lo vi tan sumiso, tan obediente, que me puse tierna y le di un repasito. Bueno, pero lo que yo quería era hablar de cine. O de Ricardo, no sé.
Porque por aquel entonces yo iba de cinéfila y Ricardo era el chico con el que salía, el último al que verdaderamente quise:
-No sé por qué quieres dejarlo. Me gustas tanto… y, sobre todo, te sigo queriendo. Y cómo me pones con esas gafas de intelectualilla que sólo usas en el cine…
Es cierto, ¿dónde andarán aquellas gafas?
-Imagínate si me gustas que, sin tú saberlo, me compro cada mes una revista especializada en cine, el Dirigido por, y me la leo de cabo a rabo. Y a veces me llego a la facultad de Ciencias de la Información y me leo los Cahiers du Cinéma; en edición francesa, por supuesto. Todo para poder comentar la película contigo.
Solía deslumbrarme. Al salir del cine buscábamos una cafetería y allí, frente a su Mahou y mi Cacaolat, hablábamos de la película que acabábamos de ver. Como aquel día con El club de los poetas muertos:
-Fíjate en que el padre del chico que se suicida se acuesta preocupándose de dejar las zapatillas simétricamente colocadas al pie de la cama. Toda una metáfora visual delorden establecido al que se enfrentan el profesor y sus siete alumnos, siete, como Los siete magníficos o Los siete samuráis de Kurosawa.
Se me caía la baba oyéndole. Como cuando me dijo que el cine de Fassbinder estaba lleno de personajes colapsados.
-Perdóname si ahora te digo que El club de los poetas muertos me pareció… porque de ahí a la pederastia… Además, para complicidades de un adulto con niños prefieroMary Poppins o Verano Azul. Pero pensaba que si te comentaba positivamente unapelícula que te había gustado tenía más posibilidades luego de… porque a veces no querías.
Sí, a veces no quería. Pero era porque tenía el mes y me daba apuro decírselo. Si no, claro que quería. Íbamos en su coche hasta el descampado del final de mi calle y confieso que me lo pasaba mejor que cuando se hacía con las llaves del chalet de sus padres y corríamos desnudos por el jardín para acabar haciéndolo en la piscina o sobre la hierba. Yo entendía que la sesión de cine no acababa realmente hasta que, ya saciados, nos cogíamos de la mano y mirábamos al frente: el parabrisas de su coche volvía a ser una pantalla cuya escena escondía la oscuridad del descampado con sus jeringuillas, sus latas de cerveza y cualquier otro objeto que no alcanzara a conocer el neorrealismo italiano.
-Imagínate si te quiero que por ti llegué a ver El acorazado Potemkin un domingo en sesión matinal, cuando la gente honrada va a misa o está de resaca. Y ya no te digo lodel ciclo de Buñuel en el local social de tu barrio sentados en aquellos bancos de madera que parecían traídos de la parroquia.
No hacía falta que me dijera cuánto me quería. Era de los chicos que te lo hacen sentir sin necesidad de palabras ni miradas.
Lo que daría hoy por volver al cine con él: por apartarme cuando se me frotaba disimuladamente en la cola de la taquilla, por bajar por el pasillo cogidos de la mano y buscar la fila y la butaca, por ver el esfuerzo que hacía para bajarme la cremallera sin hacer ruido, por tener su Mahou frente a mi Cacaolat, por llegarnos con su coche al descampado del final de mi calle.

Más de veinte años hace ya. Y ahora ir al cine… La última vez fui con mis sobrinos, que ya se han hecho mayores: con ellos conocí un mundo sin kurosawas ni buñueles ni fassbínderes, un mundo con su princesa Fiona, su pececito Nemo y aquellos muñecos, Buzz y Woody, de Toy Story. ¿Y para qué voy a ir si ahora las salas están en centros comerciales, si las entradas te vienen con vales de descuento para el McDonald’s, si ni el ambientador huele como antes…? Si ni el descampado queda, que ahora han construido un hotel.

jueves, 20 de agosto de 2015

Y tú al final del camino

Presentamos aquí este relato, que es adecuación de otro más largo, ya presentado en este blog, a la página de Tus relatos:


Para en el área de servicio de Marguerittes, al pasar Nîmes. Son las diez de la mañana, conoce bien la ruta y piensa que dos horas más tarde, la hora de empezar a comer en Francia, parará en el área de Saint Rambert, entre Valence y Vienne; así, como el tráfico vaya medio fluido en la circunvalación este de Lyon, a las tres puede estar en Ginebra.
Para, pues, sale del coche con un sobre tamaño folio, entra en el autoservicio, pide una ficha para la máquina de café y saca su café pensando si será digno de beberse. Se sienta luego en la mesa más apartada, abre el sobre y mira una foto mientras bebe a pequeños sorbos.
Había recibido el sobre la semana anterior en el apartado de correos como de costumbre. Esperó hasta llegar a casa para abrirlo y, entre otros papeles, vio las fotos de cara y de cuerpo entero de una hermosa mujer.
-Vaya hembra, pensó.
Era su objetivo e incluso su nombre –Sandrine- le gustaba. Le daban su localización en Ginebra y se la imaginó en los ambientes más selectos de la ciudad. Al día siguiente, movido por la curiosidad -¿a quién se le ocurre eliminar tal belleza?- memorizó su nombre entero, salió de casa, fue al centro de la ciudad, se metió en un locutorio lleno de árabes y pidió una conexión a internet. Se sentó frente al ordenador, abrió tres ventanas, dejó dos de ellas llenas de signos árabes y en la tercera buscó el nombre de esa mujer:
-¡Acabáramos!, una estrella del firmamento pornográfico francés.
Se daban sus medidas incluyendo el número que calzaba y una fecha de nacimiento por la que sólo tenía veintidós años. Y adornaban la página fotos que mostraban una desnudez perfecta y limpia de tatuajes.
-Toda una mujer.
Se dice otra vez mientras sale ya del área de Marguerittes volviendo a su pelo negro, a su mirada dulce y...
-¿Cómo será su sonrisa?
Mejor no pensarlo porque él la va a borrar. Para eso es un profesional  Y prosigue su ruta según lo previsto. Enlaza con la A-7 en Orange, para a comer donde había decidido y aprovecha para comprarle a su hijo un cochecillo de juguete, un BMW Z4 a escala 1/18, de la marca Bburago escrita así, vete tú a saber por qué con dos bes.
No encuentra excesivo tráfico a la altura de Lyon y encara la A-42 paralela al río Ain para ir a dar a la A-42 en dirección a Ginebra y el túnel del Mont Blanc. Le queda poco pero para él es lo peor del trayecto: si la llaman la autopista de los Titanes es por esos viaductos de más de 100 metros de altura que tanto vértigo le provocan. Pero como no hay espacio en los arcenes para instalar radares, los cruza muy por encima de los 130 kms./hora permitidos y aferrado al volante mientras piensa que preferiría estar aferrado al cuerpo de ella; o a su sonrisa.
Luego ya, coser y cantar. Decide que es mejor no entrar en Suiza por Bardonnex, la aduana principal desde la autopista; conociendo a la policía suiza, capaces son de haber instalado cámaras, como en los parkings de los aeropuertos, para digitalizar las matrículas. Y él quiere pasar discretamente: por eso respetaba la velocidad en la autopista, por eso ha pagado en efectivo los peajes, por eso viaja sin móvil. Además, si entra por los pasos fronterizos de Ferney o Meyrin, la zona del CERN donde hacen experimentos de física nuclear, no le obligarán a pagar los más de 40 francos de la viñeta que da derecho a las autopistas y vías rápidas suizas.
Todo a pedir de boca: consigue entrar en Suiza sin problemas y, en un momento, alcanza el casco urbano de Ginebra, se orienta, cruza el Ródano y el Arve, y busca aparcamiento por la zona de Carouge. Como no tiene monedas para el parquímetro deja una nota en el parabrisas marcando la hora de llegada y explicando que va a buscar cambio. Sabe dónde hay un bar, en la plaza de la iglesia, más bien del templo, como lo llaman los calvinistas, toma un café, lo paga con un billete de diez francos, vuelve al coche y carga el parquímetro. Luego deambula para hacer tiempo. Carouge es un barrio o, más bien un municipio separado de Ginebra por el río Arve, con tiendas elegantes de arte y antigüedades. Mira los escaparates sin poder quitarse su sonrisa de la cabeza, una sonrisa que ni siquiera ha visto. Quiere que llegue la hora y que no llegue nunca. Que llegue para ver esa carilla y esos ojos al natural y que no llegue nunca porque… aunque él sea un profesional…
Ella estará allí con sus amigos, como cada día según le han dicho, hacia las seis. Sabe qué bar es, detrás de la estación de Cornavin, el más elegante de la zona. Una hora y media antes, cambia el coche de sitio, vuelve a echar monedas y toma el tranvía hasta la plaza de Cornavin. Como aún le sobra tiempo, baja por la rue Mont Blanc hasta el lago y el reloj floral, y vuelve atrás, cruza la plaza Cornavin por los subterráneos que dan a la estación y sube por las escaleras mecánicas.
-¿Y si sacara un billete a cualquier destino, a Lausana, por ejemplo, que está ahí mismo, me metiera en el primer bar y bebiera hasta perder el sentido?
Pero no. Sigue adelante, sale al exterior y entra en el bar. Ahí está, en una mesa a la izquierda bebiendo cerveza con dos hombres. Ha dado un vistazo rápido y, por fin, le ha visto la sonrisa mientras se llevaba el vaso a la boca. Él llega a la barra, pide un agua mineral, un Perrier citron, paga en cuanto le sirven y va al servicio a estudiar el terreno. Si, como parece –piensa- llevan varias cervezas, en algún momento habrá de… pero no quiere imaginarse una mujer tan bella bajándose las bragas y sentándose… En fin, será entonces y en el cuartito que separa el bar de los servicios. Así ocurre a los diez minutos. Uno de los hombres pide una ronda y ella se levanta. Él palpa el arma y el silenciador, y va detrás hasta el cuartito. La llama por su nombre:
-¿Sandrine?
Ella se gira, él le dice que es la mujer más hermosa que ha visto…
-…la fille la plus jolie du monde.
…y le dispara al corazón. Por no hacerle un agujero en la frente y destrozar esa cara tan bonita. La coge de la cintura mientras se desploma y, por si es verdad eso de las películas de que encuentran ADN en cualquier sitio, se reprime de darle un beso en la frente.
-Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y yo, al menos, lo he hecho con cariño.
Todo un profesional. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Mis paisajes

Como otros de estos últimos días, el presente es un relato anteriormente presentado en Bubok y trasladado también a este blog y ahora reescrito con variantes para la página Tusrelatos.

Aquel fin de semana… en julio fue y en las montañas asturianas. Habíamos salido de nuestro pueblo por pasear nuestros amores por cualquier otro espacio. Aún recuerdo la siesta de aquel día, el contraste entre la penumbra y la luz blanca de su cuerpo: caricias, miradas, besos, placeres y quedarme dormida agarrada a su cintura como si se me fuera a escapar:
-Si cuando me escapo es para dejarme aprisionar por tus ojos…
Al despertar, aún dejamos pasar un rato a que el sol bajara para salir a pasear. Ya en la calle, nos decidimos por el primer camino. Eucaliptos y helechos. Sin prisas. No se ve a nadie y la cojo de la mano. Por eso me gusta salir de nuestro pueblo, porque allí somos formales y en otros espacios puedo abrazarla o arrinconarla contra un árbol. Podemos querernos al aire libre.
De repente aparece de detrás de un recodo un caballo con su jinete. Viene hacia nosotras y ella, instintivamente, tira de la mano para soltarse. La agarro con fuerza:
-Como te sueltes, aquí mismo te estampo un beso.
Nos cruzamos con el jinete, nos saluda, le devolvemos el saludo y ella, cabizbaja como si el mundo no estuviera curado de espantos.
Volvemos al pueblo antes de que anochezca y nos metemos en el bar a pinchar algo para cenar. Nos sentamos:
-Que me perdones por lo de antes en el camino.
Me coge la mano, me quita el anillo, se quita el suyo, me lo pone y ella se pone el mío. Porque las dos tenemos los dedos del mismo grosor. Y el anillo fue un regalo que nos hicimos después de otro fin de semana, aquel en que nos dejamos bien claro que su cuerpo es sólo para mí y el mío para ella. Y llevan nuestros dos nombres grabados sólo que el suyo lleva mi nombre en primer lugar y el suyo detrás, y el mío al revés. Aunque da lo mismo, porque nos los hemos cambiado tantas veces… Es algo que decide ella: cuando le da, nos intercambiamos los anillos. Dice que es un símbolo y vete tú a saber de qué. Como ella es tan intelectual…
Y a todo esto me mantiene la mano cogida. Ella a un lado de la mesa y yo enfrente. Las manos cogidas mientras pedimos y nos traen las tapas y las cañas. Porque sus contradicciones… O sea, en medio del camino con una sola persona no quiere y en el bar, lleno de gente en sábado por la tarde, se pone a acariciármela:
-Que me perdones. Ya sabes de mis remilgos y pudores.
Que si sé… Como esas veces en que, ya con la luz apagada, se me arrima, me acaricia el vientre que ya veo que no es sólo de cariño y me pide en voz baja al oído que si antes de dormir podemos hacer esto o aquello. Enciendo la luz, le pido que me lo repita mirándome a los ojos y le salen todos los colores. Pero me lo repite.
-Te perdono con una condición: que esta noche me dejes patidifusa.
Sonríe y me derrito. Por su sonrisa o porque me está acariciando la yema del dedo anular con su dedo anular:
-¿A que no sabes dónde te estoy sintiendo?
-Venga, no empieces a exagerar.
No exageraba. Porque la estaba sintiendo ahí y, a la vez, como ondas que me inundaban por dentro. Como que me cogió la prisa.
-¿Nos vamos?
Y lo de desnudarse despacio seguro que lo hace adrede. No sé cuánto tardarán las demás ni, teniéndola a ella, quiero saberlo, pero el rato que me tiene pendiente en la cama… Luego ya, su sonrisa que no falte cuando acude a mis brazos. En seguida la puse caótica. O inefable, que es una palabra que a ella le gusta mucho. Labios contra labios, los unos y los otros; y los unos contra los otros. Gritos, espasmos y jadeos. Por ese orden o por cualquier otro. O sin orden. Cuerpos en remolino, lenguas al azar y el placer supremo en orden, ella y yo juntas, sincrónicas como siempre. Hasta quedar exhaustas y saciadas, que cuando recuperó el aliento me dijo:
-¿Sabes qué? Que, además, te quiero.
¿Además de qué?, ¿de esos achuchones que le doy? Esas ocurrencias suyas... Por esas ocurrencias también la quiero yo. Y porque con ella me da igual que sea julio o lo que le apetezca al calendario. Y me daba igual estar en Asturias que en mi casa con ella viendo caer la nieve por la ventana. Bueno, sí, fuimos a Asturias por ver mundo. Pero el único mundo que quiero ver es su cuerpo desnudo. Y contemplarlo como si fuera el único museo. Sí, ése es mi mundo, mi patria, mi mapa, mi único paisaje.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Vidas que se cruzan

De nuevo una reescritura para Tusrelatos de un texto anteriormente presentado, de modo más extenso, en Bubok:

I
Es lunes. Mercedes y su novio toman un café con leche rápido en el bar de la plaza frente a la estación. Ya en la puerta se miran, se besan, se vuelven a mirar y se despiden.
            Mercedes toma el tren. Los mismos de cada día: aquel señor leyendo el Marca, aquella chica que casi seguro trabaja como ella en un supermercado, aquella otra más jovencilla con su carpeta de la universidad y siempre leyendo... Mercedes se fija en ellos, viajan en su mismo vagón, los echaría de menos si no estuvieran ahí pero no sabe si ellos la van a echar de menos el día en que se le acabe el contrato y ya no coja ese tren. Apoya la cabeza en la ventanilla y al poco ahí está como un clavo ese grupo de jubilados que seguramente salen a andar por lo de mover el corazón. Si ella pudiera convencer al abuelo, todo el día en el bar con la baraja en la mano como si fuera novio de las cuatro sotas...
Ya en el túnel Mercedes saca un libro del bolso, lo abre, lo vuelve a cerrar y lo deja sobre la falda. Diez páginas ha conseguido leer en un mes y lo ha hecho por su novio, que se lo regaló para su cumpleaños. La estación, el intercambiador, riadas de gente en ambos sentidos y Mercedes por medio como una autómata. El pasillo del metro, las escaleras y más gente en el andén. El metro llega, Mercedes entra y se queda de pie frente a un asiento vacío porque ve una mujer mayor que viene hacia ella. Pero un señor con traje y corbata se adelanta y acaba ocupando el asiento. Mercedes se coge a la barra…

II
…mientras el señor del traje abre una cartera, saca un libro y va pasando páginas no como si leyera sino como si buscara algo. Tiene el libro lleno de tiritas adhesivas y se para cuando parece encontrar lo que estaba buscando. Es jesuita y anda puliendo en su Biblia lo que va a contar en clase de Escritura Paleotestamentaria de la facultad de Teología. Este cuatrimestre tocan los libros poéticos y va a empezar con el Eclesiastés. Como introducción, al final de la última clase escribió en la pizarra la palabra trampantojo, luego una frase -Este mundo está lleno de trampantojos- y pidió a los alumnos que reflexionaran sobre ella durante el fin de semana.
El Jesuita no levanta los ojos de la Biblia y, a pesar de no haber atendido al paso de las estaciones, se levanta automáticamente al llegar a la suya. Las escaleras mecánicas, un paseo de diez minutos y la facultad. Atraviesa el jardín, entra al edificio, el ascensor y un rato en el despacho.
Ya en el aula, vuelve al trampantojo y los alumnos levantan la vista del portátil:
-¿Sabrían ustedes poner algún ejemplo de los trampantojos que cité el viernes?
-El despertar de un sueño. Al abrir los ojos a veces pienso que esta realidad no existe y soy sólo un personaje en el sueño de alguien superior a mí.
-Una mujer que parece tener cuarenta años y, en realidad, tiene sesenta porque se ha hecho diez liftings.
-Cuando por las mañanas me pongo ante el espejo para darme una raya de rímel soy incapaz de ver que, detrás de la cara, tengo la calavera.
El Jesuita se la queda mirando. Sólo podía ser Victoria. En su mejor faceta. Porque también es la lunática que un día entra cabizbaja al despacho para contarle que Dios la ha abandonado y, una semana después, vuelve sonriente con cualquier excusa y le deja con la impresión de haber aparecido sólo para provocarle enseñándole el escote. El Jesuita cita el versículo más tonto del Eclesiastés, el que dice que el viento sopla hacia el sur y luego gira hacia el norte…

III
…mientras Victoria piensa que le gustaría estar en ese lugar donde da la vuelta el aire. Luego anota el número del versículo, 1,6, y cambia la pantalla del portátil para seguir jugando al buscaminas. Se siente el estómago vacío y está deseando que acabe la clase para bajar a la cafetería. Así hace, se come un par de magdalenas y se da cuenta de que el sol ha subido, que hace ese calorcillo invernal y que hay un montón de gente sobre el césped del jardín. Decide saltarse la clase de Historia de la Iglesia y se tumba también sobre la hierba, se pone los auriculares para oír música y, al instante, ya tiene ahí al pesado de Enrique. Mira que me han intentado entrar de mil maneras –piensa- pero lo de ir a su casa para leer juntos y comentar la segunda epístola de san Pablo a los Corintios, que mira si es corta, trece capítulos nada menos…
-Me voy. Acabo de acordarme de que tengo hora en la peluquería. Me quiero hacer mechas…
Eso es, una mentira bien gorda a ver si mañana, al ver que llevo el pelo igual, se da por aludido aunque… no quiero ni pensarlo, no, él debajo leyendo san Pablo y yo encima dando saltitos… No, no sé cómo me pasa eso por la cabeza.
Victoria se conoce y se sabe un mar de contradicciones. Le vienen de familia, católicos a favor del sacerdocio femenino y otras progresías que, con su piso de doscientos metros cuadrados, casa en la playa y la montaña, votan socialista y encima dicen ser de izquierdas. Ella, en cambio, ni vota, ni se indigna. Le basta con ser el trampantojo por antonomasia. Decide saltarse el resto de clases, va hasta el aparcamiento, se pone el casco, arranca su BMW y sale cavilando en qué se le habrá ocurrido preparar para comer a la chica sudamericana que tienen de criada. Al parar en el primer semáforo mira a su izquierda, ve una motillo y piensa que adónde irá este pringao…

IV
…mientras ese pringao la mira también, ve la melena rubia sobresaliendo del casco y piensa que, puesto a decidir entre la nena o la moto, se queda con las dos. El semáforo se pone verde, la nena acelera y el Pringao se tiene que conformar con mirarle el culo hasta perderlo de vista.
El Pringao sigue su ruta, que consiste en recorrer las calles para repartir inútilmente currículos en las empresas de su ramo que ha encontrado en Google. Como el jueves y el viernes pasado, como mañana… Bueno, pero ¿por qué ando yo, con lo que ya tengo, mirando el culo de las otras? Ves, es en esos momentos cuando me entra la duda total de si la quiero o no la quiero… Otro semáforo. …¿y si resulta que no la quiero?… Pero no, imposible, con el tiempo que llevamos… Además, es por el paro. Si estuviera trabajando seguramente no tendría tiempo de pensar en esas tonterías. Otro semáforo y el Pringao ya ha olvidado los currículos. Cambia la ruta y no para hasta la puerta del supermercado. Entra, coge algo que le gusta a ella, un huevo Kinder, y se pone en la cola. La cajera sólo está pendiente del ruidito de la máquina al leer los códigos de barras. Corre la cola, llega el turno del Pringao, la cajera ve sólo el huevo sobre la cinta y levanta la mirada:
-¿Se puede saber qué haces aquí?
-He venido a traerte un huevo Kinder, a mirarte, a decirte que te quiero y, si puede ser, a darte un beso.
En voz baja para que no oigan quienes están detrás. A Mercedes se le iluminan los ojillos y llama por megafonía que por favor la señorita Sole acuda a caja dos.
-Vamos un momento, sólo un momento, al vestuario. Lo justito para un beso. Ah, y otra cosa…
-¿Qué?

-Que yo también te quiero.

sábado, 8 de agosto de 2015

Ciclotimias

(Como otros enviados estos últimos días y etiquetados como 'microrrelatos', el presente, algo más extenso, es la adaptación para Tusrelatos de este relato presentado en Bubok)

Al doce por ciento de la población le pasa lo que a ti, dice mi Enrique. Pero eso no me solventa el problema.
La última vez me ocurrió estas pasadas vacaciones en Francia, en la Bretaña. Nos hospedábamos en un hotelito frente al mar. Cruzábamos un paseo y ya estábamos en la playa. Me despierto con nubes en el cerebro, entro en el baño procurando no hacer ruido y salgo envuelta en la toalla:
-¿Qué haces tan pronto?
Pero él ya sabe. Lo sabe por el tiempo juntos, sabe que si me envuelvo en la toalla es porque intento protegerme con lo que sea, sabe que si me visto de espaldas a él es porque no me atrevo a mirarle a los ojos:
-Todavía no he decidido si me gustas más por delante o por detrás.
Sabe que no le voy a reír la gracia. Sabe, además, que no voy a pronunciar palabra en todo el día. Sabe que ha de dejarme hacer y decide seguir durmiendo. Y, aunque en días así se me cierra el mundo, ese día me quedó una rendija abierta y, como algo de caso sí le hago a veces, opto por su consejo para no dejarme arrastrar por el remolino: “¡agárrate a los actos rutinarios, desayunar, comer…!” Porque normalmente en días así yo, ni probar bocado. Pero en ese momento me dejo llevar por esa rendija abierta y me veo sentada ante un cruasán y un café con leche.
Salgo luego a la calle, cruzo el paseo, veo que está bajando la marea y voy hasta la orilla. Me quito las sandalias, meto los pies en el agua hasta los tobillos y me quedo mirando al mar. Al cabo de un rato, al seguir bajando la marea, los pies me quedan fuera del agua y avanzo hasta volver a sumergirlos. Tras repetir cuatro o cinco veces la operación siento que Enrique está en la playa. No lo intuyo, lo sé a ciencia cierta y por eso no me giro para comprobarlo. Yo también le quiero y me doy cuenta en esos momentos en que lo percibo por un sexto sentido. Sé que está detrás de mí, sentado junto a mis sandalias y mirándome a mí y no a cualquier otra en biquini que pueda estar mejor que yo.
Dejamos correr el tiempo. Yo mirando al mar y él mirando cómo voy avanzando en busca de la línea del agua. Hasta que acude a mí con mis sandalias en la mano y me besa en el cuello:
-Ya va siendo la hora de comer.
Me dejo llevar de la mano, mira la pizarra exterior de tres o cuatro restaurantes y se decide por uno de ellos. Sabe que ni voy a mirar la carta ni tengo hambre y pide lo que cree que me apetece. Me lo como obedientemente; y bebo, que pide una botella de vino con la remota esperanza de que así se me puede pasar la tontería.
Volvemos al hotel y otra vez le doy la espalda. Para desnudarme. Es lo que él dice de los actos rutinarios y la siesta es la hora de su cuerpo en el mío y el mío en el suyo. Me siento seca porque no tengo ganas y a lo mejor él tampoco. Aun así, me tumbo con las piernas bien separadas y también de espaldas: porque no creo merecer ni su mirada tierna, ni su mirada de deseo, ni que me muerda los pezones, ni sus juegos con la lengua… sólo merezco que me gire bruscamente y me dé un bofetón para hacerme reaccionar. Pero no lo hace. Se limita a situarse a mi espalda, me palpa, ve que estoy seca y se sitúa. Quiero que me desgarre. No quiero mordisquitos en el hombro ni dulzuras al oído, quiero el dolor que creo merecer. Y así ocurre, que empuja con toda su fuerza y grito de dolor. Pero él ya sabe, que entonces sí, mientras sigue, me muerde el hombro y me susurra ternuras a oído. Y se venga de mí, de todo mi día de silencio poniéndome a gritar. Y sabe transformar mis gritos de dolor en jadeos, en gemidos de placer. Hasta el grito final.
Luego me deja dormir pensando que quizá me despierte mejor y, al cabo de un rato, pensando que estoy dormida y que no me doy cuenta, me da un beso en la frente.

martes, 4 de agosto de 2015

Vidas que se cruzan

Es dicharachera, entre delgada y delgaducha, rondará los veinticinco y es camarera del bar Florida. Digamos que, en principio, ése no es tu bar; pero caíste un día en él porque os lió no recuerdas quién una mañana de vuelta del Hogar del Jubilado. Oíste que la llamaban Feli y te fijaste en sus ojos cada vez que os servía una ronda. ¿Tres, cuatro…? No recuerdas. Sí recuerdas, sin embargo, que aquella tarde despertaste de la siesta con su nombre en tus labios y preguntándote si Feli respondía a Felisa, Feliciana o Felicidad.