Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 16 de mayo de 2015

Dios al final del tobogán

Diciembre de 1977. Nieva en el campus de Princeton. A Kurt Gödel se le han ido escapando poco a poco las vividurías por los agujeros de la memoria. Por eso mira pero no recuerda quién es ese Alan Turing de la foto, dedicada en Cambridge en 1939, que tiene a la izquierda de la pequeña pizarra de su despacho; ni quién ese Ludwig Wittgenstein que le dedica esa otra a la derecha y fechada en Viena en 1949.
Como cada mañana desde que le retiraron de las aulas, Kurt Gödel coge una tiza, dibuja al azar en la pizarra el signo alef, la primera letra del alfabeto hebreo, y le añade un subíndice cero. Eso sí recuerda lo que es: representa un número muy alto, un infinito, el de los números naturales. Luego dibuja otro alef y le añade un subíndice uno: un infinito aún más alto, el de los números reales, que además de los naturales contiene otros como 1,1, 14,93… Sigue dibujando signos alef de diferentes tamaños y orientados hacia aquí y hacia allá con subíndices cada vez más altos y los distribuye caóticamente por su pequeña pizarra. Como cada mañana, va sintiendo más y más vértigo al ir representando un infinito cada vez mayor y decide descansar. Pero antes traza un último signo alef y le adjudica también alef como subíndice. Tras ello, se sienta en la butaca y se queda contemplando su último signo: sabe que es el número mayor, el infinito de todos los infinitos, y sabe que si sigue mirándolo acabará por aparecérsele Dios.

Al otro lado de la ventana, sigue nevando en el campus de Princeton.

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