Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 23 de julio de 2015

Confidencias

Trece años tendría yo la primera vez que mi señor me dio un tiento. Y me gustó. Y a él también. Tanto que… bueno, con decir que más de treinta años estuvimos en ello... A veces se me acercaba por detrás en la cocina y me susurraba al oído, otras veces le bastaba la mirada para hacerse entender. Y esos días yo esperaba ansiosa a que llegara la noche para, candil en mano, deslizarme en su alcoba y en su cama. Ya digo, más de treinta años…
Hasta que llegó aquel escritor y… : Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Yo creo que, cuando se puso a explicar lo que ocurría dentro de nuestras cuatro paredes, ni cuenta se dio. Y eso que cualquiera cae: si yo paso de los cuarenta y él se acerca a los cincuenta… como el mozo y la sobrina, aunque de ese asunto ya me cuido yo para que no llegue a oídos de mi señor. Además, habráse visto mayor armonía doméstica…

Pero ya digo, llegó el escritor, no entendió nada y puso a mi señor a leer novelas de caballerías incluso de noche, que me apartó a mí de su cama. Y entre el tanto leer y el faltarle mis carnes se volvió loco y salió por esos mundos a pasar penalidades mientras yo me quedaba aquí guardándole ausencias. Incluso una querida se inventó el escritor para él, esa tal Dulcinea que ni siquiera existía y que, de haber existido, tampoco habría tenido sustancia como la mía. Meses y meses me lo tuvo dando tumbos. Hasta devolvérmelo enfermo, que fue entrar por esa puerta, meterse en cama, dictar testamento y cerrar los ojos para siempre.
Bueno, sí, dicen que si fue un héroe, que si el más famoso de todos los libros de todos los tiempos. Qué sé yo lo que dicen, pero digan lo que digan una también sabe hablar: para decir que ninguna otra mujer lo tuvo hincado en sus entrañas como lo tuve yo, que mi nombre fue el único que él susurró y aún gritó en medio de espasmos, y que también su nombre fue el único que yo grité mientras lo estrechaba con brazos y piernas. Y no quiero pronunciar otro.  

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