Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 31 de julio de 2015

El viajero

 Un año hace ya que volvió de la guerra. Más bien de los peligros que no se esperaba después de los peligros de la guerra. Nueve años de guerra y nueve años perdido por esos mares… Ahora hace un año ya que goza de esa paz tan anhelada, de la compañía del hijo, del tálamo conyugal, del vino con los amigos… Alguna vez llega a puerto un viajero, él se acerca, le pregunta por su patria y su linaje, luego le honra en su casa y pasa la velada escuchándole nuevas de otras tierras: la riqueza de la bodega de Néstor en Pilos, la muerte del hijo de Aquiles a manos del hijo de Agamenón,…
Pero hay días en que se cansa de esa vida plácida, sale a escondidas de palacio, sube a lo más alto de su isla y mira hacia levante con nostalgia: mejor estar al alba en formación junto a los viejos compañeros a la espera de los troyanos que estar aquí atento a sus pastores contándole sobre corderos paridos en las majadas. Y aquellas noches de placer con Circe; o con Calipso… y la bella Nausica, que le quedó pendiente allí en tierra feacia... ¿Y las sirenas?: ¿por qué no volver a oír su canto?

Esos días vuelve a casa pensando si un  día se hará de nuevo a la mar sin decir nada a los suyos. Luego ve a Penélope esperándole, se llega hasta ella, la mira hasta el fondo de los ojos y ya no piensa más.

lunes, 27 de julio de 2015

Dios al final del tobogán

Diciembre de 1977. Nieva en el campus de Princeton. A Kurt Gödel se le han ido escapando poco a poco las vividurías por los agujeros de la memoria. Por eso mira pero no recuerda quién es ese Alan Turing de la foto, dedicada en Cambridge en 1939, que tiene a la izquierda de la pequeña pizarra de su despacho; ni quién ese Ludwig Wittgenstein que le dedica esa otra a la derecha y fechada en Viena en 1949.
Como cada mañana desde que le retiraron de las aulas, Kurt Gödel coge una tiza, dibuja al azar en la pizarra el signo alef, la primera letra del alfabeto hebreo, y le añade un subíndice cero. Eso sí recuerda lo que es: representa un número muy alto, un infinito, el de los números naturales. Luego dibuja otro alef y le añade un subíndice uno: un infinito aún más alto, el de los números reales, que además de los naturales contiene otros como 1,1, 14,93… Sigue dibujando signos alef de diferentes tamaños y orientados hacia aquí y hacia allá con subíndices cada vez más altos y los distribuye caóticamente por su pequeña pizarra. Como cada mañana, va sintiendo más y más vértigo al ir representando un infinito cada vez mayor y decide descansar. Pero antes traza un último signo alef y le adjudica también alef como subíndice. Tras ello, se sienta en la butaca y se queda contemplando su último signo: sabe que es el número mayor, el infinito de todos los infinitos, y sabe que si sigue mirándolo acabará por aparecérsele Dios.

Al otro lado de la ventana, sigue nevando en el campus de Princeton.

jueves, 23 de julio de 2015

Confidencias

Trece años tendría yo la primera vez que mi señor me dio un tiento. Y me gustó. Y a él también. Tanto que… bueno, con decir que más de treinta años estuvimos en ello... A veces se me acercaba por detrás en la cocina y me susurraba al oído, otras veces le bastaba la mirada para hacerse entender. Y esos días yo esperaba ansiosa a que llegara la noche para, candil en mano, deslizarme en su alcoba y en su cama. Ya digo, más de treinta años…
Hasta que llegó aquel escritor y… : Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Yo creo que, cuando se puso a explicar lo que ocurría dentro de nuestras cuatro paredes, ni cuenta se dio. Y eso que cualquiera cae: si yo paso de los cuarenta y él se acerca a los cincuenta… como el mozo y la sobrina, aunque de ese asunto ya me cuido yo para que no llegue a oídos de mi señor. Además, habráse visto mayor armonía doméstica…

Pero ya digo, llegó el escritor, no entendió nada y puso a mi señor a leer novelas de caballerías incluso de noche, que me apartó a mí de su cama. Y entre el tanto leer y el faltarle mis carnes se volvió loco y salió por esos mundos a pasar penalidades mientras yo me quedaba aquí guardándole ausencias. Incluso una querida se inventó el escritor para él, esa tal Dulcinea que ni siquiera existía y que, de haber existido, tampoco habría tenido sustancia como la mía. Meses y meses me lo tuvo dando tumbos. Hasta devolvérmelo enfermo, que fue entrar por esa puerta, meterse en cama, dictar testamento y cerrar los ojos para siempre.
Bueno, sí, dicen que si fue un héroe, que si el más famoso de todos los libros de todos los tiempos. Qué sé yo lo que dicen, pero digan lo que digan una también sabe hablar: para decir que ninguna otra mujer lo tuvo hincado en sus entrañas como lo tuve yo, que mi nombre fue el único que él susurró y aún gritó en medio de espasmos, y que también su nombre fue el único que yo grité mientras lo estrechaba con brazos y piernas. Y no quiero pronunciar otro.  

domingo, 19 de julio de 2015

Enamoramiento súbito

Hasta ese momento todo había ido como era de esperar. Ella, como gran señora que era, se había comportado: subió las escaleras sin un traspiés y, a la hora de atarla, ni un grito, ni una mueca, la mirada altiva pero sin un gesto de desprecio… Luego, pura rutina: tiré de la palanca, vi cómo caía la cuchilla, recogí de la cesta la cabeza tirando del pelo, la mostré al público, oí sus vítores y, aún goteando sangre, la giré hacia mí para apreciar con qué expresión pasaba a la eternidad. Me estaba sonriendo. María Antonieta me estaba sonriendo.
Y sí, lo confieso: desde entonces estoy enamorado. Sólo de una cabeza pero profundamente enamorado.

miércoles, 15 de julio de 2015

Ternuras

-Sí, supongo que sí se siente incómodo. Imagínate que en esas ocasiones le espero despierta para montarle siempre la misma escenita. Y no sé cómo puede soportarlo: que si qué horas son éstas de llegar, que si para qué te sirve el móvil, que si apestas a alcohol, que si no le eches la culpa a los amigotes, que si la ropa te huele a tabaco…
-Pues no sé cómo le aguantas.
-Porque cuando le riño se pone tierno y me dice que le gusta mi modo de encontrarle faltas a todas sus borracheras. Y que ni tabaco ni alcohol, que su único vicio soy yo. Y entonces, claro…

sábado, 11 de julio de 2015

Decisiones correctas

Llevábamos tiempo saliendo. O éramos novios, no sé. Bueno, quizá habíamos entrado ya en la rutina de los sábados a cenar y luego al asunto, y los domingos por la tarde al cine. El caso es que, como yo me aburría, se lo planteé en la cafetería al salir del cine:
-Eres una insatisfecha –me dijo -.
-Démonos un tiempo –le respondí a lo tópico-.
-El tiempo que quieras.
Me levanté dispuesta a marcharme, me dirigí hacia la puerta caminando con mis mejores artes y, antes de salir a la calle, giré la cabeza para mirarle quizá por última vez. Como no estaba mirando mi movimiento de caderas, me dije para mis adentros:
-He tomado la decisión correcta.

martes, 7 de julio de 2015

Lunática

Llevábamos tiempo saliendo. O éramos novios, no sé. Bueno, quizá habíamos entrado ya en la rutina de los sábados a cenar y luego al asunto, y los domingos por la tarde al cine. El caso es que, como yo me aburría, se lo planteé en la cafetería al salir del cine:
-Eres una insatisfecha –me dijo -.
-Démonos un tiempo –le respondí a lo tópico-.
-El tiempo que quieras.
Me levanté dispuesta a marcharme, me dirigí hacia la puerta y, antes de salir a la calle, giré la cabeza para mirarle quizá por última vez. Le sorprendí con la vista fija en mi culo. Sonreí, volví atrás y le pedí perdón:
-No me tengas en cuenta estas pequeñas tonterías.

viernes, 3 de julio de 2015

Colores de besos

Fuimos amigas. Yo la visitaba cada sábado por la mañana. Nos besábamos formalmente la mejilla de pie en su umbral y ¡cuántos sábados le contesté con una sonrisa a lo que me proponía al oído tras ese beso!
Ya no sé si aún somos amigas. No sé qué ocurrió un día que ya no supe contestar sólo con una sonrisa a su propuesta. No sé qué ocurrió. Quizá fue sólo una mirada y, tras ella, nos cruzamos los umbrales la una a la otra. El caso es que ya no nos besamos formalmente en la mejilla, ni de pie... Ahora, en cuanto abre su puerta el sábado, me dejo arrastrar hacia cadenas sin fin de besos en las que ella y yo nos buscamos los rincones más recónditos. Mejor así. ¿Amigas, amantes? Qué más da mientras sienta sus labios...