Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 13 de junio de 2015

Camilo José Cela, Viaje a la Alcarria

Cela, Camilo José, Viaje a la Alcarria (Espasa-Calpe, Madrid: 1967)
Curiosa la versatilidad del autor que sabe tocar, y bien, palos tan dispares como esa novela tremendista con toques picarescos que es La familia de Pascual Duarte en 1942 para, pasando por el cuaderno de viajes que nos ocupa en 1948 ir a parar a una obra de signo rupturista como La Colmena en 1951 y a otros muchos lugares después. Quizá sea así como se trabaja un premio Nobel.
En cuanto al Viaje a la Alcarria es exactamente eso, la descripción del recorrido, casi siempre a pie y después de haberse apeado del tren en Guadalajara, desde ahí hasta Pastrana. Curiosidades en el texto las hay a montones:
  • Que el autor, a imitación de César, hable de sí mismo en tercera persona: El viajero sigue, con su morral a costillas, carretera adelante (45). Con lo cual estamos ante una narración autobiográfica en tercera persona. Y nótese la curiosidad de que La familia de Pascual Duarte, en cierto modo, había estado en el punto opuesto, esto es, era una pseudoautobiografía en primera persona.
  • Utiliza la legua como medida: A cada hora de marcha, a cada legua, se sienta en la cuneta a beber un trago de vino (45).
  • Las frases ocurrente de tipo castizo o con sabiduría que viene desde el fondo de los tiempos bien en boca del propio viajero, bien en la de tipos a los que encuentra por los caminos o pueblos: Las ciudades las bordearé, como los buhoneros o los gitanos. [...] -O no, no las bordearé. Las ciudades hay que cruzarlas, a media tarde, cuando las señoritas salen a pasear un rato, antes del Rosario (17): aunque cae por su propio peso la pregunta, claro está, de qué ciudades puede haber entre Guadalajara y Pastrana. Genial es también la idea que tiene sobre Antonio Machado: el hombre de cuerpo más sucio y alma más limpia que, según alguien dijo, jamás existió (21): cuadraría bien con la leyenda de que su pobrecita Leonor murió a raíz del sifilazo que le pegó el antedicho. Muy buena la manera de opinar de un arriero acerca de casarse con alguna de las chicas que van a servir a Madrid: De las que van a Madrid, ya ve usted, nada se sabe. Igual vuelven como Dios manda, que con más julepe que una cuadrilla de cómicas (42). Más tarde volverá con las señoritas beatas: El viajero empezaba a pensar, después de la merienda, en pajaritos silbadores, mariposas gentiles, niños errabundos y otras zarandajas. Las panzas llenas es lo que tienen: que pueblan la mente de ideas de señorita catequista (76).
  • La curiosa conversación con un paisano de Durón:
Un viejo medio desdentado [...] habla con el viajero:
-Y entonces, usted, mozo, ¿vive en Madrid?

-Sí, señor.
-¿Conoce usted a Ramiro, el del Instituto Oftálmico?
-No, señor.
-¿Y al Julián?
-No, al Julián tampoco lo conozco.
El viejo de las gafas mira al viajero con desconfianza, como diciendo: "No, éste no viene de Madrid. ¡DIos sabrá de dónde ha salido! Si viniese de Madrid, conocería al Ramiro y al Julián; los conoce todo el mundo". (115)
  • Por fin, un testimonio perfecto del uso de la expresión hacer el amor que causaría estupor e incomprensión entre las gentes de hoy. Estamos en la plaza de Pastrana: se ven grupos de hombres que charlan y de muchachas que pasean rodeadas de guardias civiles jóvenes que las requiebran y les hacen el amor (151).



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