Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 9 de noviembre de 2014

John le Carré, El topo

le Carré, John, El topo (Bruguera, Barcelona: 1981)
En algún lugar de mi blog se dice que esta novela es una de mis cuatro lecturas preferidas. Porque, efectivamente, lo es. Y es un buen recurso para lo que, a lo cursi, llamo momentos de tribulación. ¿Qué hacer si el cerebro se le aleja a uno de sus derroteros?: quizá lo más útil sea jugar al dominó y, a base de calcular y recalcular fichas, volver a poner el cerebro en orden. Pero ¿qué hacer si, además, uno no tiene ganas de ver a nadie ni, por tanto, de jugar a dominó? Puede leer y traducir a los clásicos, y así lo empecé a hacer traduciendo el principio de la Apología de Sócrates, la de Platón, hasta acabar harto de ver participios o de oír a Sócrates llorar sobre que si él no habla bien sino que se limita a decir la verdad: lo que se reiría Nietzsche al leer tanta mariconada. Y el recurso final, para esos momentos de tribulación, digo, es volver a Le Carré, sobre todo al ciclo de Smiley y Karla. Y ya que estoy: apreciable la labor de la editorial Bruguera, en su tiempo, para la difusión de absolutamente todo.
Hablaba de volver a Le Carré. Y al ir leyéndolo, que llegue un momento en que uno se dé cuenta de que no sólo está pendiente de la intriga sino que está actuando como si se tratara -y ello no es falta de respeto- del mismísimo Quijote e ir buscando paralelismos y recurrencias en la arquitectura de la novela. Así por ejemplo, el comienzo lateral con la llegada de Jim Prideaux al colegio Thursgood sirve para introducir, de forma casi subrepticia, el tema de la infidelidad: Seis años atrás, poco antes de que súbitamente el padre de Thursgood se fugara con una recepcionista del hotel Castle... (15). Esa infidelidad anuncia el eje central de la novela, la infidelidad de Bill Haydon que, en tanto topo, pasa los secretos ingleses a los rusos. Pero infidelidad parecida la hay en el plano conyugal del protagonista George Smiley cuya mujer, coleccionista de amantes (5) en resumen de Carlos Pujol en la breve introducción, mantiene también una relación con el topo. Y a la inversa: cuando Jim Prideaux, que es quien sufre en sus propias carnes el doble juego del topo, llega a Thursgood, establece una estrecha relación con el alumno más aislado, Bill Roach, que se mantiene hasta el párrafo final de la novela cuando éste ayuda a Jim en sus ocupaciones. Fidelidad, pues, entre ambos, opuesta a la infidelidad anterior. Y no creo casual que tanto el traidor como este niño se llamen Bill: mismo nombre para opuesta caracterización. Ni casual es tampoco que en la última página el niño crea que Jim Prideaux ocupe su tiempo en cosas sin importancia (408) como remendar las redes de las porterías de fútbol (409); es metáfora de la labor de George Smiley tras el descubrimiento del topo: remendar las redes de espionaje que han quedado deshechas. Y fidelidad la hay también cuando Smiley, a pesar de que han prescindido de sus servicios en el servicio secreto, sigue siendo fiel a éste y se hace cargo de toda la investigación que llevará a desenmascarar al topo.
Y la intriga... No es una novela de espionaje a lo James Bond o Frederick Forsyth con acción y cambios continuos de espacio para deslumbrar al lector: a lo sumo, los episodios que hacen saltar las alarmas sobre la existencia de un topo, la estancia de Tarr en Hong Kong y la misión frustrada de Jim Prideaux en Checolovaquia. Lo demás, labor de despacho, de lectura de expedientes o interrogatorio para ir tirando del hilo. Y sin que se haga pesado, manteniendo constante la tensión.
Karla: ése va a ser el antagonista, más que el enemigo, de George Smiley en Moscú. Y aquí se produce su primer encuentro en forma de flash back: es en la prisión de Delhi. Smiley acude a ofrecerle cambiar de bando porque lo más seguro es que, si vuelve a Rusia, lo fusilen y Karla no le contesta una sola palabra. Pero hay un detalle: Smiley le ofrece tabaco, Karla no lo acepta pero cuando se marcha se lleva el mechero de Smiley, que era un regalo de su esposa: En circunstancias normales jamás le hubiera permitido que se llevara mi encendedor. Pero aquéllas, no eran circunstancias normales (238). Y el mechero actuará como prenda, como lazo de unión entre ambos porque volverá a aparecer en la última de las novelas de la serie, La gente de Smiley.
Y otros detalles curiosos como la forma en que Smiley se limpia las gafas con la corbata cuando está interrogando a alguien. O el robo de la correspondencia en Thursgood: primero el niño ve a su admirado Jim robar una carta dirigida a otra persona en la sala de profesores y mucho más tarde el narrador nos hace saber que es un procedimiento de Jim para verificar si su correspondencia está vigilada: éste echa a un buzón dos cartas simultáneamente, la una dirigida a sí mismo y la otra a otro profesor; si llegan al mismo tiempo es que su correspondencia no está vigilada.
En resumen, es una buena novela y espero que Le Carré ocupe ya un buen puesto en la historia de la literatura inglesa.

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