Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 18 de abril de 2015

Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River

Masters, Edgar Lee, Antología de Spoon River (Cátedra, Madrid: 2014)
Un libro de poesía estadounidense que leemos para comentar en la sesión del club de lectura de Ciudadela de hoy, 18 de marzo de 2015. Y consiste en pequeños poemas, la mayoría narrativos, que se suponen emitidos desde sus tumbas por personas ya fallecidas: por las referencias cruzadas entre éstas nos llegamos a hacer una idea de los conflictos personales, familiares y de toda la comunidad de ese pueblo llamado Spoon River. Como solemos, lo abordaremos por apartados y citaremos por número de página y por el nombre del personaje -'entrecomillado'- que emite el poema y le da título:
  • El primero de todos, en cambio, es de tipo coral, se titula 'La colina' porque allí están todos enterrados y sirve de frontispicio. Se le nota, por lo demás, un intento de anclarse en la tradición lírica clásica por varias razones: 1ª) Por el uso del ubi sunt: ¿Dónde están Elmer, Herman…? / … / ¿Dónde están Ella, Kate…? / … / ¿Dónde están tío Isaac y tía Emily…? / … / ¿Dónde está el tío Jones el Violinero? (59, 60); en algún otro poema se vuelve a ello: ¿Dónde están aquellos risueños compañeros? / ¿Cuántos están conmigo, cuántos / en los viejos huertos que hay camino de la granja de Siever? (89, y apréciese la epanadiplosis). 2ª) Por el recurso al epíteto épico de resonancia griega: Herman... / ...el de fuerte brazo... / ... / ... Ella... /la de tierno corazón (59). 3º) Porque parece el poema que contiene mayor preocupación formal: por el uso del estribillo como respuesta a la pregunta ubi sunt? (Todos, todos están durmiendo en la  colina); por la explicación de ello a partir de anáfora distributiva: Uno murió de una fiebre / otro se quemó en una mina / a otro le mataron en una riña / otro murió en la cárcel…
  • Vuelven a sonar clásicas las constantes llamadas al caminante, presentado en vocativo. Al menos recuerdan al xenós del epitafio de las Termópilas (Extranjero, ve y di a los espartanos que aquí yacemos por obedecer sus leyes): De ‘Amanda Baker’ (67) para decir que el amor durante su matrimonio era apariencia. De ‘La señora de Meyers’ para repetir un versículo bíblico (84). De 'El juez del distrito' (135), de 'Eugenia Todd' (159), de 'Mary McNeely' (163), de 'Edmund Pollard' (217) que, a su vez, culmina su texto a lo carpe diem: Has de morir, sin duda, pero muere viviendo / en honduras de azul y arrebato emparejado / besando a la abeja reina, la vida. Y algunos otros: 'Lyman King' (270), que avisa de la inexorabilidad del destino; o 'James Garber' (311), 'Jeremy Carlisle' (317)...
  • Referencia lejana a Homero hay también en 'Jack el ciego' (136) y no sólo por su ceguera sino por su carácter de músico del pueblo con el violín y por su referencia última tras la muerte: He aquí un ciego... / Y todos los violineros, desde los más altos hasta los más bajos / compositores de música y narradores de historias, nos sentamos a sus pies / y le oímos cantar la caída de Troya. Y referencia directa a Homero la hay en el último verso de 'Petit el poeta' (148) que, enlazando con lo autóctono, ve cómo Homero y Withman bramaban entre los pinos. Del mismo modo cita a Pope (151) o las Metamorfosis de Ovidio (218); e imita la Ilíada en el largo poema final, 'La Spooniada'.
  • Aparece también la idea manriqueña del poder igualatorio de la muerte como la del asesino ‘Hod Putt’, que se ve enterrado –en paz dormimos juntos- junto al tío Bill Piersol / el que se enriqueció traficando con los indios (61). Igual ocurre con ‘Chase Henry’: Fui en vida el borracho del pueblo / … / enterraron mi cuerpo / junto a la tumba del banquero Nicholas (69). O con la reflexión de ‘Homer Clapp’ (116): yo era uno de los tontos en la vida / a quien sólo la muerte trataría igual / que a los otros hombres haciéndome sentir un hombre (135).
  • De hecho, por la variedad de oficios y estados, el libro recuerda las danzas de la muerte medievales. Así, se recorren múltiples estados y oficios con una cierta tendencia a ordenar el poemario desde el vicio hacia la virtud y, así, hacia el final aparecerán hombres religosos como 'J. Milton Miles' (300) o 'Scholfield Huxley' (302), o el místico 'Faith Matheny' (301):
  1. Médicos: ‘El doctor Meyers’ (83). ‘El “doctorcito” Hill’ (91): mi mujer me odiaba, mi hijo era un perdido. Y yo me volví a la gente y volqué en los demás todo mi amor; por eso tiene un último consuelo el día de su entierro: vi a Em Stanton detrás del roble / que hay cerca de mi tumba / escondiéndose y escondiendo toda su pesadumbre. ‘Dr. Siegfried Isemann’ (109), que acaba en la cárcel porque, acuciado por la necesidad, se ve obligado a inventar un Elixir de la Juventud.
  2. Intelectuales como 'Seth Compton' (234) que crea una biblioteca para el bien de las mentes ansiosas de saber y, al morir, la venden en subasta. 'Alfonso Churchill' (308) que enseña la ciencia de las estrellas en Knox College. O, sin llegar hasta ahí, el caso de 'Alfred Moir' (247), que dice haberse salvado de la mala vida y del alcohol gracias a un libro: y todo se lo debo a un libro que leí. 'Caroline Branson' (271), que invoca al poeta Shelley. 'Immanuel Ehrenhardt' (294): Comencé con las lecciones de Sir William Hamilton. / Pasé luego a estudiar a Dugald Stewart; / y, después, a John Locke sobre la Inteligencia, y luego a Descartes, Fitche y Schelling / Kant y Schopenhauer. O 'Judson Stoddard' (319) que entiende las montañas como representaciones de Jesús, Platón, Dante, Kant, Newton, Milton...
  3. Adúlteras y cornudos: ‘Sarah Brown’ (93): Vete a ver al bueno de mi marido, / que rumia lo que él llama nuestro amor culpable, / y dile que mi amor por ti, no menos que mi amor por él, / forjaron mi destino. 'Tom Merrit' (252), a quien su mujer pone los cuernos, decide matar al amante de ésta, 'Elmer Karr' (254) pero éste lo mata antes: el resultado será que la adúltera, sin haber hecho nada, será condenada a treinta años y morirá en la cárcel mientras que el asesino es sólo condenado a catorce años, se redime por el amor de Dios y es acogido de nuevo en la comunidad.
  4. Prostitutas: ‘Aner Clute’ (114): antes de dedicarse a la vida, le niega un beso de despedida a ‘Homer Clapp’ (116) diciéndole que antes teníamos que hacernos novios formales (116) y, en cambio, se entrega a ‘Lucius Atherton’ (115) por un vestido de seda / y una promesa de matrimonio de un hombre rico (114). 'Dora Williams' (132) que, abandonada por su marido, va corriendo de mano en mano. 'Rosie Roberts' (199), que dice haber matado al hijo / del príncipe de los comerciantes en casa de Madame Lou, porque la maltrata; pero para tapar el escándalo los periódicos dice que éste muere en un accidente.
  5. Soldados : Knowlt Hoheimer, que muere en la guerra tras alistarse para huir de la justicia (86). 'Harry Williams' (266) que va a la guerra de Filipinas convencido por los discursos de que hay que defender la bandera y muere allí: pero sobre su tumba ondea una bandera. 'John Wasson' (267), que había luchado en la guerra de independencia y se siente orgulloso de que la bandera que ondea sobre la tumba del anterior sea la suya.
  6. Clérigos: ‘El diácono Taylor’ (118). el 'Reverendo Lemuel Wiley (152) cuyo hijo mata al chino 'Yee Bow' (160) al parecer porque éste no quiere renunciar a Confucio. 'el reverendo Abner Peet' (154). 'El padre Malloy' (258), que se ponía del lado de los que querían rescatar a Spoon River / de la frialdad y la tristeza de la moral pueblerina.
  7. Ciegos: El ya citado 'Jack el ciego' (136). ‘Lois Spears’ (111), que confiesa: Fui la más feliz de las mujeres / como esposa, madre y ama de casa. Y, como motivo lateral, es ciega la hija de ‘Willard Fluke’ (113) a causa de la enfermedad venérea que una prostituta le transmite.
  8. Mujeres de las que abusan: ‘Minerva Jones’ (81), por parte de Weldy el “Duro”. ‘Nellie Clark’ (123): con 8 años abusa de ella Charlie, de 15 y por ello la abandonará luego su marido. Se da el caso curioso, y de cierto parecido con la historia de José y la mujer de Putifar, de 'Roy Butler' (214): enemistado con su vecino a causa de una cerca, va a hablar con éste para hacer las paces, le abre su mujer y empieza a gritar acusándole de pretender violarla; luego será condenado.
  9. Suicidas: ‘Julia Miller’ (96) que, embarazada, se suicida con morfina tras discutir con su marido.’Harold Arnett’ (106) que, sintiéndose fracasado, se dispara cuando su mujer le dice que se queman las patatas. 'Paulina Barret' (149), que se mata frente al espejo. 'Albert Schirding' (157), que se mata porque se siente un fracasado frente a sus hijos, que triunfan. 'Jonas Keene' (158), que contrapone su vida al anterior, se siente aún más fracasado, enferma voluntariamente y rechaza cuidados médicos.
  10. Asesinos: como 'Barry Holden' (139), que mata a su mujer con un hacha. 'Searcy Foote' (215), que queda impune tras matar con cloroformo a su tía, muy avara, para poder heredar y casarse con Delia Prickett. Y otros que se comentarán más abajo: Hod Putt; 'Weldy "el Duro"' (85), que provoca dos muertes, la de Minerva Jones y la de Jack el ciego junto a Jack McGuire, que a su vez mata al jefe de la policía municipal.
  • Una idea que recorre toda la obra es la venalidad de ciertos cargos: el director del periódico, el Juez del Distrito, el presidente del banco o el clero a los que denuncian: 1º) 'Kinsey Keene' (72), que los manda perifrásticamente a la mierda. 2º) ‘Daisy Fraser’ (79), luego desahuciada por conveniencia (129) y perseguida por el puritano ‘A. D. Blood’ (130) que, además, mata a palos al borracho 'Oscar Hummel' (200). 3º) ‘Sexsmith el dentista’ (129), que defiende a la anterior. 4º) 'La esposa de George Reece' (151), cajero del banco al que culpan de la quiebra y encarcelan. Y pesa un motivo central, la ruina del banco en el que están involucrados Thomas Rhodes (102), el diácono Rhodes (104) y, sobre todo, 'Ralph Rhodes' (197), que especula con el precio del trigo; pero saldrán impunes gracias a la parcialidad de los jueces o de los periódicos. Así, 'Whedon, director de periódico' (191), confiesa falsear la verdad... / ... / con bajos designios, con fines astutos y se ve al final enterrado donde desaguan las alcantarillas del pueblo. Pesa también la compañía de Ferrocarriles "Q" y la mina a la que representa el apoderado 'John M. Church' (144): éste toma conciencia de lo mal que se ha portado con las víctimas de accidente en sus dos versos finales: ¡Pero las ratas me han devorado el corazón / y en mi cráneo ha anidado una serpiente. Algo parecido ocurre con 'Henry Phipps' (264): Yo era el superintendente de la Escuela Dominical, / el presidente testaferro de la compañía de vagones / puesto por Thomas Rhodes y la camarilla del banco / .../ y yo me pasaba los días ganando dinero / y los domingos rezando en la iglesia; pero por alguna clase de justicia poética el doctor Meyes me descubrió / un cáncer de hígado. / ¡Después de todo, Dios no se cuidaba especialmente de mí!
  • Aparece ese puritanismo tan calvinista en contraste con el vicio y con contradicciones: así, la persecución a ‘Minerva Jones’, la poetisa del pueblo (81), por parte de Weldy el “Duro”, que la abandona en manos de ‘El doctor Meyers‘ (83) y, como éste no puede hacer nada para salvarla, es acusado de su muerte mientras que su mujer, puritana, piensa que Minerva merecía la muerte porque había violado las leyes humanas y divinas (84). ‘Weldy el “Duro”' (85), que también provoca la muerte de Jack el ciego (136), se redime por su parte: Tras volver a la religión y sentar la cabeza / me dieron un trabajo en la fábrica de conservas; y llega a ser el presidente del jurado popular que condena por violación a 'Roy Butler' (214). Puritanismo divertido hay también en la anécdota que cuenta 'Jim Brown' (170) por la que hacen trasladar a su caballo a un establo alejado del pueblo porque era una ofensa a la moral pública.
  • Quizá lo más curioso sea el conjunto de pequeñas historias que se complementan o se contradicen: La de ‘Benjamin Pantier’ y su esposa (74-75): él, marginado por su mujer, se hace el mártir mientras ella explica que lo ha echado de casa porque detesta el olor del whisky y la cebolla. La de ‘Reuben Pantier’ y su antigua maestra, solterona, ‘Emily Sparks’ (76-77): mantienen una relación que va más allá de lo materno-filial cuando él piensa en ella mientras está con una cocotte (Y la cocotte creyó que las lágrimas eran por ella / y para ella los falsos besos que le di) o cuando ella le escribe sobre el hermoso amor de Cristo; y ello puede explicar que el primero acabe abandonando a su mujer, ‘Dora Williams’ (132), con la que follaba sobre la tumba del puritano ‘A. D. Blood’ (130). La del ya citado ‘Knowlt Hoheimer’ (86), que dice haberse ido a la guerra para evitar la cárcel por robo, frente a ‘Lydia Pucket’ (87) que le contradice al decir que si se va a la guerra es porque ella prefiere a otro como novio. O la de ‘El jefe de la policía municipal’ (101), que insulta y hiere -con lo que el traductor vierte como el bastón-estilete de la Prohibición y vete tú a saber qué será exactamente aunque huele muy mal- a ‘Jack McGuire’ (102); éste lo mata de un disparo y dice que se salva de la horca por un trato de su abogado con el juez para no seguir persiguiendo a su amigo ‘Thomas Rhodes’ por la quiebra del banco, mientras aquel dice que si se salva es porque se ha aparecido en sueños a un miembro del jurado y le ha explicado bien la historia; y, por cierto, Jack McGuire, condenado a 14 años, confiesa: Yo cumplí mi condena / y aprendí a leer y escribir. O la historia comparada de ‘Cooney Potter’ (120) y ‘Jones el Violinero’ (121): ambos empiezan con un terreno de 20 hectáreas (vid. nota 1): el primero ansía tener mil y afanándome, sacrificándome y sacrificando a mi mujer, a mis hijos e hijas acaba muerto antes de los 60 mientras el segundo para de arar cada vez que lo llaman para llevarlo a un baile o excursión y acaba con sus 20 hectáreas pero sin un solo pesar. La historia que cuenta 'Elsa Wertmann' (172): trabaja en casa de Thomas Green y éste la acosa y la preña; su mujer adopta al niño y éste, 'Hamilton Green' (173), que desconoce su origen, dice ser hijo de padres ambos de sangre honrada y selecta. O la visión del mundo contrapuesta de 'John Hancock Otis' (182) y 'Anthony Findlay' (182): el primero, de clase alta, defiende los principios democráticos mientras que el segundo, de origen muy humilde, llega a ser superintendente de los ferrocarriles y se comporta como un tirano. O 'Eugene Carman' (192), que se lamenta de haberse pasado la vida cobrando sólo 50 dólares al mes y cuando muere su puesto es codiciado por 'Clarence Fawcett' (193) que lamenta no poder conseguirlo. O 'Roscoe Purkapile' (201) que, cansado del matrimonio, se marcha un año de juerga y al volver le dice a su mujer que lo tenían raptado unos piratas del lago Michigan y ella le dice que le cree; pero luego ésta confiesa (202) que no le ha creído y que se mantiene con él porque el matrimonio es el matrimonio. O 'Lambert Hutchins' (207), orgulloso de la casa que ha construido sobre una colina, mientras su hija 'Lillian Stewart' (208) es repudiada por su marido porque éste se ha casado con ella sólo porque la creía rica a causa de la casa y no lo es.
  • Es de notar la abundancia de muertes por causas tontas, como la de ‘Robert Fulton Tanner’, mordido por una rata / cuando estaba haciendo una demostración de mi trampa patentada / aquella vez en mi ferretería y que sirve para comparar la vida a una trampa para ratones (64). O la de ‘Trainor el boticario’ que, tras explicar desde la química los problemas de la familia Pantier (74-76), acaba muerto cuando hacía un experimento (78).  O la de 'El juez Arnett' (112), que muere al caerle en la cabeza un archivador donde guardaba sus sentencias. O 'Peleg Poague' (223) que, durante una carrera, cae de un caballo del que se sentía orgullosísimo.
  • Algunos muertos emiten ideas fuertemente pesimistas como la de ‘Jones el “Indignado”, que se siente atascado en el lodazal de la vida (82). Parecida es la visión de 'Plymouth Rock Joe' (292-293): Ya seas caballeresco o heroico o ambicioso, / metafísico o religioso o rebelde, / nunca podrás salir del corral / más que por encima de la cerca, / mezclado con mondas de patatas y otros residuos, / para caer directamente a la artesa.
  • Los poemas no son epitafios sino muchas veces lo contrario, una visión de su vida al contrario de lo que se creía: Como ‘Amanda Barker’: en el pueblo en que viví creen / que Henry me amó con amor de esposo. / Desde el polvo proclamo / que me mató para satisfacer su odio (67). O ‘El diácono Taylor’, partidario de la prohibición, que muere de cirrosis hepática (118). Del mismo modo, 'El juez del distrito' (135) dice que hasta Hod Putt, el asesino / ahorcado por sentencia mía, / era de alma inocente comparado conmigo.
  • Muchas veces los muertos dialogan con las esculturas e inscripciones que adornan sus tumbas como hace irónicamente el soldado ‘Knowlt Hoheimer’ (86), que pregunta por el significado de la inscripción Pro patria de origen horaciano. O 'George Gray' (126), al que han esculpido un barco anclado en el puerto y con las velas recogidas, que interpreta como su trayectoria vital. O 'Franklin Jones' (143), al que parece un pollo la paloma que le esculpieron.O la reflexión de 'Richard Bone' (237) que, encargado de grabar las lápidas según lo que le mandan, se siente cómplice de las falsas crónicas  / de las lápidas, / como hace el historiador que escribe / sin saber la verdad / o porque le presionan para que la oculte.
  • A veces los poemas terminan en forma de sentencia: Detrás de cada soldado hay siempre una mujer (‘Lydia Pucket’ 87); En el cielo no existe el matrimonio pero existe el amor (‘Sarah Brown’ 93). Salvado de males futuros, como inscripción que su padre pone a ‘Johnnie Sayre’ (97) traer morir cayendo de un tren en marcha mientras hacía novillos. Una verdadera moral es una muela hueca / que hay que rellenar de oro según dice ‘Sexsmith el dentista’ (129) tras denunciar a los caciques del pueblo.
  • En algún momento, se concede un papel curioso a los libros. Así, además de lo dicho más arriba a propósito de los intelectuales, ‘Frank Drummer’, al que el pueblo considera idiota, tiene un firme propósito: aprenderme de memoria / la Enciclopedia Británica (88). 'Tennessee Clafin Shope' (290) afirma: yo conocía a fondo el "Bhagavad Gita".
  • Ciertos muertos conciben el espacio como un locus amoenus: el aire refrescaba / y nos parábamos a varear el nogal (89); el aire embalsamado de la primavera susurra entre la blanda hierba / titilan las estrellas, la zumaya canta (93); o los recorridos de 'Lucinda Matlock' (283): mis fiestas eran / vagar por los campos donde cantaban las alondras / y por las riberas del río Spoon cogiendo muchas conchas / y muchas flores y hierbas medicinales (aunque nos preguntamos qué conchas son ésas máxime cuando luego [297] se convierten en conchas de mejillones).
  • Buena explicación de la muerte es la de entenderla como sueño sin sueños (99).
En lo que se refiere al editor, no se entiende por qué a veces anota unas citas pero no otras: es mejor ser temido que amado (143) es de Maquiavelo; Nada en la vida nos es ajeno (233) está inspirada en Terencio. Más patente queda ello cuando en el largo poema 'La Spooniada' anota que Esta es la cuestión procede de Hamlet (334) cuando desde el verso 1 y, siguiendo el título, se repiten los ecos de la Ilíada: La cólera de John Cabanis y la discordia / ... / canta, oh musa,... / ... / ...y la oscuridad, como una nube, le cubrió los ojos (331-340). Otras veces las anotaciones son incorrectas: Dafne y Apolo; la ninfa, huyendo del dios de la poesía y el sol, fue transformada por éste en laurel (327); está claro que no es Apolo quien transforma a Dafne por el mero hecho de que si la persigue es para violarla y porque luego llora al abrazarla convertida en árbol. Igual ocurre con la explicación de lo que es un poeta laureado diciendo que es un título que conceden los reyes ingleses (331): si Dante ya fue poeta laureado...

(1) No entiendo por qué mide en hectáreas (120) cuando el texto original habla de acres: I unherited forty acres from my father, y más adelante (121, 235). Y lo mismo los veinticinco metros (198) o los kilómetros de valle (277); y más (294, 311). Es dudosísimo -e innecesario- este plural de césped: rastrillar céspedes (215).

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