Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 30 de abril de 2015

domingo, 26 de abril de 2015

Paul Auster, El palacio de la Luna


Auster, Paul, El Palacio de la Luna (Anagrama-RBA, Barcelona: 2009, 1ª de 1989 en inglés):
Bajo una historia que mezcla elementos de saga familiar, roadmovie, viaje iniciático... se notan diversos niveles de significación que, desde lo más formal, la palabra, hasta el plano del contenido o sentido de la novela, pueden ser los siguientes:
1º) Una línea nominalista que corre desde el Cratilo de Platón hasta El nombre de la rosa de Umberto Eco. Quizá un lector común capte el juego de palabras que se da en mi compañero de cuarto se llamaba Zimmer (p. 26) o incluso en una nota de derrota en las palabras de Víctor (p. 28), pero si ignora la letra pequeña del santoral no verá otra ironía, la de la frase me encontré a una prostituta delgada... que se llamaba Agnes (p. 30), porque Santa Inés es la adolescente romana obligada a vivir en un prostíbulo y, a pesar de ello, muere virgen. A veces el mismo autor explica el juego de palabras: el padre del protagonista es un calvo que se apellida Barber (p. 247) y, profesor de universidad, tiene como nombre de pila Solomon, el sabio rey de los hebreos, abreviado en Sol, palabra antigua que significaba sol... y que en francés [...] quería decir suelo. Le intrigaba pensar que él pudiera ser a la vez el sol y la tierra (256). Muchas veces el juego de palabras llega a tal complejidad que requiere la explicación del autor y así, el nombre del protagonista, Marco Stanley Fogg (pp. 16-17) alude a su capacidad viajera a partir de Marco Polo; Stanley, el que buscaba en África al doctor Livingstone; y Fogg, procediendo del alemán Vogel, pájaro, o aludiendo al Phileas Fogg que protagoniza La vuelta al mundo en ochenta días de Verne.
Queda claro que esos juegos de palabras no van a ser gratuitos y quedarse en lo meramente formal: alguna relación guardan con el nivel del contenido por el principio de la solidaridad entre las diversas partes del texto, no en vano texto es participio fuerte del verbo tejer y, en una buena novela, todo debe quedar bien entretejido, entrelazado. Así, el nombre de algún personaje como el del protagonista va a marcar su destino viajero igual que el del tío Víctor va a marcar por ironía el de su derrota vital. Además, en un nivel superior, el libro, en tanto conjunto de palabras, corre paralelo a la suerte del protagonista: éste tiene como único mobiliario en su apartamento las cajas de libros heredadas del tío Víctor y tendrá que desproveerse paulatinamente de ellos hasta tocar su punto más bajo al quedarse sin la biblioteca familiar (cap. I). Pero luego se recuperará al conseguir trabajo como lector de todos los libros del ciego Effing, que luego resultará ser su abuelo; de este modo recuperará, por así decirlo, la biblioteca familiar (cap. III).
2º) Un desarrollo del argumento consistente, a su vez, en el desarrollo de diversos temas entremezclados:
La trayectoria vital del protagonista consistente en constantes cambios de fortuna: de la ruina inicial en sus tiempos de estudiante, que le lleva a dormir en Central Park de Nueva York, pasa a recuperarse trabajando para Effing, a cuya muerte heredará un pequeño capital que gastará con su novia Kitty; tras ello pasará a buscar, por encargo de Effing, al hijo de éste que, resultando ser su padre, morirá dejándole otro capital que le robarán del coche.
La saga familiar frustrada: la novela se va a convertir en una historia de una familia de la que, cronológicamente, forman parte el ciego Effing, el abuelo; el padre Solomon Barber; el protagonista E.S. Fogg. Pero no se da ningún reconocimiento entre ellos: el abuelo muere ignorando que quien trabajaba para él era su nieto y éste sólo con la muerte de su padre Solomon sabrá que éste y Effing eran sus antepasados. Además, la descendencia del protagonista queda frustrada por el aborto de Kitty.
Un viaje constante: la luna actúa como emblema de la novela en tanto ésta comienza el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna (p. 11) y termina con el protagonista mirando la luna en el Pacífico; hay otras muchas referencias a la luna como el restaurante chino el Palacio de la Luna donde tienen lugar sus encuentros con Kitty, la fijación con el viaje a la luna de Cyrano de Bergerac o el hecho de que venda su último libro el mismo día en que los astronautas llegan a la luna (p. 41). Pero siendo la luna un destino imposible, el protagonista viajará hacia el oeste repitiendo un viaje ya efectuado por su abuelo, que buscaba espacios para pintar, y por su padre, que había huido tras cometer estupro con una alumna.
3º) Una estructura mítica que recubre todo el argumento:
La nekya: la trayectoria descendente inicial del protagonista tras perder a su familia y los libros está concebida como una nekya o descenso a los infiernos como los de Ulises para ver a sus compañeros de armas, Orfeo para rescatar a Eurídice, Jesucristo antes de resucitar, Dante de la mano de Virgilio, don Quijote a la cueva de Montesinos... Queda explícito en el texto (mi regreso al mundo de los vivos [p.107]) y, tras salir de ese infierno de la mano de Kitty –en inversión del mito de Orfeo y Eurídice-, volverá a recuperar, aunque sin saberlo, a su familia. Si se nota además que el punto más bajo de la trayectoria se da en su época de homeless en Central Park, resultará que el infierno estará ubicado irónicamente en el locus amoenus de la literatura clásica (jardín de Alcínoo en la Odisea, Bucólicas de Virgilio, poesía pastoril de Sannazzaro o Garcilaso...). Además, tras esa resurrección, sufrirá un aprendizaje de la mano del ciego Effing, su abuelo, semejante al de Lázaro de la mano del ciego en el Lazarillo, no en vano citado en el texto (p. 71) y según la tópica del sabio ciego (Tiresias, Homero, Borges...).
La telemaquia y Edipo: tras la muerte de Effing, éste le encarga la búsqueda de su hijo Solomon; el protagonista parte para ello al oeste para encontrarlo del mismo modo que Telémaco parte en busca de Ulises. Reunidos, irán al encuentro de la madre, como en el mito, porque el protagonista propone visitar la tumba de su madre ignorando aún que Solomon es su padre. Ante la tumba y al ponerse a llorar el padre se produce la anagnórisis -o reconocimiento- por parte del hijo que, avergonzado de su padre, le empuja provocándole la muerte como en el mito de Edipo porque, en realidad, está celoso de que Solomon llore también a la madre.
El viaje al oeste: tras ello el protagonista prosigue viaje al oeste hasta llegar al Pacífico, su finis terrae, pero repitiendo tantos otros viajes míticos en esa dirección: a las islas de los bienaventurados en Hesíodo, a la isla de san Brandán en la mitología celta, a Avalon en el mundo artúrico, al lugar de retiro de los elfos en El señor de los anillos.

miércoles, 22 de abril de 2015

John le Carré, El topo

le Carré, John, El topo (Bruguera, Barcelona: 1981)
En algún lugar de mi blog se dice que esta novela es una de mis cuatro lecturas preferidas. Porque, efectivamente, lo es. Y es un buen recurso para lo que, a lo cursi, llamo momentos de tribulación. ¿Qué hacer si el cerebro se le aleja a uno de sus derroteros?: quizá lo más útil sea jugar al dominó y, a base de calcular y recalcular fichas, volver a poner el cerebro en orden. Pero ¿qué hacer si, además, uno no tiene ganas de ver a nadie ni, por tanto, de jugar a dominó? Puede leer y traducir a los clásicos, y así lo empecé a hacer traduciendo el principio de la Apología de Sócrates, la de Platón, hasta acabar harto de ver participios o de oír a Sócrates llorar sobre que si él no habla bien sino que se limita a decir la verdad: lo que se reiría Nietzsche al leer tanta mariconada. Y el recurso final, para esos momentos de tribulación, digo, es volver a Le Carré, sobre todo al ciclo de Smiley y Karla. Y ya que estoy: apreciable la labor de la editorial Bruguera, en su tiempo, para la difusión de absolutamente todo.
Hablaba de volver a Le Carré. Y al ir leyéndolo, que llegue un momento en que uno se dé cuenta de que no sólo está pendiente de la intriga sino que está actuando como si se tratara -y ello no es falta de respeto- del mismísimo Quijote e ir buscando paralelismos y recurrencias en la arquitectura de la novela. Así por ejemplo, el comienzo lateral con la llegada de Jim Prideaux al colegio Thursgood sirve para introducir, de forma casi subrepticia, el tema de la infidelidad: Seis años atrás, poco antes de que súbitamente el padre de Thursgood se fugara con una recepcionista del hotel Castle... (15). Esa infidelidad anuncia el eje central de la novela, la infidelidad de Bill Haydon que, en tanto topo, pasa los secretos ingleses a los rusos. Pero infidelidad parecida la hay en el plano conyugal del protagonista George Smiley cuya mujer, coleccionista de amantes (5) en resumen de Carlos Pujol en la breve introducción, mantiene también una relación con el topo. Y a la inversa: cuando Jim Prideaux, que es quien sufre en sus propias carnes el doble juego del topo, llega a Thursgood, establece una estrecha relación con el alumno más aislado, Bill Roach, que se mantiene hasta el párrafo final de la novela cuando éste ayuda a Jim en sus ocupaciones. Fidelidad, pues, entre ambos, opuesta a la infidelidad anterior. Y no creo casual que tanto el traidor como este niño se llamen Bill: mismo nombre para opuesta caracterización. Ni casual es tampoco que en la última página el niño crea que Jim Prideaux ocupe su tiempo en cosas sin importancia (408) como remendar las redes de las porterías de fútbol (409); es metáfora de la labor de George Smiley tras el descubrimiento del topo: remendar las redes de espionaje que han quedado deshechas. Y fidelidad la hay también cuando Smiley, a pesar de que han prescindido de sus servicios en el servicio secreto, sigue siendo fiel a éste y se hace cargo de toda la investigación que llevará a desenmascarar al topo.
Y la intriga... No es una novela de espionaje a lo James Bond o Frederick Forsyth con acción y cambios continuos de espacio para deslumbrar al lector: a lo sumo, los episodios que hacen saltar las alarmas sobre la existencia de un topo, la estancia de Tarr en Hong Kong y la misión frustrada de Jim Prideaux en Checolovaquia. Lo demás, labor de despacho, de lectura de expedientes o interrogatorio para ir tirando del hilo. Y sin que se haga pesado, manteniendo constante la tensión.
Karla: ése va a ser el antagonista, más que el enemigo, de George Smiley en Moscú. Y aquí se produce su primer encuentro en forma de flash back: es en la prisión de Delhi. Smiley acude a ofrecerle cambiar de bando porque lo más seguro es que, si vuelve a Rusia, lo fusilen y Karla no le contesta una sola palabra. Pero hay un detalle: Smiley le ofrece tabaco, Karla no lo acepta pero cuando se marcha se lleva el mechero de Smiley, que era un regalo de su esposa: En circunstancias normales jamás le hubiera permitido que se llevara mi encendedor. Pero aquéllas, no eran circunstancias normales (238). Y el mechero actuará como prenda, como lazo de unión entre ambos porque volverá a aparecer en la última de las novelas de la serie, La gente de Smiley.
Y otros detalles curiosos como la forma en que Smiley se limpia las gafas con la corbata cuando está interrogando a alguien. O el robo de la correspondencia en Thursgood: primero el niño ve a su admirado Jim robar una carta dirigida a otra persona en la sala de profesores y mucho más tarde el narrador nos hace saber que es un procedimiento de Jim para verificar si su correspondencia está vigilada: éste echa a un buzón dos cartas simultáneamente, la una dirigida a sí mismo y la otra a otro profesor; si llegan al mismo tiempo es que su correspondencia no está vigilada.
En resumen, es una buena novela y espero que Le Carré ocupe ya un buen puesto en la historia de la literatura inglesa.

sábado, 18 de abril de 2015

Edgar Lee Masters, Antología de Spoon River

Masters, Edgar Lee, Antología de Spoon River (Cátedra, Madrid: 2014)
Un libro de poesía estadounidense que leemos para comentar en la sesión del club de lectura de Ciudadela de hoy, 18 de marzo de 2015. Y consiste en pequeños poemas, la mayoría narrativos, que se suponen emitidos desde sus tumbas por personas ya fallecidas: por las referencias cruzadas entre éstas nos llegamos a hacer una idea de los conflictos personales, familiares y de toda la comunidad de ese pueblo llamado Spoon River. Como solemos, lo abordaremos por apartados y citaremos por número de página y por el nombre del personaje -'entrecomillado'- que emite el poema y le da título:
  • El primero de todos, en cambio, es de tipo coral, se titula 'La colina' porque allí están todos enterrados y sirve de frontispicio. Se le nota, por lo demás, un intento de anclarse en la tradición lírica clásica por varias razones: 1ª) Por el uso del ubi sunt: ¿Dónde están Elmer, Herman…? / … / ¿Dónde están Ella, Kate…? / … / ¿Dónde están tío Isaac y tía Emily…? / … / ¿Dónde está el tío Jones el Violinero? (59, 60); en algún otro poema se vuelve a ello: ¿Dónde están aquellos risueños compañeros? / ¿Cuántos están conmigo, cuántos / en los viejos huertos que hay camino de la granja de Siever? (89, y apréciese la epanadiplosis). 2ª) Por el recurso al epíteto épico de resonancia griega: Herman... / ...el de fuerte brazo... / ... / ... Ella... /la de tierno corazón (59). 3º) Porque parece el poema que contiene mayor preocupación formal: por el uso del estribillo como respuesta a la pregunta ubi sunt? (Todos, todos están durmiendo en la  colina); por la explicación de ello a partir de anáfora distributiva: Uno murió de una fiebre / otro se quemó en una mina / a otro le mataron en una riña / otro murió en la cárcel…
  • Vuelven a sonar clásicas las constantes llamadas al caminante, presentado en vocativo. Al menos recuerdan al xenós del epitafio de las Termópilas (Extranjero, ve y di a los espartanos que aquí yacemos por obedecer sus leyes): De ‘Amanda Baker’ (67) para decir que el amor durante su matrimonio era apariencia. De ‘La señora de Meyers’ para repetir un versículo bíblico (84). De 'El juez del distrito' (135), de 'Eugenia Todd' (159), de 'Mary McNeely' (163), de 'Edmund Pollard' (217) que, a su vez, culmina su texto a lo carpe diem: Has de morir, sin duda, pero muere viviendo / en honduras de azul y arrebato emparejado / besando a la abeja reina, la vida. Y algunos otros: 'Lyman King' (270), que avisa de la inexorabilidad del destino; o 'James Garber' (311), 'Jeremy Carlisle' (317)...
  • Referencia lejana a Homero hay también en 'Jack el ciego' (136) y no sólo por su ceguera sino por su carácter de músico del pueblo con el violín y por su referencia última tras la muerte: He aquí un ciego... / Y todos los violineros, desde los más altos hasta los más bajos / compositores de música y narradores de historias, nos sentamos a sus pies / y le oímos cantar la caída de Troya. Y referencia directa a Homero la hay en el último verso de 'Petit el poeta' (148) que, enlazando con lo autóctono, ve cómo Homero y Withman bramaban entre los pinos. Del mismo modo cita a Pope (151) o las Metamorfosis de Ovidio (218); e imita la Ilíada en el largo poema final, 'La Spooniada'.
  • Aparece también la idea manriqueña del poder igualatorio de la muerte como la del asesino ‘Hod Putt’, que se ve enterrado –en paz dormimos juntos- junto al tío Bill Piersol / el que se enriqueció traficando con los indios (61). Igual ocurre con ‘Chase Henry’: Fui en vida el borracho del pueblo / … / enterraron mi cuerpo / junto a la tumba del banquero Nicholas (69). O con la reflexión de ‘Homer Clapp’ (116): yo era uno de los tontos en la vida / a quien sólo la muerte trataría igual / que a los otros hombres haciéndome sentir un hombre (135).
  • De hecho, por la variedad de oficios y estados, el libro recuerda las danzas de la muerte medievales. Así, se recorren múltiples estados y oficios con una cierta tendencia a ordenar el poemario desde el vicio hacia la virtud y, así, hacia el final aparecerán hombres religosos como 'J. Milton Miles' (300) o 'Scholfield Huxley' (302), o el místico 'Faith Matheny' (301):
  1. Médicos: ‘El doctor Meyers’ (83). ‘El “doctorcito” Hill’ (91): mi mujer me odiaba, mi hijo era un perdido. Y yo me volví a la gente y volqué en los demás todo mi amor; por eso tiene un último consuelo el día de su entierro: vi a Em Stanton detrás del roble / que hay cerca de mi tumba / escondiéndose y escondiendo toda su pesadumbre. ‘Dr. Siegfried Isemann’ (109), que acaba en la cárcel porque, acuciado por la necesidad, se ve obligado a inventar un Elixir de la Juventud.
  2. Intelectuales como 'Seth Compton' (234) que crea una biblioteca para el bien de las mentes ansiosas de saber y, al morir, la venden en subasta. 'Alfonso Churchill' (308) que enseña la ciencia de las estrellas en Knox College. O, sin llegar hasta ahí, el caso de 'Alfred Moir' (247), que dice haberse salvado de la mala vida y del alcohol gracias a un libro: y todo se lo debo a un libro que leí. 'Caroline Branson' (271), que invoca al poeta Shelley. 'Immanuel Ehrenhardt' (294): Comencé con las lecciones de Sir William Hamilton. / Pasé luego a estudiar a Dugald Stewart; / y, después, a John Locke sobre la Inteligencia, y luego a Descartes, Fitche y Schelling / Kant y Schopenhauer. O 'Judson Stoddard' (319) que entiende las montañas como representaciones de Jesús, Platón, Dante, Kant, Newton, Milton...
  3. Adúlteras y cornudos: ‘Sarah Brown’ (93): Vete a ver al bueno de mi marido, / que rumia lo que él llama nuestro amor culpable, / y dile que mi amor por ti, no menos que mi amor por él, / forjaron mi destino. 'Tom Merrit' (252), a quien su mujer pone los cuernos, decide matar al amante de ésta, 'Elmer Karr' (254) pero éste lo mata antes: el resultado será que la adúltera, sin haber hecho nada, será condenada a treinta años y morirá en la cárcel mientras que el asesino es sólo condenado a catorce años, se redime por el amor de Dios y es acogido de nuevo en la comunidad.
  4. Prostitutas: ‘Aner Clute’ (114): antes de dedicarse a la vida, le niega un beso de despedida a ‘Homer Clapp’ (116) diciéndole que antes teníamos que hacernos novios formales (116) y, en cambio, se entrega a ‘Lucius Atherton’ (115) por un vestido de seda / y una promesa de matrimonio de un hombre rico (114). 'Dora Williams' (132) que, abandonada por su marido, va corriendo de mano en mano. 'Rosie Roberts' (199), que dice haber matado al hijo / del príncipe de los comerciantes en casa de Madame Lou, porque la maltrata; pero para tapar el escándalo los periódicos dice que éste muere en un accidente.
  5. Soldados : Knowlt Hoheimer, que muere en la guerra tras alistarse para huir de la justicia (86). 'Harry Williams' (266) que va a la guerra de Filipinas convencido por los discursos de que hay que defender la bandera y muere allí: pero sobre su tumba ondea una bandera. 'John Wasson' (267), que había luchado en la guerra de independencia y se siente orgulloso de que la bandera que ondea sobre la tumba del anterior sea la suya.
  6. Clérigos: ‘El diácono Taylor’ (118). el 'Reverendo Lemuel Wiley (152) cuyo hijo mata al chino 'Yee Bow' (160) al parecer porque éste no quiere renunciar a Confucio. 'el reverendo Abner Peet' (154). 'El padre Malloy' (258), que se ponía del lado de los que querían rescatar a Spoon River / de la frialdad y la tristeza de la moral pueblerina.
  7. Ciegos: El ya citado 'Jack el ciego' (136). ‘Lois Spears’ (111), que confiesa: Fui la más feliz de las mujeres / como esposa, madre y ama de casa. Y, como motivo lateral, es ciega la hija de ‘Willard Fluke’ (113) a causa de la enfermedad venérea que una prostituta le transmite.
  8. Mujeres de las que abusan: ‘Minerva Jones’ (81), por parte de Weldy el “Duro”. ‘Nellie Clark’ (123): con 8 años abusa de ella Charlie, de 15 y por ello la abandonará luego su marido. Se da el caso curioso, y de cierto parecido con la historia de José y la mujer de Putifar, de 'Roy Butler' (214): enemistado con su vecino a causa de una cerca, va a hablar con éste para hacer las paces, le abre su mujer y empieza a gritar acusándole de pretender violarla; luego será condenado.
  9. Suicidas: ‘Julia Miller’ (96) que, embarazada, se suicida con morfina tras discutir con su marido.’Harold Arnett’ (106) que, sintiéndose fracasado, se dispara cuando su mujer le dice que se queman las patatas. 'Paulina Barret' (149), que se mata frente al espejo. 'Albert Schirding' (157), que se mata porque se siente un fracasado frente a sus hijos, que triunfan. 'Jonas Keene' (158), que contrapone su vida al anterior, se siente aún más fracasado, enferma voluntariamente y rechaza cuidados médicos.
  10. Asesinos: como 'Barry Holden' (139), que mata a su mujer con un hacha. 'Searcy Foote' (215), que queda impune tras matar con cloroformo a su tía, muy avara, para poder heredar y casarse con Delia Prickett. Y otros que se comentarán más abajo: Hod Putt; 'Weldy "el Duro"' (85), que provoca dos muertes, la de Minerva Jones y la de Jack el ciego junto a Jack McGuire, que a su vez mata al jefe de la policía municipal.
  • Una idea que recorre toda la obra es la venalidad de ciertos cargos: el director del periódico, el Juez del Distrito, el presidente del banco o el clero a los que denuncian: 1º) 'Kinsey Keene' (72), que los manda perifrásticamente a la mierda. 2º) ‘Daisy Fraser’ (79), luego desahuciada por conveniencia (129) y perseguida por el puritano ‘A. D. Blood’ (130) que, además, mata a palos al borracho 'Oscar Hummel' (200). 3º) ‘Sexsmith el dentista’ (129), que defiende a la anterior. 4º) 'La esposa de George Reece' (151), cajero del banco al que culpan de la quiebra y encarcelan. Y pesa un motivo central, la ruina del banco en el que están involucrados Thomas Rhodes (102), el diácono Rhodes (104) y, sobre todo, 'Ralph Rhodes' (197), que especula con el precio del trigo; pero saldrán impunes gracias a la parcialidad de los jueces o de los periódicos. Así, 'Whedon, director de periódico' (191), confiesa falsear la verdad... / ... / con bajos designios, con fines astutos y se ve al final enterrado donde desaguan las alcantarillas del pueblo. Pesa también la compañía de Ferrocarriles "Q" y la mina a la que representa el apoderado 'John M. Church' (144): éste toma conciencia de lo mal que se ha portado con las víctimas de accidente en sus dos versos finales: ¡Pero las ratas me han devorado el corazón / y en mi cráneo ha anidado una serpiente. Algo parecido ocurre con 'Henry Phipps' (264): Yo era el superintendente de la Escuela Dominical, / el presidente testaferro de la compañía de vagones / puesto por Thomas Rhodes y la camarilla del banco / .../ y yo me pasaba los días ganando dinero / y los domingos rezando en la iglesia; pero por alguna clase de justicia poética el doctor Meyes me descubrió / un cáncer de hígado. / ¡Después de todo, Dios no se cuidaba especialmente de mí!
  • Aparece ese puritanismo tan calvinista en contraste con el vicio y con contradicciones: así, la persecución a ‘Minerva Jones’, la poetisa del pueblo (81), por parte de Weldy el “Duro”, que la abandona en manos de ‘El doctor Meyers‘ (83) y, como éste no puede hacer nada para salvarla, es acusado de su muerte mientras que su mujer, puritana, piensa que Minerva merecía la muerte porque había violado las leyes humanas y divinas (84). ‘Weldy el “Duro”' (85), que también provoca la muerte de Jack el ciego (136), se redime por su parte: Tras volver a la religión y sentar la cabeza / me dieron un trabajo en la fábrica de conservas; y llega a ser el presidente del jurado popular que condena por violación a 'Roy Butler' (214). Puritanismo divertido hay también en la anécdota que cuenta 'Jim Brown' (170) por la que hacen trasladar a su caballo a un establo alejado del pueblo porque era una ofensa a la moral pública.
  • Quizá lo más curioso sea el conjunto de pequeñas historias que se complementan o se contradicen: La de ‘Benjamin Pantier’ y su esposa (74-75): él, marginado por su mujer, se hace el mártir mientras ella explica que lo ha echado de casa porque detesta el olor del whisky y la cebolla. La de ‘Reuben Pantier’ y su antigua maestra, solterona, ‘Emily Sparks’ (76-77): mantienen una relación que va más allá de lo materno-filial cuando él piensa en ella mientras está con una cocotte (Y la cocotte creyó que las lágrimas eran por ella / y para ella los falsos besos que le di) o cuando ella le escribe sobre el hermoso amor de Cristo; y ello puede explicar que el primero acabe abandonando a su mujer, ‘Dora Williams’ (132), con la que follaba sobre la tumba del puritano ‘A. D. Blood’ (130). La del ya citado ‘Knowlt Hoheimer’ (86), que dice haberse ido a la guerra para evitar la cárcel por robo, frente a ‘Lydia Pucket’ (87) que le contradice al decir que si se va a la guerra es porque ella prefiere a otro como novio. O la de ‘El jefe de la policía municipal’ (101), que insulta y hiere -con lo que el traductor vierte como el bastón-estilete de la Prohibición y vete tú a saber qué será exactamente aunque huele muy mal- a ‘Jack McGuire’ (102); éste lo mata de un disparo y dice que se salva de la horca por un trato de su abogado con el juez para no seguir persiguiendo a su amigo ‘Thomas Rhodes’ por la quiebra del banco, mientras aquel dice que si se salva es porque se ha aparecido en sueños a un miembro del jurado y le ha explicado bien la historia; y, por cierto, Jack McGuire, condenado a 14 años, confiesa: Yo cumplí mi condena / y aprendí a leer y escribir. O la historia comparada de ‘Cooney Potter’ (120) y ‘Jones el Violinero’ (121): ambos empiezan con un terreno de 20 hectáreas (vid. nota 1): el primero ansía tener mil y afanándome, sacrificándome y sacrificando a mi mujer, a mis hijos e hijas acaba muerto antes de los 60 mientras el segundo para de arar cada vez que lo llaman para llevarlo a un baile o excursión y acaba con sus 20 hectáreas pero sin un solo pesar. La historia que cuenta 'Elsa Wertmann' (172): trabaja en casa de Thomas Green y éste la acosa y la preña; su mujer adopta al niño y éste, 'Hamilton Green' (173), que desconoce su origen, dice ser hijo de padres ambos de sangre honrada y selecta. O la visión del mundo contrapuesta de 'John Hancock Otis' (182) y 'Anthony Findlay' (182): el primero, de clase alta, defiende los principios democráticos mientras que el segundo, de origen muy humilde, llega a ser superintendente de los ferrocarriles y se comporta como un tirano. O 'Eugene Carman' (192), que se lamenta de haberse pasado la vida cobrando sólo 50 dólares al mes y cuando muere su puesto es codiciado por 'Clarence Fawcett' (193) que lamenta no poder conseguirlo. O 'Roscoe Purkapile' (201) que, cansado del matrimonio, se marcha un año de juerga y al volver le dice a su mujer que lo tenían raptado unos piratas del lago Michigan y ella le dice que le cree; pero luego ésta confiesa (202) que no le ha creído y que se mantiene con él porque el matrimonio es el matrimonio. O 'Lambert Hutchins' (207), orgulloso de la casa que ha construido sobre una colina, mientras su hija 'Lillian Stewart' (208) es repudiada por su marido porque éste se ha casado con ella sólo porque la creía rica a causa de la casa y no lo es.
  • Es de notar la abundancia de muertes por causas tontas, como la de ‘Robert Fulton Tanner’, mordido por una rata / cuando estaba haciendo una demostración de mi trampa patentada / aquella vez en mi ferretería y que sirve para comparar la vida a una trampa para ratones (64). O la de ‘Trainor el boticario’ que, tras explicar desde la química los problemas de la familia Pantier (74-76), acaba muerto cuando hacía un experimento (78).  O la de 'El juez Arnett' (112), que muere al caerle en la cabeza un archivador donde guardaba sus sentencias. O 'Peleg Poague' (223) que, durante una carrera, cae de un caballo del que se sentía orgullosísimo.
  • Algunos muertos emiten ideas fuertemente pesimistas como la de ‘Jones el “Indignado”, que se siente atascado en el lodazal de la vida (82). Parecida es la visión de 'Plymouth Rock Joe' (292-293): Ya seas caballeresco o heroico o ambicioso, / metafísico o religioso o rebelde, / nunca podrás salir del corral / más que por encima de la cerca, / mezclado con mondas de patatas y otros residuos, / para caer directamente a la artesa.
  • Los poemas no son epitafios sino muchas veces lo contrario, una visión de su vida al contrario de lo que se creía: Como ‘Amanda Barker’: en el pueblo en que viví creen / que Henry me amó con amor de esposo. / Desde el polvo proclamo / que me mató para satisfacer su odio (67). O ‘El diácono Taylor’, partidario de la prohibición, que muere de cirrosis hepática (118). Del mismo modo, 'El juez del distrito' (135) dice que hasta Hod Putt, el asesino / ahorcado por sentencia mía, / era de alma inocente comparado conmigo.
  • Muchas veces los muertos dialogan con las esculturas e inscripciones que adornan sus tumbas como hace irónicamente el soldado ‘Knowlt Hoheimer’ (86), que pregunta por el significado de la inscripción Pro patria de origen horaciano. O 'George Gray' (126), al que han esculpido un barco anclado en el puerto y con las velas recogidas, que interpreta como su trayectoria vital. O 'Franklin Jones' (143), al que parece un pollo la paloma que le esculpieron.O la reflexión de 'Richard Bone' (237) que, encargado de grabar las lápidas según lo que le mandan, se siente cómplice de las falsas crónicas  / de las lápidas, / como hace el historiador que escribe / sin saber la verdad / o porque le presionan para que la oculte.
  • A veces los poemas terminan en forma de sentencia: Detrás de cada soldado hay siempre una mujer (‘Lydia Pucket’ 87); En el cielo no existe el matrimonio pero existe el amor (‘Sarah Brown’ 93). Salvado de males futuros, como inscripción que su padre pone a ‘Johnnie Sayre’ (97) traer morir cayendo de un tren en marcha mientras hacía novillos. Una verdadera moral es una muela hueca / que hay que rellenar de oro según dice ‘Sexsmith el dentista’ (129) tras denunciar a los caciques del pueblo.
  • En algún momento, se concede un papel curioso a los libros. Así, además de lo dicho más arriba a propósito de los intelectuales, ‘Frank Drummer’, al que el pueblo considera idiota, tiene un firme propósito: aprenderme de memoria / la Enciclopedia Británica (88). 'Tennessee Clafin Shope' (290) afirma: yo conocía a fondo el "Bhagavad Gita".
  • Ciertos muertos conciben el espacio como un locus amoenus: el aire refrescaba / y nos parábamos a varear el nogal (89); el aire embalsamado de la primavera susurra entre la blanda hierba / titilan las estrellas, la zumaya canta (93); o los recorridos de 'Lucinda Matlock' (283): mis fiestas eran / vagar por los campos donde cantaban las alondras / y por las riberas del río Spoon cogiendo muchas conchas / y muchas flores y hierbas medicinales (aunque nos preguntamos qué conchas son ésas máxime cuando luego [297] se convierten en conchas de mejillones).
  • Buena explicación de la muerte es la de entenderla como sueño sin sueños (99).
En lo que se refiere al editor, no se entiende por qué a veces anota unas citas pero no otras: es mejor ser temido que amado (143) es de Maquiavelo; Nada en la vida nos es ajeno (233) está inspirada en Terencio. Más patente queda ello cuando en el largo poema 'La Spooniada' anota que Esta es la cuestión procede de Hamlet (334) cuando desde el verso 1 y, siguiendo el título, se repiten los ecos de la Ilíada: La cólera de John Cabanis y la discordia / ... / canta, oh musa,... / ... / ...y la oscuridad, como una nube, le cubrió los ojos (331-340). Otras veces las anotaciones son incorrectas: Dafne y Apolo; la ninfa, huyendo del dios de la poesía y el sol, fue transformada por éste en laurel (327); está claro que no es Apolo quien transforma a Dafne por el mero hecho de que si la persigue es para violarla y porque luego llora al abrazarla convertida en árbol. Igual ocurre con la explicación de lo que es un poeta laureado diciendo que es un título que conceden los reyes ingleses (331): si Dante ya fue poeta laureado...

(1) No entiendo por qué mide en hectáreas (120) cuando el texto original habla de acres: I unherited forty acres from my father, y más adelante (121, 235). Y lo mismo los veinticinco metros (198) o los kilómetros de valle (277); y más (294, 311). Es dudosísimo -e innecesario- este plural de césped: rastrillar céspedes (215).

martes, 14 de abril de 2015

Jorge Luis Borges, El Aleph (y 2)

Borges, Jorge Luis, El Aleph (Alianza, Madrid: 1979)
La presente entrada es continuación de esta otra.

  • 'El Zahir':
  1. Es el relato de una obsesión por algo simple, una moneda común de ese nombre. Lo que ocurre es que el Zahir ha sido también otras muchas cosas que se enumeran caóticamente: En Guzerat... un tigre; en Java, un ciego...; en Persia, un astrolabio...; en la aljama de Córdoba... una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares... (105). 
  2. Esa moneda transforma al narrador: Hoy es el trece de noviembre; el día siete de junio, a la madrugada, llegó a mis manos el Zahir; no soy el que era entonces (105). La moneda llega a sus manos tras velar hasta altas horas el cadáver de una hermosa mujer, Teodelina Villar. Después de ello, para a tomar algo y, al pagar, le entregan el Zahir como cambio: lo miré un instante; salí a la calle, tal vez con un principio de fiebre (108). Tras ello piensa en monedas también en enumeración caótica: el óbolo de Caronte..., los treinta dineros de Judas..., los dracmas de la cortesana Laís..., el luis cuya efigie delató, cerca de Varennes, al fugitivo Luis XVI (108-109). Y la primera consecuencia es que, tras vagar largo rato acaba a una cuadra del almacén donde me dieron el Zahir (109).
  3. Tras deshacerse de la moneda pagando en un boliche y dedicarse a escribir un relato sobre un asceta que, en realidad, es una serpiente que yace sobre el tesoro de los Nibelungos, le aparece gradualmente la obsesión: primero procuré pensar en otra moneda, pero no pude (111-112). El dieciséis de julio adquirí una libra esterlina... De nada me valieron el fulgor y el dragón y el San Jorge; no logré cambiar de idea fija. El mes de agosto, opté por consultar a un psiquiatra (112).
  4. La resolución le viene por la vía de la pseudoerudición al adquirir un ejemplar de Urkunden zur Geschischte der Zahirsage (Breslau, 1899) de Julius Barlach (112). Por ahí llega a saber que Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe... lo dice de "los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente" (112). Por el mismo procedimiento de recurrir a libros imaginarios, conoce la historia del Zahir y cómo se han convertido en él todas las cosas enumeradas al principio.
  5. Pero la obsesión continúa y crece: El tiempo, que atenúa los recuerdos, agrava el del Zahir. Antes, yo me figuraba el anverso y después el reverso; ahora veo simultáneamente los dos... Lo que no es el Zahir me llega tamizado y como lejano: la desdeñosa imagen de Teodelina... (115).Y así, hasta enloquecer: Antes de 1948... Ya no percibiré el universo, percibiré el Zahir... de miles de apariencias pasaré a una; de un sueño muy complejo a un sueño muy simple. Otros soñarán que estoy loco y yo con el Zahir. Cuando todos los hombres de la tierra piensen, día y noche, en el Zahir, ¿cuál será un sueño y cuál una realidad, la tierra o el Zahir? (116). Y se concluye así al modo de Segismundo con la confusión entre realidad y sueño.
  • 'La escritura del Dios':
  1. Un sacerdote de Moctezuma ha sido encarcelado por Pedro de Alvarado en una celda contigua a otra donde hay un tigre al que sólo ve cuando abren una trampilla para darles de comer. El sacerdote sabe que su dios, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar (118-119).
  2. Se vuelve a tocar la confusión entre sueño y realidad del anterior relato. Tras dormirse el sacerdote cuenta: Alguien me dijo: No has despertado a la realidad sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro sueño, y así hasta lo infinito... morirás antes de haber despertado realmente (121). Pero ese sueño será la puerta a una experiencia mística: ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo... Vi el universo y vi los íntimos designios del universo... Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo... Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses... y... alcancé a entender también la escritura del tigre (122-123). Y así será cómo tras esta nueva enumeración caótica comprende que es en las rayas de la piel del tigre donde está la fórmula mágica. Pero renuncia a pronunciarla precisamente por esa experiencia mística: Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él (123).

viernes, 10 de abril de 2015

Jorge Luis Borges El Aleph (1)

Borges, Jorge Luis, El Aleph (Alianza, Madrid: 1979)
Tras lo menos treinta años, releemos este conjunto de cuentos de Borges a propuesta del grupo de lectura del Ateneo de Mahón. El primer juicio nos lleva a ponderar la variedad de temas: el culto y erudito ('El inmortal'); el policiaco ('Emma Zunz'); el costumbrista argentino ('Biografía de Tadeo Isidoro Cruz [1829-1874]'); el esotérico ('El Zahir')... Nos limitaremos a anotaciones a alguno de esos cuentos: