Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 13 de agosto de 2014

Vientos y velas (Concurso de relatos Bubok, XLV [el siglo XVIII])

Entra en la alcoba y besa a sus dos hijos en la frente procurando no despertarlos. Sale al patio, arranca un limón, verde aún, del limonero y se lo mete en la faltriquera. Mira al cielo por el lado de tramontana. Una nube, una sola, pequeña y de algodón: quisiera guardársela también y liberarla al volver a poner los pies en el muelle. Ya en la puerta se despide de su mujer:
-Te traeré el mejor vestido del mejor mercado.
-No quiero que me traigas nada, lo que quiero es que vuelvas.
Pasa frente a la iglesia del Carmen y vuelve la vista hacia la casa de los Meliá. Es pronto aún y hasta las once las dos hermanas no saldrán al mirador a vigilar quién va y quién viene por la calle mientras bordan el ajuar. Baja por las revueltas que llevan al puerto, recorre el muelle y ahí está su jabeque. Le acaricia el costado, brillante de sebo, salta dentro y ordena el tiro de leva para avisar de la pena de cincuenta pesos de plata que caerá sobre quien no esté a bordo antes de tres horas. Vuelve al muelle y se sienta en un noray a fumar. Es el 25 de abril de 1780.

El 16 de junio de 1779, por la convención de Aranjuez, España, aliada con Francia, se pone del lado de las colonias americanas, en lucha por su independencia de la metrópoli, y declara la guerra a Inglaterra. Llegada la noticia a Menorca, por entonces bajo dominio inglés, su gobernador sir James Murray decide conceder patentes de corso a favor de armadores menorquines contra todo tipo de barcos españoles y franceses.
Pons y Taltavull oyen el disparo en su camino desde el arrabal nuevo de San Felipe mientras cruzan entre huertos con norias. Como tienen tiempo deciden tomar el camino más largo para así parar en la taberna a mirarle el escote a Teresa. Cuando bajan por la cuesta de cala Figuera hacia el muelle de levante oyen voces, griterío y jolgorio que vienen del agua. Son dos barcas pequeñas, de las que llaman gussis, con críos dentro remando hacia la isla del Rey. Se fijan y ven frente a las barcas una mancha blanca que se mueve por la superficie del agua. También ellos habían jugado a lo mismo: un trozo de madera hueco, un palo hincado en el centro, otro perpendicular y un trozo de tela clavado a modo de vela. Y a correr detrás.
Antes de entrar en la taberna ven al capitán a lo lejos, al pie del barco, hablando con una mujer y un niño:
-Parece la viuda de Moll, el que murió de fiebres el año pasado en Gibraltar. Ahora anda arrimada a Carasucia.
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En el momento del disparo, los hermanos Femenías están entrando por el lado contrario del puerto, por el muelle de poniente. Han salido de Alayor al alba por el camino d'en Kane y sólo han parado un momento, a la sombra de una pared seca poco antes de la encrucijada con el camino hacia Addaia y Fornells, para comer lo que su madre les había echado en la talega. Es su primera salida en corso pero su hermano mayor, que volvió con dinero y por eso ahora festeja, habló de ellos con el capitán y los admitieron en la tripulación. Han de recorrer el muelle hasta encontrar el barco:
-El Halcón se llama; y tiene tres palos.
Soldados ingleses, marineros, pescadores, redes al sol, olor a puerto. Encuentran el jabeque mientras la viuda de Moll sigue hablando con el capitán:
-He puesto un cirio en el Carmen para que volváis todos y mi hijo con vosotros.
Cuando el niño consigue zafarse de los besos de su madre sube corriendo a bordo.
-¿Y vosotros quienes sois?
-Tomeu y Biel Femenías.
-Presentaos al escribiente.
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Recasens, el escribiente, está sentado en popa. Sostiene entre las piernas un cuaderno abierto con la nómina de los ciento veinte miembros de la tripulación y va anotando una marca a medida que se presentan ante él. De Tarragona y jesuita exclaustrado, es de los que no tiembla cuando oye un cañonazo. Porque el primero lo oyó en Civitavecchia la primavera del año 67 cuando el Papa recibió así a los jesuitas expulsados por Carlos III para disuadirlos de desembarcar en los Estados Pontificios. Vuelta atrás hacia Córcega y nueva prohibición de desembarco esta vez por parte de la República de Génova, entonces soberana de la isla. Tres meses dando vueltas hasta que les permiten poner pie en tierra tras las negociaciones diplomáticas entre españoles y genoveses. Recasens, harto ya de penurias, pasea un día por el puerto de Bastia y oye marineros que hablan como él pero con música. Les pregunta hacia dónde van, contestan que a Argel y luego a Mahón, les pide que lo lleven a cambio de trabajo y el capitán, al verlo demacrado, accede. Ahora navega con el hijo de aquel capitán, no ha vuelto a poner los pies en la península y también habla con música.
-¿Y tú cómo te llamas?
Pero el niño no está escuchando. Apoyado en la batayola de babor, ha visto los gussis, que ahora persiguen a la barquita frente a la isla d'en Pinto, reconoce a alguno de sus compañeros de juegos y reclama su atención gritando y gesticulando para provocarles la envidia al verlo a bordo de un velero de verdad.
Los hermanos Femenías pasan por detrás de él hacia el escribiente, dirigen la vista hacia lo que parece atraer la atención del niño y sólo ven los gussis. Su pueblo no es de tradición marinera y su juego preferido de niños era el del aro. En la punta de una vara se enrollaba un alambre que acababa en un gancho; cogido de él había que llevar el aro, extraído de alguna cuba podrida, rodando por las calles del pueblo sin que se cayera.
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Tudurí viene corriendo por el muelle cuando el capitán da la orden de soltar amarras. La mayoría de marineros se santigua y los hermanos Femenías se llevan a los labios el escapulario con la imagen de la Virgen de monte Toro que su madre les ha colgado del cuello. Recasens anota el retraso de Tudurí con su pena de cincuenta pesos de plata, cierra el cuaderno y se pone en pie. Mira por estribor las casas blancas en lo alto y, al volver la vista a babor, ve también a los niños de los gussis, que ahora reman desde la isla d'en Pinto hacia la Punta porque su barquita ha virado inesperadamente. No sabe si en Tarragona los hijos de los pescadores juegan a lo mismo; él vivió de niño en un caserón de la parte alta y su madre nunca lo llevó a la marina.
El capitán va a proa, se apoya en el palo de trinquete y manda a toda la tripulación prestar atención mientras el primer teniente lee las normas de a bordo:
-Que no se puede salir del barco sin permiso del capitán. Que la parte que corresponda a quien busque discordia o alboroto a bordo, o se embriague o se comporte de forma cobarde, se aplicará al resto de la tripulación...
El capitán se da la vuelta y mira al frente, hacia la Punta. No puede evitar ver, porque resalta moviéndose en el agua, la tela blanca de la barquita algo a babor. Oye también las voces de los niños que la siguen y se gira hacia ellos.
-¡A nado tendríais que perseguirla como yo cuando tenía vuestra edad!
Los niños gritan y gritan todos a la vez y, como no consigue entenderlos, vuelve la vista al frente. En ese momento ve la barquita que viene derecha hacia el barco. Se gira atrás en un acto reflejo de dar al timonel la orden, imposible e inútil, de virar a estribor y siente una punzada en el corazón cuando oye un leve crujido bajo la quilla.

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