Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 2 de septiembre de 2014

Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí

Marías, Javier, Mañana en la batalla piensa en mí (Alfaguara, Madrid: 1998)
Una buena novela como se espera del autor. Lo que no entiendo es cómo la empecé hace más de diez años, la dejé sin acabar y ahora la he leído de un tirón.
Curiosa la anécdota que la provoca: una cita galante en el piso de una mujer, Marta, cuyo marido está de viaje en Londres; ella acuesta a su hijo de corta edad y, cuando va a encamarse con el narrador-protagonista, se encuentra indispuesta y acaba muriendo con problemas tales para el protagonista como qué hacer con el niño.

Y la novela se convertirá en un dar vueltas sobre esa noche intentando averiguar qué ocurrió después en el entorno de la muerta. El protagonista -y ya hemos dicho que la novela está narrada en primera persona- intentará entrar en contacto con la familia de Marta y terminará, sorprendentemente, recibiendo confidencias del propio marido de ésta que, paralelamente, había viajado también con una amante. Como suelo, destacaré los aspectos que me parecen dignos de mención:
  • El título de la novela, extraído de Ricardo III de Shakespeare según el autor explica en apéndice (421), se convierte casi en estribillo que se va repitiendo (p. ej. 38, 41, 51, 68, 214, ...) sin que se vea mucha relación con el contexto. Hasta que el narrador desvela (275-277) que la frase aparece en una película que ve de madrugada: la dicen varios personajes que se dirigen a un rey el día anterior a una batalla. Ello le servirá, como hace en otros momentos de la novela, para trazar paralelos entre su vida y lo que le ocurre la noche de su cita cuando ve otra película en la televisión de Marta: Puse la televisión como la puse dos años y medio después en Conde de la Cimera sin saber qué hacer mientras una mujer agonizaba a mi lado (275).
  • El papel del niño Eugenio, el personaje más inocente. No hay comentario alguno al hecho de que Marta reciba al galán en su propia casa y cenen frente al niño. Si acaso, por un momento se le atribuye el papel de rival u obstáculo: adquiría la certidumbre de que aquella cita era galante y de que el niño lo sabía de forma intuitiva... e intentaba impedirla con su presencia (23). En cambio, sí se insiste en la preocupación del protagonista por él tras la muerte de su madre; acude a su habitación, ve que colgaban del techo... unos aviones de juguetes sujetados con hilos (37) y ello le recuerda otra película vista tiempo antes: cambié de canal... y en él había otra película antigua... de aviones, Spitfires supermarinos y Stukas y Hurricanes y Messerschmitts 109 (277). Después reflexiona sobre lo que ocurrirá con el niño cuando se despierte y encuentre a su madre muerta: Fui a la nevera y decidí prepararle un plato como si fuera a dejar sustento a un animal doméstico al que se abandona durante uno o dos días de viaje (74).
  • Los giros temáticos. Sorprende alguna variación brusca de tema y ambiente: el narrador quiere conocer a la familia de Marta y, por un complejo proceso, entra en contacto con su padre que, a su vez, lo introduce ante el Rey -a quien llama Only the Lonely, el Solitario, Only You, el Llanero, el Solo,...- para que le escriba sus discursos (145ss.). Pero tras un paréntesis en el que come con la familia de la muerta, narra en flash-back una anécdota nocturna completamente opuesta (225ss.): aprecia desde el coche a una prostituta que se parece a su ex-mujer (temía saber su nombre y reconocerla, y el nombre que creía saber era el de Celia, Celia Ruiz [226]), tiene trato sexual con ella y, al acabar y devolverla a su esquina, sigue sin saber si era su mujer o no (Cómo era posible que tuviera dudas, cómo era posible que no estuviera seguro de si estaba con mi mujer o con una puta [252]). Y, de paso, aprovecha ese flash-back para trazar otro con aspectos de su pasada vida conyugal. Más aún: cuando más tarde, a partir de un comportamiento algo compulsivo del narrador éste sigue un día por la calle a Luisa, la hermana de Marta, pasan cerca del lugar donde había recogido a la prostituta y rememora de nuevo no sólo el episodio sino también la duda sobre la identidad de la mujer: No estábamos lejos de... la esquina con la Castellana en que hacía más de dos años había recogido a Victoria... Cuando ya habíamos vuelto a ocupar los asientos delanteros de mi coche... y antes de ponerlo en marcha dudé si proponerle ganarse unos billetes más e invitarla a mi casa hasta la mañana: si era Celia le daría apuro o melancolía, si era Victoria tendría que aceptar encantada (266-257).
  • Una cierta simetría que se da entre el final y el principio de la novela: el narrador convierte a Luisa, hermana de Marta, en confidente y ésta le explica cómo el marido viudo quiere conocerlo: quiere encontrar al hombre que estuvo esa noche con Marta para que se entere de algunas cosas (334); se insiste sobre ello creando una cierta expectación: Ya te dije que lo que quiere Eduardo es sobre todo contarte algo (364). Acude por fin el narrador a casa del viudo y éste le hace una serie de confidencias que llevan a esa simetría en tanto la noche de la muerte de Marta también él era infiel: Yo no estuve solo en Londres... Yo he tenido una amante desde hace un año, una enfermera joven (378). Lo que ocurre es que ello lleva al viudo a un par de paradojas: esa enfermera le dijo que estaba embarazada e iba a abortar; de ahí la primera cuestión a propósito de la muerte de Marta desde la óptica del viudo: Si lo hubiera sabido todo habría sido distinto en Londres, ni siquiera la habría permitido ir al hospital a la mañana siguiente, no habría habido lugar, un hermano para Eugenio y una nueva madre (387). Y una segunda cuestión que invalida la anterior: la enfermera entra en el hospital y cuando, al cabo del rato, él va a buscarla, se da cuenta de que no ha ingresado: '¿No hay aborto, no hay embarazo, no hay nada?', dije yo (394). Todo se resuelve algo precipitadamente cuando la enfermera sale de un autobús y es atropellada: vi cómo el taxi no podía frenar ni siquiera después del choque y le pasaba por encima tras su inmediata caída sobre la calzada (405).
  • Este apartado anterior lleva a observar la arquitectura de la novela no sólo a base de esas simetrías sino también a partir del engaño: Marta engaña a su marido con el narrador-protagonista a la par que el marido la engaña con la enfermera que, a su vez, engaña a éste a propósito de su embarazo. Y a lo largo de la novela el narrador-protagonista busca a la familia de Marta para acabar al revés: es el marido de Marta el que lo buscaba a él para hacerle confidencias.
  • El afán cinéfilo que el autor vuelca en el narrador. De ahí la fijación en la película que la noche en que muere Marta, daba la televisión: En la pantalla estaba Fred MacMurray con subtítulos. Una película antigua por la noche tarde (20). En nota final (423) el autor nos aclarará que se trata de la comedia Remember the Night de Mitchell Leisen e informa de la relación del título con el tema de su novela. Del mismo modo, la noche de autos y tras dar con esa película, el narrador hace zapping: Di un repaso a los canales y volví a MacMurray en blanco y negro (20). Pues bien: cuando más tarde esté hablando con el Rey, éste dice: Hace cosa de un mes tuve insomnio una noche... Me levanté,... puse la televisión y estuve viendo una película antigua ya empezada, no sé cómo se titulaba... Era en blanco y negro y salía Orson Welles (172); y como muestra curiosidad por el título, el narrador se lo aclara: -Campanadas a media noche, señor, si le interesa saberlo... / -¿Y tú cómo lo sabes? ¿La viste esa noche? / -No, estaba viendo otra en otro canal, pero al zapear vi que la estaban poniendo también (175). Visto así, a partir de esa película se ponen en relación dos personajes, el Rey y el protagonista, y sus diferentes actitudes de aquella noche: el insomnio del primero y la inquietud del segundo al morirse su amante en la cama. 
  • Una curiosidad que ya me llamó la atención la primera vez que empecé a leer la novela, la breve disquisición sobre la manera en que debe pronunciarse Madrid: el narrador acude de incógnito al entierro de Marta y reconoce por la voz a un personaje que, como estuvo escuchando el contestador de ella e incluso se llevó la cinta, era otro de sus amantes: convencionalmente adinerado, convencionalmente trajeado y con un léxico voluntariamente plebeyo, en Madrid se cuentan por millares... medradores provinciales... ninguno sabe pronunciar la d final de Madrid, una d relajada (116).

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