Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 13 de marzo de 2015

Demetrio, Sobre el estilo, 'Longino', Sobre lo sublime

Demetrio, Sobre el estilo, 'Longino', Sobre lo sublime (Gredos, Madrid: 2008)
Otro libro de la Biblioteca clásica de Gredos y, además, comprado en la librería Cervantes de Salamanca. Su interés actual es reducido fuera de círculos muy especializados. En realidad se trata de dos breves tratados de teoría y crítica literaria en los que, sobre todo, se analiza el estilo de los principales autores griegos. De todos modos, podemos observar algunas ideas interesantes.
En primer lugar, presentamos la obra de Demetrio, Sobre el estilo:
  • Ya contiene la idea de que, dado un texto, recordamos especialmente las palabras puestas al principio y las colocadas al final y somos movidos por ellas, mientras lo somos menos por las palabras colocadas en medio, como si estuvieran ocultas y enterradas (42). Es principio que hemos aplicado sobradamente a la hora del comentario de textos. Por poner un ejemplo, en el soneto de Quevedo 'Cerrar podrá mis ojos' el endecasílabo último reza: que no fuese recuerdo de la muerte. Es la última palabra, muerte, la que resalta y queda como un eco en el oído del lector; si a ello se añade que ha rimado con fuerte o que los diptongos de fuese y de recuerdo la están anunciandoen ese mismo verso...
  • Se contiene también la conocidísima crítica y burla al autor que, al referirse a la roca que Polifemo lanza a Ulises, dice exagerando: 'Las cabras pacían sobre la roca al ser ésta lanzada' (65).
Yendo ya a 'Longino' y su Sobre lo sublime, destacamos:
  • La idea que se da en la introducción, de José García López: Ciertamente los estoicos, más que otras escuelas filosóficas, se preocuparon de la gramática y de la lengua en general (141). Pero ni se dice la causa de ello ni la adivinamos.
  • En línea con la exageración anterior de la roca lanzada por Polifemo, critica una agudeza de Jenofonte, que recuerda las de Quevedo, en la que, hablando de los ojos de una estatua y porque el griego también permite el juego de palabras, llama vírgenes a las niñas de los ojos. Considera impropio de ese autor el llamar vírgenes vergonzosas a las niñas de nuestros ojos (155). Con ejemplo parecido achaca falta de decoro a  Heródoto cuando llama a las mujeres hermosas "dolores para los ojos" (156; y que también recuerda a Quevedo: Esos médicos con que miras / esos ojos que me matan).
  • Como en realidad el tratado versa sobre lo sublime, da una cierta definición de qué se entiende como tal: considera hermoso y verdaderamente sublime aquello que agrada siempre y a todos. Pues, cuando personas de diferentes costumbres, vidas, aficiones, edades y formas de pensar tienen una opinión unánime sobre una misma cosa, entonces este juicio y coincidencia de espíritus tan diversos son una garantía segura e indudable en favor de lo que ellos admiran (157-158).
  • En ello, y como fuente lo sublime, interviene también la pasión e inspiración por parte del autor: nada hay tan sublime como una pasión noble, en el momento oportuno, que respira entusiasmo como consecuencia de una locura y una inspiración especiales y que convierte a las palabras en algo divino (159).
  • Como ejemplo de lo anterior aporta un ejemplo de Safo que, además, tiene la ventaja de presentar un contraste entre fuego y hielo que luego será típico en la lírica petrarquista: cuando te miro por un momento se me quiebra la voz. Mi lengua se hiela y al punto un fuego suave recorre mi piel (166).
  • Como ambos tratados presentan, enjuiciándolas, multitud de figuras retóricas, en éste se admiran una serie de metáforas que presenta Platón en el Timeo y que, para el gusto actual, serían algo retorcidas: llama a la cabeza acrópolis del cuerpo; entre ésta y el pecho ha sido construido un istmo, el cuello... el corazón es el nudo de las venas... y está colocado en el puesto de guardia del cuerpo (196).
  • Por fin y como curiosidad, aporta una idea, que ya leímos quizá en Aristóteles, sobre la razón de que cara y culo estén en zonas opuestas del cuerpo: la naturaleza, ... al formar al hombre, no colocó en nuestro rostro las partes que no se pueden nombrar, ni tampoco los órganos de secreción del cuerpo, sino que los ocultó en la medida que le fue posible y, según Jenofonte, desvió las salidas... lo más lejos para que no dañasen la hermosura de toda su criatura (213).


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