Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 6 de junio de 2014

Sergio Gaspar, Viento de tramontana

Gaspar, Sergio, Viento de tramontana (Edhasa, Barcelona: 2014)
Pues no sé qué decir de esta obra. Ni siquiera sobre el género literario. ¿El argumento?: algo así como que el gobierno catalán decide dar por muerto a Josep Plà cuando éste sigue vivo; pero Plà mata a una turista en la Costa Brava y se descubre el pastel. O sea... Intentaré decir algo más por apartados:
  • Tiene una cierta desorganización estructural no sé si conscientemente buscada. En todo caso, la sensación es la de estar ante una serie de materiales diversos acumulados por el autor y sin mucha relación unos con otros: un comienzo en la Costa Brava en términos de novela negra, paseos nocturnos por Barcelona con ciertos toques de Luces de bohemia, obra que aparece explícitamente citada (256), excursos sobre el Ampurdán o sobre geografía urbana o historia de Barcelona, una pequeña pieza teatral final con los últimos presidentes de la Generalitat como personajes... Ya digo: el material no parece perfectamente ensamblado.
  • La ironía preside toda la obra ya desde la dedicatoria a la entidad, de perfil nazionalsocialista, Òmnium Cultural, per la seva defensa lloable i imprescindible de la llengua, la cultura i la identitat d'aproximadament la meitat dels catalans (11). O con Josep Plà a lomos de un burro que, a su vez, luce la pegatina de otro asno más pequeñito cuyo cuerpo lucía las barras verticales, rojas y gualdas, de la señera catalana (22: y obsérvese el adjetivo gualdas). O el gitano lorquiano convertido en un Antonio Torres Heredia, capitán de la Guardia Civil (102). O lo de comprar un libro en un top manta de l'Estartit (71). O l'Escala como cap y casal de la anchoa catalana (74). O el punto G de las mujeres se encuentra al final de la palabra shoppinG (110). Y así, hasta caer en la iconoclastia al llamar poeta paleto (72) a Mossèn Cinto Verdaguer, cuyo centenario -me da que- no llegó a celebrarse y por algo será. 
  • Se trazan paralelos entre el fascismo clásico español y el nazionalismo catalán: Franco, ese dictador asesino... guardó los uniformes de la guerra..., que desmpolvaría para las grandes efemérides de propaganda y de reafirmación de la raza -cosas así como las Jornadas del Once de Septiembre, pero a lo fascista y español- (66). Véase lo que se dice de un taxista paquistaní: nada más llegar, lo habían encarcelado en un Aula d'Acollida per a Nouvinguts, es decir, un Campo de Catalanización para Inmigrantes y Extranjeros (119).
  • Se da una versión crítico-humorística del independentismo como la siguiente burla del concepto mismo de identidad: En una Cataluña independiente, el Ampurdán debería separarse de Cataluña y construir un estado propio con el que recuperar su identidad, usurpada por los señoritos barceloneses (73). Asimismo se toca el problema psicológico de la necesidad de un enemigo para alimentar el nazionalismo: en una Cataluña independiente, sustituiremos el viejo odio hacia el resto de los españoles por uno nuevo y antiguo: el odio entre nosotros, los catalanes (155).
  • En lo que se refiere a la presencia de Luces de bohemia, asistimos a un paseo nocturno por Barcelona de Josep Plà acompañando a Franco y en el que se cruzan con toreros como Diego Puerta, Paco Camino y el Viti (124) o con Alfredo Landa (125) o con Ignacio Agustí en la terraza del Sándor (141). O más adelante con Cervantes como interlocutor.
  • De ahí un cierto -por llamarlo de alguna manera- toque metaliterario como el de sugerir que Cervantes y Fernández de Avellaneda intercambiaron sus personalidades (204ss) y, más aún, uno de ellos está enterrado no en el convento de las Trinitarias de Madrid sino -¡oh sacrilegio!- en el Fossar de les Moreres (214-215). Más aún: discuten sobre geografía urbana de Barcelona, que si el Ensanche, el plan Cerdá, la Diagonal... (166ss.)
  • Contiene alguna idea con intención de épater como la de que el Destape fue el comienzo verdadero de la Transición Democrática. No la trajeron los comunistas, ni Carrillo, ni Suárez... ni los curas obreros, ni los frailes nacionalistas, todos unos reprimidos que sólo buscaban follar y predicar en vasco o catalán (126). O la siguiente frase: la democracia, el nombre que adoptará el posfranquismo (179).
  • Aún habría que añadir algún diálogo sobre premios literarios y la breve pieza dramática final con los presidentes de la Generalitat para llegar a la conclusión de que la obra, a partir de un breve hilo argumental, se convierte en una sucesión de excursos e ideas ocurrentes sin ensamblar.
  • No se entiende, por fin, por qué si el autor opta en el título por el nombre español correcto de Ampurdán o, más adelante, por Rosas (208), hace oscilar el Ensanche (236, 237, 239) con el Eixample (167).

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