Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 30 de diciembre de 2015

F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby

Scott Fitzgerald, F. Scott, El gran Gatsby (Orbis, Barcelona: 1983)
Hace muchísimos años leí esta novela e incluso creo haber visto una película basada en ella protagonizada por Robert Redford; creo, incluso, que hay otra posterior con Leonardo di Caprio. La releo porque es la propuesta para la reunión del club de lectura de Ciudadela el 12 de diciembre.
Destaco:
  • La narración en primera persona por parte de un personaje lateral, Nick Carraway, un primo segundo de Daisy Buchanan, la mujer de la que está enamorado Jay Gatsby: Gatsby [...] plasmaba todo aquello hacia lo que siento un irrefrenable desprecio (8-9). Pero parece que se producirá un cambio de opinión en el narrador: Gatsby resultó ser un hombre de una pieza (9). Y los hechos narrados durarán poco más de tres meses: Me acordé de la noche en que, por vez primera, hacía tres meses, acudí a su ancestral mansión (217).

sábado, 26 de diciembre de 2015

Antonia, VII: La rosa de los vientos

Yo, si no me pasa nada emocionante no sé qué contar, y lo último emocionante fue lo de cuando me salió un novio en internet. Porque el último día conté algo tan aburrido como mi recorrido por el supermercado.
Lo que voy a contar hoy no sé cómo me saldrá, pero es que el día ha empezado con muchísimo viento y, con los soplidos, mi marido y yo nos hemos despertado pronto. Bueno, a las ocho, pronto para lo que acostumbramos los sábados. Y después de desayunar hemos salido porque aquí en el pueblo tenemos mercadillo los sábados y yo no lo perdono. Yo sé que a mi marido le da igual que llueva o nieve pero el viento no lo soporta. Aun así me ha acompañado, que el amor es el amor y, sin él, yo tampoco habría salido.
Había mucha menos gente que de costumbre y las lonas que cierran los puestos por los lados batían por el viento que se ha llevado la gorra de un señor y le deshacía el peinado a las señoras. Íbamos de la mano y me he parado ante un puesto de azulejos:
¿Te gusta esa rosa de los vientos?
Mucho.
Me ha contestado por contestar y sin pensar en las consecuencias, en que si la comprábamos le tocaba a él instalarla. Pero como nunca me ha negado un caprichito la hemos comprado y, de vuelta a casa, ha dicho que hacía falta cemento rápido y que ya se acercaba él a comprarlo.
Pues yo voy a casa a pensar dónde la ponemos.
La rosa estaba formada por cuatro azulejos y tenía ocho puntas alternando rojos y azules. Mi marido ha vuelto con un saquito de cemento y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
Estas rosas también existen.
Lo he cogido de la mano, lo he llevado a la alcoba y le he dicho que la quería encima del cabezal.
¿Estás segura? Porque ahí, a lo sumo un crucifijo para bendecir nuestras expansiones. ¿No quedaría mejor en el patio?
Al momento ya había cubierto la cama y el cabezal con una sábana vieja para no mancharlos y ahí lo he dejado tomando medidas y haciendo no sé qué con una regleta en la pared. Al cabo de un rato largo, que yo ya estaba en la cocina empezando a preparar la comida, me llama:
¿Te gusta cómo ha quedado?
Tanto que quiero celebrarlo.
En un pispás estábamos los dos desnudos y yo encima de cara a él, celebrando rítmicamente todo nuestro acto amoroso. Al acabar me dice:
No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
Entonces me he puesto cursi y le he contestado:

Pero para eso está ahí, para que sepas que a mí esto me gusta igual sople el viento de donde sople.

martes, 22 de diciembre de 2015

Antonia, VI: En el supermercado

Hoy voy a explicar cosas más normales. Por ejemplo que, como es primero de mes, he entrado con el ordenador en las cuentas del banco, que soy yo quien lleva la contabilidad de la casa, a ver si a mi marido le habían pagado la nómina y si estaba todo en orden. Y después he ido al supermercado pero antes, como cada primero de mes, he pasado por la gasolinera a llenar el depósito.
En el supermercado también soy de costumbres fijas y siempre hago el mismo recorrido, que empiezo por las patatas fritas porque están cerca de la entrada y, de ahí, me voy a la leche. Entonces ha sido cuando, empujando el carrito de la compra, me he acordado de que, antes, cuando he hecho la cama, me he fijado en que las poesías de Bécquer ya no estaban en la mesita de noche de mi marido. Porque ya conté cómo cambia de libro cada mes y que en diciembre siempre toca Ana Karenina.
¿Y por qué me he acordado de eso en el supermercado? Por la pobre Ana Karenina. Y no es que yo haya leído la novela, no, ni que sepa mucho de qué va. Es un libro difícil y, aunque mi marido me lo explica cada año, sólo se me quedan algunos detalles. Sí sé que va de una gran señora rusa, que eso es lo que pensaba mientras he cogido el pack de leche. Porque no me la imaginaba capaz de ir al supermercado, ni de esperar en la cola del pescado, ni pesando los tomates.
Dice mi marido que todo el siglo XIX está lleno de novelas de adulterio y que leer ésa es como leerlas todas; que también hay una novela parecida con una señora de Oviedo; y una de un cura portugués que deja embarazada a una beata; y otra de una señora francesa que se arruina con sus amantes y se suicida.
Yo iba recorriendo el supermercado, que si la fruta, que si la verdura, después la carne… mientras veía a Ana Karenina paseando con su parasol o en un coche de caballos, o bailando en los salones mientras jugaba a las miraditas con caballeros elegantísimos…
Luego, cuando he llegado a la caja, me he acordado de que su amante la deja embarazada, que es raro porque me parece que las gomitas se inventaron hace muchísimo. Y después, mientras cargaba el coche, me he acordado también de que el amante la traiciona y ella acaba, pobrecilla, tirándose a las vías del tren.
Pero yo, a lo mío, que he vuelto a casa, he metido el coche en el garaje y he guardado la compra en el frigorífico.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Antonia, V: Mi novio de Internet

No sé si lo habréis notado pero yo soy muy de mi marido, que lo tengo en un pedestal. Por eso puede parecer raro lo que voy a contar hoy, y es que una vez me salió un novio, o algo parecido, por Internet. Como suena.

Fue en un foro de cocinitas al que yo entraba, y sigo entrando,  a media mañana cuando tengo ya la casa recogida. Me había puesto un nombre de esos falsos pero que se viera que era bien falso, Ana Bolena, había buscado una imagen de ella en la wikipedia y la había añadido como avatar. Y si escogí Ana Bolena fue por algo que me contó mi marido y me hizo gracia: es una de las muchas mujeres de un rey inglés, Enrique VIII, que, cuando se cansa de ella, le manda cortar la cabeza. Pero para chula ella: como no se fía del verdugo inglés, hace venir uno francés pagándole de su bolsillo, que eso fue lo que me hizo gracia. Y en el foro de cocinitas, ya os podéis imaginar: que si qué tipo de arroz va mejor para esto o aquello, que si ya me gustaría cortar la cebolla como Arguiñano, cosas así.

Y con mi novio, o lo que fuera, pasó que en la parte inferior de la pantalla del foro hay una ventanita como en el Facebook que te dice quienes están conectados en ese momento y puedes hablar con ellos aparte. Y ahí estaba yo un buen día cuando, después de mandar un mensaje sobre sopa de marisco, me entra por la ventanita un señor muy serio de Murcia, que llevaba más tiempo que yo y se llamaba Señor García, y me dice como si fuera un gran secreto que le añadiera Pernod, que es un licor francés, a la sopa. Yo le dije que no hacía falta, él que sí, yo que no; y todo por la ventanita, por supuesto, durante varios días y a la misma hora, y tanto me insistió en que lo probara y le diera mi opinión que compré una botella, lo probé, a mi marido le gustó y se lo dije al Señor García. Pero a todo esto ya me había soltado un día que si yo era Ana Bolena, le gustaría tener mi cabeza puestecita en la vitrina para mirarme, que se ve que sabía lo de que le cortaron la cabeza. Me dio la risa por lo retorcido del piropo y, entre una cosa y otra, nos dimos la dirección de correo electrónico que yo, para seguirle la gracia, me abrí una cuenta como ana.bolena@gmail.com. A los dos días de escribirnos ya me llamaba sabrosona; a la semana, en vez de despedirse con Saludos, empezó a despedirse con Besos; poco después me manda, sin pedírsela yo, una foto en plan serio y con corbata, que veo que por lo menos es veinte años mayor que yo. Y me pide otra foto mía. Yo empiezo a darle largas con que no tengo máquina de fotos, él que me la haga con el móvil y la pase al ordenador, yo haciéndome la loca con que no sé hacerlo… hasta que, sin venir a cuento, me manda un mensaje larguísimo que yo, al empezar a leer “Estimadísima Ana”, ya imaginé que pasaba algo. Me venía a contar que su señora había descubierto “lo nuestro”. Eso decía, “lo nuestro”. Y que por el bien de su matrimonio… pero lo mejor vino al final, que me pedía perdón por tenerme engañada porque no se llamaba García sino Martínez. Le iba a contestar que no veía la diferencia pero…


Y ya está: que lo bueno es que yo tuve un novio por internet pero no me enteré de que lo tenía hasta que dejé de tenerlo, que incluso desapareció del foro. Y que no sé si soy una ciberadúltera. Otra cosa: que se quedó convencido de que yo me llamaba Ana Loquesea pero en realidad me llamo Antonia. 

lunes, 14 de diciembre de 2015

Antonia, IV: El desayuno en la cama

Hoy estoy especialmente contenta por lo que dice el título, o sea, porque mi marido me ha traído el desayuno a la cama. El café con leche, zumo de naranja y un croissant recién hecho porque había salido a la panadería. Yo aún dormía pero me he despertado al oírlo entrar. Pone la bandejita en mi mesita de noche y dice:
Buenos días y gracias por lo de anoche.
Yo, como había abierto los ojos pero el cerebro aún lo tenía dormido, he tardado en caer en qué fue lo de anoche. Y entonces le he contestado:
Pues gracias a ti por lo de ayer tarde.
¿Y qué fue lo de ayer tarde?, ¿Y lo de anoche? Lo de ayer tarde fue que, cuando llegó del trabajo, yo había acabado de planchar y estaba viendo la tele:
¿Dan algo interesante?
Lo más interesante de aquí eres tú.
Eso le contesté. Y, como él vendría relajado porque es fin de semana, pasó lo que pasó: que en un minuto me tenía ya desnuda y nos pusimos en el sofá. Ah, y que cuando estuve bien ensartadita pensé en lo que se perdían las pobres chicas que habían ido de Black Friday.
¿Y lo de anoche? Pues resulta que, al acostarnos, lo que expliqué el otro día, que él se pone con su libro de poesía de Bécquer a leer en voz alta y yo cierro los ojos para dormirme, que su voz es como si me acunara. Pero fue oír unos versos que decían “jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor”, que me entró un no sé qué que me puse romántica. Vuelvo a abrir los ojos y le desabrocho la chaqueta del pijama para acariciarle la barriguita. Él, que me estuviera quieta; yo, ni caso, que me pongo a darle besos por debajo del ombligo. Y él seguía leyendo versos pero yo me dije: verás qué pronto deja de leer. Aparto la colcha y las sábanas y le desabrocho el pantalón del pijama para ver a mi Paquito, porque si mi marido se llama Paco… Y lo que me gusta mirar de cerca a mi Paquito… Porque todo tiene su aquel: cuando lo hacemos normal me gusta ver las caras que pone y cómo se le abren los ojos de sorpresa pero, claro, no puedo ver a mi Paquito. En cambio, anoche, verlo, pasarle el dedo por las venitas que se le iban marcando más y más, mirarlo bien de cerca, que aún se le notaban las marcas de un mordisquito que le dí hace días… Y sí, siguió leyendo hasta que le di un buen apretujón con la mano. Entonces dejó el libro, empezó a acariciarme la nuca y, como yo sabía lo que quería, me puse en serio. A los dos minutos ya lo tenía diciendo “Apártate, que ya…”, pero él ya sabe que no me aparto ni cuando me salpica en el paladar.

Y si por hacer algo que me gusta tanto encima me trae el desayuno a la cama…

jueves, 10 de diciembre de 2015

Antonia, III: La biblioteca de mi marido

Mi marido -ya lo dije hace días- no me deja tocar sus libros. Ni a mí ni a la chica sudamericana que viene los jueves a ayudarme. Ni siquiera pasarles el plumero por encima para quitarles el polvo. En total tiene trece libros en un estante que se hizo fabricar a medida. Los escogió de joven, antes de casarse conmigo, y me explicó que, dominando ésos, no necesita más.
Los tiene ordenados por épocas: el más antiguo, la Ilíada, a la izquierda; y el más moderno, Ana Karenina, a la derecha. Pero en medio de la estantería hay siempre dos huecos: uno corresponde al Quijote, que está siempre sobre la mesita frente al sofá porque lo lee constantemente a ratos perdidos; y el otro depende del mes, que, como ahora estamos en noviembre, tiene en su mesita de noche las Rimas de Bécquer y el mes que viene tendrá el último libro, Ana Karenina. Y así más o menos va variando cada mes su lectura para antes de dormir.
Eso no quita, por supuesto, para que, mínimo cada dos días, nos pongamos en lo nuestro. Y por eso contaba lo que estoy contando: porque no es de los que caen dormidos en seguida sino que coge el libro en cuanto yo me doy la vuelta. Y me lee en voz alta hasta que calcula que ya estoy dormida. Ya he dicho que le toca Bécquer. Esta noche, pues, se me cerrarán los ojos como ayer o como en noviembre pasado oyendo esos versos con salones de ángulos oscuros, pupilas azules, poesía eres tú…

domingo, 6 de diciembre de 2015

Antonia, II: Mis soledades femeninas

(Otro ejercicio tonto para la página www.tusrelatos.com, el segundo de la serie protagonizada por Antonia)

He oído de mujeres que fingen orgasmos para complacer a sus maridos. No sé si también lo hacen las prostitutas; supongo que las de alto nivel, las que ni siquiera se llaman así sino damas de compañía o algo parecido lo harán para justificar las altas cantidades que se hacen pagar. Pero nunca he oído de mujeres que hagan lo que yo, disimular sus orgasmos.
A ver si me explico: cuando tengo a mi marido conmigo todo es normal y unos días me pongo más escandalosa que otros; de ello, los vecinos pueden dar cuenta. Pero me refiero a cuando mi marido está de viaje y no me puede cumplir físicamente. A mí me gustaría, pero como es tan tradicional no me atrevo, pedirle no sé, que se instalara el skype en el portátil y, cuando nos comunicáramos a través de la pantalla del ordenador, que me enseñara y yo le pudiera enseñar…  para excitarnos me refiero; y a partir de ahí… Pero ya digo, no me atrevo. Por eso, como cuando está de viaje es muy puntual en sus llamadas, primero ceno hacia las nueve y cuarto y, a las diez menos cinco, ya tengo todo recogido y estoy en la cama pasándome las uñas suavemente por la pelusilla. Hasta las diez, que suena el móvil. Le pongo el altavoz, me lo apoyo sobre los pechos y desplazo la mano hacia abajo. Ya os imagináis: él me va contando de los congresos a los que asiste y, como de él me gusta hasta su voz, me dejo envolver por ella y es como si guiara mi dedo. Lentamente, muy lentamente, que a veces quiere despedirse y, si no he llegado aún, le he de dar conversación sobre cualquier cosa hasta que empiezo a sentir… Y ahí está mi arte, en que no me note cómo se me entrecorta la respiración, en que no le lleguen al oído las sacudidas que doy contra la cama…

miércoles, 2 de diciembre de 2015

P, Q, R y S

Los cuatro jugadores de dominó se reúnen cada tarde, hacia las seis, para su partida. Siempre los mismos: P, Q, R y S. Juegan por parejas, P con Q y R con S, y quienes pierden pagan la ronda que previamente les ha servido el camarero. Cuatro botellines de cerveza: Estrella Dorada para P y S, San Miguel para Q y R. Y así todos los días menos el domingo, que cierra el bar. Hay otro que sí abre el domingo en la misma calle pero, como los cuatro son de costumbres fijas, se mantienen fieles a su bar y el domingo se quedan en casa frente a la tele o van a pasear con la mujer o a ver a los hijos y nietos.
Juegan siempre dos partidas con sus dos rondas correspondientes. Son jugadores clásicos, de los de seguir un palo, pararse a pensar para mostrar al compañero que tienen más de una ficha para jugar, calcular constantemente… Y escandalosos, que con ellos no va el viejo dicho de que el dominó es callado porque lo inventó un mudo: ¿es que el mudo no tenía nada más que hacer? Ellos gritan, vociferan, R tiene costumbre de reñir al compañero cuando pierden y Q tiene muy mal perder, que es leyenda en el barrio cuando dio tal golpe a una ficha que saltó desde la mesa hasta la calle: “Y suerte que no pasaba nadie, que si pasa un crío le saca un ojo” añade alguno al recordarlo.
Ninguno de los cuatro ha pensado qué pasará el día en que uno de ellos falte. Quizá lo sustituya alguno de los que esporádicamente se acercan a mirar con la silla puesta del revés, los brazos apoyados en el respaldo y el palillo en la boca como es tradición.

Cuando acaban las dos partidas acuden a la barra y se invitan a más cerveza los unos a los otros. Pero antes uno de ellos, normalmente P, recoge el dominó como hay que recogerlo: va metiendo las fichas en la caja de siete en siete con el lado negro debajo y el blanco con el punto metálico mirando hacia él. Así, al día siguiente, al volcar el cajón sobre la mesa, las fichas aparecerán boca abajo y preparadas ya para barajar. P tiene la manía de fijarse siempre en qué ficha queda arriba a la izquierda. El sábado fue la blanca cuatro. Hoy, cuando deslice la tapa para abrir la caja, se olvidará de mirar si la blanca cuatro sigue donde la dejó. Y lleva así años: fijándose por la noche y olvidándose de mirar a la tarde siguiente. Por eso sufre insomnio, porque le preocupa saber si las fichas se mueven entre sí dentro de la caja mientras descansan en el estante de detrás de la barra.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Pedro J. Bosch, La extraña desaparición de Paco Lázaro

Bosch, Pedro J., La extraña desaparición de Paco Lázaro (Menorca: 2015)
Leemos a toda prisa esta novela, de un médico y novelista mahonés cuyo padre, si no yerro, jugaba con el mío a fútbol de niño en la Miranda.. Y la leemos a toda prisa para comentarla el 23 de noviembre con el mismo autor y el grupo de lectura de la Biblioteca Municipal de Mahón. Y anotamos:
  • Los personajes: diremos algo así como que se van presentando personajes continuamente y se nos ha hecho algo difícil ir asimilándolos y entender la relación entre ellos:

martes, 24 de noviembre de 2015

Antonia, I: El patio de mi casa

(Un ejercicio rápido para la página tusrelatos.com, de una serie alrededor de una mujer, Antonia)

El patio es territorio mío. Del mismo modo que yo, sus libros, ni tocarlos, él, con las plantas del patio, lo mismo: no le admito siquiera un comentario sobre si se me están muriendo los geranios.

Y ahora tengo hormigas, toda una hilera. No entran en casa pero tampoco sé exactamente hacia donde se dirigen. Se lo dije la otra noche y, al día siguiente, me trajo un bote de no sé qué polvos. Pero ahí lo tengo muerto de asco en un rincón. ¿Y las hormigas?… Bueno, me siento frente a ellas, las contemplo en su marcha incesante y me fijo preguntándome si alguna es igual, exactamente igual, a la que le sigue.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Camí de cavalls, XIII (11/8, cala Blanca)

El día 25 de octubre, con cielo nublado y buena temperatura, proseguimos el recorrido. Vamos en coche hasta el llamado Mirador des cap de sa Paret en la confluencia entre las avingudes de Llevant y de Ponent de cala Blanca. Ahí tomamos la foto de la izquierda con esa gran roca emergiendo del mar y una lancha detrás; con un poco de imaginación, además, se ve la línea de las montañas mallorquinas recortando el horizonte por la izquierda.
Desde ese punto, por la avinguda de Llevant y bordeando el mar, vamos en dirección a cala Blanca por terreno asfaltado. Desde ahí tomamos la foto de la derecha con esa lengua de mar que se mete hacia dentro para formar cala Blanca.
Siguiendo, y siempre por zona urbanizada, avanzamos hasta enlazar en el punto donde dejamos el camino el día 16 y observamos que, a pesar de las nubes, aún queda algún valiente en la playa aunque más aún en el chiringuito. Y también con algo de imaginación se verán en la foto de la izquierda.
Emprendemos desde allí la vuelta y nos damos cuenta de que las marcas del camí de Cavalls no dirigían por el camino que hemos tomado a la ida sino que atravesaban la misma playa. Recortamos por ahí para volver hacia la avinguda de Llevant y tomamos la última foto de camino hacia el coche.
En total hemos hecho 1,4 quilómetros entre la ida y la vuelta y ello nos lleva a un promedio global de 4,16 kms./hora. Como observamos que el promedio es muy bajo en relación a otros tiempos en los que alcanzábamos hasta los 6 kms./hora, nos proponemos elevarlo.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Miguel Delibes, El camino

Delibes, Miguel, El camino (Destino, Barcelona: 1997)
Leemos la obra a propuesta de la Biblioteca Pública de Mahón para discutirla este miércoles 28 de octubre pasado. Y diremos que de Miguel Delibes ya reseñamos aquí el relato La mortaja. En cuanto a ésta, de 1950, La presentamos por centros de interés:
  • En lo que al título se refiere diremos que es paradójico en tanto anuncia una novela itinerante que, sin embargo, transcurrirá en su totalidad en un pueblo cerrado en un valle del norte. Ahora bien: 1º) Uno de los temas de la obra serán las vivencias del protagonista Daniel, el Mochuelo, en ese pueblo antes de iniciar un camino nuevo, esto es, antes de salir por vez primera del pueblo para ir a estudiar a la ciudad. 2º) Otro de los temas serán las dudas de Daniel frente a ese camino teniendo en cuenta las fuerzas que le empujan a emprenderlo: de un lado el cura don José: todos tenemos un camino marcado en la vida. Debemos seguir siempre nuestro camino, sin renegar de él -decía don José- [...]. La felicidad [...] está en acomodar nuestros pasos al camino que el Señor nos ha señalado en la Tierra (177-179; y luego, en el último capítulo: Don José, el cura, dijo entonces que cada cual tenía un camino marcado en la vida [219]); de otro lado, su padre: que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba... (7). Y a Daniel no le queda otra que conformarse y aceptar aun a su pesar: Daniel, el Mochuelo, pensó que él renegaba de su camino por la ambición de su padre [219]; y en la frase final: le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado [221]); de ahí la frase inicial de la novela, que abre la posibilidad de otros muchos caminos: Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así (7). 3º) En un tercer sentido la novela es camino en tanto marca en cierto modo un recorrido iniciático por el que Daniel descubre los misterios del amor con la Mica o la Uca-uca y la muerte con la de su amigo Germán, el Tiñoso; o alcanza una cierta madurez como cuando se molesta porque su amigo Roque se burla de él porque lo escogen para el coro por su voz infantil -¡Niñas, maricas! (176)- y, acto seguido, decide hacer algo propio de mozos como es el subirse a la cucaña y conseguirlo a base de repetirse Subo porque no me importa caerme (182).

sábado, 31 de octubre de 2015

Xavier Morató, Un peu gran els aixafa a tots

Morató, Xavier, Un peu gran els aixafa a tots (Arola, Tarragona: 2015)
Una obra de teatro que leemos por pura voluntad de... bueno por apoyar la buena intención del Círculo Artístico de Ciudadela, del que soy socio, a la hora de convocar un prestigioso premio de teatro a cuya entrega de premios o representación no asisto. Y esta fue la obra ganadora en la convocatoria de 2014. Por cierto que hace dos años y aquí ya comenté la obra ganadora en 2012. La cuestión estriba en que esa obra daba para comentario y ésta, en cambio, debe ser la primera en que me quedo mudo o casi. O quizá me estoy haciendo viejo y no conecto con modernidades. A ver qué podemos -o sabemos- decir:
  1. No entendemos bien las acotaciones. En la primera -y sólo hay tres- además de presentarse muy escuetamente el decorado una habitació d'hotel, la mateixa en les nou escenes (21), se dan claves interpretativas que deben correr, y más en un género que espera respuesta inmediata del público, de parte de éste: tal vegada són diferents habitacions d'hotel [...] semblar escampades arreu del món [...]. També poden semblar diferents habitacions i en canvi tractar-se del mateix espai, que ha patit modificacions al llarg del temps (21). Y lo mismo ocurrirá con los personajes, denominados con números del 1 al 18 y entendiendo que los pares son hombres y los impares, mujeres: Tal vegada són les mateixes persones en circumstàncies diferents [...] Tal vegada sí que són els mateixos, almenys alguns (21-22). Digo yo que ya el espectador tendrá juicio suficiente para deducir todo ello sin necesidad de ser guiado por el autor. Además, tales acotaciones no tienen sentido en tanto no tienen solución dramática, no se pueden representar. El mismo autor se da cuenta en la larguísima acotación final: Tal vegada no hi ha dos intèrprets sinó tres, i el tercer és un narrador que proclama en veu alta les acotacions (77).
  2. Las escenas se limitan al díalogo -o no, como la 5 en que no lo hay- entre un personaje femenino y otro masculino. Sí que se notan paralelos entre algunas: a) el regalo de ella a él aparece en la I -T'ho regalo ara (24)-, en la 3 -no és un regal per a mi! És per a ell (43)- y en la última, la 9 -I el regal? (75)-; b) la caja que puede contener ese regalo -Aquesta capsa pot contenir moltes coses (24)- o no -12 obre la capsa [...] hi ha una pistola  (58)-; c) la confidencia a modo de catarsis: -Explica'm alguna cosa que no li hagis explicat mai a ningú (26=50); -Hi ha una cosa que mai no t'he dit, i que necessito expressar (37);
  3. Hay otros paralelos en lo que se refiere al modo en que acaban ciertas escenas: dando idea de un final armónico ambos personajes van a dormir en la 3 -anem a dormir (49)- y en la 4 -Anem a dormir? (57)- aunque en este caso ella contesta que ya irá. Y esos finales armónicos contrastan con el suicidio del personaje masculino en la escena 5 tras sacar la pistola de la caja: Se la col·loca a dins de la boca. Dispara. Cau a terra, mort (58), O con el distanciamiento que alcanzan en la 6: No et conec (62; frase que según se verá enseguida, estaba ya en la escena 2).
  4. En cuanto a la relación entre los personajes es de todo tipo desde el punto en que el personaje masculino dice desconocer al femenino -No et conec (38)- hasta el de formar pareja -Quantes vegades hem recordat aquell primer dia amb tu? (35); M'estimes encara? (74)- pasando por la indefinición que se da entre los personajes de la escena 5. que no intercambian palabra.
  5. Hay un detalle que comenté al autor y le gustó: en la escena 2, a propósito de un niño que tira piedras su padre lo convence para que no lo haga porque les pedres tenien una família, i que no els agradava viure separades (41). De modo semejante, en la escena 3, se alude a monjes budistas del Tibet que construyen un mandala: Hi dediquen hores, dies, setmanes, treballen amb una meticulositat exemplar i amb un únic objectiu: que el diagrama sigui perfecte. I, tenint en compte que la matéria prima són diminuts grand d'arena... (44). Ambas imágenes son paralelas y remiten a un orden en el mundo mineral y se oponen a cierto desorden que en la obra impera en el ámbito humano.
  6. Tiene algún toque de humor como cuando él le pregunta a ella si la puede llamar puta mientras follan, a ella le parece bien y le va gustando hasta que, cuando él la llama PUTA DE MERDA FASTIGOSA (61) le pide que pare porque no le gusta.

martes, 27 de octubre de 2015

Fred Vargas, Les jeux de l'amour et de la mort

Vargas, Fred, Les jeux de l'amour et de la mort (Éditions du Masque, París: 2015)
Compramos esta novela tras haber leído, quizá en algún Babelia, que la autora que firma con el seudónimo de Fred Vargas estaba de moda en Francia y había recibido varios premios de novela negra. De hecho, si la compramos fue aprovechando un pedido a Amazon y nos decidimos por ésta porque es su primera novela. Y quizá sea por eso, porque es la primera, la vemos floja por la razón que luego diremos. Pero ya avanzamos que no entendemos el título: en efecto, no vemos que el amor actúe como tema ni siquiera lateral en la obra; de ahí seguimos que la autora quizá ha querido jugar, aunque gratuitamente, con la paronomasia que se da en francés entre esas dos palabras l'amour / la mort y sobre la que ya en su momento trató Denis de Rougemont en su clásico L'Amour et l'Occident. También puede ser que intente imitar los juegos de palabras en los títulos de una colección clásica de novela negra francesa, Le Poulpe: J'aurai ta Pau, Un travelo nommé désir...

viernes, 23 de octubre de 2015

Camí de cavalls, XII, (11/7, de Santandria hasta cala Blanca)

El día 16 de octubre, con sol tras algunos días de nubes y lluvia, y muy buena temperatura, 21º según el termómetro del coche, proseguimos el camino desde es clot de sa Cera que, por sus plataformas en las rocas, nos planteamos como posible lugar para bañarnos el año que viene. Quedan a la izquierda de esta primera foto en la que, aparte de la barca, se distingue, aguzando la vista, el barco de Balearia dirigiéndose hacia Alcudia justo en la línea del horizonte. Para evitar el calor que pasamos en la última etapa, decidimos ir en mangas de camisa.
Las indicaciones del camino nos llevan hacia zona urbanizada y, en un momento, salimos a la calle que circunvala la parte norte de las urbanizaciones de cala Blanca. La seguimos dejando a la izquierda pequeños chalets y bloques bajos -que esto no es Salou ni Lloret- de apartamentos y a la izquierda el mar detrás de ese mismo tipo de terreno pedregoso que habíamos visto en el camino de son Blanc a sa Caleta y que aparece en la foto de la derecha. Proseguimos la calle proponiéndonos llegar hasta la misma cala Blanca que da nombre a la zona y así lo hacemos.
A lo largo del trayecto hemos visto bastante gente en relación a la época del año: muchos chalets y apartamentos abiertos, mucha gente paseando y tomando fotos, circulación..., señal todo ello, quizás, de que la temporada se alarga.
Y al llegar, pues, a la misma cala Blanca, nos aproximamos para tomar un par de fotos y comprobamos que, como se ve en esta última, aún quedan bañistas que se atreven. Tras ello desandamos lo andado y comprobamos que hemos dedicado 46 minutos para un recorrido de 3,4 quilómetros entre la ida y la vuelta y ello nos lleva a un promedio de 4,2 kms./hora.

lunes, 19 de octubre de 2015

Molière, Candide

Molière, Candide (Le livre de poche, París: 1995)
Es ésta una obra por la que sentimos un cariño especial porque su autor la escribió junto a Ginebra, en Ferney-Voltaire, que por eso lleva su nombre. Allí se retiró como hará el protagonista al final de la obra para vivir, como él mismo dice Sans rois, sans intendant, sans jésuites (7). Y, como el protagonista, se dedica a cultivar allí su jardín en tanto espacio de paz interior según el modelo horaciano del hortus conclusus en el Beatus ille o en el Qué descansada vida de fray Luis. Además el jardín le permite, al decir del prologuista, dejar une trace sur la nature ordonée et organisée selon sa propre volonté (9). Así, la vida de Candide, con su retiro final al jardín en Turquía, será metáfora de la del propio Voltaire.

jueves, 15 de octubre de 2015

Leonardo Sciascia, Candido

Sciascia, Candido (Einaudi, Turín, 1977)
Releemos el libro, comprado hace bastantes años en Italia, como refuerzo al del Candide de Voltaire, del que es homenaje y que reseñamos aquí, para la tertulia del club de lectura de Ciudadela de este 17 de octubre. Diremos de esta obra:

domingo, 11 de octubre de 2015

Camí de cavalls, XI, (11/6, de Santandria hacia cala Blanca)

Hoy, 11 de octubre, continuamos el recorrido con una temperatura más que agradable, 24º, y, como llevamos una chaquetilla, pasamos algo de calor. De la temperatura da cierta idea que en cala Santandria hay gente bañándose según se puede apreciar en la foto de la izquierda. Comenzamos a andar, pues, en Santandría por la calle por la que salen los coches hacia la carretera y enseguida vemos un camino a la derecha con las señales que nos indican el camino.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Gustave Flaubert, L'Éducation sentimentale


Flaubert, Gustave, L'Éducation sentimentale (Flammarion, París: 2013)
Leemos la obra para una reunión de un club de lectura que se ha de celebrar en una librería de Ciudadela el próximo 17 de octubre y la comentamos por aspectos de interés:
  • A partir de las notas y apéndices que presenta la editora, Stéphanie Dord-Crouslé, la idea inicial de Flaubert era la de titular la novela de modo semejante a su otra obra maestra, Mme. Moreau, pero luego cambia de idea y dota de ese apellido al protagonista (586). También explica, a partir de borradores del autor, que otra de sus ideas era la de construir la novela a partir de dos mujeres, Mme. Arnoux y Rosanette (593), con lo que la obra se aproximaría a la Fortunata y Jacinta galdosiana.

sábado, 3 de octubre de 2015

Camí de cavalls, X, (11/5, de sa Caleta a Santandria)

El sábado 26 de setiembre proseguimos nuestro recorrido por la zona de poniente de la isla enlazando en sa Caleta por donde lo habíamos dejado el día 14, frente a uno de los muchos hoteles de la zona. En realidad el trayecto ha sido excesivamente fácil y casi todo sobre asfalto. En un primer momento, tras rodear el hotel y seguir adelante desde el lado de su fachada que da al mar, hemos pasado por la parte superior del restaurante de la cova sa Nacra; y no sé si he leído en el periódico que se iba a abrir al público la cueva. Dejo a la izquierda una foto del restaurante extraída de Internet y que parece tomada desde Santandria.
Poco más adelante ya percibimos desde arriba la playa de Santandria y, antes de dirigirnos hacia ella, tomamos la foto de la derecha. Continuamos nuestro camino por las calles asfaltadas de las urbanizaciones y, siguiendo las indicaciones que marcan el recorrido del camí de Cavalls, damos con unas escaleras que bajan entre casas; leemos que son de uso público, las bajamos y vamos a parar a la carreterilla que baja desde la carretera que va de Ciudadela hacia cala'n Bosch.
Giramos a la derecha y un minuto después estamos frente a la playa de Santandria donde tomamos la foto de la izquierda en la que, por algún movimiento extraño del aparato, el farol ha salido torcido.
Y desde ahí desandamos lo andado hasta recuperar el coche en sa Caleta. Ha sido un recorrido corto de sólo 26 minutos entre la ida y la vuelta y de 2 quilómetros. Eso lleva el promedio global a 4,16 km./h.

martes, 29 de septiembre de 2015

Camí de cavalls, IX (11/4, de son Blanc a sa Caleta)

El lunes 14 de setiembre vamos en coche hasta el punto donde habíamos dejado el camino en la Vorera dels Molls y continuamos. Es la misma hora en que solemos caminar, hacia las 10 de la mañana, y hace calor, quizá sus 27º. Así comenzamos el camino por zona asfaltada y, como antes, separados del mar por esa zona tan pedregosa que se ve en la foto.
Y cuando no hemos andado ni cinco minutos, un cartel y una flecha nos invitan a salir del asfalto y tomar un sendero a la derecha, es decir, del lado del mar. Un sendero poblado porque de repente vemos gente, sobre todo extranjeros, que van y vienen amén de bañistas como se aprecia en la foto de la derecha que recoge, además, esa torre circular de defensa. Pasamos por una cala minúscula y, al cabo de un rato, tras un estrechamiento de la senda en un tramo frondoso que parece la selva, vamos a dar al aparcamiento de sa Caleta.
Siguiendo siempre las indicaciones que marcan el sendero bajamos a sa Caleta en la que, según se aprecia en la foto de la izquierda, hay gente bañándose, cruzamos la playa y, pasando por delante del chiringuito, subimos las escaleras que nos llevan a territorio asfaltado al otro lado. Caminamos unos cinco minutos más y, encarados ya hacia Santandria, tomamos referencias para la próxima etapa.
Y deshacemos lo andado pero no por el mismo camino: porque, pensando que el recorrido iba a ser sobre asfalto, salimos de casa con calzado inapropiado -mocasines de Mascaró-. Por ello decidimos evitar la senda y buscamos calles asfaltadas hasta volver al inicio a través de las calles llenas de hoteles de sa Caleta y de la avenida de son Blanc. Y al llegar al coche decidimos hacer la foto de la derecha, otra vez con el terreno pedregoso junto al mar, porque vemos acercarse el barco de Iscomar procedente de Alcudia. En concreto es el puntito blanco que se aprecia - o no- en el horizonte..
En total, hemos estado 38 minutos entre la ida y la vuelta para un recorrido total de 2.600 metros también de ida y vuelta. Y ello lleva mi promedio a 4,12 kms./hora.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Carmen Laforet, Nada

Primera edición: mayo de 1945
Laforet, Carmen, Nada (Destino, Barcelona: 1945)
Leemos a toda prisa la obra. La empezamos a leer a mediodía del 21 de setiembre con intención de asistir a la sesión del club de lectura que se celebrará en la Biblioteca pública de Mahón la tarde del miércoles 23. Como anécdota diré que utilizamos una primera edición, de mayo de 1945, y que lleva la firma de mi madre bajo la fecha del 15 de agosto de ese 1945, es decir, que fue un regalo por su santo cuando tenía 18 años. Damos por sentado que es de sobra conocido que la novela fue el primer premio Nadal, de 1944, y pasamos ya a su comentario:
Fecha y firma de mi madre en Barcelona 15/8/1945 
  • Está presentada en forma pseudoautobiográfica, narrada en primera persona por una muchacha, Andrea, de dieciocho años, que accede a un mundo nuevo: llegué a Barcelona a medianoche (11). Es la asistencia a la universidad el motivo de su venida a Barcelona y de ahí que, en cuanto a la estructura general, la obra abarque un curso escolar: desde octubre hasta el próximo setiembre en que la protagonista marcha a Madrid; y todo ello con el tiempo muy marcado: Navidad (70), mayo (176), junio (202)... Y se divide en tres partes: la primera hasta Navidad; la segunda comenzará en enero y presentará ciertos paralelos con el comienzo de la primera sobre todo una noche en que Andrea llega a casa: El mismo vigilante del día de mi llegada a la ciudad, me abrió la puerta. Y la abuela, como entonces, salió a recibirme, helada de frío (122); y la tercera, a modo de epílogo, tras san Juan y acabado ya el curso escolar. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

Camí de cavalls, VIII (11/3, por son Blanc)

El día 11 de setiembre seguimos nuestro recorrido desde donde lo habíamos dejado, es decir, en el extremo de son Oleo desde donde se podía ver amarrado el barco de la Balearia, y avanzamos en dirección a sa Caleta. Lo primero que topamos, por supuesto, es son Blanc y, como pasamos a la misma hora que en la etapa anterior, ahí vuelve a estar el barco: en la foto se pueden apreciar los camiones y resto de vehículos que se dirigen hacia la bodega.
Proseguimos el camino y, una vez rebasada la rotonda que da al puerto nuevo, avanzamos en dirección a sa Caleta por la Vorera dels Molls, una calle asfaltada que discurre casi al borde del mar; sólo nos separa de la orilla el terreno pedregoso que se aprecia en la foto de la derecha en la que, por lo demás, se aprecia al fondo la zona de cala'n Blanes.
Continuamos la marcha por la misma carretera y en esta otra foto de la izquierda, también con el terreno pedregoso, intentamos que se vea al fondo al menos la silueta de la costa mallorquina, pero no lo conseguimos. Y tras, ello, tomando referencias para la próxima etapa, damos la vuelta hasta el punto de partida: 27 minutos en total para un recorrido de 1.800 metros, 900 de ida y otros tantos de vuelta. Con ello, nuestro promedio global se sitúa en 4,12 kms./hora y nos proponemos subirlo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Camí de cavalls, VII (11/2, por son Oleo)

El día 9 de setiembre continuamos el recorrido del camí de cavalls en dirección al cabo Artrutx pero en pequeñas dosis. De ahí que nos limitemos a salir de la platja Gran como la etapa anterior pero en dirección contraria, hacia son Oleo. Antes echamos un café en el bar Mogambo desde donde tomamos la foto de la izquierda donde no sé si se llega a apreciar abajo en la playa un grupo de gente que lo que hace es practicar taichí.
Lo dicho, pues: nos dirigimos hacia son Oleo y tomamos la calle paralela al lado sur de la playa desde donde, en una pequeña zona verde con plataformas para tirarse al agua, tomamos la foto de la derecha donde se aprecia la zona del paseo marítimo por la parte del hotel Port Ciutadella.
Seguimos un poco más en dirección al puerto nuevo y aún podemos acercarnos otra vez a la orilla para hacer esta otra foto de la izquierda dirigida hacia la zona norte del puerto y donde, con mayor nitidez, se podría apreciar sa Farola e incluso el hotel Almirante Farragut de cala'n Blanes.
Y por fin llegamos hasta la vista del puerto nuevo con el barco de la Balearia, el Martín i Soler, en el muelle a punto de zarpar según se aprecia en la foto de la derecha. Tras ello, desandamos el camino para ir a buscar el coche donde lo teníamos aparcado. En total, hemos recorrido 900 metros de ida y otros tantos de vuelta en un tiempo, entreteniéndonos para hacer las fotos y mirar el paisaje, de 32 minutos. Y eso lleva a que nuestro promedio por todo el camino sea de 4,14 km./hora.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Camí de cavalls, VI (11/1: De sa platja Gran al puerto de Ciudadela)

Platja Gran desde la terraza del bar Mogambo
Proseguimos, el 8 de setiembre de 2015, con nuestro recorrido del camí de cavalls, que empezamos hace ya tiempo, y enlazamos, en el puerto de Ciudadela, con la etapa que describimos en esta entrada. A la vez, iniciamos así la etapa clasificada como 11, que va desde Ciudadela hasta el cabo Artrutx.
Y la empezamos al revés, desde sa platja Gran, de la que aportamos dos fotos personales sin pretensiones de calidad, hacia el lado norte del puerto.
Son Oleo desde el bar Mogambo
Tomamos, pues, la calle Mallorca y la recorremos toda en dirección al centro histórico. Llegamos así a sa plaça des Pins e, inmediatamente, estamos en es Born. Y aunque por algún lugar del blog ya hemos puesto alguna foto parecida, no está de más otra des Born con el obelisco conmemorativo del asalto turco y, a la vez, el edificio del ayuntamiento.
Plaça des Born
Luego, tomamos sa Muradeta y, por encima del pla de Sant Joan, vamos hasta Dalt es Penyals pasando por es Bastió y, precisamente, frente a la pizzería Oristano, que se ha hecho célebre últimamente porque un poeta mallorquín -que ya es grave que a alguien se le conozca como poeta- le puso una demanda por no sé qué de una camarera que no entendía catalán. Luego ya, por la calle santa Bárbara, venimos hacia sa Quintana, en la parte norte y alta del puerto y damos por terminada la etapa en el punto exacto donde empezamos la etapa I.
En total, hemos invertido 28 minutos en un trayecto de 2.200 metros y de ahí que el promedio global que llevamos sea de 4,24 kms./hora.
Ayuntamiento desde el lado norte del puerto

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Carlos Sahagún (1938-2015)

Mientras estaba esperando este pasado domingo, en el bar de Ca-lós de Ciudadela, a que llegara gente suficiente para organizar la partida de dominó me puse a leer los periódicos y di, en El País del sábado anterior 5 de setiembre, con una nota necrológica firmada por José Carlos Mainer y dedicada a Carlos Sahagún. Lo conocía; relativamente pero lo conocía: porque fue profesor mío de lengua española durante el curso -si la memoria no me falla- 1972/73 y en el instituto Narciso Monturiol de Barcelona, en Montbau, que si no yerro fue el primer instituto mixto de Barcelona.

sábado, 5 de septiembre de 2015

El Fari, Apatrullando la ciudad

Como hace tiempo que no aporto nada de música a mi blog, vengo hoy con esta joya a la que quisiera dar doble valor: primero, como homenaje al Fary, que en gloria esté (y seguro que está); y luego, como homenaje a Torrente, también en la gloria.
Atención especial merece, en el vídeo: el conjunto de baile carcelario encabezado por Torrente; la presencia de otros grandes como Paquirrín o el degenerado ese calvo que tiene un hermano gemelo y cuyo nombre no recuerdo; y los anuncios superpuestos con toda la variopintez carpetovetónica.


martes, 1 de septiembre de 2015

La rosa

(El siguiente texto es continuación de este otro)

Que nadie se piense que con ese título voy a contar algo cursi o romántico, que el título lo he puesto porque me acabo de acordar de que mientras íbamos en el Mercedes yo llevaba una rosa en la mano. Porque soy la misma chica que el sábado pasado explicaba lo de mi fin de semana en Madrid, cuando le dije a mi marido que me iba de compras con las amigas a Barcelona pero fui a Madrid a ver a un antiguo novio, Santiago, que hacía muchísimo que no veía. Y ya sé que lo mío no fue una mentirijilla piadosa, pero tampoco esto es un confesonario. Ni lo estoy explicando para justificarme ni para que nadie me entienda sino porque me gusta contar mis cosas.
La rosa me la dio él, Santiago, cuando vino a recogerme al hotel, que me estaba esperando en la cafetería y lo vi en cuanto bajé y se abrió la puerta del ascensor. Y de lo nerviosa que estaba, antes, cuando salí de la habitación, había ido hasta el ascensor y, después de tocar el botón, me quedé dudando y volví atrás a mirarme en el espejo para darme un último retoque. Que eso le pasa a mucha gente: como una vez que estaba en la cafetería de la plaza con las amigas, lo que conté el otro día de que nos juntamos cada mañana, y tuve que volver a casa para comprobar que había desenchufado la plancha.
Y así fue, que salgo del ascensor y él se levanta como un resorte y se viene hacia mí con la rosa en la mano. Besitos en las mejillas, qué guapa estás; y tú más. Que lo de que por ti no pasan los años es una frase que a él ni se le viene a la cabeza porque sería como llamarme vieja cuando aún no he cumplido los treinta y cinco; o no quiero que me la diga hasta por lo menos… porque lo pienso conservar, que me dejó tan ilusionada este fin de semana… Me da que se me caía la baba en el avión de vuelta cuando recordaba cada minuto desde ese besito en la mejilla hasta los que ni fueron en la mejilla ni sé si fueron exactamente besitos.
La rosa la llevé en la mano toda la noche. Porque bajamos al coche, que lo había dejado en el mismo párking del hotel, y luego ya viene lo que contaba el otro día de que íbamos por los bulevares. Ah, y el coche limpísimo y brillante, que seguro que lo acababa de sacar del túnel de lavado y le había pasado a fondo la aspiradora. Y en los bulevares, lo que expliqué de que  me preguntó, al pasar frente a un cine, si me acordaba, y yo sólo me acordaba de haber ido  con él pero no de la película. Eso fue más allá de la glorieta de Bilbao, que yo pensaba que iba a parar antes en aquella cervecería de la plaza Santa Bárbara pero pasó de largo y siguió adelante hasta donde me quedé explicando el sábado, cuando giró en la calle Princesa, allí donde está el Corte Inglés.
Y de la película me acordé después en el bar. Pero iba por la rosa. Era roja, que eso no lo he dicho; o sea, símbolo de pasión. Y al meter luego el coche en otro aparcamiento ya por Argüelles, salgo del coche con la rosa en la mano y me dice que la deje dentro si quiero. Y yo que no, que prefiero llevarla en la mano:
-Y no te pienses que es para que no se moje la tapicería –porque tenía gotitas de agua en los pétalos-, es porque quiero llevarla.
Entonces fue cuando me dijo algo que ya me había dicho una vez por teléfono: que le hacía gracia cómo hablaba yo porque que se me notaba mucho el acento y hablaba con música. Claro, porque cuando estudiaba en Madrid estaba acostumbrada a hablar en castellano, pero ahora, como no lo hablo casi nunca... Y de que hablamos con música yo no me doy cuenta pero será verdad porque nos lo dice todo el mundo.
Entonces, yo con mi rosa en una mano y me cojo de su brazo con la otra. Y nos cruzamos con un matrimonio mayor, que ella se fijó en la rosa y luego miró a Santiago que casi me dio la risa porque sentí un punto de celos. Seguro que pensaría que por qué su marido no tenía esos detalles. O no, que a lo mejor pensó lo contrario: mira esa tonta que no sabe que en cuanto pasen cuatro días ni rosas ni carantoñas… Pero con Santiago nunca fue así, que es el chico más cumplido y educado que he conocido, de los de abrirte la puerta del coche, cederte el paso en la puerta de los locales, no sentarse hasta que yo estuviera sentada... Aunque llevara cinco cañas. Y desde el primer día hasta el último, no como ésos que empiezan tratándote como a una princesa y, en cuanto te tienen camelada, ya te apañarás y allá te las compongas.

Y ya se me ha vuelto a acabar el tiempo para escribir y me doy cuenta de que soy muy lenta, que el otro día acabé cuando giramos con el coche en la calle Princesa y lo de ese matrimonio que nos cruzamos fue sólo cincuenta metros más allá, al principio de la calle Gaztambide, que quien conozca Madrid ya lo sabe. Pero me parece que lo he hecho algo mejor que el otro día. Porque me he acordado de un truco que nos explicó en el colegio la profesora de lengua, una señora muy marimandona y resabidilla. Nos puso unos versos de un poeta muy fino que más o menos decían: No lo toques más, que así es la rosa. Y nos mandó escribir un cuento diciendo que una manera bonita de redactarlo era cogiendo un objeto cualquiera, por ejemplo esa rosa, y explicando lo que pasaba a su alrededor; y que no se valía lo de limitarse a decir que un chico nos regala una rosa, llegamos a casa y la ponemos en agua. Y lo que he dicho al principio: cuando me he visto a mí misma con la rosa en el Mercedes porque lo primero que hizo Santiago fue regalármela, he aplicado el truco. Aunque mucho caso no le haré a la profesora, que sí contaré cómo luego, en casa de Santiago, acabamos metiéndola en un jarrón. Pero no en seguida, que cuando llegamos, claro, como llevábamos toda la noche arriba y abajo en plan formalito, pasó lo que pasó y me olvidé de la rosa. Y fue más tarde, después del primer sofoco, cuando Santiago, que está en todo, se levantó para ponerla en agua. Yo me incorporé también y me dijo que me quedara en la cama. Pero le contesté que si había venido hasta Madrid para verlo quería aprovechar todos los minutos a su lado, que cuando me pongo tierna se me escapan sin querer frases así de mucho amor.

viernes, 28 de agosto de 2015

Recorriendo la ciudad

Una nueva reelaboración para tusrelatos.com de un texto escrito para bubok y presente ya en este blog, aquí. Pero tiene muchas variantes.

-¿Te acuerdas?
Iba completamente recostada en el asiento del Mercedes con los ojos entornados y me giré hacia el lugar que había señalado con la cabeza.
-¿Te acuerdas?
Conducía por esas calles de Madrid que llaman, me parece, los bulevares y que van cambiando de nombre desde la plaza de Colón hasta, lo menos, la calle Princesa. Le dije que sí, que me acordaba. Porque habíamos pasado frente a un cine. Recordaba haber ido con él pero no recordaba, en cambio, la película. ¡Cómo me iba a acordar si hacía, lo menos, doce años!
Pero lo que estoy contando, ese trayecto con su Mercedes hacia la zona de Argüelles, fue el viernes pasado por la noche. Y a veces me enfado cuando me dicen que toda yo soy un rompecabezas. Pero tienen razón. Porque quizá debería explicarlo todo desde el principio, desde primera hora de la tarde en el aeropuerto. O, mejor, desde cuando estudiaba en Madrid.
Son los inconvenientes, o las ventajas, de vivir en una isla. La mayoría de las chicas del pueblo, las que continuamos estudios después de las monjas, fueron a Barcelona porque cae más cerca. Yo, a Madrid porque cae más lejos. Y todas, al volver, llegamos a la misma conclusión: como en casa, en ningún sitio. Luego, lo normal: fuimos las unas a las bodas de las otras, los bautizos, alguna separación… Yo no, que conste: sigo con mi marido la mar de bien; algo soso sí que es, que ni crisis hemos pasado, pero supongo que él pensará lo mismo de mí. ¿Y qué pintaba yo, entonces, el viernes en Madrid con otro y montada en un Mercedes a lo gran señora? A eso iba. Y es que las amigas nos reunimos cada mañana en la cafetería de la plaza a hablar como cotorras y, cada tres meses, organizamos una escapada a Barcelona en plan fin de semana de compras. Y bueno, sí, alguna vez, después de dejar tiritando la tarjeta de crédito, hemos ido a esos espectáculos de boys para despedidas de soltera. Por reírnos sobre todo. En fin, que me estoy desviando de la cuestión. El caso es que el lunes decidimos, y yo la primera, un fin de semana de ésos. Solo que al llegar al aeropuerto ellas cogieron el avión de Barcelona y yo, el de Madrid. Que no soy la única que hace algo así: cuando el año pasado Antonia dijo una tarde que iba a visitar a una prima y a lo mejor se quedaba a dormir, a ninguna se nos ocurrió preguntarle que desde cuándo tenía una prima en Barcelona. Comentarios y risas a sus espaldas, eso sí, pero indiscreción, ninguna.
Pues ya estoy en Barajas. O no, que me vuelvo a liar. El caso es que a mí, lo de ir a Madrid se me ocurrió luego, el miércoles, que de momento la intención era ir con las demás. Pero me entró como un gusanillo, pensé en Santiago y lo llamé. Y ya veo que lo estoy contando otra vez en plan rompecabezas: Santiago es el chico que he dicho antes, el que conducía el Mercedes. El que había sido mi novio los últimos años de estudios en Madrid, que eso no lo he dicho pero lo digo ahora. Como si fuera un ex mío pero no exactamente, que eso de ser un ex de alguien o tener un ex a mí al menos me suena feo. Y quedamos como amigos pero de verdad. Aunque parezca mentira, que por eso no quiero que nadie piense que es mi ex; y menos después de lo de este fin de semana. Quedamos como amigos de los de llamarse por Navidad y por el cumpleaños. Bueno, no, por el  santo, que yo lo llamaba por Santiago Apóstol, el 25 de julio, y como yo me llamo Ana –que eso me he olvidado de decirlo-, y santa Ana es el día siguiente, ya me daba por felicitada. Y yo sí que lo llamaba por su cumpleaños, pero él a mí no porque, como era muy galante, decía que las mujeres no cumplimos años.
Y da la casualidad de que, antes de que viniera al hotel a buscarme con el coche, estaba yo pensando en esa frase suya. Fue al salir desnuda de la ducha: me puse frente a un espejo de cuerpo entero intentando mirarme con sus ojos y calcular la diferencia respecto a la última vez, los años que habían pasado por mi cuerpo a pesar de su frase. Que una cosa es que lo dejáramos y otra… porque una vez vino él aquí y yo también fui a Madrid un par de veces antes de casarme. Y que teniendo ya fijada la fecha de la boda… pero que nadie piense nada raro porque yo me considero muy normalita: con decir que lo primero que hice al llegar al aeropuerto fue comprarme el Hola ya lo digo todo.
Y me parece que he adelantado acontecimientos: porque de lo que he dicho casi se deduce que acabaría viéndome desnuda, y a mí me gusta contar las cosas más despacio y echándole emoción. Estaba en que íbamos en el Mercedes… no, estaba en que decidí ir a Madrid y llamé a Santiago. Yo sabía que andaba suelto o, al menos, sin mucho compromiso, así que lo llamo y me dice que vaya a dormir a su casa. Yo le digo que ya había reservado hotel: mentira, que lo reservé después, pero como él era muy de guardar las formas estoy segura de que le habría parecido mal que yo aceptara sin más lo de meterme en su casa. Otra cosa es que luego, después de cenar el viernes, yo no apareciera por el hotel hasta antes de volver al aeropuerto y sólo saliera de su casa un par de horas a comprar ropa para los niños, que tengo la parejita, y para mi marido porque, claro, de lo que se trataba era de volver a casa cargada de bolsas. Y ya he vuelto a saltar hacia delante… Total, que lo llamo, a Santiago me refiero, y quedamos para cenar el viernes allí en Madrid. Y en la conversación telefónica ya nos dejamos claro lo que pasaría después: sin decírnoslo, por supuesto, que como aún nos conocemos bien fue como si lo habláramos por encima de las palabras o metiéndolo en los huecos de la o, la p y esas otras letras agujereadas. Que yo tenía ganas. O mejor, me hacía ilusión por lo del gusanillo que he dicho antes.
Y ahora ya puedo seguir contando ordenadamente, que fue todo tal como he venido diciendo: de Barajas al hotel, me duché, me puse guapa, vino a recogerme, me metí en el Mercedes y por ahí íbamos, que gira de los bulevares a Princesa en dirección Moncloa para ir a tomar cañas por Gaztambide antes de cenar.
Bueno, y con tanto liarme me acabo de dar cuenta de que ya llevo mucho escrito y el otro día me riñeron porque escribí un texto de nueve minutos. Y aún me queda lo mejor: las risas tomando cañas, el restaurante de alto copete…; y lo de luego, claro. Total, que ya seguiré y a ver si lo sé contar mejor.

lunes, 24 de agosto de 2015

Mi última película

De nuevo una adaptación para la página de Tusrelatos de un texto más extenso ya publicado aquí:

¿Cuánto hace que no voy al cine? Y además, ¿con quién voy a ir? Mis amigas, casadas, divorciadas y vueltas a casar. Y si alguna vez salgo con alguien nunca quedamos antes de las nueve: es lo de cena romántica, pero yo no le veo ningún romanticismo en ir directamente al asunto sin haber hecho la digestión. Pero no era esto lo que quería contar: lo que quería contar es cuánto me gustaba ir al cine con Ricardo.
Porque con Ricardo disfrutaba de cada momento, desde hacer cola en la taquilla, cruzar las cortinas, bajar por el pasillo, molestar a quienes están ya sentados… y luego ir los dos a la cafetería a comentar la película. El día en que lo dejamos –ni recuerdo por qué- volvimos a la tarde en que fuimos a ver El club de los poetas muertos. El 89 o el 90 sería. Me acuerdo perfectamente de que, justo cuando va a empezar la película… bueno ya no teníamos edad para eso, pero a veces le daba por las chiquilladas. El caso es que me baja la cremallera, me pasa la mano bajo las bragas…
-Es que tú eres un rato educada. Me dejaste hasta tocar pelo y me dijiste ‘Muchas gracias, ahora no, si acaso luego’; te volví a subir la cremallera y te abroché el botón.
Y yo no es que fuera una estrecha, porque aquella vez en que, tras mucho insistirle, le convencí para ver no sé qué película de la etapa mejicana de Buñuel… Incluso yo me aburría pero a él, que se daba cuenta, ni se le pasó por la cabeza decirme ‘¿Lo ves?, ya te lo decía yo’. Lo vi tan sumiso, tan obediente, que me puse tierna y le di un repasito. Bueno, pero lo que yo quería era hablar de cine. O de Ricardo, no sé.
Porque por aquel entonces yo iba de cinéfila y Ricardo era el chico con el que salía, el último al que verdaderamente quise:
-No sé por qué quieres dejarlo. Me gustas tanto… y, sobre todo, te sigo queriendo. Y cómo me pones con esas gafas de intelectualilla que sólo usas en el cine…
Es cierto, ¿dónde andarán aquellas gafas?
-Imagínate si me gustas que, sin tú saberlo, me compro cada mes una revista especializada en cine, el Dirigido por, y me la leo de cabo a rabo. Y a veces me llego a la facultad de Ciencias de la Información y me leo los Cahiers du Cinéma; en edición francesa, por supuesto. Todo para poder comentar la película contigo.
Solía deslumbrarme. Al salir del cine buscábamos una cafetería y allí, frente a su Mahou y mi Cacaolat, hablábamos de la película que acabábamos de ver. Como aquel día con El club de los poetas muertos:
-Fíjate en que el padre del chico que se suicida se acuesta preocupándose de dejar las zapatillas simétricamente colocadas al pie de la cama. Toda una metáfora visual delorden establecido al que se enfrentan el profesor y sus siete alumnos, siete, como Los siete magníficos o Los siete samuráis de Kurosawa.
Se me caía la baba oyéndole. Como cuando me dijo que el cine de Fassbinder estaba lleno de personajes colapsados.
-Perdóname si ahora te digo que El club de los poetas muertos me pareció… porque de ahí a la pederastia… Además, para complicidades de un adulto con niños prefieroMary Poppins o Verano Azul. Pero pensaba que si te comentaba positivamente unapelícula que te había gustado tenía más posibilidades luego de… porque a veces no querías.
Sí, a veces no quería. Pero era porque tenía el mes y me daba apuro decírselo. Si no, claro que quería. Íbamos en su coche hasta el descampado del final de mi calle y confieso que me lo pasaba mejor que cuando se hacía con las llaves del chalet de sus padres y corríamos desnudos por el jardín para acabar haciéndolo en la piscina o sobre la hierba. Yo entendía que la sesión de cine no acababa realmente hasta que, ya saciados, nos cogíamos de la mano y mirábamos al frente: el parabrisas de su coche volvía a ser una pantalla cuya escena escondía la oscuridad del descampado con sus jeringuillas, sus latas de cerveza y cualquier otro objeto que no alcanzara a conocer el neorrealismo italiano.
-Imagínate si te quiero que por ti llegué a ver El acorazado Potemkin un domingo en sesión matinal, cuando la gente honrada va a misa o está de resaca. Y ya no te digo lodel ciclo de Buñuel en el local social de tu barrio sentados en aquellos bancos de madera que parecían traídos de la parroquia.
No hacía falta que me dijera cuánto me quería. Era de los chicos que te lo hacen sentir sin necesidad de palabras ni miradas.
Lo que daría hoy por volver al cine con él: por apartarme cuando se me frotaba disimuladamente en la cola de la taquilla, por bajar por el pasillo cogidos de la mano y buscar la fila y la butaca, por ver el esfuerzo que hacía para bajarme la cremallera sin hacer ruido, por tener su Mahou frente a mi Cacaolat, por llegarnos con su coche al descampado del final de mi calle.

Más de veinte años hace ya. Y ahora ir al cine… La última vez fui con mis sobrinos, que ya se han hecho mayores: con ellos conocí un mundo sin kurosawas ni buñueles ni fassbínderes, un mundo con su princesa Fiona, su pececito Nemo y aquellos muñecos, Buzz y Woody, de Toy Story. ¿Y para qué voy a ir si ahora las salas están en centros comerciales, si las entradas te vienen con vales de descuento para el McDonald’s, si ni el ambientador huele como antes…? Si ni el descampado queda, que ahora han construido un hotel.