Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 26 de septiembre de 2014

Maite Salord, L'alè de les cendres, V: el tratamiento del tiempo; retrospecciones, III

(La presente entrada es continuación de esta otra)
Casi lo mismo vuelve a ocurrir en el capítulo referido a 1937, que se focaliza alrededor de la imagen que Dèlia dibuja para que Pepa se la lleve a Joan, ahora en el campo de concentración; y, de paso, véase la alternancia entre los capítulos narrativos: amor conyugal a través de la ropa, odio de Salom, amor conyugal y filial. Al principio, Dèlia entrega a su madre el paper que duia a les mans. Era per al pare. Una platge d’arena groga i una mar blava, il.luminada per un sol immens. Al mig, dos caps somrients que sortien entre les onadas. Un pare i una filla que nedaven junts (248). Casi al final, se vuelve al dibujo cuando Pepa se da cuenta de que ha olvidado entregarlo a Joan: Va obrir la bossa […] va adonar-se que encara hi havia el dibuix que na Dèlia li havia donat per al pare (257). Y entre una y otra escena, de nuevo el horror: un fusilamiento por una razón tonta (248), el traslado de Joan desde Bellver a un campo de concentración (249) paralelo al de Antoni desde el Jaume I a Can Mir (250) e inversos ambos a la liberación de Ponsa, ajeno al conflicto (251), la insinuación del fusilamiento de Antoni (250-251), confirmado en seguida (256) y, por si fuera poco, una recapitulación de las desgracias desde el punto de vista de Pepa: El pare, desaparegut. En Marià, assassinat. En Lluís, lluitant amb el bàndol nacional. Ella, a punt de deixar la vida per ajudar als quatre al·lots de la sabateria. En Mateu, assessinat (250). Volviendo al final del capítulo y al dibujo de Dèlia, no es detalle insignificante la reacción de Pepa al darse cuenta de su olvido: Se’l va mirar [el dibuix] amb culpabilitat. I ràbia. El va arrugar i el va llançar (257); y engaña a su hija diciendo que lo ha entregado: Clar que li ha gradat. Molt (257). ¿Por qué lo olvida?, ¿por qué lo tira y no lo guarda para entregarlo en otra ocasión?[1]... El episodio, en manos de cualquier psicólogo, empieza siendo un acto fallido –y el ejemplo de manual es el de quien olvida su aniversario de boda porque está harto de su mujer- y puede acabar con derivaciones por el mito de Electra, la versión femenina del de Edipo. Pero como no somos psicólogos, no nos saldremos de lo estrictamente literario, es decir, del texto, y diremos que el dibujo, tras ser evocado en la Vibració IX[2], se recupera en la Vibració XII, en la escena final, cuando se convierte en real al menos en la palabra de Dèlia[3].
El capítulo referido a 1940, enmarcado entre dos visitas del médico a Lola, se abre con el final de la guerra presentado en un contraste que, basado lingüísticamente en la luz, remite a las dos Españas -focs artificials […] etapa fosca (275)- y continúa mirando la acción del lado de los derrotados: L’horror, capolat, viuria dins la gent (275). A partir de ahí se presentan dos temas: de un lado, la enfermedad de Lola (275); del otro, la historia de los hombres supervivientes de la familia que, cada uno a su modo, ha acabado en el fracaso: Joan en la desorientación (no sabia què fer amb la seva vida [276]); Ramon en el desengaño (Havia tornat de Menorca desenganat de tot [283]); Lluís, que había sido obligado a militar en el bando nacional tras su prisión y fusilamiento fingido[4], en el alcohol (borratxo, plorant i cridant [284]). Uno y otro temas alternarán a lo largo del capítulo pero de diferente manera: la enfermedad de Lola se desarrollará de forma casi lineal desde la visita del médico (275-276) hasta que éste, cerrando el capítulo, certifique su muerte (286) que, de todos modos, ya estaba anticipada de un modo que, al menos, produce una cierta tranquilidad al lector en tanto se la da como la última muerta de la familia: els morts de la familia. Ella tancaria la llista (276). La historia de los hombres, en cambio, se presenta a partir de las respectivas retrospecciones al tiempo anterior, al de la guerra, para dar cuenta de cómo ha llegado cada uno a su situación: así, Joan ha conseguido salir del cautiverio gracias a Dèlia (276-279[5]); Ramon, a quien la guerra había cogido haciendo el servicio militar en Menorca y lo había dejado aislado de la familia, casi sufre las represalias de la derrota y sólo al volver conoce la muerte de sus hermanos (279-280); y Lluís ha vuelto a casa tras pasar por una experiencia tal como la batalla del Ebro (284-285). Y mediante esa alternancia de la acción se consigue un momento de fuerte contraste: liberado Joan, se reencuentra con su hija: Na Dèlia va agafar la mà del pare (279). Atiéndase, en cambio, al delirio de Lola al cerrarse ese párrafo: Pare, pare, on ets? Y en seguida sabemos que su padre ha muerto (280).
El capítulo siguiente, el referido a 1943 se enmarca también entre hechos simétricos: Joan saliendo (301) y volviendo (312) a casa: en medio, la vida clandestina a la que se ha incorporado y, a través de ella, su relación con otra mujer. Además, parece construido en relación de complementariedad con el anterior porque ahora se centra en las mujeres y sus respectivas vivencias; a su vez traza paralelos porque las retrospecciones nos devuelven de nuevo historias truncadas: Primero es Isabel -Després d’enterrar na Lola, na Isabel havia tocat fons (303)-, hundida, pues, desde 1940 hasta acabar en manos de una médium: Tancaven els ulls i, al cap d’uns instants, compareixien aquells que feia temps que ja no hi eren (303). Luego Pepa que, tras tanto que se ha desvivido por el marido, ha de sufrir celos cuando éste se presenta acompanyat d’una dona que ni na Pepa ni els fills no havia vist mai […] Quan na Pepa els va veure dins l’entrada, la cara se li va transormar. Una sensació de vertigen insoportable va fer que les parets començassin a rodar al seu voltant (305)[6]; y esa sensación, al poco, será, silenci dolorós (309) dando así, desde otro ángulo, en el omnipresente silencio. Bel recibe carta de Ponsa y, así, volvemos atrás y reconstruimos la historia de éste último desde su huida durante la guerra, pero por causas ajenas a ella, hasta verlo en Marsella (306-308). Con Rosa también volvemos atrás y sabemos que también desde la guerra andaba enamorada de un aviador italiano (308-309). Y esas dos últimas historias terminarán, cada una a su modo, en sendos fracasos al llegar al capítulo siguiente. Se abre, no obstante, un haz de luz con Dèlia: la va venir a cercar, el seu soldat menorquí (309).

Y, aunque parece el más ordenado en lo que al tiempo se refiere, pasaremos también por el último capítulo, el centrado en 1945, para, al menos, dejar cerradas algunas líneas que hemos ido trazando. Porque también se articula a partir de dos imágenes semejantes que lo abren y lo cierran para hacer hincapié en la destrucción total, en el silencio último, de Joan: En Joan estaba estirat a terra (325) como frase primera y, en el último párrafo, El van ficar dins al llit (335). Por supuesto, esa imagen de Joan yacente apunta a la de Dèlia, que ha permanecido también yacente en la tumba durante todas las Vibracions, y es una muestra más de un constante intercambiarse rasgos entre padre e hija a lo largo de todo el texto hasta que se fundan en la escena final. Por lo demás, en medio de esas dos imágenes, una continuación de las historias presentadas en el capítulo anterior: Isabel continúa hablando con los muertos: els cridava pel nom i els parlava d’enyor, de la vida que lliscava sense voler (303). A Bel se le transforma la carta de Ponsa que había recibido en el capítulo anterior y si allí le decía que Pensa molt en tu i en les filles (308), ahora resulta que Em sap greu, Bel, per tu i per les filles (331); abandono, pues, justo un día antes de embarcarse para Marsella y la ilusión de començar una nova vida (331). Ironía parecida aunque inversa es la de Rosa que, cansada de no tener noticias de su aviador italiano, se casa con un compañero de trabajo: no podía saber que, al cap d’un mes de casar-se, arribaría la certesa que ell era viu. I que no l’havia oblidada (332). De todas maneras, esta última historia es una de las pocas vías positivas de escape de la novela.

Por último, dos notas referidas a sendas anticipaciones:
1ª) Asistimos a una falsa anticipación cuando Pepa es detenida por haber ocultado por su cuenta a los fugitivos. Su hermana Bel ve cómo se la llevan y el texto dice: No veuria na Pepa mai més (199). Y como la oración carece de verbo de tipo pensar que la subordine (Na Bel va pensar que no veuria...), toda la impresión es que la afirmación ha sido emitida desde el narrador. El resultado es la angustia del lector.
2ª) Parecido efecto se produce en uno de los capítulos líricos cuando Dèlia pone en relación la marcha y regreso de su amiga del barrio, a causa de la guerra, con la destrucción de la familia: No volia imaginar-me l’estiu sense la seva companyía. Tot l’estiu. Estrany i etern. Quan tornàs, la meva familia ja no existiría (154). De nuevo angustia en el lector. Aunque al seguir leyendo veremos que la afirmación de Dèlia, que prácticamente implicaba la desaparición total de la familia, es exagerada. La cuestión es que esa afirmación no la ha emitido Dèlia niña sino Dèlia desde el cementerio evocando su niñez. Sea como fuere, la afirmación nos sigue pareciendo exagerada aun tomándola como impresión personal, con su correspondiente deformación de la realidad, tanto si viene de Délia niña como si viene de Dèlia tras la muerte.
(Continúa aquí)



[1] Hay que notar además que es la misma Pepa quien había motivado a su hija para que hiciera el dibujo: Li pots fer un dibuix. Segur que li agradarà molt (263).
[2] El millor dibuix. De les meves mans a les seves […] Que demà el pugui veure. Pugui acariciar aquell paper (263). Nótense, por lo que se va a ir diciendo después, ciertos matices: el dibujo como puente entre las dos manos, no sólo ver el dibujo sino acariciarlo…         
[3] Más tarde se verá esa escena final desde una óptica más general, como recuperación no sólo del dibujo sino también del padre. De todos modos se volverá sobre el episodio del dibujo olvidado.
[4] Hay un episodio semejante, referido a la represión inmediatamente posterior a la guerra, en la novela de Manuel Rivas, El lápiz del carpintero (Alfaguara, Madrid: 1998): Fue como si disparasen contra el viento […] El doctor Da Barca continuaba erguido (70).
[5] Más abajo, al tratar del espacio y, en concreto de la asociación entre la cárcel y el cementerio, pondremos en relación ese episodio con el inverso: Joan liberando a Dèlia del cementerio.
[6] La escena puede tener un mínimo reflejo en otra donde quien sufre celos es su hija Dèlia al ver a su novio, hijo del amo de la fábrica donde trabaja, con otra: El meu promés […] Del bracet d’una desconeguda […] Em costa respirar la humiliació i la ràbia que sent (41). Ahora bien, no parecen del todo justificados esos celos cuando enseguida se diga que en ese momento Dèlia ya tenía esbozada una carta de amor para el enamorado que había dejado en Menorca: escric la carta que fa setmanes que duc guardada a dins. Una carta llarga que parla d’amor (42). Dèlia está jugando con dos barajas y eso, a su vez, la acerca a Rosa, pendiente, como se dirá, de su novio italiano a distancia y de otro pretendiente, también de su ámbito laboral: el resultado será inverso para una y para otra: A Dèlia vendrá a buscarla su novio y Rosa se conformará con el compañero de trabajo.

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