Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 17 de agosto de 2014

Maite Salord, L'alè de les cendres, I: Obertura

Salord, Maite, L'alè de les cendres (Arrela, Maó, 2014)
     1. Obertura
La autora titula Obertura el inicio de la novela anunciando uno de los muchos temas que se tratarán en ella, la música. Pero, además, esa secuencia inicial actúa de obertura también porque funde dos discursos que, complementándose, se generan a partir de ahí. Quiero decir que: A) Esa obertura es narrativa en tanto cuenta el entierro de Dèlia en 3ª persona (Havia estat una dona bella [11]) hasta la vuelta del enterrador a su casa. B) Esa obertura está también cargada de tonos líricos por sus constantes alusiones a los sentidos (11-17): sonidos (grinyols, silenci, Llàgrimes silencioses, els seus silencis, tot va quedar en silenci, silenci. Un dens silenci, rompre el silenci, renou d'aigua, el silenci s'anava ensenyorint), colores (murs blancs, emblanquinaré, grisor, calç, llepades de clarors i d'ombres, negror insoportable, tomba blanca, lletres grises de ciment, taques blanques de calç, Blanc. La negror, rajoles vermelles), sensaciones táctiles (fred i asolellat, humida, gélid) y olfativas a partir de las flores (Roses vermelles i clavells blancs, Roses, clavells i gessamins); y tonos líricos se dan también en el discurso del enterrador en 1ª persona y dirigiéndose a la muerta: El blanc és el color més polit del món. O no, Dèlia? (14). A partir de ahí, esos dos planos entrelazados se bifurcarán y discurrirán superpuestos: en el plano narrativo se nos contará la vida de Dèlia y de su entorno remontando hasta dos generaciones con su narrador omnisciente en tercera persona (En Joan Escandell va veure néixer el dia [19]); y en el plano lírico Dèlia nos transmitirá en 1ª persona la huella que los hechos anteriores han ido dejando en ella (jo, la primera vegada que vaig venir a aquest poble, volia un abisme profund que em protegís [37]). Habría que añadir a ello los doce textos externos[1], todos de orden ideológico, que van jalonando la novela y dándole el contrapunto sobre los diversos momentos históricos. Se podría ver entonces el conjunto como círculos concéntricos: la historia interior de Dèlia, la de su entorno familar, la de España o incluso del contexto internacional habida cuenta que uno de los textos es de Roosevelt y Churchill. Historia e intrahistoria en el sentido unamuniano: Dèlia y familia moviéndose bajo los grandes hitos históricos y, a la vez, haciéndolos posibles o sufriéndolos.
Y otra manera de decir lo mismo, o casi, es observar la novela como una retrospección a partir de la obertura: nos remontaremos hasta 1918, siete años antes del nacimiento de Dèlia, para asistir a todos los acontecimientos que conformarán ese mundo interior que ella nos irá transmitiendo. De ahí recurrencias y motivos muy secundarios que adquieren valor: se traza un lazo de unión entre la obertura y el primer capítulo narrativo a partir del invierno: Dèlia enterrada en invierno y Joan Escandell, que luego resultará ser su padre, despertando de aquella nit d'hivern. Llarga i freda (19); incluso se fecha en invierno, el 31 de diciembre de 1920, el primero de los textos ideológicos, la conferencia del Noi del Sucre en la Mola (33); pero mientras la acción se sitúa explícitamente en 1918, la única marca temporal que se nos da de momento para fechar el entierro de Dèlia, y sólo muy imprecisamente, es un elemento que disiente del entorno lírico antes aludido, el anorac (14) del enterrador; entendemos que a ello se vuelve cuando en la primera intervención de Dèlia, ésta alude a poals de plàstic (37). Del mismo modo, el espacio inicial, el cementerio, aparte de las diferentes connotaciones que irá adquiriendo a lo largo de la obra, condiciona -así lo entendemos- algo muy anterior, la fecha de nacimiento del padre de Dèlia, un dos de novembre de d'any 1900 (21), día de los Fieles Difuntos, es decir, el día en que los mortales visitan a sus muertos por más que la novela se haga eco de la convicción, tan errónea como extendida, de que hay que visitarlos el día anterior (En totes les visites al cimenteri. Per Tots Sants [182]). Y a su vez, la fecha de nacimiento del padre de Dèlia condiciona su función final, la visita al cementerio para liberar a su hija: La teva mà. Pare. Dins la meva (341 y última). Y para explicarlo con una imagen, lo que hemos querido decir es que la Obertura actúa como un nudo que, al deshacerse, se convierte en hilos que se abren en diferentes direcciones.

Y antes de pasar más allá, un par de notas más a la Obertura:
  • Hemos visto la atención que en ella se presta, entre otros aspectos, a los sonidos. Salta a la vista, por las citas anteriores, que lo que predomina es el silencio. Ese silencio será motivo recurrente en toda la novela. Algunas citas: Silenci absolut (65); un silenci fals, fet de terror i llàgrimes (191); Sense llengua. Silenci (209); En Joan, aquest cop, no va dir res. Havia quedat mut (256). Si notamos, por lo demás, que el padre de Dèlia era en principio un jove de conversa distesa (22), Un eivissenc rialler i amant de les converses infinites (39=les converses inacabades del jove [27]), llegamos a otra lectura, la de la novela como pérdida de ese hablar infinito del padre y su recuperación por parte de Dèlia. Y mejor aún cuando después la Vibració II nos sugiera una visión de la novela según dos tiempos inversos: el primero es el paso del padre de la palabra al silencio (la imatge riallera d’aquell pare enyorat contra la imatge derrotada del pare present [73]); el segundo, el paso de Dèlia del silencio a la palabra y de ahí su transformación de un ésser tancat i hermètic […] una dona de llargs silencis quan encara era, només, una criatura (73) a la voz narrativa que sustenta media novela.
  • Efectivamente, como jugando con contrarios, todo ese silencio de los vivos parece compensarse con la capacidad para hablar de los muertos. Porque el discurso de Dèlia se emite desde más allá de la muerte: de ahí el título de la obra, que no puede sino recordar el endecasílabo de Quevedo que viene justo antes de lo de polvo enamorado y dice: serán ceniza mas tendrá sentido (Cerrar podrá mis ojos... v. 13); la ceniza tendrá sentido, es decir, sentirá: como sienten y hablan las cenizas de Dèlia. Algún sustento se busca a esa idea en los versos de Gabriel de la S.T. Sampol que sirven de pórtico a la obra (La vida dels morts és la continuïtat del camí [7]); a ello vuelve el enterrador cuando, hablando con Dèlia tras su entierro, le dice: No, no em diguis res encara [...] jo seré aquí, al teu costat. Fins que em deixis. Fins que arribi un matí i ja no hi siguis perquè hauràs continuat el teu camí (14); y lo mismo el narrador poco después: Ell (el fosser) no tenia ningú que l'ascoltàs, fora d'aquells murs que tancaven un món desconegut, ple d'éssers que maldaven per recórrer un camí sense estacions (15). Y ahí se contienen otras contradicciones y paradojas porque el enterrador sí tiene quien le escuche: él es quien se dirige por primera vez a Dèlia -O no, Dèlia? [...] O no, Dèlia? (13)- buscando unas respuestas que se convertirán en todos los capítulos titulados Vibració y en los que Dèlia se dirige explícitamente a él tratándole primero de desconocido -El fosser del cementeri. No sé qui ets. I ets aqui. Al meu costat M'escoltes sense dir res (40)- y elevándolo pronto a la categoría de amigo y confidente: Tornes a somriure, amic meu (47). Y la paradoja consiste en que es precisamente el enterrador cuyo oficio es, por decirlo de alguna manera, liquidar la presencia de Dèlia en el mundo de los vivos, quien dota a la muerta de una nueva vida, la de la palabra. Así será hasta el final de la novela en que Dèlia se despedirá de él: La meva presència aquí és més dèbil. De cada dia. Amic meu. Ocup un altre espai. Me'n vaig. Ho not. T'he de deixar (339). Y de hecho, el enterrador habrá sido quien, al provocar la palabra liberadora de Dèlia, haya solventado ese silencio que ha ido pesando sobre toda la novela: Ja no té buits. La meva vida. Ja no té silencis (339). Para concluir, habría que conectar esa palabra de los muertos con un episodio lateral de la novela, el de la abuela Isabel recurriendo a una médium para hablar con su marido y sus hijos muertos: Estam bé, mare. No ha de patir, que estam bé. Tots junts (303). Quizá poniendo el dato en correlación con otros, porque luego diremos que también hereda rasgos de su abuelo, llegaríamos a esa conclusión, esto es, que la capacidad de Dèlia para hablar a través del velo que separa la vida de la muerte, le viene heredada de su abuela sin que importe que lo de ésta sea mera autosugestión.
(Continúa aquí)

[1]  Se me escapa el por qué esos textos han recibido diferente tratamiento tipográfico.

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