Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 20 de julio de 2014

Sándor Márai, La mujer justa

Márai, Sándor, La mujer justa (Salamandra, Barcelona: 2005)

Esta estructurada a partir de la técnica llamada quizá contrapunto quizá pluriperspectivismo: una misma historia narrada desde tres puntos de vista: el de la mujer divorciada, el del marido, el de la nueva mujer. Hay otros casos: el puramente anecdótico de La colmena donde una conversación telefónica es presentada desde el ángulo de uno de los interlocutores y, páginas después, desde el ángulo del otro; o el más claro de la película Rashomon (1950) de Kurosawa, a su vez basada en un cuento japonés en el que un bandido mata a un samurai y viola a su mujer: se nos narra la acción desde el punto de vista del bandido, de la mujer, de un criado que lo ve todo y del mismo samurai a través de una médium; y hace poco reseñamos una obra dramática catalana de muy segundo orden, E.R., donde ocurre lo mismo.
  • En los tres casos la historia se expone en tercera persona ante un confidente que permanece callado y al que parece interesarle la historia. Y el punto de partida y arranque de la novela es el momento en que la mujer divorciada está con una amiga en una cafetería de Budapest y ve casualmente a su marido: a partir de ahí empezará a contarle su historia con su marido.
  • Hay motivos que van adquiriendo importancia a medida que avanza la narración: La naranja escarchada (9) que la mujer ve comprar al marido para su nueva mujer; luego sabremos, por boca de esta última, que también antes le había comprado naranja escarchada: Pero no me la comí (108). La cartera marrón, de piel de cocodrilo (9) con la que el marido paga y que le ha regalado la mujer. Sobre los dos motivos vuelve ésta al final de su monólogo y de su reflexión sobre la persona justa, uno de los ejes de la novela: Ya lo has visto antes, le ha comprado naranja escarchada... ¿por qué he tenido que empolvarme la nariz al comprobar que aún conserva esa cartera marrón de piel de cocodrilo?... Empecé a empolvarme la nariz... porque sin duda es cierto que no existe la persona justa (131). Los polvos de arroz con los que la mujer quiere reconquistar a su marido (54) y con los que la segunda mujer intenta aparentar su pertenencia a la alta sociedad (173). La Piedad de Miguel Ángel que la primera mujer y su marido contemplan en Florencia: cuando aquella se confiesa dice que su cara (del sacerdote) me recordaba de un modo increíble la faz de mármol de la figura masculina de la Piedad (56). Y más adelante, el marido, que tiene algún deje de artista, vuelve sobre la escultura: conocía la razón de la belleza de un cuadro de Botticelli y lo que quería expresar Miguel Ángel con la Piedad (145). La cinta morada que la primera mujer encuentra en la cartera del marido: mi marido tenía un recuerdo que era más importante que yo. Ése era el significado de la cinta morada (65); no tarda en relacionarlo con la existencia de otra mujer, la mujer de la cinta morada (72); efectivamente, cuando va a visitar a su suegra descubre que del cuello de Judit, el ama de llaves, pendía una cinta morada que sujetaba un amuleto, un medallón con dos fotografías del marido (89); después sabremos, por boca del marido, que fue él quien le regaló el medallón con las fotos y que ella lo había llevado colgado de una cinta morada desde el primer momento (194). Sobre la cartera y la cinta vuelve el marido: un día encontré en mi cartera, la cartera marrón de piel de cocodrilo que me regaló mi esposa... un trocito de cinta morada... Yo debía de estar en el cuarto de baño cuando ella entró en mi dormitorio y escondió la cinta en la cartera... cuando lo comprendí todo -pues la cinta morada era un mensaje elocuente- sentí una extraña irritación (215-216); y es factible toda una lectura simbólica si observamos que Judit introduce su cinta dentro del regalo de la mujer como en un intento de interponerse en el matrimonio.
  • Se da una discusión sobre si existe o no la persona justa, precisa. Cuando la mujer ve que su matrimonio se tambalea, acude a su suegra: -...Si no puede ser feliz conmigo que se vaya en busca de la otra... -¿Qué otra?... -La justa... -Siempre hay una mujer justa que vive en alguna parte... Y si no soy yo, ¿quién es la justa? ¿Dónde vive? ¿Cómo es? (49); Mi suegra me dijo una vez que siempre existe la persona justa en algún lugar (122). Aún así, al final de su intervención llega a la conclusión de que la persona justa no existe... Simplemente hay personas y en cada una hay una pizca de la persona justa (130). El marido, por su parte, sabedor de que la cuestión preocupaba a su mujer, llega a la conclusión contraria: No es cierto que no exista la persona justa. Para ella yo fui esa persona, la única (149); vuelve sobre la cuestión más adelante: ¿Es posible que un día entre alguien en la habitación y uno piense al instante: es ella, la mujer justa, la verdadera, igual que en las novelas? (172); más aún: considera que, para él, su primera mujer fue, por encima de la otra, la mujer justa: entraba en aquella vieja pastelería y, a veces, veía allí a mi mujer, a la primera... casi podría decir la verdadera, la mujer justa. Porque a Judit nunca, ni por un momento, la sentí mi esposa. Ella era la otra. ¿Qué sentía en aquellos momentos, cuando volvía a ver a la mujer justa? (255); y también aprecia la cuestión desde otro ángulo: cada persona tiene a alguien, en el proceso misterioso y terrible de la vida, que es su abogado defensor, su acusador, su vigilante, su juez y al mismo tiempo su cómplice (198), con lo que, a su vez, parece tender puentes entre la persona justa y el confidente justo. Por fin, también Judit entra en la cuestión y considera al anterior su persona justa: Él fue el hombre justo... si es que existe algo parecido (269); y también más tarde: Porque un día mi marido... el hombre justo, sí (312).
  • Todos los personajes acuden a confidentes: el principal de cada uno es el interlocutor con el que están hablando. Así, la primera mujer, además de hablar con su amiga Marika, se confía a su suegra (49) y, para intentar aún salvar su matrimonio, a un sacerdote: Le dije que quería reconquistar su corazón, pero no sabía cómo, y por eso quería pedirle ayuda a Dios (55); también acude a Lázár, el amigo del marido, en busca de información sobre la otra mujer: ¿Usted conoce a la mujer de la cinta morada? (72); y también para discutir sobre la mujer justa, pero a éste tal expresión le suena a particularmente extraña o divertida (122). El marido, por su parte, se confiesa ante un amigo. Y Judit, por fin, ya alejada del anterior, se confía ante un hombre que parece estar aprovechándose de ella según se sigue de varias de sus intervenciones: todo funcionaba con la máxima precisión, como el mecanismo del fino reloj de pulsera que vendiste hace dos semanas (283); ese anillo con la turquesa... ¿Qué dices, amor? Sí, está bien, te lo daré y podrás llevárselo a tu joyero favorito, ese que te hace tan buenas tasaciones (311); sé que ni en sueños piensas en mis joyas... Sólo me ayudas a venderlas porque eres bueno (361); me ayudas a vender las joyas que el desalmado de mi marido me dio cuando nos divorciamos (366); ¿Quieres que te dé esto también? ¿Los anillos, los dólares? ¿Quieres que te lo dé todo? (369). Y también acude al psiquiatra: El médico cobraba cincuenta pengós la hora. Por ese dinero tenía derecho a tumbarme en el diván de su consulta y contarle mis sueños y cualquier guarrería que se me ocurriese (322). Es interesante el papel de Lázár porque actúa de enlace entre los tres personajes: es confidente de la primera mujer y amigo del marido; y éste le envía a Judit: Cuando todavía era criada, mi marido me mandó a su casa para que me estudiara, para que me analizara (373); y queda sugerida una posible historia entre ambos: piensas que todo lo que digo lo aprendí de él, del calvo. Pues sí, las mujeres somos como monitos, imitamos al hombre que nos interesa (368). Y no sólo eso sino que Judit también sugiere la posibilidad de otra relación de Lázár y la primera esposa: Nunca lo supe con seguridad, pero sospecho que hubo algo entre él y la primera esposa de mi marido (374).
  • Hay aspectos destacables en cada uno de los tres protagonistas de la historia y en cómo se ven los unos a los otros. Así, por ejemplo, cuando la primera mujer descubre que la amante de su marido es la criada de su suegra casi se niega a admitirlo: La mujer que tenía delante no era una vampiresa disfrazada de doméstica, una amante llegada del infierno o una sirena seductora de las que suele haber en los hogares burgueses infectos y corruptos. No, aquella mujer no era la amante de mi marido aunque llevara sus fotografías al cuello en un medallón... era antipática pero estaba a mi altura (93). Y la llama con el mismo diminutivo cariñoso, Juditka (97), con el que ocasionalmente la llamaba su marido (210); curiosamente, parece que a ésta le gusta que la llamen así según se desprende de una apreciación de su época como sirvienta: Él (el padre del que será su marido) fue el único de la familia que nunca fue bueno conmigo. Nunca me llamaba Juditka (277). Por su parte, el marido da opiniones muy positivas sobre la mujer de la que se divorcia: era una criatura espléndida. Inteligente, honrada, guapa, culta... amante de la música y de la naturaleza... Tuve al menos tantos momentos buenos en la cama con ella como con cualquier otra mujer, con las profesionales... Ella era perfecta (141-143). Y es el único que aporta visiones eróticas de sus relaciones tanto con su primera mujer como con la segunda o en general: la cama también es una selva y una cascada torrencial, es el recuerdo de algo primigenio e imprescindible (147); cualquier hombre de treinta años sabe lo que hay que hacer. Sabe que no hay mujer a la que no pueda llevarse a la cama (177); el erotismo no resuelve la tensión entre hombres y mujeres (186); por ese camino parece llegar a enamorarse de Judit: me di cuenta de que no quería a aquella mujer como amante, no quería llevármela a la cama como a todas las anteriores (178) aunque la aprecia desde el punto de vista sexual: Aquel hermoso cuerpo, las nalgas compactas, la esbelta cintura, el delicado cuello (186-187); y sabe que despierta todo tipo de pasiones: tuvieron que despedir al criado y después también a la cocinera, una mujer mayor que estaba muy sola, se enamoró de Judit (179). Judit, por su parte, se siente completamente diferente, desde el punto de vista social, del hombre con el que se ha casado: mi padre... no tenía zapatos y el cartero le dio un par de chanclos agujereados... Mi primer marido, el verdadero, guardaba sus zapatos en un armario para el calzado (272); y parece ser que es por este camino como, a su vez, se enamora de él: ¡Dios mío, qué calzones, qué camisetas! ¡Creo que la primera vez que planché los calzones cortos de batista fina de mi marido fue cuando me enamoré de él! (294).
  • También hay elementos en común entre los personajes. Los dos primeros, la primera mujer y su marido entretienen a su interlocutor preocupándose por no aburrirle -¿Te estoy aburriendo con esta historia? Dímelo. De todas formas, no te aburriré mucho más tiempo.(74)- pero hasta que cierran el local público en que se encuentra cada uno de ellos: tenemos que pagar, que aquí están cerrando de verdad (123); Este café se ha quedado desierto. Nosotros también nos vamos, si quieres. Pero... Ya que he llegado a este punto de la historia y, si no te aburre, me gustaría contarte... (246).
  • De igual modo a como la novela consiste en la misma historia contada desde perspectivas diferentes, hay simples anécdotas que vemos desde diferentes ángulos: la primera mujer, tras su última conversación con Lázár dice que, a pesar de que éste sabe que la persona justa no existe, no dijo nada, y luego se fue a Roma a escribir uno de sus libros (130); más tarde el marido, quizá refiriéndose a lo mismo, dice: Una vez, cuando alguien intentó acercarse a él, se fue enseguida de viaje (168). El marido cuenta que una vez se acostó con Marika, la amiga a la que su primera mujer se lo ha contado todo, y que ésta le cuenta la escena inicial, el momento en que entré a comprar naranja escarchada para mi segunda esposa y a la hora de pagar saqué una cartera marrón de piel de cocodrilo (149); se ve así la escena desde la óptica de la primera mujer y de su amiga. Por fin, el marido cuenta cómo es una Nochebuena cuando prácticamente se enamora de Judit hasta el punto de proponerle matrimonio: estaba colocando la leña en la chimenea (186)... le pregunté si quería ser mi esposa (193); ella le rechaza y luego veremos la misma escena con sus propias palabras: Me dijo que quería tomarme por esposa... a mí, a la criada... en aquel momento lo odié tanto que me habría gustado escupirle a la cara. Era Nochebuena, yo estaba agachada delante de la chimenea, colocando la leña para encenderla (326); aun así Judit parece amarlo incluso en el momento en que está contando la historia: Dame tu mano. Deja que la apriete contra mi pecho. ¿Notas cómo late mi corazón. Así late cada madrugada... Es porque me acuerdo del momento en que lo vi por última vez (328).
  • Hay un aspecto destacable en el tratamiento del espacio y es una cierta consideración de Italia como lugar de evasión o punto de fuga: ya hemos dicho cómo el marido y su primera mujer recuerdan su visita a Florencia a propósito de la Piedad de Miguel Ángel; pero también Lázár, el amigo del matrimonio se marchó... un día a Roma (228) y muere allí: no hace mucho, a los cincuenta y dos años, murió de verdad, en Roma (231). Italia  es también el lugar a donde el marido propone huir a Judit al enamorarse de ella: Le dije que abandonase la casa... y podríamos marcharnos juntos de viaje, a Italia, y quedarnos allí el tiempo que quisiéramos (192). Y es también en Italia donde se ubica la tercera parte, es decir, la visión de la historia desde la óptica de Judit: ahora Roma está inmersa en el sueño, a la luz de la luna (267). Incluso sabemos que Judit está con su confidente en la misma calle donde vivía Lázár: ¿Te has dado cuenta de lo solitaria que es la vía Liguria, incluso de día? Comprendo que viviera aquí... ¿Quién? Pues él, el calvo (368); sorprende saber después, y precisamente en el último párrafo de la novela, que no sólo comparten calle sino que Lázár murió en la misma habitación: murió en esta cama, eso me dijo el portero... sí, justo en esta cama en la que estás tumbado tú ahora, cariño (415). Italia es, incluso, el lugar de refugio de la primera mujer tras el divorcio: Cuando se divorciaron, ella se mudó al extranjero. Durante un tiempo vivió aquí, en Roma (374). Otro de esos espacios va a ser los Estados Unidos; dice Judit: en Estados Unidos inventan de todo... Me gustaría llegar hasta allí algún día... He oído que mi marido también... el primero, se fue para allá cuando acabó la guerra (282).

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