Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 2 de junio de 2014

Virginia Woolf, Orlando

Woolf, Virginia, Orlando (Edhasa, Barcelona: 1999)
La obra es una parodia de biografía. En efecto, la biografía es imposible al menos por dos aspectos:
a) El período de vida del personaje biografiado, que abarca desde el siglo XVI hasta 1928, el momento de escritura de la obra.
b) El cambio de sexo del personaje, primero hombre y luego mujer. Y ello nos lleva a dos referentes: el uno hacia atrás, y saltándonos el andrógino dEl banquete de Platón, hasta Tiresias quien, tal como lo cuenta por ejemplo Ovidio en sus Metamorfosis, sufre un cambio de sexo cuando separa a dos serpientes copulando; el otro hasta la novela Quim/Quima de Maria Aurelia Capmany (1971), que leímos hará veinticinco años sin que nos dejara el más mínimo poso, y con la que pretende homenajear así a Virginia Woolf y su Orlando.
Y ahora comentamos la novela por apartados ordenados según avanza la novela y, de paso, damos una ligera idea del argumento:


  • La escena inicial es significativa. A pesar de que luego variará, no deja lugar a dudas sobre el sexo del protagonista: Él -porque no cabe duda sobre su sexo- aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo- estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas (11). Y, además, remite a los antecedentes literarios de su nombre al menos hasta Roland en la batalla de Roncesvalles que, en los romances castellanos será llamado Roldán; y de ahí se llegará a los Orlando del Tasso y Ariosto.
  • Rápidamente se nos introduce en la Época Isabelina (21) nada menos que con la reina encaprichándose de Orlando: lo tumbó entre almohadones... Y la Reina, que sabía muy bien lo que era un hombre, aunque dicen que no del modo usual (20-21). Aunque él se aficiona a todo tipo de mujeres -dedicaba versos a todas ellas (22)- prefiriendo a las plebeyas: la mejilla de la hija de un posadero le parecía más fresca, y el ingenio de la sobrina de un guardabosque más vivo que los de las damas de la Corte (23). Se introduce, incluso, una anécdota de velada homosexualidad: vio salir del pabellón de la Embajada Moscovita una figura -mujer o mancebo, porque la túnica suelta y las bombachas al modo ruso, equivocaban el sexo- que lo llenó de curiosidad... Orlando estuvo por arrancarse los pelos, al ver que la persona era de su mismo sexo, y que no había posibilidad de un abrazo (29; y me niego a relacionar ese episodio con nada que tenga que ver con la sexualidad de la autora o de su relación con Vita Sackville-West, a quien dedica la novela: por la misma razón de que no puedo deducir que a Cervantes le guste el queso si Sancho Panza lo come). Más tarde ocurrirá otro episodio parecido cuando Orlando, convertido ya en mujer, acude a casa de una prostituta encontrada en Leicester Square: Al sentirla en su brazo, levemente pero como quien está suplicando, Orlando recobró los sentimientos propios de un hombre. Miró, sintió, habló como un hombre (160).
  • A pesar de esa primera apreciación por parte de Orlando, la figura resultará ser una mujer, una princesa rusa. Se enamorará de ella y sufrirá un fuerte desengaño cuando la vea en brazos de otro hasta el punto de sentirse Otelo cuando vea representar la obra: El frenesí del moro era su propio frenesí, y cuando el moro estranguló a la mujer, la mujer estrangulada era Sasha (43).
  • Tras ello, Orlando se refugia en la literatura y compone obras de temas mitológicos trillados: Ulises, Hipólito, Ifigenia... junto a otro poema llamado simplemente 'La encina' -el único título breve del montón (60), sobre el que volverá una y otra vez (74, 132, 202) a lo largo de toda su vida. Pero tras ser satirizado por un poeta vulgar, Nick Greene, vuelve a buscar refugio con tintes que recuerdan el Eclesiastés bíblico: La ambición y el amor, los poetas y las mujeres eran igualmente vanos. La literatura era una farsa... Sólo dos cosas le quedaban; en ellas puso toda su fe: los perros y la naturaleza, un mastín y un rosal (74); y sobre ese último aspecto se volverá al final de la novela: Me gustan los árboles... y los perros ovejeros (228). Y, sea como fuere, es constante el contacto de Orlando con autores ingleses históricos: Shakespeare y Marlowe (68), Pope (155), Swift (156), Carlyle (204), Milton (208, 237)...
  • Producto de los desengaños y huyendo del acoso de la Archiduquesa Enriqueta (88), solicita al rey, que en ese momento es Carlos y suponemos el de la revolución de 1640, que lo nombre embajador de Constantinopla. Y es allí donde, tras un largo sueño que, como el de la Bella Durmiente, puede simbolizar la muerte y luego el renacer, se transforma en mujer. Es interesante alguna apreciación como que El cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad (105): ¿se pone en tela de cuestión la identidad sexual o la importancia de pertenecer a uno u otro sexo? Quizá, porque más tarde se vuelve a la cuestión: La oscuridad que separa los sexos y en la que se conservan tantas impurezas antiguas, quedó abolida (121); No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario de lo que está a la vista (141).
  • Tras su conversión en mujer comparte vida con una tribu de gitanos y su modo de entender el mundo choca con el de ellos: Desde el punto de vista gitano, un Duque, entendió Orlando, era una especie de logrero o ladrón que había arrebatado tierra y dinero a quienes la desdeñan, y que no había pensado en nada más ingenioso que en edificar trescientos sesenta y cinco dormitorios cuando basta con uno, y ese uno está de más (112). Por ello decide volver a Inglaterra.
  • Ya en el siglo XIX, acaba su poema sobre 'La encina', que parece adquirir vida propia: El manuscrito, que yacía sobre su corazón, empezó a latir y a agitarse, como si fuera vivo... Quería que lo leyeran. Exigía que lo leyeran. Era capaz de morírsele sobre el pecho si no lo leían (200). Acude a Londres y se reencuentra con el poeta Nick Green, que entiende, a diferencia de los había opinado antiguamente, que Por supuesto había que publicarlo en el acto (206).
  • Poco después Orlando acude por primera vez a una librería y comprueba con sorpresa que hay incluso obras sobre otras obras; pide luego al librero que le remitiera todo lo que fuese importante (208) y quedará abrumada ante la cantidad de autores victorianos en relación con otras épocas que ha vivido.
  • Ya situada en época de la autora, 1928, Orlando consigue reconocimiento para su poema 'La encina', con siete ediciones y un premio. Tras ello tararea un fragmento del poema y seguimos, tanto del tono como del contenido, que todo ese arrastrarlo desde siglos atrás ha sido pura ironía: compraré encinas y, al pie de mis encinas, cantaré que las glorias son mezquinas (229). Decide enterrarlo en uno de los lugares que solía frecuentar, una devolución a la tierra de lo que la tierra me dio (237) pero acaba dejándolo insepulto por miedo de que lo desentierren los perros. Acto seguido, y anunciando ya el final, se da una hermosa recreación del tópico del ubi sunt: Ya no había guerra... Drake se había ido; Nelson se había ido (238). Y acaba la novela nuevamente de modo irónico con un guiño al fueron felices de la cuentística: Orlando se reencuentra con el hombre con el que hace poco se había casado, Marmaduke Bonthrop Shelmerdine, nombre otra vez irónico.
Y alguna apreciación más nos merece la novela:
  • Tiene algún destello lingüístico: La muchacha levantó los ojos. Orlando vio que eran de un brillo que se observa a veces en las teteras pero muy rara vez en un rostro humano (160). Y alguna idea genial como la de explicar, al comienzo del capítulo 5 cómo La enorme nube que pendía no sólo sobre Londres, sino sobre todo el territorio de las Islas Británicas el primer día del siglo diecinueve (167) fue causa, entre otras muchas cosas, del nacimiento del Imperio Británico. O la siguiente ironía: con tal que piense en un hombre a nadie le parece mal que una mujer piense (197). Lo mismo para cierta concepción del amor: el amor -según lo definen los novelistas de género masculino-... nada tiene que ver con la bondad, la fidelidad, la generosidad o la poesía. El amor es quitarse las enaguas y... (197).
  • Tiene algún toque que recuerda el Quijote: 1º) Al llegar al comienzo del capítulo 3 el narrador nos hace saber que estaba leyendo la historia de Orlando en un manuscrito y que en mitad de la frase más importante el papel está chamuscado hasta lo ilegible (91) del mismo modo que en Quijote I,8, tras la aventura del vizcaíno, el autor dice quedarse interrumpido porque el manuscrito en el que se basaba no continúa. 2º) Y el mismo afán de veracidad de que hace gala el narrador del Quijote cuando narra las aventuras del caballero a pesar de que puedan parecer inverosímiles, vuelve a aparecer aquí: la Verdad, la Franqueza y la Honradez, austeras diosas que hacen la guardia junto al tintero del biógrafo, gritan: ¡La Verdad!, y por tercera vez retumban en concierto: ¡La Verdad y sólo la Verdad! (101).
  • Véase la curiosa coincidencia entre dos frases. Dice esta novela: abrió los ojos, que habían estado abiertos todo este tiempo (80). Y dice Pessoa por boca de Álvaro de Campos en la Oda Marítima: E abro de repente os olhos, que não tinha fechado.

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