Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 1 de mayo de 2014

John Fowles, La mujer del teniente francés

Fowles, John, La mujer del teniente francés (Argos Vergara, Barcelona: 1982)
No es una gran novela. La leemos por ir cumpliendo esos desafíos que explicamos en otra parte del blog, es decir, por puro trámite; y aprovechamos para decir que da la sensación de que en algunos de esos catálogos de novelas que hay que leer antes de morirse -o peor- algunas están incluidas sólo porque han pasado al cine.
La presente tiene su intriga amorosa no sé si bien resuelta del todo y con su final negativo según establecía mi semipaisano Denis de Rougemont en su clásico L'Amour et l'Occident en el que venía a decir, a propósito de Tristán e Isolda, que una historia de amor con final feliz no merece ser vivida. Analizo como suelo a base de puntitos dignos de ser destacados:
  • Paso por alto el topicazo de si la obra es o no una crítica del convencionalismo o puritanismo de la Inglaterra victoriana -¡a buenas horas si la novela es de 1969!- que impide una historia de amor plena entre dos personas de diferente clase social.
  • En realidad la historia consiste en un triángulo amoroso: joven aristócrata comprometido con muchacha de su clase se enamora de otra de clase inferior. La caracterización de los personajes es, en principio, tópica: él, Charles, hombre de mundo, viajado con su estancia en París (78), sus lecturas de Darwin y su afición por los fósiles tal que, tras encontrar una buena muestra, decidió regalarla a Ernestina pero porque no tardaría en recobrarla, cuando se casaran (56-57); ésta es una joven convencional, mimada por la familia y sin experiencia. Y la tercera, Sara, la mujer que distorsionará la armonía de los anteriores, presentada en principio con un halo de misterio y rasgos negativos: ha sido abandonada por un marinero francés, que la poseyó y le prometió matrimonio; la descriptio puellae es un dechado por parte del autor de no se sabe bien qué porque intenta apartarla a la fuerza de los cánones tradicionales de belleza: Entonces estaban de moda las cejas finas y arqueadas, pero las de Sara eran recias... No es que tuviera uno de aquellos hermosos rostros... Era una cara bien modelada y muy femenina... Su boca era grande y tampoco correspondía a los cánones de belleza de la época (126).
  • La evolución del enamoramiento entre Charles y Sara está perfectamente escalonada:
  1. Charles la encuentra casualmente dormida en el bosque y se ve invadido por un sentimiento extraño, -no era sensual, sino fraternal, incluso paternal-, que le hacía estar seguro de la inocencia de aquella criatura (78). Son curiosas, por lo intempestivas, algunas intervenciones del narrador. Tras la escena anterior, Sara se despierta, Charles le pide perdón por estar mirándola, sigue andando y se detiene a esperarla porque no conoce el camino de vuelta. Dice el narrador: en aquellos breves segundos de espera... se perdió toda la Era victoriana. Y no quiero decir que Charles se equivocara de camino (79). ¿Qué sentido tiene eso?: ¿Charles se enamora y ello supondrá que para él se rompen las convenciones victorianas? De eso a que se pierda la era victoriana...
  2. Un segundo encuentro, también en el bosque, se produce inmediatamente después de que Ernestina haya leído a Charles, en una escena típica de las veladas hogareñas de la época victoriana (122), un burdo poema en el que una mujer queda inválida tras sufrir una caída. De modo parecido Sara resbala pero sin mayores consecuencias: -Miss Woodruff, me asusta pensar lo que ocurriría si llegara a torcerse un tobillo en estos parajes (125).
  3. A partir de entonces Charles acude al bosque con la sola intención de buscarla. Y la encuentra en otra escena forzada porque Charles compara el encuentro con el caso de aquel campesino de los Pirineos, que afirmaba haber visto a la Virgen (145). Se da, eso sí, un hecho curioso, y es que Sara le regala dos fósiles, dos testas micraster (145), es decir, lo mismo que Charles había regalado a su novia; y ya sabemos el valor de los regalos entre personas que se aman. Es en ese encuentro cuando prácticamente Charles acepta convertirse en confidente de Sara: Lo único que le pido es que venga a verme otra vez. Yo vendré aquí todas las tardes... No sé a quién acudir (151).
  4. Los encuentros siguientes provocan la duda en Charles, que ya se siente enamorado: se encontró sonriendo, aunque sólo con los ojos, pero sonriendo. Y, además, excitado; excitado de un modo demasiado oscuro y general para que podamos considerarlo intrínsecamente sexual, pero excitado hasta la médula de su ser (194). Por eso Charles intenta, inútilmente, que cesen los encuentros: -No debemos volver a vernos a solas (195).
  5. Llega así, inevitablemente, el primer beso. Y en una escena cargada de tantos tópicos que se desarrolla, nada menos que en un granero: sintió alzarse en su interior, impetuosamente, el deseo de protegerla...; Charles se dio cuenta de que su primer impulso fue arrodillarse al lado de ella para consolarla; peor aún, pues la penumbra y el recogimiento del granero recordaban el ambiente de un dormitorio (257). La consecuencia cae por su propio peso: Sus ojos estaban prendidos en los de ella. Ambos parecían hipnotizados... La tomó en sus brazos y vio cerrarse sus ojos cuando ella entró en su abrazo; luego, él cerro los suyos y buscó los labios (261).
  6. Entre Charles y Ernestina se abre, lógicamente, una brecha: Charles no se sentía capaz de besarla en los labios. De modo que la cogió por los hombros y le dio un beso en cada sien (275). Tras ello, la ruptura del compromiso provoca a Charles problemas económicos y legales y le lleva a un paseo infernal por la noche londinense hasta acabar en casa de una prostituta. Otro detalle forzado: Charles pregunta a la prostituta cómo se llama y -¡oh casualidad!- se llama Sara; al oír ese nombre, a Charles le sacudió un espasmo intolerable. Volvió la cara y empezó a vomitar en la almohada (325).
  7. Lo de menos, ya, será el final: que si Charles posee a Sara y se da cuenta, por lo de la sangre, de que no era cierto que ya la hubiera poseído el teniente francés; que si la deja esperándole en Exeter pero ella no le espera por no sé qué intervención maliciosa del criado; que si Charles se desespera buscándola hasta encontrarla algunos años después, bajo la protección de un pintor conocido, Dante Gabriel Rosetti; que si el autor no acaba de dar una razón lógica para que no puedan unirse...
  • Alrededor de los principales se da toda una serie de personajes secundarios de  tipo plano y convencional que bien podrían estar sacados de Agata Christie, de Rebeca o de cualquier relato ambientado en la campiña inglesa. Ahora bien, hay una pareja, Sam y Mary, que parecen proceder de otra tradición. Sam es el criado de Charles y en algún momento parece sustentar el papel de gracioso como ocurre con el criado del galán en el teatro clásico español o, volviendo a ambiente inglés, con el Passepartout criado de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días de Verne. Y si vamos al Tenorio de Zorrilla y recordamos cómo don Juan conquista a doña Ana de Pantoja mientras la criada de ésta es conquistada por Ciutti, el criado de aquél, veremos que aquí ocurre algo parecido: Sam se enamora de Mary, sirvienta de la casa donde se aloja Ernestina. Con un detalle añadido, que mientras el compromiso entre Charles y Ernestina se rompe, Sam y Mary se casan, progresan económicamente y tienen hijos.
  • Se dan extensas intervenciones del narrador y algo extemporáneas: Este relato es pura imaginación. Estos personajes que estoy creando nunca existieron... De manera que me limitaré a narrar los hechos externos (102-105). O el capítulo 35, dedicado a la moral victoriana: ¿Con qué nos enfrentamos en el siglo XIX? Con una época en que la mujer era sagrada y en la que cualquiera podía comprar una niña de trece años... (277).
  • Tiene detallitos tópicamente ingleses como la atención por las flores. Así ocurre en el paseo de Charles previo a su encuentro casual con Sara (y no creo que el autor tenga suficiente nivel como para situarnos deliberadamente en un locus amoenus): Alrededor de él la tierra estaba cubierta de doradas celidonias y prímulas y festoneada por el blanco nupcial de las flores del endrino (75).
  • Deja caer alguna estupidez lingüística como la siguiente, difícilmente achacable al traductor: lanzó a Charles una rápida mirada de soslayo con aquellos ojos casi extraoftálmicos (125). ¡Qué lejos están de los ojos oceánicos que se le ocurren a Neruda!
Meryl Streep cuando estaba buena

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