Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 26 de marzo de 2014

Ovidio, Las metamorfosis, Libro I

Ovidio, Las metamorfosis (edición, introducción y notas de Juan Francisco Alcina. Planeta, Barcelona: 1990)
Ovid, Metamorphoses (2 vols. edición bilingüe con traducción al inglés de F.J. Miller, William Heinemann, Londres: 1984)
Pues nada, que me ha dado por un paseo por los clásicos, en concreto por las Metamorfosis de Ovidio, como se debe, es decir, leyendo el texto original y luego comprenderlo por sí mismo o por las traducciones. Bien sea la inglesa en la edición bilingüe de F.J. Miller, bien sea la española de fines del XVI debida al humanista Pedro Sánchez de Viana, en verso endecasílabo organizado en tercetos o en octavas y en un estilo que ya anuncia a Góngora, y amplificando el original. Ni que decir tiene la importancia de Las metamorfosis para la comprensión de la lírica occidental: aquí están comprendidos todos los mitos de los que se nutrirán los poetas empezando por los renacentistas. Por cierto que para aclarar algunas zonas del texto echamos mano del conocido Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal (Paidós, Barcelona: 1991).
Quizá la forma más útil de acceder al texto sea mediante la exposición de la estructura de este libro I:
  • Invocación, como es habitual, a los dioses en busca de inspiración: di... / adspirate... / ...deducite... carmen (2-4).
  • Exposición del comienzo del mundo en modo paralelo a la Teogonía de Hesíodo o al Génesis bíblico. En principio es todo una unidad primordial, el caos: unus erat... vultus in orbe / quem dixere caos (6-7 y cf. Teogonía o las concepciones físicas de los presocráticos luego sometidas por Aristóteles al estado de la cuestión).
  • Presentación de las cuatro cualidades que, también desde los presocráticos, vienen asociadas a los cuatro elementos, mezcladas en el caos: frigida pugnabant calidis, humentia siccis, / mollia cum duris, sine pondere, habentia pondus (19-20). Y, por obra de un dios identificado con la naturaleza, de ese caos se pasa al orden: Hanc deus et melior litem natura diremit (21).
  • Separación de agua, tierra y aire de modo muy semejante a como ocurre al comienzo del Génesis: nam caelo terras et terris abscidit undas (22). Y, por ese camino, se va a dar en los cuatro elementos: et liquidum spisso secrevit ab aere caelum (23); ignea... sine pondere (26), aer (28), densior... tellus (29), circumfluus umor (30).
  • Cuatro serán también los vientos: Eurus... Zephyro... Boreas... Austro (61-66) en relación con los cuatro puntos cardinales.
  • Tras ello, y también intentando mantener el ritmo cuaternario, se reparten las criaturas por los cuatro elementos. Para poder guardar la simetría se sitúan los planetas en la zona alta del cielo relacionada con el fuego (astra tenent caeleste solum [73]) y a partir de ahí los diferentes animales según su hábitat: piscibus undae, / terra feras cepit, volucres agitabilis aer (74-75). Volvemos, pues, a estar en terreno próximo al Génesis máxime cuando, como culminación, aparece el hombre: sanctius... capacius... natus homo est... divino semine (76-78).
  • Acto seguido pasamos a terreno ya transitado por Hesíodo con la cuatro edades:
La edad de oro, de Lucas Cranach el viejo
  1. Aurea prima sata est aetas (89): caracterizada a partir de la no necesidad de leyes: sine lege... poena metusque aberant, nec verba minantia (91). Por la ausencia de navegación sin que in liquidas pinus descenderat undas (95): en algún otro autor se pone en paralelo la navegación con la agricultura observando que, de igual modo que un barco viola el mar, el arado viola la tierra. Sin guerra ni todo lo asociado a ella: nondum praecipites cingebant oppida fossae; / non tuba... / non galeae, non ensis erat (97-99). Tampoco era necesaria la agricultura porque la tierra lo ofrecía todo: dabat omnia tellus... / arbuteos fetus montanaque fraga legebat / cornaque et in duris haerentia mora rubetis / et quae deciderant patula Iovis arbore glandes (102-6). Y, por supuesto, la primavera eterna que pasará a toda la literatura pastoril del XVI: ver erat aeternum (106). Otro paralelo con la Biblia: si la Tierra prometida abunda en leche y miel, aquí flumina iam lactis, iam flumina nectaris ibant (111). Y, cómo no, también estamos ante el discurso sobre la edad de oro de don Quijote a los cabreros.
  2. La edad de plata, con raza degenerada de la anterior: subiit argentea proles, / auro deterior (115). Ahora llega la división en cuatro estaciones: hiemes aestusque et inaequalis autumnos / et breve ver spatiis exegit quattuor annum (117-118); y, en consecuencia, la necesidad del hombre de buscar cobijo: domus antra fuerunt (121). Aparece también la agricultura con la violación de la tierra mediante el arado y la sujeción de los animales en la yunta: longis Cerealia sulcis / obruta sunt, pressique iugo gemuere iuvenci (123-124).
  3. La edad de cobre, nueva degeneración: Terti post illam successit aenea proles (125). La caracteriza sólo por la predisposición a de las armas: promptior arma (126).
  4. La edad de hierro, la última: de duro est ultima ferro (127). Entonces huyen el pudor y la confianza y aparece toda maldad y codicia: fugere pudor verumque fidesque; / in quorum subiere locum fraudesque dolusque / insidiaeque et vis et amor sceleratus (129-131). Aparece también la navegación: vela dabat ventis (132). Los campos, antes comunes, se dividen con lindes, se cultivan e incluso se buscan metales en sus entrañas: nec tantum segetes alimentaque debita dives / poscebatur humus, sed itum est in viscera terrae (137-138). Llega también la guerra (prodit bellum [142]), la rapiña (vivitur ex rapto [144]), la desconfianza (non hospes ab hospite tutus, non socer a genero, fratrum quoque gratia rara est [144-145]).
  • A la maldad de los hombres se une la de los gigantes, que pretenden asaltar el cielo: Neve foret terris securior arduus aether / adfectasse ferunt regnum caeleste gigantas (151-152); y caen fulminados por el rayo de Júpiter: pater omnipotens misso perfregit Olympum / fulmine (154-155).
  • Tras ello Júpiter castiga, como ejemplo de la maldad humana, a Licaón, que intenta matarlo (nocte gravem somno necopina perdere morte / comparat [224-225]) y, además, le ofrece para comer carne humana tras hacerse traer un rehén de gente Molossa (226). El castigo será la transformación de Licaón en lobo: fit lupus et veteris servat vestigia formae (237).
  • Como continuación del castigo a la raza humana llega -de nuevo la Biblia, pero es mito universal- el diluvio con la muerte de los hombres: quibus unda pepercit, / illos longa domant inopi ieiunia victo (311-312). Sólo se salva un hombre justo, Deucalión, hijo de Prometeo, con su mujer, Pirra, hija de Epimeteo, refugiados en el monte Parnaso: mons... / nomine Parnasos... / hic ubi Deucalion... / cum consorte (316-319).
  • Aparecerá una nueva raza de hombres. Deucalión y Pirra ruegan a Temis que les conceda compañeros y ésta les aconseja buscar a su madre y arrojar sus huesos. Una vez interpretan la orden en el sentido de que, como su madre es la tierra, deben arrojar piedras, de las que lanza Deucalión aparecen hombres y de las de Pirra, mujeres: saxa / missa viri manibus faciem traxere virorum / et de femineo reparata est femina iactu (411-413). Así pues, asistimos a la transformación de piedras en hombres y mujeres. El resto de criaturas aparecerá a partir de la combinación de calor y humedad en términos que recuerdan a los físicos griegos y a Aristóteles: umorque calorque, / concipiunt, et ab his oriuntur cuncta duobus, / cumque sit ignis aquae pugnax, vapor humidus omnes / res creat, et discors concordia fetibus apta est (430-433).
  • Entre esas nuevas criaturas aparece la serpiente Pitón, que ha de ser muerta por Febo y en conmemoración de ello se establecen los juegos píticos: instituit sacros celebri certamine ludos / Pythia de domitae serpentis nomine dictos (446-447).
  • Apolo persiguiendo a Dafne, Cornelis de Vos
  • Se enlaza así con los amores de Febo para ir a dar a uno de los mitos más socorridos por la lírica amorosa, el de Dafne, Primus amor Phoebi (452). Todo comienza con una discusión entre Febo y Cupido por la que el primero recrimina al segundo el uso de armas semejantes a las suyas: quid... tibi, lascivi puer, cum fortibus armis? (456). Como represalia, Cupido decide tomar dos flechas de diferente material -auratum... plumbum (470-471)- y de efecto opuesto pues la primera, que envía a Febo. provoca amor y la segunda, que recibe Dafne, desdén. El resultado es sabido: Febo, loco de amor por Dafne, la persigue y ésta ruega a su padre, el río Peneo, que la transforme. Así ocurre: in frondem crines, in ramos bracchia crescunt / pes modo tam velox, pigris radicibus haeret, / ora cacumen habet (550-552). Asistimos, pues, a la transformación de Dafne en laurel. Y a la explicación de la corona de laurel como atributo de Apolo. En efecto, al lamentarse éste del cambio: quoniam coiunx mea non potest esse / arboris eris certe 'dixit' mea! semper habebunt / te coma te citharae, te nostrae, laure, pharetrae (557-559).
  • Se pasa seguidamente a la historia de Ío. Los dioses-río están reunidos en casa de Peneo, en un bosque de Tesalia y no saben si congratularse o consolar al padre de Dafne: gratentur consoleturne parentem (578). De los ríos falta uno, Ínaco, que llora la pérdida de su hija Ío. En realidad, ha sido raptada y violada por Júpiter: tenuitque fugam rapuitque pudorem (600); tras ello asistimos a la transformación de Ío en vaca para sustraerla a los celos de Juno: Inachidos vultus mutaverat ille iuvencam (611). Aun así, es descubierta por Juno, que exige su entrega para luego llevarla a Argos para que la vigile con sus cien ojos: centum luminibus cinctum caput Argus habebat (625).
  • Pan y Siringa, François Boucher
  • Insertada en la anterior se cuenta la historia de Siringa. Júpiter decide eliminar a Argos para liberar a Ío de su custodia. Para ello envía a Mercurio, que se pone a tocar la siringa junto a Argos; éste pregunta el origen del instrumento y Mercurio responde: Siringa es una ninfa arcadia a la que pretende y persigue Pan hasta el río Ladón donde suplica a sus hermanas que la transformen. Así ocurre y Pan acaba abrazando unas cañas que, con el viento, producen música: Panaque cum prensam sibi iam Syringa putaret, / corpore pro nymphae calamos tenuisse palustres, / dumque ibi suspirat, motos in harundine ventos / effecisse sonum tenuem similemque querenti (705-708). Pan decide, en consecuencia, fabricarse un instrumento musical con lo que culmina la transformación de Siringa en una siringa o zampoña.
  • Se vuelve así al hilo de Mercurio y Argos: como éste se ha dormido oyendo lo anterior, aquel le corta la cabeza. Juno, recoge los ojos y los deposita en la cola de su ave, es decir, el pavo real: Excipit hos volucrisque suae Saturnia pennis / collocat et gemmis caudam stellantibus implet (722-723).
  • Como en estructura de muñecas rusas o historias insertadas unas en otras, al cerrarse la anterior se vuelve a Ío, que recupera su forma humana y da a luz, de la semilla de Júpiter, a Épafo: genitus de semine tandem / creditur esse Iovis (748-749). Éste será luego compañero de Faetón y sirve ello de excusa para narrar la historia de éste último. Épafo, cansado de oír a Faetón presumir de ser hijo de Febo, le dice que su verdadero padre no es ése. Faetón le pregunta a su madre y ésta no sólo jura que sí es Febo su verdadero padre sino que lo invita a acudir junto a él para preguntárselo directamente. Acaba así el libro I con Faetón viajando a oriente: transit patriosque adit inpiger ortus (779).

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