Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 18 de marzo de 2014

Alejo Carpentier, Los pasos perdidos

Carpentier, Alejo, Los pasos perdidos (Bruguera, Barcelona: 1980)
Para empezar diré que es una novela de verdad. Me refiero a que, a diferencia de tantas debilidades como he leído llevado por propuestas de clubs de lectura, esto es una novela que sabe a tal por múltiples razones: por ser muestra clara de eso que se ha llamado barroquismo americano y donde también tiene cabida Paradiso de Lezama Lima, porque plantea la dicotomía civilización-cultura frente a naturaleza, porque su autor es un consagrado... O al revés: su autor ha llegado a los altares a base de obras como ésta (1953) u otras que le hemos leído como El siglo de las luces (1962) o El recurso del método (1974).
Poco importa el hilo argumental porque éste viene a ser sólo el soporte sobre el que se va a ir trenzando todo filigrana tras filigrana: el narrador, que nos habla en primera persona, es musicólogo preocupado por el origen de la música y dice tener al respecto una ingeniosa teoría del mimetismo-mágico-rítmico (23). Sea como fuere recibirá el encargo de buscar en las tribus amazónicas instrumentos musicales que puedan ser antecedentes de los conocidos en el mundo occidental.
A partir de ahí se juega con esa oposición entre la civilización y cultura de un lado y, del otro, una naturaleza que las desborda:
  • El protagonista viaja con su amante Mouche, una mujer a la que caracteriza, por ejemplo, por su dogmático apego a ideas y actitudes conocidas en las cervecerías de Saint-Germain-des-Près (27) o como el arquetipo de la burguesa (127), esto, es, del lado de la civilización; por eso Mouche, en la selva, entiende que aquí no había cosa de mérito que ver o estudiar (127). Y justamente en la selva el narrador la abandona por una mujer opuesta, Rosario, a la que asocia a la naturaleza: eran los mil libros leídos por mí, ignorados por ella; eran creencias de ella, costumbres, supersticiones, nociones, que yo desconocía y que, sin embargo, alentaban razones de vivir tan válidas como las mías (110).
  • Toda forma de cultura tiene cabida en la novela: La literatura: lo bíblico con la prosa del Eclesiastés (29); los versos Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora / campos de soledad, mustio collado (44, 52, 96), que se repiten en la parte inicial como un estribillo que lleva al protagonista a su lengua materna; la paráfrasis (no eran las del alba todavía [81]) del Quijote, cuyo comienzo cita poco después el narrador hasta las tres partes de su hacienda (85), orgulloso de recordarlo de memoria. La pintura: con la Venus de Cranach (33) o el Cronos de Goya (37). La música, por supuesto: son constantes, también en la zona inicial y como complementando los versos barrocos, las alusiones a la Novena Sinfonía de Beethoven (74, 89,91) cuyo coro asocia, al modo proustiano, a enfermedades de la infancia (18); o bien a la cumbre de la cultura europea: Las estrofas de Schiller... Eran la culminación de una ascensión de siglos... Montaigne,... Voltaire... (100). Y parece, al menos en lo que se refiere a la Novena o al Quijote, como si quisiera poner en un pedestal ambos monumentos culturales para luego ver como se diluyen o, al menos, pierden toda monumentalidad, en la selva. Algo así se expresa explícitamente: La cultura -afirmaba el pintor negro- no estaba en la selva (74).
  • Por supuesto es, como tantas, una novela de búsqueda y a varios niveles: 1) porque ésa es la intención del viaje, encontrar los instrumentos musicales cuya busca me era encomendada (127): y, efectivamente, los encuentra: Ahí estaban los juegos de caramillos, en su condición primordial de antepasados del órgano (177); incluso asiste a una ceremonia en que un hechicero le deja deslumbrado por la revelación de que acabo de asistir al Nacimiento de la Música (187); 2) porque al narrador se le abre, en la selva, un universo mucho mayor que lo que iba buscando y que le lleva, incluso, a la gran decisión de no volver allá (202), esto es, a la civilización; pero la rémora de la cultura le lleva aún a asociar esa decisión con el Prometeo desencadenado de Shelley: La liberación del encadenado, que asocio mentalmente a mi fuga de allá... (220).
  • No obstante, el narrador ha de volver a la civilización donde le espera su mujer Ruth. Por supuesto, ha sufrido un cambio: Toda una literatura que yo tenía por lo más inteligente y sutil que hubiera producido la época, se me viene abajo con sus arsenales de falsas maravillas (248). E intenta el regreso al mundo descubierto y a Rosario, tomando conciencia, ahora, de que no era el suyo; de Rosario le dice un griego buscador de oro que no le espera: Ella no Penélope. Naturaleza mujer aquí necesita varón (277). Y el narrador concluye: la gente de estas lejanías nunca ha creído en mí... Recuerdo ahora la rara mirada que me dirigía (Rosario), cuando me veía escribir febrilmente, durante días enteros, allí donde escribir no respondía a necesidad alguna. Los mundos nuevos tienen que ser vividos, antes que explicados. (277-278) Y esta última frase, del penúltimo párrafo, puede servir de conclusión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario